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ALGO Y AUSENCIA
 
Tupac Pinilla| La Habana
Fotos:
Tomás Pinilla

 

“Algo” y “Ausencia” fueron las calles recorridas para llegar hasta la intersección que nos reservaba ese parquecito donde pasamos la noche del último sábado. En compañía de esa guajira crecida que es Liuba, “Ausencia” y “Algo” también fueron, más allá de nombres de canciones suyas en el camino discontinuo del reloj, todo un espacio que sobrevive entre la distancia, el abandono, la desaparición o la falta, y la vislumbre, el asomo, el atisbo o la señal de una rebelión ante la persistencia de la nada.

El público de Liuba demandaba esta actuación en vivo, postergada por más de dos discos, por más de dos años... Sin embargo, al constatar la energía que despliega en escena, se impone imaginarla invernando, tras un impresionante acarreo estival. Eso: nervio urgente y sostenido de cigarra y hormiga.

El repertorio interpretado en el concierto, aunque fijó brújula en Ilumíname –su última producción discográfica–, recorrió algunos de sus éxitos anteriores, entre los que cabe destacar las antológicas “Alguien me espera” y “Si me falta tu sonrisa”, o “Estela, granito de canela”, ese popular tema para los niños que somos todos.

Su bojeo a la canción incluyó un homenaje a los reconocidos acreedores de su arte: Silvio y Serrat se dejaron versionar y el público, también, los hizo suyos. Incluso, con voz de bandoneón, se atrevió a vestir de fiesta con el mejor color gardeliano y a “piantarse” como el loco Ferrer.

Pero este concierto fue más que presentación, reencuentro y cabotaje. El acompañamiento puntual de William Vivanco y el dúo Buena Fe, así como un profundo perfil de voces en los coros y una desbordante banda de músicos donde primaba la línea de cuerdas, realizaron los milagros arreglísticos de Lucía Huergo, el guajiro Miranda, Reynaldo Rodríguez, Equis Alfonso y Roberto Carcassés.

Por último, quiero señalar la calidad dramatúrgica del espectáculo, tan descuidada en ocasiones por trovadores que pretenden definirse por esencias desadjetivadas. Exceptuando la proyección de las imágenes –y las imágenes mismas–, todo funcionó: Desde el guión y las luces, hasta la coreografía y la sorprendente escenografía de Leo D’ Lázaro, cediéndonos la magia de un parque posmedieval, con sus bancos adonde cada cual pudo ir, al final de la noche, para seguir soñando algo, cobijado de su propia ausencia.
 

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