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El cuento de La Jiribilla

EL DESCUBRIMIENTO
 
Antón Arrufat
 

A José Rodríguez Feo

Vive en una habitación y trabaja para una fabriquita de corbatas. Su labor consiste en doblar y pegar, con un pincel mojado en ácido acético, pequeños estuches de celuloide.

No tiene que salir a la calle. Realiza su trabajo en un rincón del  cuarto, sobre una mesa de madera pulida por el roce de sus manos durante muchos años. Un operario de la fabriquita le trae cada lunes en una carretilla ocho gruesas de estuches sin armar, y vuelve los viernes para recogerlos terminados. Él baja la escalera de caracol con los paquetes amarrados y los coloca en la carretilla, saluda al operario —que invariablemente lo invita a tomar un café, invitación que rehúsa también invariablemente— y sube a su habitación.

Tiene cuarenta años. Se levanta temprano. Los vecinos oyen sus pasos, lo oyen lavarse la cara, toser y escupir. Oyen, a través del delgado tabique de madera y cartón que separa las habitaciones, los bostezos de su mujer removiéndose en la cama de hierro.

—Acuéstate. Es la luz de la luna.

—El que temprano se levantó, una botija se halló.

Y su índice marca la frase casi en la frente de su mujer.

—Más temprano se levantó el que la botija perdió.

Se tapa la cara con la almohada y finge roncar.

Cada mañana es el mismo juego.

Él cuela el café y se lo lleva a la cama. Después, sentado a la mesa, desayuna. Moja pedazos de galleta en la taza de leche. Comienza a trabajar. Sus manos son ágiles, seguras, de movimientos precisos. El fuerte olor del ácido le hiere la nariz. A veces parece sentir un olor frío en breves latigazos. Su mujer se levanta.

— ¡La peste de todos los días!

Él va formando pacientemente columnas de cajas en el rincón. Está sentado en una silla recostada en el marco de la ventana. Los pies le cuelgan. La luz entra por los cristales empañados. Escucha a su mujer trajinar en el fogón, fregar los platos, preparar el almuerzo, conversar en alta voz con los vecinos.

El día avanza. Las cajas llenan el espacio y cubren los cristales de la ventana, a la que se asoma de cuando en cuando. Suele mirar a su mujer y recordar que una vez estuvo al borde de la muerte, cuando lo del aborto. Nunca podrían tener hijos. Recuerda sus ojos a través de la cámara de oxígeno buscándolo después de abierta la puerta. Él comprendió que no eran los ojos de una moribunda sino los de un ser lastimado, de alguien que se siente culpable, aunque no lo sea realmente. Esa mirada volvió a verla luego, cuando ella le servía la comida, cuando había un silencio entre ambos, cuando suavemente subía sobre ella para hacer el amor. La mira y recuerda, y sigue pegando sus estuches.

Almuerza.

No vuelve a trabajar. Por la tarde duerme la siesta. Su mujer baja al patio y se pone a conversar con las vecinas o visita a su madre, con quien acaba siempre peleada. Comen a las siete. Oyen la radio y se acuestan temprano. Él anota sus gastos en una libreta, donde lleva cuenta de todo.

Los sábados al anochecer van invariablemente al cine Rex para ver documentales y noticieros. Ninguno gusta de largometrajes o películas de argumento. Regresan alrededor de las diez y se acuestan.

—Un día de éstos me gustaría viajar —dice ella.

—A lo mejor...

— ¿Cuántas pilas de estuches tendrías que pegar?

—Para llenar un trasatlántico.

— ¿No hace calor en esos países?

—Unas veces sí y otras no.

Callan un rato. Él fuma.

—Ten cuidado no te duermas con el cigarro encendido. Acuérdate de lo que le pasó a mi tío. Perdió parte del brazo.

— ¿Y qué interés tendrá la gente en ganarse un trofeo? Tenían una sonrisa de oreja a oreja. Jugarse la vida dándole vueltas a una pista.

—Si fueras tú irías a pie. ¿Terminaste?

—No tengas miedo. Amanecerás enterita. Lo apago y me duermo.

— ¿Mañana vas a jugar al dominó?

—Una partidita.

—No vengas tarde. ¿Terminaste?

— ¿Hasta dónde se le quemó el brazo?

—Le quedó un mochito.

La mañana del domingo se marcha a Regla para jugar al dominó con un grupo de amigos. Va en la lancha, entre vendedores y marineros. Al salir del embarcadero ve la iglesia pintada de cal amarilla, las puertas abiertas. La casa donde juegan no está lejos, y eso le agrada porque puede ir a pie, lentamente, mirando la mañana. Es la una de la tarde cuando regresa a su habitación. La lancha está llena. Descubre de pronto que, con un guiño, una mujer lo saluda y se lleva un cigarro a la boca pintada.

— ¿Qué haces por aquí?

—Viendo a los amigos.

—Ya hace rato que no vas por allá. ¿Perdiste las ganas?

Él se siente un poco molesto, observado por la gente que viaja en la lancha y parece escuchar la conversación.

—Pronto iré.

—Te voy a esperar. No te olvides.

— ¿Ya pagaste el pasaje?

—Sí. Tengo mala suerte hoy.

Uno de esos domingos, adormilado en su sillón, meciéndose suavemente, escuchando la radio muy bajo, su hora de tangos, se incorpora atemorizado, sin saber bien por qué. Algo parece amenazarlo. Contempla el cuarto, las cajas apiladas, y de repente todo le parece extraño, ajeno, como si lo viera por primera vez. Su mujer está ya acostada y con un movimiento involuntario del sueño deja caer un brazo fuera de la cama. El brazo queda en el aire semejante a una cosa blanda desprendida, solitaria. Él se echa hacia atrás en el sillón y cierra los ojos. Oye una tos cercana y trata de reconocerla, de atribuirla a alguno de sus vecinos, pero no puede y se queda indiferente. Se levanta despacio y se acuesta.

No se queda dormido. Se da cuenta de que no puede dormir. Percibe, en la quietud nocturna, el sonido del reloj despertador y la gotera de la ducha. Enciende un cigarro. La llama reluce en la oscuridad como un animalito hasta extinguirse. Siente deseos de levantarse, de hacer algo, y sin embargo permanece adherido a la cama. Piensa que alguna enfermedad desconocida se forma en su cuerpo, en el silencio, en la oscuridad.

Cuando su mujer despierta, él continúa en la cama. Ha logrado dormirse, tapado con la sábana hasta la cabeza.

—Oye. Son las ocho. —Ella lo sacude asombrada de que no se levante y duerma tapado de un modo tan inusual.

Se pone luego a preparar el café.

Casi sin ganas, despacioso, sale de la cama. Su mujer le da los buenos días y le trae el café recién colado.

Poco después él vuelve a su sillón junto al radio, como si no hubiera amanecido. No enciende el aparato, simplemente se mece en el silencio. Ella baja a comprar las cosas del almuerzo.

En la ventana, al poco rato, se produce un ruido diminuto, parecido al que hacen las uñas pegando en los cristales. Sobresaltado abandona el sillón: los pequeños estuches de celuloide, con sonar seco, enigmático, dan contra el vidrio.

Abre la ventana y se asoma a la calle. En la acera el operario  mirando hacia arriba le dice mediante señas que baje a buscar los paquetes de estuches de la semana. Tras saludar al operario, vuelve a meterse en la cama, tapándose de la cabeza a los pies. Entonces siente que llaman a la puerta. Voces, golpes más fuertes, comentarios de los vecinos. La llave que hace zumbar la cerradura y la voz de su mujer llamándolo. No contesta. Solamente asoma la cabeza fuera de la sábana. Ve en la puerta al operario, y a su mujer colocando el cartucho de la comida sobre la mesa. El operario pregunta por su salud y su mujer contesta que no sabe lo que le ocurre. ¿Estará enfermo? El operario se ofrece para subir los paquetes, y paulatinamente el rincón se llena del celuloide de todos los lunes. Desde la cama repite el saludo y se tapa de nuevo con la sábana. Su mujer pregunta si le pasa algo, si quiere una pastilla, y él responde que nada, que se encuentra de lo mejor. Pronto se levantará y se pondrá a trabajar. Ella agradece al operario, cierra la ventana, cierra la puerta y se mete en la cocina.

Él se incorpora, se estira, bosteza. Siente el cuerpo pesado, sin articulaciones. Contempla las cajas y se pone a calcular mentalmente el tiempo que lleva viviendo de ellas. Se mira las manos, huele sus dedos. Parece el olor del ácido pegado a ellos, perdurable, ya casi un olor de su propio cuerpo. Poniéndose de pie muy lentamente, sin prisa, va luego hacia las cajas, con la cabeza ladeada las mira, forma con ellas dos columnas simétricas, les hace una mueca y se aparta.

Asomado a la ventana apoya los brazos y contempla la calle. Como cada día, un viejo extiende en el portal de enfrente un pedazo de tela mugrienta y coloca cuidadoso su mercancía: relojes que ya no andan, mohosas herramientas, llaves y cadenas, pedazos de metal  y aros rotos.

De pronto siente que una mujer, acodada en el balcón, lo observa. Sus ojos tropiezan y ella hace un gesto con la mano. Sobresaltado baja la vista. Tal vez no es a él a quien la mujer mira, sino más lejos, a los carteles. Tal vez no lo saluda tampoco, sino a la vecina de los altos. ¿Por qué aparta la mirada? ¿Por qué cierra brusco la ventana sin comprender?

Vuelve a acostarse. Su mujer se le acerca. Él se hunde en la sábana, en las almohadas. Ella tiene en las manos un cartucho donde ha anotado los gastos del día. Sabe, cree recordar, que va a dictarle la cuenta para que a su vez la anote en la libreta de gastos, sume y reste, y puedan así conocer lo que les queda para mañana, para la semana, para el mes. Pero ella se queda muda. Silenciosamente coloca el cartucho en la mesa de noche y se va.

Hundido en la cama, los brazos abiertos, estirados los dedos. Un sonido que supone de la puerta, y luego la voz de su mujer susurrante. Ella y la vecina se detienen frente a la cama y lo observan calladas. Él se cubre con la sábana de la cabeza a los pies. Las dos se apartan, un poco confundidas, y cierran sin el menor ruido la puerta. Las escucha bajar la escalera, hablando en voz baja. Queda un gran silencio en la habitación, un silencio que también se acerca para mirarlo, que se posesiona de todo. Se levanta, busca un viejo biombo con dos grullas dibujadas volando sobre un paisaje desvaído, y abierto lo pone a los pies de la cama.

Acostado lo cubre la sombra del biombo. Se siente más tranquilo. Por el momento no necesita ocultarse debajo de la sábana. Piensa en su infancia, pero oscuramente. ¿Será como un juego lo que le ocurre? Quieto, tendido en la vieja cama de hierro, aprieta los párpados y como si estuviera ciego toca con torpeza la tela del mosquitero recogido en la pared. Al rato tira de la cinta y se abre suave sobre su cabeza.

Sin que se dé cuenta han entrado y lo miran a través del mosquitero. Primero los ojos de su mujer luego otros, y otros. Voces nerviosas murmuran, se preguntan, indagan. Alguien cierra de repente el biombo: la luz blanca de las doce ilumina todo de nuevo. No sabe si gritar para que lo dejen tranquilo. Unas manos alzan ahora el mosquitero. Se siente al descubierto. Amenazado otra vez. Bruscamente se tapa con la sábana. No le importan las voces alteradas, la ahogada entonación de su mujer. No le interesa responder a sus preguntas, casi no las entiende. Debajo de la sábana reina una especie de penumbra tierna. Quisiera que todos se fueran y lo dejaran solo gozar de su encanto, protegido por la tela del mosquitero, por la sombra del biombo.

Las voces se extinguen. Su mujer se ha quedado inmóvil en una silla contemplándolo muda. Ignora qué debe hacer. Tras una vacilación, levantándose le pregunta si necesita un médico. Ella puede salir de inmediato a buscarlo. Sin quitarse la sábana afirma que está perfectamente. Regresa su mujer a la silla, luego se mete en la cocina y empieza a llorar. Pela las papas y lava los vegetales sin dejar de llorar. Esparce la sal en el agua del arroz. Con los dedos se seca las lágrimas mientras pica el ají en pedacitos.

Después, con el paso de las horas, se produce un cambio en su conducta: comienza a ocultarlo. No permite a los vecinos hablar más del asunto. Callada se queda cuando se menciona en su presencia. No les permite entrar en la habitación. Fríamente los saluda en el patio, los esquiva con habilidad, desvía la vista si los encuentra en la escalera o se pone a tararear una canción, mirándose las uñas o contando el dinero de los mandados.

Él coloca papeles debajo de la puerta. Cierra la pequeña ventana del baño. Cuelga una tela negra, que guardaba para un traje de invierno, de los cristales de la ventana que da sobre la calle. La penumbra es casi total. Ella ha de acostumbrarse a vivir con la luz encendida.

El lunes el operario viene a buscar los estuches. Ella baja rápida antes de que empiece a llamar desde la acera y habla con él. Trata de convencerlo. Da extrañas explicaciones. Promete. Suplica. Al fin el operario se marcha. Ella, sin levantar el mosquitero, le cuenta que en la fábrica esperarán una semana más, pero tan sólo una semana. Vendrán el próximo lunes por los estuches, y si no los entrega terminados perderá el empleo. Sus manos son torpes y su vista se cansa pronto. Él nada dice. Está cubierto por la sábana y no se mueve. Sólo siente su respiración.

Al siguiente día, a la hora en que él acostumbra, ella comienza a doblar y pegar los estuches. Se equivoca, recomienza, insiste. Van llenando la mesa, llenando las cajas. Está sentada en la misma silla, en el mismo rincón, cerca de la misma ventana. Muy tarde, extenuada, se acuesta, los ojos irritados, quemados por el ácido los dedos. Pero él no se encuentra ya en la cama. Ese día se ha encerrado en el cuarto de baño. No habla ni le abre la puerta. El biombo ha vuelto a su antiguo lugar, el mosquitero permanece recogido en la pared.

La madre viene a ver a la hija. Jadeante ha subido la escalera, deteniéndose en cada escalón para suspirar y persignarse. Está escandalizada. ¿Qué le pasa al marido de su hija? Ha sido siempre un hombre como todo el mundo. Viene vestida de negro, y zapatos y cartera negros.

—Esto merece un luto, hija mía. Luto riguroso.

Su voz se alza dramática. Ella señala la puerta del baño y le advierte, en un susurro, que hable bajo. La madre se queda muda. Camina de puntillas hasta un sillón y se desploma. De golpe suelta el aire por los gruesos labios.

Sentadas una frente a la otra tienen una larga conversación, apenas sin alzar la voz y con las venas del cuello hinchadas. La madre se acalora y sin darse cuenta eleva el tono, llega al grito. Arrepentida se repite las advertencias y con la cartera se pega en el muslo. A la hija la observa de reojo. Vuelve a la carga y reanuda la súplica. ¿Qué quiere la madre? Llevársela de aquel lugar infernal. Pero ella insiste en quedarse. Al lado de su marido está su lugar. La madre afirma, luchando por contenerse, que ese tipo ya no es su marido: ha incumplido con sus deberes matrimoniales. Ella, su pobre hija, tiene que hacerlo todo, desde cocinar hasta mantenerlo. ¿No trabaja para él? Suelta una mala palabra y, desesperada, pega en la puerta y lo insulta. Ella alcanza a su madre de un salto y le ordena que se marche enseguida.

Llorosa se va, quejándose, entre amenazas veladas.

Arrimada a la puerta, ella le pide a su marido que la perdone. Ruega que la perdone y que perdone también el ímpetu de su madre. No volverá a suceder. Y cae de rodillas llorando, hundida la cabeza en el pecho. Él nada responde. Pero ella siente, a través de la madera, su respiración violenta, elemental. Así parece confirmar que la ha escuchado. Más tarde le echa un plato de comida por debajo de la puerta, sin cubiertos.

Varias veces ha tratado de mirar al interior del pequeño cuarto de baño, tirada en el suelo, la cara pegada a las losas. Una vez alcanza a ver el movimiento de sus pies y supone que se ha sentado en el borde de la bañadera: sus pies, uno sobre otro, parecen colgar del vacío. Están descalzos, completamente desnudos. Ve otra vez sus pies, siempre desnudos, recorrer el corto espacio que hay entre las piezas del baño. ¿Se habrá afeitado? ¿Tendrá barba? Cada vez que se incorpora intenta mirar por el hueco de la cerradura, pero no logra verle la cara. En una ocasión la sorprende un leve sonido semejante a un quejido apagado. Después, por un ruido en la bañadera, se da cuenta de que su cuerpo se ha deslizado dentro, acostándose. Espera con gran inquietud. No sucede nada más. Sólo el silencio.

Vuelve a su labor, y el lunes entrega los estuches terminados. El operario se ofrece para ayudarla con los paquetes pero no acepta ni lo deja entrar en la habitación. Baja las cajas hasta el primer rellano de la escalera y allí las recoge el operario. Se las echa al hombro y las coloca luego en la carretilla. Para impedirle subir a buscarlas se apresura con las restantes. Cuando terminan le da las gracias y le asegura que el próximo lunes estarán listos los nuevos estuches. El operario desciende varios escalones y se vuelve de pronto: mira hacia la puerta del cuarto como queriendo descubrir algo. Parada en mitad de un escalón ella le devuelve la fijeza de su mirada. Sorprendido por su actitud retadora, de improviso el operario alza la mano y se despide.

Mientras empieza a hacer la comida, se detiene a pensar en la posibilidad de irse, de abandonar a su marido, y recuerda la visita de su madre, la discusión. Sin embargo piensa también que alguna culpa ignorada está pagando con aquello y desecha la idea de marcharse.

Un ruido la sorprende. Sus manos se paralizan y camina hasta el cuarto de baño. Ahí se detiene: él ha abierto la llave del lavabo y el agua corre. Aumenta gradualmente la presión y oye cómo cae el agua en el piso desbordando el lavabo. El ruido empieza a disminuir y no oye nada. No se mueve. No intenta mirar por debajo de la puerta como otras veces. El deseo de marcharse crece en ella, el deseo de huir sin cerrar ni la puerta de la calle, dejar la luz encendida, la comida a medio hacer.

—Pssss... ¿Quieres utilizar el inodoro?

Se vuelve. La vecina está asomada a la ventana de la cocina con cierto modo misterioso, hablándole en voz baja.

Aminora el fuego del fogón y le dice que él sigue igual, encerrado. La vecina mueve la cabeza compadeciéndola y reitera el ofrecimiento que ya lleva haciendo varios días. Con un ademán ella le indica que la espere un instante, echa una mirada al arroz y entra en el cuarto de la vecina. Antes, al pasar junto al baño, se fija si hay agua en el piso pero está seco.

Le extraña el silencio inusitado del cuarto de la vecina, tantos objetos en desorden, ropas abandonadas sobre las sillas. La vecina, que se gana la vida trabajando como modista, la mira, mira también el desorden creciente de su habitación y sus labios parecen murmurar algo como qué desgracia. Sobre la máquina de coser abierta hay cortes de vestidos, telas, retazos que casi la cubren por completo  y tienen esa inmovilidad anormal de lo que no ha sido tocado desde hace tiempo, como si la modista no diera una puntada. Las dos se han quedado mudas contemplando el estado de la habitación. Es la modista la primera en reaccionar: suavemente la lleva hasta el cuarto de baño. Ella percibe el olor de la limpieza reciente y por un instante no alcanza a reprimir el temor de encontrar a su marido, en aquel baño ajeno.

Cuando ella sale la vecina vuelve a mirarla como queriendo contarle un secreto o interrogarla. ¿Por qué la mira de esa forma inquietante? Junta ambas manos y se inclina. ¿Por qué hace esto? Cree de pronto que le preguntará por su marido, que intenta referirse al asunto, y aparta la vista, le da las gracias y se encamina hacia la salida. Entonces descubre el biombo abierto en un rincón. Detrás del biombo ve, presiente, una cama tendida, y reconoce la cabellera de la hija de la modista, despeinada, caída sobre el borde de la sábana. La modista se le acerca y se miran de nuevo en silencio. Ella sorprende una tristeza inefable, definitiva, en la cara de su vecina. ¿Será su misma tristeza? ¿La que la vecina ha descubierto en su cara? Bruscamente comprende y se inclina sin querer, como si pudiera ver mejor el espectáculo que se oculta detrás del biombo. Le parece tan apagada la cabellera, tan inerte. ¿Tampoco la hija se levantará? Con cara de horror extiende el biombo la modista, lo extiende para ocultar —ella también— la cabeza de su hija.

Nada se dicen. Quiere estrecharle la mano, avanza unos pasos, cuando nota la silueta de la vecina en el vano de la puerta, haciéndole un gesto de despedida. Mientras deja la habitación con un estremecimiento, la oye ofrecerle el inodoro para cuando lo necesite.

Alguien baja la escalera. Y sin poder evitarlo se asoma por el barandal: baja tratando de no ser escuchado. Retiene la respiración asida al pasamanos: lo ha reconocido. Corre a la habitación. En efecto, el baño está abierto, vacío. En el cuarto el armario también se halla abierto, un cinturón cuelga de la puerta de espejos. Sobre la cama hay una camisa. Ella regresa al barandal y se asoma: ha desaparecido. Le parece ver sus pies que se pierden en la entrada.

Rápidamente ella también baja. En el portal lo divisa entre la gente, despeinado y barbudo. Camina escondiéndose detrás de las columnas, parándose de cuando en cuando en la acera para mirar a todos lados con aire indeciso. Observa que se ha cambiado de ropa y que lleva zapatos. Algo llama su atención: con la mano él se oculta la cara o la pone en su cabeza, al parecer en un ademán involuntario o inútil. Ella quisiera acercase, llamarlo, decirle que lo espera para llevarlo de nuevo a casa, y sin embargo no lo hace. Se limita a seguirlo sin que la sorprenda.

De improviso él cruza la calle y entra en un café. Ella, junto a una carretilla llena de naranjas, se detiene para observarlo: ha repetido el gesto de taparse la cara, de ponerse la mano en la cabeza. Permanece sentado sólo un momento y sale sin pedir nada, sin dar tiempo a que el camarero lo atienda. Se para fugazmente ante los espejos y al pasar por su lado sin reparar en ella, toda su vida parece recogida en sus ojos. Quizá la barba resalta su luz, los hace más intensos, más conmovedores. De nuevo siente el deseo de llamarlo, de suplicarle que regrese. Una oleada de recuerdos, de fragmentos de recuerdos se mezcla en ella a un dolor agudo que no puede explicarse ni apenas puede reconocer. Su enfermedad, los primeros años de matrimonio, la cámara de oxígeno, sus gestos pacientes y hábiles al realizar el trabajo,  una vista de la India, la música de los noticieros... Sus pies desnudos colgando del vacío... Quiere llamarlo, contarle lo que ha hecho estos días, las cajas que ha pegado casi sin destreza, lo que acaba de descubrir en el cuarto de la modista, la alegría temerosa que siente al verlo salir a la calle aunque tal vez la abandone para siempre... ¿Y dónde está? ¿Cómo es posible que se quedara escondida, sin moverse, detrás de una pila de naranjas? Ya es tarde: él ha desaparecido nuevamente.

Lo busca por los alrededores, regresa al café, pregunta al de la vidriera de cigarros. Se lo describe, da hasta el nombre. El tipo, que lo conoce del barrio, se pone a contarle que han pasado muchos días sin verlo por allí... Ella se marcha dejándolo con la palabra en la boca.

Ha empezado a llover. Pequeñas ráfagas de aire pegan en las persianas, en la cara de la gente. La ciudad se oscurece de pronto, y en algunos establecimientos encienden las luces. La gente se aglomera en los portales, habla de los bruscos cambios de tiempo. De repente deja de llover. Él aspira profundamente la humedad, la frescura, goza de la rara quietud que deja el agua. Llega al Parque de la Fraternidad, se sienta en un banco, estira las piernas y los brazos. Se endereza y siente una punzada en la espalda. La ciudad recupera su movimiento perdido. Ve a los transeúntes, atareados, dirigirse en todas direcciones, gesticulantes, habladores. Vendedores ambulantes vuelven a vocear su mercancía.

Mientras se lleva la mano a la espalda y se aprieta donde sintió el dolor, advierte que una mujer que él conoce hace su entrada en el parque. De un salto se mete detrás del banco, se acuclilla apoyando las manos en la tierra húmeda. La mujer pasa frente a él tranquila, fumando, con una vieja cartera de charol negro en el brazo.

— ¡Ey...! ¿Qué haces ahí? ¿Te caíste? —suena inesperada la voz de la mujer.

Él se siente en ridículo, tratando de esconderse en vano tras el banco.

—Estarás empapado... ¿Te botaron de la casa? —Y toma asiento con estudiada indiferencia.

Él, puesto de pie, se sacude las gotas de los bajos de su pantalón.

—A mí una vez me pasó igual —confiesa la mujer. Compone su falda y acomoda la cartera en sus muslos. Fuma, como aquel domingo en la lancha, y tiene la boca tan pintada—. Hasta del cuarto tuve que irme por falta de pago... Era un cuarto buenísimo. Podía meter mis clientes sin que nadie los viera. Pero tuve que dejarlo. Me fueron mal las cosas. ¿Por qué? Sé que te lo preguntas. Pues no salía a la calle. Me dio por eso. Por estarme días enteros sin pintar, desgreñada, quieta en un sillón, meciéndome. Paralizada, tú. Pero imagínate, si no me muevo no como. Y empecé a darle al cuerpo de nuevo, y hasta hoy. A veces temo que me repita, y me lanzo a la calle corriendo.

Calla un rato. Él permanece recostado en el respaldo del banco, sin responderle nada.

Con el cigarro en los labios ella indaga:

—Bueno, ¿por qué fue lo tuyo?

—No sé.

Mira abstraído el pelo de la mujer, profusamente teñido de rubio, la cartera negra que espejea encima de los muslos como el objeto de un ritual. De pronto le pone las manos en las mejillas.

— ¿Quieres? —ella lo interroga con cierto desgano.

Él deja caer las manos. La mujer se vuelve para mirarlo.

—Pero córtate el pelo y aféitate. Con esa facha no hay quien te meta el diente. Antes siempre te vi limpio, acicalado. Si no tienes dinero te fío.

Retoma su posición anterior y bota el cigarro.

—Te vi en la lancha hace unos días, ¿verdad? Fui a ver a una amiga enferma. Compañera de trabajo —dice riéndose burlona—. Si quieres vamos. Ya pagarás. Eres de la clientela. Nada más puedo hacer por ti.

Se pone de pie. Tiene encendido otro cigarro. Queda a la espera, un tanto cansada.

— ¿Te tragaste la lengua? —Pregunta al cabo—. Estás raro. No te preocupes, volverás. Uno vuelve. Cuando parece que se va a ahogar respira otra vez. Así hasta que estiremos las patas. —Ríe brevemente—. Bueno, me voy. No estás para el paso. Ve por casa cuando quieras.

Alza el cigarro a la altura de los ojos.

—Dicen que da cáncer. Pero qué remedio. De algo tiene una que morirse.

Camina despacio, exhibiéndose, hasta perderse en la calle. Queda solo en el parque. Lejos un vendedor de flores pasa con su canasta en la cabeza. Él nota la pureza del aire, más transparente que nunca antes, el color de los zapatos del hombre, la ventana que se abre distante, gotas de lluvia en la yerba. Aspira el olor de la tierra mojada, como si la tierra despertara, recién abierta, en una emanación compuesta de olor a mujer, a lecho, a sangre. Todo permanece suspenso a su alrededor, semeja quererle decir un secreto. Sus ojos brillantes atienden, aguardan sus oídos: es sólo un instante y las cosas vuelven a su mutismo.

Empieza a caminar. ¿Hacia dónde? La luz del mediodía parece envolver los árboles en vapor húmedo, traslúcido, persistente. Cree comenzar a comprender que como una enfermedad, una dicha, la comprensión se abre paso, ocurre en él casi sin voluntad. Es un suceso puro, desde el contacto de sus pies en la tierra, el hablar de la gente, las ventanas abiertas al calor del mediodía, hasta las lágrimas que acuden a sus ojos. Anda, cruza calles, esquinas. Oye las conversaciones de siempre, las preguntas de siempre. Ve las puertas abiertas, la escalera, las mujeres cocinando el almuerzo o poniendo el mantel asombradas un poco de verlo, y que lo saludan con gesto impreciso.

Sube y se seca las lágrimas. Ella, sentada en su rincón, se restriega los ojos sorprendida. ¿Será que vuelve, que regresa? Se levanta en medio del cuarto, que él ve otra vez, y abre los brazos. Él siente algo permanente, tenaz, indestructible en sus brazos, en todo, en él mismo.

Va luego a su rincón, abre las cajas y comienza a ordenar los estuches.
 

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