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PURA COINCIDENCIA
 
En realidad, el imperio no es tan “moderno” como presume y, tanto en este como en otros sentidos, carece de originalidad. Más de una de sus contiendas bélicas, cual si se tratase del pésimo argumento de una película clase B, son solo un remake de un paradigmático guión en donde únicamente se trastocan los escenarios y los protagonistas.


M. H. Lagarde |
La Habana


Estados Unidos ha reiterado una y otra vez que atacará a Irak con o sin el apoyo del Consejo de Seguridad. Los informes de los inspectores encargados de encontrar las armas de destrucción masiva, al parecer, lo único que han logrado hasta ahora es confirmarle a la primera potencia mundial la indefensión de su rival de turno.

Por lo tanto, las rivalidades en el seno del Consejo de Seguridad, no tienen mayor implicación que la repercusión que puedan tener la posición de los gobiernos en sus propios países o en el hecho de que una acción unilateral equivaldría a un acto de terrorismo político que desmoronaría, de una vez por todas, al ya derruido edificio de las Naciones Unidas.

A diferencia de sus oponentes europeos, los norteamericanos no parecen muy preocupados por la opinión pública mundial ni por las protestas en su propia casa y podría decirse incluso que la administración Bush ha ganado ya la primera batalla de la preguerra.

Con todo un arco iris de alertas, las tiernas despedidas de los soldados que marchan al frente y el insoluble altercado diplomático de la ONU, en el campo propagandístico, el gobierno ha logrado ocupar los espacios estelares de los medios nacionales e internacionales y borrar de la memoria de su ciudadanía ya sea a las fraudulentas elecciones del 2002, la cadena de escándalos financieros o las dificultades económicas por las que atraviesa el país.

La vieja escuela de Hearst ha puesto en funcionamiento sus métodos y noticias recientes como los 70 mil despidos que podría provocar el inicio de la guerra en las aerolíneas o el desempleo de 300 mil trabajadores en Nueva York, surcan como estrellas fugaces  por las pantallas de las televisoras.  No por casualidad, según asegura una encuesta reciente realizada por el New York Times, el 55 por ciento de los norteamericanos apoya la guerra.

En realidad, el imperio no es tan “moderno” como presume y, tanto en este como en otros sentidos, carece de originalidad. Más de una de sus contiendas bélicas, cual si se tratase del  pésimo argumento de una película clase B, son solo un remake de un paradigmático guión en donde únicamente se trastocan los escenarios y los protagonistas.

Basta una ojeada a la historia imperial para descubrir las analogías. Los supuestos camiones laboratorios presentados por Colin Powell el pasado 5 de febrero en las Naciones Unidas recuerdan a las patrañas utilizadas por el Journal, en los primeros meses de 1898, para acusar a España de la voladura de esa insignia del poderío norteamericano que era entonces el acorazado Maine.

Todo el mundo sabe, además, que entre las razones por la que se llevó a cabo la intervención norteamericana en la guerra hispano-cubana se encuentra el tratar de solucionar el problema interno generado por la crisis económica de 1893-1898 la cual provocó desórdenes, “marchas de hambres” y explosiones de violencias que algunos vieron como el presagio de una revolución.

Tras casi treinta años de oponerse a aceptar la beligerancia de las tropas cubanas y de brindarle ayuda militar a España, el imperio aguardó oportunamente que los bandos implicados en el conflicto se desangrasen en la contienda.

En pleno auge de los trusts que conformaban la National Asociation Manufactures, sus representantes, quienes se denominaban a sí mismos “los dueños de Estados Unidos”, consideraron que la pasada crisis del 93 había demostrado que el mercado nacional era incapaz de asimilar la creciente capacidad productiva de la industria. Urgía, por lo tanto, explorar nuevos mercados allende a las fronteras de la Unión. América Latina y sobre todo Asia, resultaban los contextos mercantiles más prometedores. Las potencias europeas, encabezadas por la Alemania e Inglaterra, tenían los ojos puestos sobre China.

Estados Unidos, la nación de más desarrollo económico de la época, no debía quedarse al margen del nuevo reparto. Había muchos intereses en juego. Un solo ejemplo: como los rusos estaban construyendo un ferrocarril, la Standard Oil veía como un peligro el aumento de la influencia rusa en China y temían que aquellos usasen ese medio de transporte para enviar su petróleo a Asia.

Ya para entonces “filósofos” como el Capitán Mahan —el padre intelectual de Samuel Huttington—, se había encargado de trazar ideológicamente la ruta de la nueva cruzada. Según el experto marino se avecinaban tiempos de enfrentamiento entre naciones y razas. El enemigo de entonces no era otro que el peligro “amarillo” y todo parecía indicar la inevitabilidad de un enfrentamiento entre las civilizaciones del Oeste y el Este, representadas por las pobladas China, la India y el Japón. Los cristianos debían prepararse a morir o disponerse a acoger a las naciones asiáticas en la gran familia de pueblos de occidente y de elevarlas a la comprensión y asimilación de la cultura occidental.

Por supuesto que una cruzada de tal envergadura sería imposible sin la bendición del Señor. Inspirados por el libro Our Country del misionero protestante Josiah Strong, los teóricos del jingoísmo afirmaban que la raza anglosajona había sido elegida por Dios para civilizar al mundo. Según el senador por Indiana Albert Beveridge: “Dios ha preparado durante un milenio a los pueblos teutónicos y a los pueblos de habla inglesa solo para que estos se contemplen a sí mismos con una vana y perezosa admiración. Nos ha convertido en maestros organizadores del mundo para que establezcamos el orden allí donde reina el caos. Nos ha hecho apto para gobernar, para que podamos administrar a los pueblos bárbaros y seniles. Sin esta fuerza, el mundo volvería a caer en la barbarie y en la oscuridad. Y entre todas las naciones ha designado al pueblo norteamericano como la nación por Él elegida para conducir finalmente a la regeneración del mundo”.

Estas son solo algunas similitudes. Cualquier semejanza con la actualidad es más que pura coincidencia. La mayor de todas es que, tanto en sus inicios como en su decadencia, el imperio solo ha actuado en pos de sus intereses.
 

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