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LA JIRIBILLA
A LA SOMBRA DE UN
La terquedad es una cualidad tan controvertida como necesaria. Gracias a ella, un hombre puede concretar un sueño o sucumbir ante él. En todo caso, ser terco implica aceptar el desafío de sostener una profunda convicción. Una postura solo auténticamente real cuando logra trascender el entramado de poses y estrategias. Ángel Delgado es uno de esos artistas que ha hecho de la terquedad una virtud. Fue terco al quedarse en su isla dispuesto a recuperar la confianza de los suyos. Y más que todo: fue terco renunciando a no valerse del arte como medio de venganza sino como fin para plasmar un “testimonio inédito” de quien ha vuelto a mirar la vida en su dramática desnudez.
Luego de
performáticas apariciones en muestras colectivas,
Sombra interior devino la posibilidad de que
este creador volviera a disponer de un amplio
espacio en solitario. Pero lo más importante reside
en que Ángel no tuvo que ablandar la esencia dura de
su discurso para que el Centro Provincial de Artes
Plásticas y Diseño le abriera sus puertas y, de
paso, corresponderle a dicha institución la urgencia
de neutralizar el mito del eterno estigmatizado.
Después de este protagónico regreso al circuito del
arte cubano, ya es hora de obviar cualquier residuo
de vínculo paranoico del artista con funcionarios e
instituciones. Solo de este modo, podríamos
enjuiciar orgánicamente su quehacer como otro
componente atendible de nuestro contexto plástico.
Una vez más, el propósito se concentra en recrear la atmósfera de un espacio regido por los límites, apelando a soportes y materiales precariamente íntimos como pañuelos, sábanas o lápices de colores. Dotadas de cierta apariencia infantil, estas crónicas colocan al espectador en contacto con el jolongo, la cordillera o la requisa, circunstancias típicas que, fuera de su contexto habitual, se tornan arquetípicamente desgarradoras. En estas piezas, percibimos esa retórica obsesiva dominante en la poética de Ángel Delgado. Todo un juego monotemático que cualquiera puede descartar, pero nunca cuestionar. Porque basta padecer o disfrutar un momento irrepetible para que este se convierta en un perenne motivo para urdir fábulas. Lo sorprendente de la muestra resulta el hecho de que las aperturas formales son casi proporcionales al sobrecogimiento interior que sugieren, sin que ello provoque vaciar de contenido al discurso que sustenta la obra. Esta distinción se observa en esos rostros cuyos contornos lo trazan cuchillas que reflejan la variedad de sus sombras en la pared. Símbolo de la condición fantasmal de un sujeto que ha perdido su identidad, semejante alegoría reafirma la recurrencia a temas como el peligro que enfrenta el hombre desde su nacimiento, la soledad o el complejo de impotencia ante fuerzas que nos rebasan. Aunque lo abstracto siempre ha tenido un peso notable en la labor de Ángel, esta manera de aprovechar la connotación simbólica de un objeto en función de una reflexión más abierta le otorga nuevos matices a una lectura más cerrada de la obra. Una tendencia ya detectada en el performance-instalación Gotas como días, presentado en la última edición de La huella múltiple, donde prevalece una dislocación referencial que le concede a la acción una ambigüedad simbólicamente eficaz. A pesar de que emplear su propio cuerpo como soporte de la idea es una constante en el trabajo del hacedor, la muestra no incluyó ningún performance, ese género que le ha permitido intervenir en eventos capaces de interrumpir prolongados silencios. Sin embargo, esta opción es válida si tenemos en cuenta la presunta intención de no ofrecerle al espectador lo que este lógicamente espera. Pero solo al llegar el instante del recuento, recordamos la espectacularidad de acciones como Dolencia propia o Desgaste y cómo en el imaginario de algún espectador pudo albergarse la sospecha de que algo le faltó a la muestra. La intención de crear una atmósfera que atrape al espectador le otorgó a la curaduría una coherencia afín con cada uno de los fragmentos de la trayectoria de Ángel Delgado representados en Sombra interior. Porque muchas de estas piezas no correrían la misma suerte sobreviviendo solitarias en uno de esos salones masivos que padecemos con frecuencia. A partir de este necesario regreso, la obra de Ángel deberá centrarse más en su marcha ascendente que en sus largas pausas para que únicamente perdure el pretexto de la inconformidad consigo mismo. |
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