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A LA SOMBRA DE UN
REGRESO NECESARIO
Héctor
Antón Castillo
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La
Habana
La
terquedad es una cualidad tan controvertida como
necesaria. Gracias a ella, un hombre puede concretar un
sueño o sucumbir ante él. En todo caso, ser terco
implica aceptar el desafío de sostener una profunda
convicción. Una postura solo auténticamente real cuando
logra trascender el entramado de poses y estrategias.
Ángel Delgado es uno de esos artistas que ha hecho de la
terquedad una virtud. Fue terco al quedarse en su isla
dispuesto a recuperar la confianza de los suyos. Y más
que todo: fue terco renunciando a no valerse del arte
como medio de venganza sino como fin para plasmar un
“testimonio inédito” de quien ha vuelto a mirar la vida
en su dramática desnudez.
Luego de
performáticas apariciones en muestras colectivas,
Sombra interior devino la posibilidad de que
este creador volviera a disponer de un amplio
espacio en solitario. Pero lo más importante reside
en que Ángel no tuvo que ablandar la esencia dura de
su discurso para que el Centro Provincial de Artes
Plásticas y Diseño le abriera sus puertas y, de
paso, corresponderle a dicha institución la urgencia
de neutralizar el mito del eterno estigmatizado.
Después de este protagónico regreso al circuito del
arte cubano, ya es hora de obviar cualquier residuo
de vínculo paranoico del artista con funcionarios e
instituciones. Solo de este modo, podríamos
enjuiciar orgánicamente su quehacer como otro
componente atendible de nuestro contexto plástico.
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Una vez más, el
propósito se concentra en recrear la atmósfera de un
espacio regido por los límites, apelando a soportes
y materiales precariamente íntimos como pañuelos,
sábanas o lápices de colores. Dotadas de cierta
apariencia infantil, estas crónicas colocan al
espectador en contacto con el jolongo, la cordillera
o la requisa, circunstancias típicas que, fuera de
su contexto habitual, se tornan arquetípicamente
desgarradoras. En estas piezas, percibimos esa
retórica obsesiva dominante en la poética de
Ángel Delgado. Todo un juego monotemático que
cualquiera puede descartar, pero nunca cuestionar.
Porque basta padecer o disfrutar un momento
irrepetible para que este se convierta en un perenne
motivo para urdir fábulas.
Lo sorprendente
de la muestra resulta el hecho de que las aperturas
formales son casi proporcionales al sobrecogimiento
interior que sugieren, sin que ello provoque vaciar
de contenido al discurso que sustenta la obra. Esta
distinción se observa en esos rostros cuyos
contornos lo trazan cuchillas que reflejan la
variedad de sus sombras en la pared. Símbolo de la
condición fantasmal de un sujeto que ha perdido su
identidad, semejante alegoría reafirma la
recurrencia a temas como el peligro que enfrenta el
hombre desde su nacimiento, la soledad o el complejo
de impotencia ante fuerzas que nos rebasan. Aunque
lo abstracto siempre ha tenido un peso notable en la
labor de Ángel, esta manera de aprovechar la
connotación simbólica de un objeto en función de una
reflexión más abierta le otorga nuevos matices a una
lectura más cerrada de la obra. Una tendencia ya
detectada en el performance-instalación Gotas
como días, presentado en la última
edición de La huella múltiple, donde
prevalece una dislocación referencial que le concede
a la acción una ambigüedad simbólicamente eficaz.
A pesar de que
emplear su propio cuerpo como soporte de la idea es
una constante en el trabajo del hacedor, la muestra
no incluyó ningún performance, ese género que le ha
permitido intervenir en eventos capaces de
interrumpir prolongados silencios. Sin embargo, esta
opción es válida si tenemos en cuenta la presunta
intención de no ofrecerle al espectador lo que este
lógicamente espera. Pero solo al llegar el instante
del recuento, recordamos la espectacularidad de
acciones como Dolencia propia o
Desgaste y cómo en el imaginario de algún
espectador pudo albergarse la sospecha de que algo
le faltó a la muestra.
La intención de
crear una atmósfera que atrape al espectador le
otorgó a la curaduría una coherencia afín con cada
uno de los fragmentos de la trayectoria de Ángel
Delgado representados en Sombra interior.
Porque muchas de estas piezas no correrían la misma
suerte sobreviviendo solitarias en uno de esos
salones masivos que padecemos con frecuencia. A
partir de este necesario regreso, la obra de Ángel
deberá centrarse más en su marcha ascendente que en
sus largas pausas para que únicamente perdure el
pretexto de la inconformidad consigo mismo.
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