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HEREDIA Y MARTÍ:
EVOCACIONES EN SUS ANIVERSARIOS

 
Msc. Marlene Vázquez Pérez*| La Habana


Florece el 2003 enmarcado por dos aniversarios trascendentales para la cultura cubana y continental. Se inaugura con el sesquicentenario de José Martí y se clausura con el bicentenario de José María Heredia. Esta coincidencia onomástica, dispuesta por el azar concurrente de que hablaba Lezama Lima, lleva, inmediatamente, a reflexionar respecto a la trayectoria vital y a la obra que ambos legaron a la Madre América.

Constituye Martí, a finales del siglo XIX, el ejemplo mayor de intelectual latinoamericano comprometido con la causa revolucionaria de su patria, hasta el punto de morir en combate en aras de la independencia. Es depositario, sin embargo, de una tradición de rebeldía que ayudó a fundar, a inicios de esa misma centuria, el poeta José María Heredia, la cual encontró, a su vez, expresión literaria en nuestro romanticismo, modo de decir del que fue voz mayor el triste bardo cubano.

Ambos intelectuales desarrollan una actividad creadora que se mueve bajo las mismas pautas generales: la búsqueda, en lo literario de una expresión auténticamente americana, y el ejercicio vital consagrado a la independencia de la patria oprimida, dolor perenne en el largo exilio que padecieron.

¿Cómo no evocar, desde el emocionado reencuentro con muchas de las  memorables páginas que produjeron, vibrantes aún por la pasión de la entrega sin límites a la literatura y al bien de sus contemporáneos, a estos dos insignes hijos de América?

Es por ello que ahora, desde la brevedad que impone Cronos a estas notas, deseo sumar las reflexiones siguientes, no al homenaje efímero que la celebración supone, sino a la gratitud permanente de los que hemos asumido su legado como alimento cotidiano del espíritu.

No hay vía mejor para acceder al conocimiento del poeta Heredia que la lectura de las páginas que le dedicara Martí (1). Consciente de su condición de heredero de la tradición insurgente que iniciara el poeta, y de su deber de dignificarla y enaltecerla, sin detenerse en defectos nimios condicionados por la época, asume el Maestro la valoración del cantor del Niágara con pasión y objetividad, con gratitud y sentido crítico, extremos pocas veces conciliables. Da fe de ese voluntario distanciamiento que no mengua, sin embargo, lo afectivo, desde las líneas iniciales de la semblanza que le dedicara en 1888, cuando declara:

“Mejor  sirve a la patria quien le dice la verdad y le educa el gusto que el que exagera el mérito de sus hombres famosos. Ni se ha de adorar ídolos ni de descabezar estatuas,(2)".

Desde las postrimerías de ese propio primer párrafo, proclama Martí su comprensión, profundamente humana, del destino trágico del poeta, lacerado por la nostalgia del destierro, la enfermedad, la incomprensión y ese desbordamiento de fuerzas gigantescas, que al no emplearse en obra digna de ellas, terminan por aniquilarlo. Esa es la palpitante energía que ha emergido en momentos culminantes de la lírica cubana, siempre vinculados a la práctica revolucionaria. Piénsese, si no, además, en el propio Martí o en Rubén Martínez  Villena.

¿Quién mejor que Martí, que ya en 1888  atesoraba la experiencia del largo peregrinar por varios países, amén de ocho años de rigores neoyorkinos, para comprender el desgarramiento herediano y su tan censurada debilidad? Su infortunada carta a Tacón de 1836 y su breve estancia en La Habana, enfermo y desalentado, fue asumida con excesiva dureza por algunos de sus contemporáneos. Conocidas resultan las críticas de Delmonte, que debieron serle muy amargas a Heredia, por la amistad que mediaba entre ambos. A estos jueces, erguidos sobre el dolor ajeno, los anatemiza Martí de modo concluyente cuando describe la agonía del poeta, “(...) muerto al fin de frío de alma, en brazos de amigos extranjeros, sedientos los labios, despedazado el corazón, bañado de lágrimas el rostro, tendiendo en vano los brazos a la patria? ¡Mucho han de perdonar los que en ella pueden vivir a los que saben morir sin ella!"(3)

A medida que se adentra en la valoración de la obra poética, destaca Martí la autenticidad de ese talento superior, que funda su propio modo de expresión a la vez que lega a las letras continentales cauces nuevos para el lenguaje poético. No pasa por alto el Maestro los momentos desiguales de su obra, aquellos en que no afloran el vigor y la perfección de sus mejores piezas. Sin embargo, ellos no anulan la singularidad y fuerza propias que expresan esos versos, plenos de autenticidad y marcados por el sello de “lo herédico”, esa cualidad intrínseca de la obra del poeta, que la hace, sobre todo a la luz del presente, distinguible no solo a nivel de la poesía cubana decimonónica, sino a escala continental:

“Lo que es suyo, lo herédico, es esa tonante condición de su espíritu que da como beldad imperial a cuanto en momentos felices toca con su mano y difunde por sus magníficas estrofas un poder y esplendor semejantes a los de las obras más bellas de la Naturaleza. Esa alma que se consume, ese movimiento a la vez arrebatado y armonioso, ese lenguaje que centellea como la bóveda celeste, ese período que se desata como una capa de batalla y se pliega como un manto real, eso es lo herédico (...) El primer poeta de América es Heredia. Solo él ha puesto en sus versos la sublimidad, pompa y fuego de su naturaleza. Él es volcánico como sus entrañas, y sereno como sus alturas"(4)

En el discurso que pronunciara en Hardman Hall el 30 de noviembre de 1889, reitera Martí su condición de continuador de la trayectoria libertaria que iniciara Heredia, con quien aún estaban en deuda los cubanos de entonces, pues la obra de amor y redención que él iniciara continuaba inconclusa.

Su evocación de Heredia aquí, como corresponde a la oratoria, es mucho más apasionada y ardiente, al punto de nutrirse, en su afán evocador del poeta, que es visto aquí en su calidad de demiurgo, de hacedor, de recursos propios del romanticismo más ortodoxo, lo cual significa, además, asunción de los códigos que le fueron más caros al autor del “Himno del desterrado”:

“(...) yo no quiero para mí más honra, porque no la hay mayor, que la de haber sido juzgado digno de recoger en mis palabras mortales el himno de ternura y gratitud de estos corazones de mujer y pechos de hombre al divino cubano, y enviar con él el pensamiento, velado de aún por la vergüenza pública, a la cumbre donde espera, en vano quizás, su genio inmarcesible, con el trueno en la diestra, sacudida la capa de tempestad por los vientos primitivos de la creación, bañado aún de las lágrimas de Cuba el rostro.”(5)

Esa voluntaria asunción de los códigos románticos está dirigida a la construcción de una imagen violenta, atormentada, del poeta que vela desde la omnipotente y omnipresente  eternidad, por el cumplimiento de los sueños y propósitos que lo sostuvieron en vida. No se trata solo de erguir, con perfección literaria evidente, un retrato conmovedor del poeta rebelde, a quien se le rinde sincero homenaje, sino de apelar a la conciencia de un receptor colectivo, compuesto por emigrados cubanos, que deberá sentirse culpable por no haber concluido la obra de la independencia, con lo cual hallaría paz y descanso el juglar insomne.

Cuando el lector se adentra en las páginas estremecedoras de este discurso, descubre que forman parte del homenaje al poeta no solo la rutilante prosa, ricamente labrada en metáforas e imágenes, plenas de color y contrastes, de plasticidad y dinamismo, que dan lugar a esa martiana capacidad de suscitar en el receptor efectos cinéticos peculiares, que existen y cobran vida en el acto de la lectura, o, como ocurrió en este caso, de la escucha. La ofrenda de Martí se trasluce, además, en la irrupción, tal vez involuntaria, tal vez consciente- no olvidemos su extraordinaria talla lírica- ,de versos octosílabos y endecasílabos en medio de un párrafo laudatorio , en el que se describe a Heredia nuevamente con tintes muy románticos:

“Heredia, de pie en la proa// impaciente en los talones la espuela invisible// dichosa y centelleante la mirada // ve tenderse la niebla por el cielo//y prepararse las olas al combate.”(6)

Sin embargo, por obra de un inteligente manejo de la antítesis, consigue Martí hacer brotar, como conclusión del discurso, una fuerte nota de esperanza, de optimismo, que contrasta con las circunstancias trágicas que signaron la vida del poeta hasta el momento de su muerte. Cabe aquí, por analogía, establecer un nexo con otra pieza oratoria suya de carácter antológico, “Los pinos nuevos”, en que alude al carácter fecundante de la muerte:

“Creo en la muerte necesaria como en la almohada y la levadura, y el triunfo de la vida”.

Para Martí, Heredia muerto es vencedor, porque consiguió, desde el poder adquirido por medio de la palabra escrita, domar una naturaleza que hasta entonces no había rendido sus encantos ante las numerosas tentativas de poetas cubanos que le precedieron. Incluso, el Niágara portentoso no había sido aprehendido en toda su pavorosa belleza por ninguno de los cantores que habían crecido en sus riberas, y solo halló cauce propicio en el torrente verbal del gran desterrado, tan atormentado en su dolor, tan desbordado en sus angustias y nostalgias, tan rebosante de altas fuerzas y anhelos, como las incontables aguas que se despeñan hacia las simas oscuras de su alma. Puede el Niágara, respondiendo a la magnífica imprecación martiana, en un párrafo que tiene mucho de conjuro y de oración, como muestra de gratitud hacia quien lo cantó como nadie hasta entonces, desbordarse de sus contornos, como castigo a quienes osen mancillar la libertad.

Pero, sobre todo, fue Heredia con su vida, elemento de engarce entre los pueblos de la que Martí llamó Nuestra América, esos pueblos que ya están llamados a unirse frente a los peligros inminentes, mayores aún que los arrostrados en la lucha contra el coloniaje español, porque él “(...)nos ligó en su carrera de la cuna, la sepulcró con los pueblos que la creación nos ha puesto de compañeros y de hermanos: por su padre con Santo Domingo, semillero de héroes(...) por su niñez con Venezuela, donde los montes plegados parecen, más que dobleces de la tierra, los mantos abandonados por los héroes al ir a dar cuenta al cielo de sus batallas por la libertad; y por su muerte con México, templo inmenso edificado por la naturaleza para que en lo alto de sus peldaños de montañas se consumase, como antes en sus teocalis los sacrificios, la justicia final y terrible de la independencia de América.”(7)

Si en opinión de Cintio Vitier “Heredia inicia la iluminación poética de Cuba desde la nostalgia del destierro”(8), cierra Martí de modo magistral ese acto de esplendor, ejercido en la misma circunstancia hostil, cercado por un desarraigo que lo lleva a aferrarse a la práctica revolucionaria como única alternativa cierta para el retorno. Como Heredia, Martí tampoco tuvo valor “(...) para morir sin volver a ver a su  madre y a sus palmas”(9), solo que lo intentó en momentos y condiciones diferentes, es decir, participando de forma protagónica en la Guerra de Independencia y clausurando, con el acto legendario y desgarrador de su muerte en combate, esa vocación de búsqueda y exaltación de la Patria a través del velo de las lágrimas y la lejanía.

Es por ello que estos aniversarios, más que azarosa coincidencia de fechas, devienen símbolos de continuidad histórica y vislumbre de un futuro en el que lejos de desaparecer el homenaje se reafirme cada día.

Notas:
1.
Ver: José Martí: Heredia. El Economista Americano, Nueva York, julio de 1888.
Obras Completas, La Habana, Ciencias Sociales, 1975; Vol. 5, p. 129-133
---------------------: Heredia. Discurso pronunciado en Hardman Hall,  Nueva York, noviembre de 1889.
Obras Completas, Vol. 5; p. 165-178.

2.----------------: OC, 5; p. 133

3.
 Ibídem

4. J. M. O: C. T- 5; p. 136

5.
Ibidem; p. 165

6. Ibidem; p. 174. Subrayados nuestros. El primero octosílabo, el segundo, endecasílabo.

7. Ibidem; p. 175

8. Cintio Vitier Lo cubano en la poesía, Letras Cubanas, La Habana; 1998, p. 71

9.J. M. O. C. T- 5; p. 175


* Investigadora del CEM
 

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