| LA JIRIBILLA | |||
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EL SIGNO FUNDADOR
DE LA IMAGEN
La imagen o icono de José Martí recorre la historia de las artes visuales de la Isla cual referencia tenaz, necesario asunto para artistas de todas las épocas, quienes parecen no resistirse desde sus propios imaginarios, sus estilos distintivos a reflejarle en las más variadas manifestaciones artísticas. Y no se trata de que los creadores hayan seguido, de acuerdo a sus circunstancias específicas de creación, cambiantes modas, ni de conminar la atención de los espectadores de cualquier género y momento solo por el atractivo fatuo de verse eternizado en un símbolo que sabemos persistente por y para siempre en la memoria de su pueblo. Sino más bien refleja las búsquedas y encuentros individuales y sociales ante un emblema innegable de la nación y la nacionalidad cubanas. En el aniversario 150 de su natalicio, la anterior afirmación se evidencia en la contemporaneidad del quehacer artístico expresada en curadurías y ediciones sobre Martí en la plástica cubana. La primera exposición colectiva que permite realizar un itinerario breve por la imagen de Martí vista por nuestros artistas es la que el pasado martes 4 abrió sus puertas en el Memorial José Martí, centro donde los visitantes pueden disfrutar no solo de una refinada exhibición de esculturas de pequeño formato en cera de Isabel Santos sobre La Edad de Oro, sino la propia mencionada, Yo sé de un pintor gigante.
La muestra, una curaduría de Virginia Alberdi, con el auspicio del Consejo Nacional de las Artes Plásticas y el propio memorial, reúne pinturas de 30 artistas y fue inaugurada por Pedro Pablo Rodríguez, investigador prestigioso y director de las ediciones sobre el Maestro, quien en su intervención señaló su papel como un hombre decisivo en el cambio no solo de mentalidad, sino de sensibilidad de su pueblo. La exposición reúne el fértil e inacabable reflejo artístico de una visión que también intenta transmitir el ideario del apóstol, y pareciera como si los signos plásticos adquirieran inagotables significados al ser tan indistintas las maneras en su plasmación. Obras no tan conocidas como el Martí, de Javier Guerra de su serie Talento, que nos ofrece siempre una nueva y única cubierta posible para una publicación utópica, donde la gráfica se interrelaciona con la obra original e irrepetible. O la notable y sobresaliente Pensamiento martiano, de Minerva López, quien aborda el tópico de manera originalísima, incapaz de ser lastrada por el reiterado trabajo con el conocido icono, de modo que la gestualidad poética, la ausencia de una figuración explícita, no ha impedido una muy novedosa y sugerente recreación del título de su pieza. En su Martí y la muerte, de Vicente R. Bonachea nos acerca a un enfoque desenfadado, no exento de un mágico optimismo. Eduardo Abela lo acerca a la cotidianidad, y pinta un Martí que bien pudiera ser nuestro pariente o amigo, sentado en un hermoso sillón artesanal caribeño. Otras obras ya son clásicas citas martianas en la contemporaneidad del arte cubano, como la de Agustín Bejarano, la conocida y muy gustada Izada, de Ernesto Rancaño, o la interpretación de un verso sencillo martiano, El arroyo de la Sierra, una pieza de Alicia Leal, donde Martí aparece como un guajiro más rodeado de árboles del monte y pavorreales.
Es
evidente que los organizadores no se propusieron una muy
amplia selección de artistas y manifestaciones, sino
solo uno de los posibles viajes de la mirada, un
itinerario capaz de trazar una visualidad diversa desde
la creación de los últimos dos decenios sobre la imagen,
figura, ideario y concepto de alguien a quien se deben
las páginas más avezadas sobre el mercado de arte y la
valoración artística de su tiempo, y que en la
fecundidad de su vida y obra, transcurrido siglo y
medio, continúa adquiriendo, a los ojos de creadores y
espectadores activos, nuevas e infinitas aristas para el
arte cubano. |
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