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El
cuento de La Jiribilla
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TIEMPO DE EXAMEN
Francisco
García González
La llave
repica unos instantes en torno al orificio de la
cerradura. El tintineo me recuerda el bar con su
entrechocar de vasos y botellas, chasquidos de
fosforeras, fragmentos de palabras... Un sinfín de
sonidos chapoteando en la miel de un rejuvenecido bolero
de la década del cuarenta...
A mí nunca se me
hubiera ocurrido la idea de entrar. Era una verdadera
locura en nuestro caso. Por eso cuando ella me lo pidió,
primeramente pensé en una broma. Tuvo que insistir para
convencerme de su seriedad y empezar a esgrimir razones.
Ella las fue haciendo añicos una por una. Primero mis
alardes de fogosidad, luego el axioma de que un bar es
un bar, aunque esté dentro de un hotelito perdido, en un
pueblito perdido a su vez.
Él trataba de hacerme
desistir por todos los medios, claro, cuidándose de no
aparecer como el más preocupado porque nos vieran
juntos. Esto, sin duda, lo colocaba en una posición
incómoda respecto a mí, pues ambos estábamos en la misma
situación. Yo no insistía por capricho, simplemente
necesitaba ese preámbulo de música, tragos, confesiones,
antes de pasar a la total intimidad de la habitación.
Siempre he pensado
que los momentos sublimes debemos poblarlos con todos
los detalles posibles. Cuando me habló del riesgo, lo
hizo sin mirarme. El día anterior había conocido mis
criterios sobre una vida llana, desprovista de giros
pendientes, algo que tan cerca me tocaba. Al final no le
quedó más remedio que acceder.
Entraron cohibidos,
cada uno por su cuenta. Así lo hacen todos. Piensan que
por no tomarse de las manos nadie sospechará. Miraron
detenidamente hacia las mesas ocupadas, intercambiaron
un gesto de alivio y se sentaron en esta esquina de la
barra. De esa forma solo yo podía verles las caras, ¡Na!,
hermano, que un carajal de años en esta pincha te da un
olfato de perro. Sicología la llaman. Y no es que uno
sea chismoso ni mucho menos. Las cosas te van cayendo
sin tú pedirlas. Ves entrar una pareja y desde lejos te
enteras si son novios y andan huyéndoles a la suegra, o
si son casados (con otros, quiero decir) y se esconden
de la mujer o del marido. A las claras se veía que ellos
eran de estos últimos. Pero yo no tengo por qué meterme
en eso. Lo mío es atender al que venga, ande en lo que
ande.
El cantinero dejó de
examinarnos y se acercó sonriente. Era el único foco de
atención que habíamos encontrado en el bar. Me di cuenta
de que nos estudiaba, aunque lo disimulaba bastante
bien. "Dos dobles", pedí. El primer trago relajó un
tanto la tensión. Esperé a que el cantinero se retirara
discretamente para acercar un poco más mi silla a la de
ella. Nos miramos largamente. No sé qué pasaría por su
mente en ese tiempo. La mía se sumergió de lleno en un
caos de viejas imágenes. La lejana época de la
Secundaria... Uniformes azules (azules nada menos)...
Los profesores, todavía respetables en aquel tiempo...
Rostros adolescentes que ya creía borrados de mi
memoria... Y en medio de ese collage, la imagen de ella
ocupándolo todo, cercana y distante a la vez, como algo
de lo que nos separa un cristal irrompible,
persiguiéndome más allá del aula, llenando mis noches
con sueños húmedos y tibios... Por último, una imagen
bien fresca, una calle, la gente que pasa y el
encuentro, después de quince años.
Casi seguimos de
largo sin otro contacto que el de nuestras miradas. Al
tiempo transcurrido se sumaban las barreras que yo
siempre le había puesto a sus intenciones. Así que lo
normal era hacer, cuando más, un guiño de reconocimiento
y continuar. Pero no ocurrió de esa forma. Algo me hizo
sonreírle con una coquetería totalmente desconocida para
mí. Me abrí paso por entre la gente y le estampé un beso
que lo dejó atónito. Después, en mi casa, pensando en la
cita del día siguiente, reflexionando sobre ese "algo"
que me había empujado hacia él de modo tan brusco, fue
que me di perfecta cuenta de todos los años de
insatisfacción que me habían ido limando hasta
desgastarme casi totalmente. En el bar hablamos de todo
eso.
Hablaban y hablaban
sin parar. Yo los miraba de reojo. Al principio, cuando
sentían sonar la puerta, se estremecían y volvían la
vista con cuidado. Hasta a mí llegaron a ponerme
nervioso cada vez que entraba un cliente. Luego se
olvidaron del mundo. Parecía que estaban viviendo
realmente las palabras. Yo, sin oírlos, me atrevo a
asegurar que era verdad todo lo que decían. Eso me hizo
simpatizar con ellos. La sinceridad es una gran cosa,
hermano.
La barra era ya de
nosotros. El cantinero seguía espiándonos mansamente,
pero solo se acercaba para atendernos. Entre trago y
trago, ella me sumergía una y otra vez en un mundo de
celos, violencias, incompatibilidades, algo tan familiar
para mí que, cuando me tocó confesarme, prefería
obviarlo y hablarle de los años de la Secundaria, idos
ya para siempre de los amigos comunes, perdidos
igualmente; recordarle mi constante guerra con los
profesores, mis malas notas por estar a toda hora
pendiente de una mirada suya o del mínimo gesto que me
indicara que había cambiado y no me rechazaría la
próxima vez (dejé los sueños eróticos para más tarde).
Pero la próxima vez volvía a rechazarlo, fiel a mi
condición de niña aplicada que solo piensa en los
estudios. Mi atención se centraba en obtener excelentes
notas para que Mamá y Papá se sintieran orgullosos de
su hija y pudieran hablar flores de "esos" que se
pasaban la clase en la bobería y luego desaprobaban. Un
patrón de conducta en que mucho tenían que ver las
apariencias. Posteriormente ese mismo patrón me serviría
para decidirme por Medicina, gustándome Letras, y
terminar escogiendo un marido marca "Excelente".
La conversación era
cada vez más íntima. Se había acercado tanto a mí que no
pude resistir la tentación de besarla. Fue un beso
tímido, apenas un roce de labios. Detrás, el murmullo de
la gente; delante, el cantinero haciéndose el bobo.
Me di cuenta de que
querían besarse y me entretuve con el dinero de la
caja.
Después la gente y el
cantinero volaron a otra galaxia por la magia del beso
voraz. Cuando regresaron, si lo hicieron, ya nosotros no
estábamos allí. Salimos del brazo, muy diferentes a como
habíamos entrado.
Iban extasiados, más
que borrachos. Y podrás creerme o no, hermano, pero ni
siquiera pagaron la cuenta, y yo me quedé mirándolos sin
decir esta boca es mía. Cuando cruzaron la puerta –en
dirección a la habitación, supongo– me di un trago en
honor a ellos.
... La llave vuelve a
repicar sin encontrar el hueco. No sé si echarle la
culpa al ron o a ella que está pegada a mi espalda,
entorpeciendo mis movimientos. Hace rato dejó de
preocuparme la posible aparición de algún conocido. A
ella parece que también, pues aquí, en medio del
pasillo, me rodea con sus brazos, mientras con la lengua
hace lentos recorridos por mi nuca. Cuando por fin logro
abrir, entramos enlazados, dando traspiés, hasta caer en
la cama. Damos vueltas y más vueltas impulsados por el
torrente de besos. Las bocas se juntan y repelen en un
juego perfecto. Mis manos, al sentirse dueñas, comienzan
a despejar el camino hasta su piel. Quiero estirar el
momento hasta convertirlo en una ecuación de pasos
infinitos. Una ecuación siempre requiere de tiempo y
análisis. Una ecuación... ¿Quién coño decía eso? Ah,
ya... El profe de matemáticas. Aquel de noveno al que
decíamos El Ronco de la Matemática Alemana por aquello
de El Ronco de la Canción Italiana. Nicola Di Bari todos
los días en la plaza con su Liza ya no eres tú/ la
jovencita de la mirada azul/. Buen tipo el profe, pero
siempre pendiente de mí, "¿Aníbal...?" "Sí, profe."
"Póngase a trabajar."
No había forma de que me dejara tranquilo para imaginar
tus ojos – azules como los de Liza – detrás de la maraña
de tus rizos. Él no se conformaba con el castigo que ya
me había impuesto al sentarme justo detrás de ti. Se
había percatado de que en cualquier otra posición tus
ojos significaban un potencial peligro para las buenas
relaciones que debían entablar los míos con el pizarrón.
Claro que no lo había perdido todo, “¿no dicen que del
lobo, un pelo?”, pues ahora yo tenía todo tu pelo
ensortijado a un brazo de distancia. Pero, “¿y tus
ojos?, ¿cómo podía saber si miraban a la libreta, al
profe o al estúpido de El Lindo...?” El primer broche
cede ante una ligera presión de mis dedos. Busco tus
ojos. “¿Ya terminó, Aníbal?" "El primer paso, profe.”
“Pues no se distraiga y continúe el ejercicio.” “No me
distraigo, profe”, es solo una pausa para verle los
ojos. Como si escucharas mis pensamientos, por un
instante vuelves la cabeza y un relámpago azul me incita
a continuar. El surco que voy abriendo en tu blusa se
extiende más y más, hasta dejarte la espalda al
descubierto. Blanca llanura para mí solo. “A ver, dejen
a Aníbal...” Ahora es la profe de Geografía. “Diga la
situación y extensión de la llanura Cauto-Guacanayabo.”
“¿Acaso existía tal llanura en el mundo? Yo únicamente
conocía la de tu espalda, situada allí mismo, al alcance
de mi mano.
Bueno, en realidad
creía conocerla en aquel tiempo por tenerla frente a mí
durante seis turnos de clases diarios. Hoy, al verla
desnuda y recorrerla lentamente una y otra vez con mis
labios, me doy cuenta de que estaba equivocado. Mi
lengua se tensa y estira como una bailarina. Puntea a
pasos cortos sobre el hombro para luego ablandarse y
arrastrarse húmeda cerca de tu oreja. De allí baja en
zig zag y, al llegar a tu cintura, caracolea perezosa.
En este punto me vendría bien otra cuota de azul.
Lentamente te vuelves y quedas frente a mí. “¿Aníbal...?
El Ronco de nuevo.” “Terminé el segundo, profe.” Tú te
has levantado a aclarar alguna duda. Mientras el profe
te revisa, me das todo el azul que necesito para
enfrentar el tercer paso. Beso tu frente y tus ojos,
Liza ya no eres tú... Pobre Nicola. Tú, en cambio,
sigues siendo la jovencita de la mirada azul. Tengo que
reconocer, viejo Nicola, que hoy es mía la suerte. El
azul desborda mis sentidos. Ahora mis labios se alejan
de él. Hacia el sur el relieve promete sobresaltos.
Desciendo sin premura. “No se apure, Aníbal, tómese todo
el tiempo que quiera, oriéntese bien antes de señalar.”
La profe de Geografía. El Pico San Juan... El Pico San
Juan... Por mi madre que no lo encuentro por ninguna
parte. Sin embargo, choco contra dos colinas gemelas que
empinan sus cumbres al sentir el roce de mis dedos. Me
gusta el lugar, mas no me detengo por mucho tiempo. El
Sur, mi punto cardinal favorito, me reclama.
Desciendo... Desciendo... hasta el fondo húmedo de un
valle. Luego al norte, otra vez al azul, que ahora es
más intenso y me pide el final. “Aníbal, ya es hora de
ir terminando.” “Sí, profe.”
Entonces me doy
cuenta de que mis sentidos se han ido apagando ante
tanto destello de azul. El último paso, el de la
consumación, quedar en el futuro. No puedo continuar.
Mi cuerpo se ha humedecido y el lápiz cae indefenso de
mi mano. |