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LA GUERRA DEL FIN DE LA HISTORIA
El
economista holandés radicado en Costa Rica, Wim
Dierckxsens, considera que la agresión a Irak es en
realidad una guerra contra Europa. Ya el keynesianismo
no resuelve la crisis porque va contra la lógica del
Capital, la guerra se ha convertido en necesidad urgente
de las grandes transnacionales aliadas al estado
norteamericano y si Bush da marcha atrás, podrían hasta
matarlo, afirma.
Arleen
Rodríguez Derivet
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La
Habana
Se le puede encontrar, infaltable, entre los académicos
que animan los debates anuales del Encuentro
Internacional de economistas sobre Globalización y
problemas del desarrollo en La Habana. Wim Dierckxsens*
viene a esa rara cita de todas las tendencias de
pensamiento económico, después de participar en el Foro
Social Mundial de Porto Alegre y en ambos eventos
siempre se le encuentra integrando los paneles que
abordan las urgencias de nuestra época. A propósito de
la guerra que se nos viene encima como una maldición
inevitable, aproveché su estancia más reciente en Cuba
para tratar de entender las razones de la sinrazón
belicista.
– ¿Hasta qué punto es cierto que Estados Unidos va a
la guerra por necesidad de su economía?
– No es verdad. La guerra responde a la recesión y la
recesión no solo afecta a Estados Unidos, también a
Europa, a Japón... podríamos decir
que es una recesión
mundial. Y es producto de la re-repartición del mercado
mundial.
En los años 80 y
sobre todo en los 90, las transnacionales, pasaron de
tener un 25 por ciento del Producto Mundial Bruto, a un
50 por ciento en el reparto del mercado mundial. Esto se
pudo hacer mediante un consenso trilateral Estados
Unidos, Europa y Japón, consenso que de repente llegó a
sus límites a finales de los 90, porque acaparar más del
50 por ciento significa comerse los unos a los otros
entre los bloques.
Por ello los acuerdos
multilaterales terminaron, primero en el 98 en París,
durante la reunión de la OCDE en torno al AMI y al año
siguiente en Washington en torno a la OMC. No había más
acuerdo entre las grandes potencias. En el ínterin, el
crecimiento económico llegó a cero, lo que significa
que el pastel no crece.
Para acumular, el
Gran Capital debe partir del crecimiento económico en
su totalidad o nutrirse de una nueva repartición del
mercado. Las dos vías, más o menos a finales de los 90,
llegaron a un punto cero. Así comienza a crearse el
entorno del conflicto. Mientras se está expandiendo el
acaparamiento del mercado mundial por las
transnacionales, las acciones se disparan en la Bolsa de
Valores. Cuando no hay crecimiento ni posibilidad de
acaparar otro trozo del mercado mundial existente, las
ganancias de las transnacionales comienzan a flaquear y
con ello las apuestas en la Bolsa. Viene la picada
bursátil a nivel mundial. Este es el entorno de la
guerra: no hay lugar ni siquiera para todas las
transnacionales. Hay que redefinir la repartición del
mundo por la fuerza. Esa es la situación en la que
estamos a nivel mundial.
– ¿Y por qué
tantos están dispuestos a creer que la guerra mejoraría
esa situación, al menos en Estados Unidos?
– Hay la teoría de
la ingeniería de guerra, que viene de los tiempos de la
Segunda Guerra Mundial. Cuando un país se pone de
repente a acelerar el armamentismo, aumenta la
producción de productos bélicos y aumenta el empleo,
hasta trabajan de día y de noche. Hay más ingresos y
durante un tiempo puede haber un boom. Sin embargo, se
crean productos que después no encadenan con la economía
civil, lo que resta fuerzas al crecimiento económico que
se hace más recesivo. Eso obliga a ir a la guerra para
transferir el costo de la inversión militar a terceras
naciones. Por eso Estados Unidos procura en Irak pasar
la factura a los aliados. En Naciones Unidas no se busca
tanto un aval político, sino pasar el sombrero. La
guerra psicológica sirve para un alza del precio de
petróleo. Los ingresos extraordinarios se transfieren a
EE. UU. como en la Guerra del Golfo. Así el mundo entero
contribuye a pagar la guerra. Después EE.UU. puede poner
el zapato sobre la manguera de petróleo que va hacia
Europa y Japón, de tal manera que les cueste más a
aquellos y menos a Estados Unidos. Con el control sobre
la zona de petróleo su economía sufrirá menos y la de
sus adversarios sufrirá más.
¿Cuál es la ventaja
en el corto plazo? Que puede transferir la recesión
hacia terceros países y salir temporalmente del
problema. Pero en el mejor de los casos, Estados Unidos
será apenas el último perdedor, como se reveló ya en la
II Guerra Mundial, porque la guerra no se gana con una
victoria militar, sino cuando se triunfa económicamente.
Este es el objetivo final, que no va a lograr. En las
circunstancias actuales, si EE.UU. logra provocar una
nueva repartición del pastel (mercado mundial) y
transfiere la recesión (cuando los otros pierden trozos
del pastel), al final, en lugar de hacer crecer el
pastel, estará provocando que se reduzca aún más. Y
será el último perdedor en el mejor de los escenarios
para una economía de guerra.
-Por tanto, hacer
hoy una guerra es una estupidez, incluso económica...
–No
tienen salida a largo plazo. Esta vez Estados Unidos no
está, como erróneamente algunos pueden creer, en la
situación de los años 40. Entonces, otros países estaban
en conflicto y EE.UU. fueron, durante años, los
proveedores principales de productos civiles y bélicos
que los países en conflicto pagaban. Salieron
económicamente como los únicos favorecidos de la guerra.
En esta guerra se perfila que EE. UU. tendrá que asumir
el costo. Sus maniobras con la ONU y la OTAN para no
quedarse solo con el gasto parecen fracasar. El
movimiento social por la paz y otro mundo posible sale
fortalecido. Las manifestaciones de más de 30 millones
de ciudadanos del mundo por la paz son su claro
testimonio.
–Pero
si es tan evidente que a largo plazo tampoco ellos van
a ganar, ¿por qué insistir en la guerra?
–La guerra puede ser salida a cortísimo plazo y EE.UU.
no miran más allá de ello. A mediano plazo, la guerra no
resuelve nada y la recesión más bien se acentúa. Muchas
transnacionales entrarían en una crisis que jamás hemos
visto en el mundo. La quiebra de las empresas
transnacionales se dará en gran escala.
Si
el capitalismo logra sobrevivir a ese colapso —algo que
yo pongo en duda—, el comercio internacional sufriría un
colapso también. Estamos ante una situación similar a la
coyuntura que se dio en 1917. Habrá países que se
aparten del proceso de globalización cuando se fracciona
el mercado mundial. El sálvese quien pueda a nivel
nacional acentuará la caída de transnacionales. En
términos de magnitud, los grandes perdedores serían las
transnacionales, porque abarcan más del 50 por ciento
del mercado y dependen en alto grado del comercio
internacional.
¿Cuál es entonces el
escenario futuro? La guerra, porque el capital no
razona a largo plazo. La planificación la mandaron al
congelador hace décadas. La carrera es por la ganancia a
corto plazo. Y con la economía de guerra, la miopía se
ha vuelto peor aun. No se ve más allá del momento. Se
vuelve tan irracional la política que parece que la
hace un loco. La locura se torna racional dentro de la
lógica del capital transnacional en aprietos: el
capitalismo de la “nación elegida” salvándose por la vía
de la guerra. La verdad es que el capitalismo llegó a un
callejón sin salida. Eso explica la miopía: no hay
salida.
Si
ellos actuaran con sensatez tratarían de salvar el
capitalismo sin guerra, volviendo a la pastelería,
hacer crecer el pastel con inversión productiva.
Volver a acumular a partir del crecimiento en cada
nación.
YA
NO ES POSIBLE VOLVER A LA PASTELERÍA
Entonces la
conclusión parece ser que ‘hay que volver a hacer
pastel’, como hizo el keynesianismo después de la
Guerra. Sin embargo, ya no es posible volver a la
pastelería, al menos no con un alza en la tasa de
beneficios. ¿Por qué ya no es posible volver a
producir con ganancias? Para eso hay que entender ¿por
qué con el neoliberalismo huyó la inversión del ámbito
productivo?
La inversión huyó
porque la tasa de ganancia tendió a descender. Eso es lo
que ha hecho a través de la historia, solo que ahora
llegamos a un punto sin salida, ¿por qué? Porque a
través del mercado de la tecnología, se acortó la vida
media de los productos, a tal punto que hoy adquirimos
una computadora de última generación con la certeza de
que adquirimos una cosa ya obsoleta antes de pagarla.
Aumenta la depreciación que se debe aplicar para
obtener la nueva máquina en un plazo imposible. El costo
de innovación se dispara geométricamente. El ahorro en
el costo de trabajo no puede ir a la misma velocidad. El
resultado es una tasa de ganancia en picada. Después de
la IIGM y hasta finales de la década del 60 del pasado
siglo, el ahorro en el trabajo superaba el costo de
innovación, elevando la tasa de beneficios. Conforme se
achicaba el tiempo útil de la máquina, se disparaba su
costo y se hizo imposible que el costo laboral
disminuyera al mismo ritmo. Bajó la tasa de ganancia
desde fines de los años sesenta. En esa coyuntura nació
el neoliberalismo.
–Y
se empezó a buscar la ganancia por la vía
especulativa...
–Exacto, aunque hay
diversas formas de comer pastel. Además de la
especulación, está la privatización de empresas
estatales a precios de remate. Después de que se asfixia
a un país con la deuda externa, le compran el patrimonio
a precios de remate. Al aumentar las tarifas sin
inversiones nuevas, las transnacionales sacan ganancias
súper-extraordinarias. Otra modalidad son las fusiones y
adquisiciones para mejorar la posición en el reparto del
mercado mundial. La sustitución de productos nacionales
por productos transnacionales, al grito de ¡Abran las
fronteras! es otra modalidad muy común en América
Latina. Hace 20 años había que buscar con lupas los
productos extranjeros en los supermercados
latinoamericanos. Hoy hay que ir con candela para
encontrar los nacionales en el mismo supermercado.
Entonces las
transnacionales fueron las grandes ganadoras de este
proceso de globalización. Todo el mundo apostó a estos
únicos ganadores en las bolsas de valores. En los países
endeudados la especulación se da contra sus propias
monedas. Ambas modalidades acentúan la repartición del
pastel mundial y con ello fomentan la recesión
mundial y por ende la guerra.
Volvamos a ver si hay
una salida a la crisis sin guerra. Supongamos que se
quiere volver a hacer pastel. Eso obligaría a
aumentar la vida media de la tecnología ya que acortarla
reduce la tasa de beneficio aún más. Si se duplicara la
vida media de la tecnología, entonces se vende la mitad
de los productos, se realiza la mitad del valor y la
mitad de las ganancias. También la prolongación de la
vida media de la tecnología hace bajar a la tasa de
ganancia. O sea, el capitalismo llegó a un punto donde
baja la tasa de beneficio tanto al acortar la vida media
de los productos como al alargarla. Hay conciencia de
este dilema. Hoy buscan patentarlo todo, para aumentar
la vida media de los productos aumentando las ganancias
corporativas.
Esa política, sin
embargo, concentra mercados en manos de transnacionales
con patentes, a costa de mercados sin patentes. Esta
tendencia la vemos claramente con los medicamentos
genéricos, que están siendo eliminados a favor de
productos de marca de trasnacionales. Lo que significa
esta salida es que una parte cada vez menor come del
pastel existente. Se crea pastel en cada vez menos
lugares para que unos pocos comen el pastel entero. El
resultado es acentuar el proceso recesivo. No hay,
entonces, una solución por vía de la concentración. La
salida está en la desconcentración, la
descentralización. Y así como hace un siglo declararon
leyes antitrust, pronto declararán leyes antipatentes,
como ya han tenido que hacer por el SIDA. A mediano
plazo, el conocimiento tendrá que declararse patrimonio
de la Humanidad.
Pero producir
productos duraderos y declarar el conocimiento
patrimonio de la humanidad asfixia la racionalidad
del Capital, porque promueve un crecimiento negativo,
que para ellos no puede ser. Sin embargo, la recesión
mundial también implica ese crecimiento negativo. ¿Puede
haber crecimiento negativo con mayor bienestar? Si hacen
que los productos dupliquen su vida media, que la nevera
no dure cuatro años sino diez, como fue antes del
keynesianismo... el bienestar no disminuye en términos
genuinos. Aunque se trabaje y gane la mitad, porque se
vende solo la mitad de los productos de antes, tienes lo
mismo de antes y de mejor calidad. El único actor fuera
de juego es el capital. En tal entorno ya no encuentra
lugar. Ante esta alternativa viable, se siente en un
callejón sin salida y por eso se aferra a la guerra.
LOS VERDADEROS CONTRINCANTES
Pero las
transnacionales no pueden hacer la guerra sin un estado,
porque no tienen tropas propias. Tienen que vincularse
con una unidad política que es el Estado. Entonces, las
transnacionales que están conglomeradas alrededor de
Estados Unidos, se aferran a la “nación elegida” para
hacer la guerra santa. Blair se convierte en una especie
de Mussolini a pesar de la oposición en su tierra,
porque Gran Bretaña tiene más inversión que nadie en
Estados Unidos y viceversa. En términos económicos
están aferrados.
– ¿Y como se
explicaría la posición de Aznar?
–En el sálvese quien
pueda España puede apoyar a EE.UU. para salvarse con sus
inversiones en América Latina. A partir del no
financiamiento del BM y el FMI a Argentina, el capital
español resultó muy afectado. Este sálvese quien pueda
podría desintegrar a la Unión Europea.
–Antes
de empezar la guerra, ya se está afectando la unidad de
la Unión Europea.
–Está claro que el
juego de Estados Unidos es dividir a Europa y hasta
podría conseguirlo. Pero no es la habilidad política de
uno y otro lo que determina la desunión de Europa, creo
que estamos ante un mundo que está siendo definido cada
vez más por un ‘sálvese quien pueda’. No hay lugar para
todos y cada cual busca salvarse a como dé lugar.
Descubrirán que con
esta actitud nadie se salvará. Este ‘sálvese quien
pueda’ es una filosofía que hoy atraviesa el mundo,
acentuando los nacionalismos rumbo al neofascismo. Un
neofascismo que no solo brota en Estados Unidos,
autoproclamada la “nación elegida” para hacer cualquier
barbaridad en cualquier parte después del 11 de
septiembre del 2001.
En América Latina
también se da este sálvese quien pueda. En el caso de
Venezuela, por ejemplo, la oposición a Chávez reivindica
la meritocracia. La oposición se autodefine como los que
tienen méritos para estar en el país. Consideran que
la chusma de abajo no cabe. Eso es una concepción
fascista que penetra de una manera u otra en todos los
países, pero se torna una amenaza para la humanidad
cuando los intereses de las transnacionales de una
potencia fomentan el nacionalismo para imponer por la
guerra el nuevo reparto del mundo.
Este “sálvese quien
pueda”, en lugar de alejarnos de una guerra, nos lleva
más fácilmente a la confrontación. Por el momento el
conflicto se desarrolla en cancha ajena, pero los
verdaderos contrincantes no son EE. UU. e Irak, sino EE.
UU. y Europa.
Cuando se inició la
guerra contra el terrorismo en Afganistán se vislumbraba
una batalla de civilizaciones. En esencia, Occidente
había descartado. riente en
el reparto del mercado mundial. Si no hay lugar
para todos, que se salve Occidente y al carajo China,
Japón, los Tigres y todo el Oriente. La recesión mundial
aceleró el traslado del escenario de la guerra a Irak.
En el fondo se releva aquí una confrontación económica
entre Estados Unidos y Europa. Francia y Alemania lo
entendieron bien, aunque nunca lo hayan manifestado en
público.
–Supongamos que
alguien en el que Bush cree ciegamente le dice que esta
guerra no conduce a ninguna salida y que es mejor que la
pare. ¿Todavía él puede dar marcha atrás?
–No, no creo. Le
puede pasar, incluso, lo que le pasó a Kennedy. Si da
marcha atrás, será hombre muerto.
–Entonces esta
guerra no es exactamente una irracionalidad de Bush...
–No, Bush es apenas
el vocero de los intereses que están detrás de la
guerra. Será útil mientras cumpla esa misión. No
descarto que de repente, él pueda dar marcha atrás ante
la presión mundial. En ese sentido hay escenarios más
optimistas. Hasta 1997 estuvimos todos tratando de
encontrar la luz al final de este túnel tan oscuro, sin
esperanzas. Hoy estamos ante un mundo despabilado,
ya sentimos las alitas, por decirlo de alguna
manera. Y es precisamente sobre las contradicciones de
las transnacionales en cuanto al reparto del mundo, que
nació y se desarrolló ese movimiento social. Sin aval
del Consejo de Seguridad para la guerra no hay razón que
los inspectores se vayan. Miles de norteamericanos,
ingleses, españoles que luchan contra la guerra se
sentirían con una alta moral para ir a Bagdad como
escudo humano. Entonces veo difícil que hagan la guerra.
Es decir, el movimiento social puede frenar más la
barbarie que el propio Bush. Es más, si Bush pudiera
hacer algo inteligente, sería pedirle al movimiento
social “vayan ustedes a Bagdad, para salvarme”.
–Entonces,
la única explicación para la guerra que está por empezar
es que ya llegamos al fin de la historia...capitalista.
–Exactamente.
Y ese es precisamente el contenido de mi nuevo libro
que se llama El Ocaso del capitalismo, reencuentro
con la Utopía.
Notas:
*Wim Dierckxsens, holandés de
nacimiento, radica en Costa Rica desde 1971. Estuvo
cuatro años en Honduras y medio año en Nicaragua. Tiene
un doctorado de la universidad de Nimega, Holanda y un
postgrado de la Sorbonne, París. Demógrafo de profesión,
trabajó en Naciones Unidas, el gobierno de Holanda y la
Universidad de Tilburg, Holanda. Fue director de la
Maestría en Economía de la Universidad Autónoma de
Honduras y fundador de la maestría en Política Económica
de la Universidad Nacional de Costa Rica. Actualmente es
investigador del Departamento Ecuménico de
Investigaciones (DEI) y del Foro Mundial de
Alternativas. Ha editado libros sobre la globalización y
alternativas, entre ellos "De la globalización a la
Perestroika en Occidente"; "Los límites de un
capitalismo sin ciudadanía"; "Del neoliberalismo al
poscapitalismo" y "La Utopía Reencontrada". Los primeros
dos han sido editados también en inglés y el último está
traducido al francés.
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