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YO QUIERO CREAR UN GRUPO
BOLCHEVIQUE (IV)
"Matacandelas
es un grupo un poco a la defensiva, nosotros
participamos de una sociedad que está viviendo unos
momentos muy difíciles, muy convulsos, y muy confusos
también; y el Matacandelas es también como una metáfora
de la patria."Conversación con Cristóbal Peláez,
director del Teatro Matacandelas, de Medellín, Colombia.
Fernando
J. León Jacobino|
La
Habana
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PRIMERA PARTE
•
SEGUNDA PARTE
•
TERCERA PARTE
–Ahora es la trampa. Te voy a decir cinco citas y, para
que me desarrolles cada una de ellas, un pie forzado.
Citas de las que a veces no conozco ni el autor, pero
que las he visto en cursivas en algunos documentos sobre
el grupo. Por ejemplo: “Esto es una aventura,
arremangaos, que vamos a atravesar un pantano”. Háblame,
en este caso, sobre el contexto en que opera el
Matacandelas.
–Esa
es de William Carlos Williams, en un poema que se llama
Señoras y señores, arremangaos, vamos a atravesar el
infierno. Ese es el contexto de las dificultades en
que se mueve todo proyecto cultural en Colombia, y es
una frase que utilizamos mucho en el grupo.
Antes de llegar, con todas las dificultades que hemos
tenido, nos llegó una notificación de que yo me tenía
que presentar, en tres días, fecha en que ya salía para
La Habana, en la división de impuestos nacionales, y que
teníamos que pagar allá un impuesto equivalente a
cuatro mil dólares. Como era justo el día anterior a
nuestra salida, fue el revisor jurídico nuestro y le
insistieron en que debía asistir yo personalmente. Él
les mintió, le dijo: “ya él se fue para Cuba, él no
está, de manera que me tienen que decir a mí”, y se
enteró en detalles de lo del impuesto y de que, si no lo
pagábamos, tendrían ellos que cerrar nuestra sede o
cuando menos embargarnos toda la boletería del año. Él
dijo: “eso es imposible”. Le explicaron que se trataba
de una nueva ley y le hicieron saber los plazos
establecidos. Y en medio de aquella incertidumbre,
Diego, uno de los actores del grupo dijo, precisamente:
“señoras y señores, arremangaos, vamos a cruzar el
infierno”. Para nosotros es como una frase de estímulo.
Es como “Patria o Muerte, Venceremos”.
–Las plantas se sueñan a sí mismas -dijo Parménides. Yo
quisiera que tú me hablaras ahora del teatro como
tautología, del teatro recomponiéndose a sí mismo en
medio de un contexto como el que hemos estado esbozando.
–Esa
frase no la había escuchado, pero es muy linda. El
Matacandelas utiliza mucho en las obras el referente del
Matacandelas mismo. Sí, por ejemplo, vas a ver
Angelitos empantanados, verás que se usa una
claqueta en la que aparece constantemente la palabra
Matacandelas. En varias obras aparece esa referencia al
grupo, pues a nosotros nos interesa mucho no ocultar
nuestra condición de grupo; incluso todas nuestra obras
infantiles parten del hecho de que se va a dar un
espectáculo, representado por el Matacandelas y para un
público real. Yo le he dicho a la gente: “no abandonemos
nunca esa condición, no hagamos un cuento donde Había
una vez tal y tal y entonces..., porque entonces uno
cree que eso es verdad”. De lo que se trata es de que al
público se le reciba y se le haga saber claramente que
esto es un espectáculo en el que participan niños que
han venido e ver títeres y a los que se les estarán
presentando títeres. Incluso, nosotros lo empleamos en
casi todas las obras, un presentatore, lo que
obedece a esa casi enfermedad mía relacionada con los
presentatores italianos. Dicen: “señoras y señores,
niños y niñas, bienvenidos al espectáculo de títeres. El
Teatro Matacandelas presenta...”. Y esto se
vuelve siempre un referente, además de que las obras
están construidas también desde la tautología nuestra,
lo que se verifica sobre todo en el plano filosófico,
toda vez que cada obra está construida a partir de las
necesidades expresivas de los mismos integrantes. Es,
en gran medida, una necesidad, viene a ser como si el
Matacandelas tratara de escribir su biografía, algo
similar a lo que sucede con el Teatro de la Llanura, de
Argentina. Este es un grupo argentino que ojalá puedan
recibir por acá en alguna de las futuras ediciones del
Mayo Teatral, sobre esto le hemos estado comentando a la
Dirección de Teatro de Casa de las Américas.
Es
de lo más hermoso que he visto en teatro, y no hacen
sino biografías. Tienen dos obras que para mí son
formidables, una se llama El clásico binomio, y
participan en ella solo dos actores y un técnico, y la
otra se llama Actores de provincia, cuyo
argumento se compone con la biografía de los actores;
incluso el final de la obra es sumamente tautológico,
ya que estamos en ese campo; es un homenaje al
luminotécnico, que se llama Miguel, y que lleva 16 años
trabajando con ellos. Y ellos, de una manera muy
sencilla le dicen: “Miguel, echáte la luz tal cosa y
tal”, y dan con todo este juego la verdadera tragedia
que es hacer teatro. Yo no había descubierto esa
tragedia y con ellos la descubrí. Es como el canto del
cisne de Chejov, y claro, el público en Manizales, con
todo y ser un público de teatro, muy fogueado, salía
llorando. Los muchachos del Matacandelas salieron con
lágrimas, al punto que me los encuentro, a la salida del
teatro, completamente destrozados.
–En
el principio era el verbo. Tú, que continuamente te
refieres a la importancia de la palabra para el teatro
y que incluso has impartido un taller sobre el tema en
esta edición del Mayo Teatral, háblame un poco del peso
específico y la densidad de la palabra en la obra del
Matacandelas.
–A
mí me interesa mucho la palabra porque la palabra hace
cosas. Incluso el gesto mismo está incluido en la
palabra. Precisamente con esa cita que has elegido
empezó Luiggy María Mussatti a hacer Medea, con
los actores y actrices de nuestro grupo. Precisamente
acá en La Habana supimos que las cosas marchaban bien
para este proyecto.
A
él le llamaba la atención cómo el Matacandelas
privilegia mucho la palabra y se nos confesaba agotado
de tanto teatro de mímica, de saltos; de ahí que nos
propusiera experimentar con Séneca desde nuestra
experiencia como grupo. Yo he visto magnífico teatro de
imágenes donde la palabra no está pero yo,
particularmente, por defecto, por debilidad, cuando voy
a ver un espectáculo y no hay palabras, sufro muchísimo.
A mí me hace falta que alguien diga algo. Le voy a poner
el ejemplo del Teatro Royhart, es una anécdota muy
linda.
Se trata, por supuesto, de un teatro gestual. Cuando
ellos se presentan en España, allá por los años 80, a la
salida del teatro estaba López Rubio, un dramaturgo
español, y le preguntan si le había gustado el Teatro
Royhart, que en ese momento era la locura en España y en
Europa. Y él respondió: “no, porque me está proponiendo
volver a la onomatopeya, al ruido, a lo gutural y
hombre...”. “Ellos proponen una vuelta a los orígenes
–interrumpió el periodista”. Y él ripostó: “pero,
hombre, ¿pa´ que nos vamos a devolver si ya hemos
avanzado mucho? Yo propongo que sigamos hacia donde
vamos, pero que tratemos de hacer las cosas mejor”; y
agregó: “verá, le voy a dar razón de por qué no me ha
gustado. Vea, yo soy un aristócrata de la cultura;
Bottiicheli pintó para mí, Baudelaire escribió para mí,
Kant escribió para mí, Platón realmente para quien
escribió fue para mí. Yo soy un beneficiario, y lo leo,
y me emociono; entonces ¿por qué voy a volver a la
onomatopeya?”. La palabra es hermosa, hay tantas cosas
que se pueden decir de la palabra. A mí me han acusado,
y me gusta esa acusación, de que mi teatro descansa
mucho sobre la palabra. Yo lo que no puedo hacer es
sacar a un actor a escena a ilustrar un texto que se
explica por sí solo. Por ahí comenzó hoy el taller. Si
yo digo: “los dioses son crueles”, para qué voy a
ilustrarlo con un movimiento que realmente no me va a
aportar nada nuevo.
Si
miras a los actores ingleses y alemanes, entiendes
aquello que decía Lawrence Oliver: “yo represento
–decía- cinco horas Hamlet, que es muy fatigosa, pero
tengo momentos de descanso”. Le preguntaron
cuáles y dijo: “los monólogos”. Y, claro, esos son los
actores ingleses o alemanes que te dicen “ser o no ser”,
y los tipos ni se mueven, porque la cara no esta
ilustrando lo que se dice con palabras. Hoy pusimos unos
ejercicios y fue una trampa. La chicha empezó a contar
una anécdota: “yo, pues en mi casa, yo, un día, había
una ventanita pequeña, yo estaba allá”. Y yo dije: “¿por
qué me grafica?, no se mueva”. Entonces no movía los
pies, movía las manos. Y yo le dije: “ahora no mueva las
manos”. Entonces empezó a mover la cabeza.
Yo
no estoy preconizando un teatro estático, en mi teatro
generalmente hay movimiento, O Marinheiro es una
ínsula en la que me agrada, justamente, que no le damos
movimiento. A Pessoa lo montamos tan hermético porque la
palabra lo exigía. A mí particularmente me conmueve en
O Marinheiro, cuando Pessoa dice, a través de esa
actriz: “Y si nada existiese, y si todo fuese, de
algún modo, absolutamente cosa ninguna”. A uno le entra
una angustia existencial tremenda, que no necesita que
el actor dé saltos.
Ahora, entiendo muy bien el teatro de pantomima, amo el
teatro de los saltimbanquis, amo a los payasos, amo a la
gente que se tira por las cuerdas pero yo
particularmente, para mi vida, no he elegido ese teatro.
–¿Eres consciente de la similitud entre la composición
de O Marinheiro y la de un cuadro del pintor cubano
Fidelio Ponce de León que se llama Las niñas?
–No,
no lo conozco, me gustaría conocerlo.
–El grupo ha trasladado los mecanismos tradicionales de
la puesta en escena a la enunciación del texto. Uno no
puede decir que en O Marinheiro no hay progresión
dramática, porque la hay en la enunciación del texto;
uno no puede decir que no hay clímax, porque lo hay en
la enunciación del texto y, lejos de renunciar al resto
de los recursos, te has apoyado en el espectador y en
los decorados. ¿Se puede hablar de una puesta en sonido,
se puede hablar de una puesta en sentido de O
Marinheiro? ¿Pudiéramos decir que se trata de un
acercamiento consciente a esta frase que tú citas y en
la que aseguras que todo verdadero arte tiende hacia
la música?
–El
espectador entra al teatro a oír música. Uno le da una
pauta a un actor, y lo vimos a través de los ejercicios
del taller, y puede suceder que el actor no alcance a
comprender qué es lo que usted pretende, y entonces los
ejercicios no aciertan. Hoy yo les decía: “yo tampoco
tengo muy claro hacia dónde vamos pero yo quiero ver”.
Puede que un actor te diga, por ejemplo: “ya sé cómo es
la personalidad de Edipo Rey”, pero el actor nunca te
dice: “ya sé cuál es la estructura fónica del
personaje”. Y yo les proponía que hablásemos: “ustedes
que van de profesores, que son actores, hay que hablar
de la estructura fónica de los personajes”. Cuando
hablabas de la puesta en sonido, de la parte sonora, yo
recordaba el montaje de Los Ciegos. Una de las
actrices de O Marinheiro es la que propone la
música y toda la estructura sonora para esta obra.
Cuando comenzamos, le dije: “usted debe estar consciente
de que el 50 % de la dramaturgia está en lo que se oye,
en los efectos que usted llegue a crear. Entonces, tiene
que empezar a trabajar sin dogmas, a explorar”. El
montaje total de la obra se llevó cuatro meses y ella
duró ese mismo tiempo creando la estructura sonora.
Un
día un tipo, que es lo que llamamos en Colombia un
atarbán, una cosa, me dijo: “yo quiero entrar a ver una
obra de este grupo”. Y le respondí: “yo quiero que
entre”, porque yo quería saber cómo una bestia de esas
recibía un espectáculo como el que hacemos. Él terminó y
se fue, y después le pregunté a la persona que lo llevó,
porque realmente lo llevó un tercero, qué había opinado
aquel tipo del espectáculo: “me imagino que se durmió
–le dije, o que se retiró”. Y aquella persona me
respondió: “pues no, quiere volverla a oír”. “¿Cómo
así?, -le dije.”. Y me hizo saber que el tipo había
dicho: “no entendí nada (era Angelitos empantanados),
pero todo lo que se oye y hablan es tan chévere”.
En
Medellín mucha gente dice que los espectáculos del
Matacandelas se pueden ver a ojos cerrados, es una frase
que hay, y eso para mí es como un regalo porque el
esfuerzo ha sido tremendo. Y no es que las cosas me
hayan salido así, sino que yo empiezo muchas veces y le
digo al actor: “hágale, eso todavía no me suena, empiezo
incluso a no verlo, hágale, eso todavía no me suena, no
me suena, empiezo solo a oírlo”.
La
vida me dotó, eso sí, de una capacidad auditiva muy
peculiar. Sanchís Sinesterra me decía que yo era sordo,
musicalmente hablando, porque, efectivamente, yo soy
sordo; el caso mío lo iban a estudiar en el
conservatorio de la Universidad de Antioquia como un
caso anómalo. Absolutamente sordo para la música,
desafinado, no soy capaz de marcarle a usted un ritmo en
un tambor ni siquiera durante dos segundos, pero en
escena, cuando un actor habla, yo soy muy musical, tengo
un sentido de esa musicalidad, y eso me ha salvado, no
sé por qué demonios, porque es algo que no he
codificado, ni estudiado, pero que al confrontarlo con
el público me ha funcionado muy bien, y siento que no
es tan subjetivo. O Marinheiro lo monté así,
monté, también así, la parte de Los Ciegos que me
correspondía. Pienso que incluso Angelitos
empantanados, aun con sus discontinuidades y
altibajos, es una obra que, en general, se puede oír muy
bien.
–Qué piensas de la herencia y el legado de Matacandelas.
¿De qué se nutrió y qué entrega el grupo que has fundado
y aún diriges?
–Para
mí el Matacandelas va a dejar como un sentido ético de
la teatralidad; yo siento, y estoy dispuesto a
sustentarlo, que es un grupo que ha defendido mucho, a
su escala, y a pesar de ser una compañía pequeña y
modesta, esa herencia histórica de lo que es la
elaboración artística, en una orientación cercana al
Teatro de Arte de Moscú. Pienso que de cualquier terreno
de la parte estética, llámese escritura, llámese teatro,
llámese pintura; lo que nosotros hemos recogido es
muchísimo.
El Matacandelas es un grupo que ha tenido algún éxito,
al menos dentro de nuestra escala de valores, que no es
la escala social burguesa, pero hemos tenido éxito
porque el grupo ha logrado establecer determinados
presupuestos éticos como son la disciplina, el sentido
ideológico de la disciplina. El sentido, la pasión y el
vértigo que hemos defendido y que se expresan muy bien
en una connotación de carácter terapéutico, siempre los
hemos mantenido, y es una trampa también para el grupo,
que es el trabajo con los niños. Mientras estés
trabajando con los niños, participas de una relación muy
especial, de una relación absolutamente higiénica.
Nosotros somos una amalgama, un bricolá, un collage de
cosas en las cuales emergen a veces unas influencias, a
veces otras. No tenemos una visión personalísima del
arte, en nosotros concurre una muchedumbre.
Cuando yo formé el grupo, me había leído bien, y me leí
muy bien, todo lo que era crear un partido como el
partido bolchevique. Y yo dije: “yo quiero crear un
grupo bolchevique en teatro, ya que no tengo, como Lenin,
las huevas para libertar una nación”. No soy político,
no sé cómo se hace eso, soy un tipo muy ignorante, pero
aquí sí me aprendí un montón de reglas, porque quiero
hacer teatro y quiero hacer un grupo bolchevique. El
Matacandelas es un grupo muy bolchevique, un grupo que
tiene una hondura espiritual muy grande, una sinceridad
muy grande con su público: las influencias recibidas de
maestros como Stanislavski, Lenin, Marx, Flaubert,
Platón, Aristóteles son muy grandes.
Nosotros decimos en Colombia que el actor es un
beneficiado porque, a veces a falta de una familia,
tenemos tres. Otra cosa puede que no, pero mundo sí
tenemos. Primero está la familia natural, que queremos
por cuestión natural, el padre, la madre, los hermanos,
etcétera. Luego, tenemos otra familia que somos nosotros
mismos, un montón de huérfanos unidos para que no nos
derroten del todo. Somos como esos perritos de la India,
esos perritos chiquitos, que son muy hijoeputicas, y
cuando ven un tigre uno cree que salen corriendo y, por
el contrario, se le lanzan entre cuarenta o cuarenta y
cinco y mueren nueve o diez de ellos pero matan al
tigre. Eso somos, unas cositas así de pequeñitas;
aburridores, ladradores como aquellos perritos. Yo le
decía al grupo cuando veíamos el documental sobre los
perritos indios: “miren qué belleza, nosotros somos como
perros indios”, es la familia que somos nosotros mismos,
el respeto que nos damos, la diferencia que aceptamos,
etc.
Y
otra es esa familia ancestral del teatro, somos
descendientes de muchos hombres y mujeres ilustres,
somos descendientes de Esquilo, de Sófocles, somos
descendientes de Shakespeare, de Ibsen, de Racine, de
Artaud, de Ionesco, de Becket; somos una especie de
ratas que han sobrevivido a través de los siglos. Así
que o nos dejan, o nos ignoran, o nos apoyan, porque
derrotarnos nos les va a ser fácil.
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