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JOSÉ
MARTÍ:
IMAGEN, CRÍTICA Y MERCADO DE ARTE
Del libro
José Martí: imagen,
crítica y mercado de arte de
Adelaida de Juan,
publicado por la
Editorial letras cubanas en 1999,
La Jiribilla ofrece el Capítulo 3.
Adelaida
de Juan
|
La
Habana
EL ARTE RUDO E
IMITATIVO
JOSÉ MARTÍ, 1885
En
una media docena de crónicas de variada extensión, Martí
comenta la pintura de los Estados Unidos,
fundamentalmente la expuesta en Nueva York. Además de
análisis particulares, esboza en ellas un criterio
general del carácter de tal producción, criterio que, en
líneas amplias, coincide con el expuesto en algunos
estudios recientes, entre otros: de Milton W. Brown,
American Art to 1900; Nueva York, Harry N. Adams, 1977;
Lloyd Goodrich, American Art of the 20th.
Century, Nueva York, Thames and Hudson, 1962; Peter &
Linda Murray, A Dictionary of Art and Artists, Penguin
Books, England, 1959. También, catálogo de American
Painting from the Manoogian Collection; Arte Institute
of Detroit and National Gallery, Washington, 1989-1990;
Francois Duret-Robert.
"L'Ecole
du Hudson"; Connaissance des Arta, París, abril 1982.
Recién llegado a Nueva York, las crónicas de Martí sobre
esta pintura se inician en The Hour, siendo la
última para La Nación de Buenos Aires, en 1888.
En
su artículo "Crítica de arte inédita de José Martí en
The Sun" (Escritura, Caracas, julio-diciembre,
1981), Noemí Escandell reproduce cinco artículos
aparecidos sin firma en el periódico neoyorquino, que
ella atribuye a Martí. Aún tomando en cuenta los
diferentes receptores para los cuales escribía Martí
(hispanoamericanos en un caso, estadounidenses en otro),
nos parecen excesivas las divergencias de criterio
manifiestas en un brevísimo término de tiempo (entre,
digamos, un artículo escrito por Martí para La Nación
de Buenos Aires, y otro para The Sun, aparecido
sin firma y cuya autoría se le quiere atribuir). Citemos
ahora un solo ejemplo: en abril de 1886 aparece en
The Sun una reseña sobre la exhibición de los
impresionistas franceses, que Escandell atribuye a
Martí. Aquí, Renoir, que para Martí es la figura cumbre
de la muestra, es presentado como "el discípulo
degenerado y envilecido de un maestro íntegro", figura
tan despreciable que se afirma en el artículo que es el
sujeto retratado por Manet en El bebedor de ajenjo: "la
cara, hinchada y pálida de vicioso, repulsiva en su
presagio de decadencia; un cretino saturado de ajenjo",
que solo pudiera salvarse en un cuadro (Les Canotiers),
donde pinta "sílfides". Veamos ahora lo que Martí envía
sobre esta muestra a La Nación dos meses después:
ahora Rendir es el artista que pinta "cuadros
resplandecientes" que brillan "como una copa de borgoña
al sol"; es, sobre todo, el pintor por el cual "surge de
los ojos, que salen de allí tristes como de una
enfermedad, la figura potente del remador", que se alza,
"vigoroso" sobre "las mozas, abestiadas contratan
favores a un extremo de la mesa". Tales divergencias
conceptuales, estilísticas y de todo tipo nos llevan, en
este como en otros artículos citados, algunos referidos
a la pintura de los Estados Unidos, a desechar la
hipótesis de la autoría atribuida a Martí. En
comentarios cuyos hitos son tres amplias exhibiciones
–la de la Academia Nacional de Dibujo en 1880, una
muestra competitiva en 1885, y otra de los acuarelistas
en 1888– Martí traza, sobre el análisis de las obras
expuestas, un panorama del ámbito sociocultural en el
cual esta producción artística se manifiesta. Al igual
que en otras ocasiones (recordemos, por ejemplo, sus
trabajos iniciales referidos a la pintura mexicana de
mediados de la década de 1870 y los hechos sobre la
muestra neoyorkina de pintura impresionista francesa en
1886) Martí aborda tanto los rasgos formales de la obra
de los artistas, como sus temáticas y su aceptación en
el mercado de arte.
La
primera crónica, fue publicada en The Hour en
1880 "La quincuagésimaquinta exhibición de la Academia
Nacional de Dibujo". The Hour, mayo 1, 1880. O.C.,
t.XIII, p. 471 ss. Las citas subsiguientes, salvo
indicación, también proceden de este artículo. Debemos
la precisión de fecha de publicación (mes y día) en
The Hour, a datos que se encuentran en el centro de
Estudios Martianos en La Habana, que no obran en las O.C.
es
severa en sus criterios y, como es habitual en Martí,
estos son un punto de partida para consideraciones
generales. Señala ciertas virtudes que, en crónicas
posteriores, habrá de afirmar en la pintura
estadounidense expuesta en Nueva York; algunas crónicas
revelan entonces su mayor familiaridad con las obras de
los artistas. Estos, sin embargo, son fundamentalmente
los mismos que luego se destacaron a partir de este año
inicial de su estancia neoyorkina; entre ellos, Eastman
Johnson (1824-1906), John George Brown (1831-1913) y,
sobre todo, Winslow Homer (1836-1910). De ellos acentúa
Martí una característica en la cual, cinco años atrás,
había insistido al analizar la pintura mexicana: "al
menos escogen asuntos americanos". Martí profundiza en
este concepto, al cual siempre otorgó gran importancia,
no solo por la afirmación de lo propio americano que
implica, sino también como ganancia secundaria, por su
posibilidad de hacer viable la conquista de un mercado
que abriera oportunidades a los artistas.
Llama la atención en esta primera crónica de 1880 el
criterio peyorativo de Martí acerca de ciertos temas que
antes y después habría de valorar altamente. "Paisajes,
que son una señal dolorosa de pobreza artística,
abundan. Retratos –otra pobre especie del Arte- también
son muy numerosos." Si recordamos la alta estima con que
Martí se refirió siempre a los paisajistas mexicanos,
fundamentalmente a Velasco (estima que reitera a lo
largo de su vida y toma -como veremos- un poco como
meta de excelencia) y, a partir de ese mismo año de
1880, sus alusiones a algunos paisajistas
estadounidenses como Bierstadt; y que se referirá en
varias ocasiones con elogio a diversos retratistas (de
Velázquez y Goya a Madrazo, Manet y Renoir) no podemos
menos que pensar que esta afirmación parte del impacto
negativo de los paisajes y retratos que analiza en este
momento. Una idea sí reiterada a lo largo de sus
análisis sobre la pintura de varios países es la
referida al tema histórico: "Asuntos históricos, que
revelan refinamiento intelectual y sólida cultura,
desgraciadamente están en la minoría."
Desde un punto de vista formal, Martí, familiarizado ya
en 1880 sobre todo con la gran pintura española, y la
mexicana de la Academia San Carlos, encuentra la
estadounidense muy por debajo de sus obras preferidas:
"El colorido, en general, carece de animación. Los
contornos son vagos e incorrectos. El dibujo sólo puede
ser descuidado por aquellos artistas que son dibujantes
perfectos" (como pueden hacer no pocos maestros
españoles, añadir Martí). Pensamos que Martí, conocedor
y amante de artistas cuyos originales conoció durante
sus destierros españoles, notablemente Velázquez,
Murillo y Goya, y, entre los más cercanos, Madrazo y
Fortuny, encuentra la pintura estadounidense, por
contraste, rudimentaria y tosca. No olvidemos que para
sus primeras colaboraciones en periódicos neoyorquinos
usa el seudónimo "A very fresh Sapniard", lo cual
permite suponer que estaba escribiendo para el público
de los Estados Unidos desde la óptica de un español.
La
generalización que ahora hace Martí retoma un punto
tocado por él cinco años antes, al analizar la pintura
mexicana: la existencia de una escuela nacional de
pintura, como hará en 1882, al escribir sobre Fortuny.
Fundamenta su criterio negativo con respecto al arte
estadounidense de la siguiente manera:
Al
juzgar obras de arte, hay que considerar el espíritu que
las anima y la manera de expresarlo. Desgraciadamente,
nosotros todavía no podemos considerar el espíritu
general de la escuela norteamericana. Martí escribió sus
primeras colaboraciones para The Sun en francés;
en las O.C. tenemos la versión en inglés publicada en el
periódico y su traducción al español. Al no tener lo
escrito originalmente por Martí, anteponemos entre
corchetes <norte> cuando se refiere a la pintura
estadounidense, en vez de americano, como aparece en las
O.C., donde se toma esa traducción del vocablo American,
que en los Estados Unidos indica lo propio de ese país.
En otros casos, cuando Martí denomina a lo propio del
continente, dejamos el término americano. Por supuesto,
cuando Martí escribía para publicaciones
hispanoamericanas en castellano, prefería el vocablo
norteamericano para referirse a lo de los Estados
Unidos. Recordemos, además, que Martí asume el término
"nuestro" teniendo en cuenta al receptor de sus
artículos. En México, el adjetivo se refiere al arte de
ese país; en un periódico de los Estados Unidos, se
identifica con el lector de ese país, de pintura,
porque no tiene escuela. Copiar la Naturaleza, imitar a
los maestros europeos, dar color a caricaturas, no es
crear una escuela.
Estos criterios se reafirman al destacar Martí a algunos
de los expositores:
Hay nombres famosos entre nuestros artistas: Winslow
Homer, Eastman Johnson, y hasta Arthur Quartley (cuando
pinta cuidadosamente), Moran, Porter, Brown, Gifford.
Todos estos, y otros como ellos, al menos escogen
asuntos norteamericanos y los tratan, por regla general,
de una manera inteligentemente. Pero esto no es
suficiente para darle significación al arte de un país.
En pintura, como en literatura, los norteamericanos
mantienen sus ojos celosos sobre las glorias europeas.
Les gruñimos, pero permanecemos esclavos de ellas.
Mientras esta admiración servil nos domine, nunca
seremos capaces de producir nada meritorio del Nuevo
Continente.
En
otro artículo, publicado asimismo en The Hour en
1880, sobre el Museo Metropolitano de Nueva York, Martí
insiste de nuevo:
El
bienestar de nuestra escuela de arte exige el siguiente
comentario: Sabemos pensar, pero no sabemos ejecutar. El
colorido empleado en casi todos nuestros cuadros, con
raras excepciones, es umbroso y manchado. Los rostros
generalmente son expresivos, pero los cuerpos están mal
dibujados. También el valor de pintar asuntos americanos
se necesita mucho. "El Museo Metropolitano". The Hour,
abril 3, 1880. O.C. t.XIII, pp.476-477.
Cinco años después, en una crónica para La Nación
de Buenos Aires, aparece insistentemente esta idea,
vinculada, como hemos apuntado, a las exigencias del
mercado.
Ahora están en exhibición los cuadros de los artistas
norteamericanos. No se inspiran en su propia naturaleza,
por lo que no traen su nota propia al arte, ni les es
esto posible por desdicha, por ser ya el arte tan
adelantado que los que quieren estar en sus mercados, y
venderse en él, tienen que tomarlo al paso que van, y
como él es desprendido de vida central en otros países;
de modo que el arte americano no puede traer, al saltar
de súbito a la arena, más que ciertas originalidades
menores, que por el escaso relieve artístico que todavía
alcanza a la vida nacional, no tienen aún valer de
tipos universales, en todas partes estimados y
reconocidos, sino méritos secundarios de tipos locales,
solo apreciables para aquellos que ven de cerca su
exactitud o se sienten movidos ante ellos el corazón por
las relaciones de sentimiento y la memoria, que siempre
gustan de traer por medio del lienzo la presencia del
espíritu lo que causó en ellos alguna vez una impresión
penosa o halagüeña "Cartas de Martí", Nueva York, 23 de
abril de 1885. La Nación (Buenos Aires), 6 de
junio de 1884, O.C., t. X, pp. 228-229.
Martí, que ya había apuntado un año antes, refiriéndose
a la pintura en los Estados Unidos, las "espantables
correrías en pos de Manet y Courbet", "Cartas de Martí,
Nueva York, abril 28, 1884, La Nación (Buenos
Aires), 6 de junio de 1884. O.C., t.X, p.48. Amplía
este concepto en 1885, en una de sus generalizaciones
más fundamentadas: El arte, como la Literatura, ni se
improvisa ni trasplanta; ni trasplantado, da buen fruto.
Para ser poderoso, ha de madurar en el árbol como la
fruta. Se va haciendo despaciosamente, mediante la
agrupación tenaz e indisoluble de los elementos nativos
y distintos que, por los caracteres peculiares de la
naturaleza o los productos condensados y resistentes de
especiales direcciones del espíritu, constituyen al fin
de larga vida el carácter nacional, que como se sale el
alma al rostro, en el Arte y en la Literatura se
reflejan. Nota 6, p.228.
El
artículo de 1885 para La Nación de Buenos Aires
que ya hemos mencionado. Nota 6. Constituye una profunda
reflexión sobre al ámbito general en el cual se
manifiesta tal producción artística. Quisiéramos
destacar que, en 1977, un estudioso estadounidense
caracterizó al arte de los Estados Unidos de finales del
s. XIX como una amalgama más bien suelta de estilos
aceptables o de sus posibles combinaciones <...> los
artistas orientados nacionalmente no eran receptivos ni
siquiera para Corot y Millet y se sentían amenazados por
la obra de los artistas jóvenes entrenados en Munich o
París <...> En la última década del siglo, la cultura de
los Estados Unidos era insular, de mente estrecha,
auto-satisfecha, dominada por una complacencia
provinciana que era el resultado de una vieja ignorancia
y una nueva riqueza.
Milton W. Brown,
American Art to 1900, Nueva York, Harry N. Adams, 1977,
p.560 y 609.
Estos juicios han sido fundamentados casi un siglo
después de lo escrito por Martí, quien, al igual que en
otros criterios suyos (pensamos en su valoración de los
pintores mexicanos, de Goya, de los impresionistas
franceses) considera la producción artística de modo
poco frecuente en su época y resulta notablemente
previsor a la luz de las valoraciones que posteriormente
se han hecho sobre aquellos artistas. Martí, a cinco
años de su conocimiento directo del arte estadounidense,
lo ubica en su contexto nacional y lo caracteriza del
siguiente modo: Están ahora estos Estados Unidos
definiéndose y condensándose, y en un período de
monstruosa elaboración e incesante allegamiento, en que
apenas se entrevén cuáles elementos han de descartarse,
y cuáles de permanecer en la Nación definitiva; de modo
que, a más hacer, el norteamericano, por mucho que
quisiera apartarse de las seducciones del mercado que lo
incita, no podría más que pintar, con los métodos
extranjeros, los paisajes de una naturaleza que tiene
más de grandiosa que de particular, y los tipos de
accidente que en esta época de formación han alcanzado
alguna relativa permanencia. Nota 6, 229. Martí menciona
aquí, como tema favorecido en la época, "los paisajes de
una naturaleza que tiene más de grandiosa que de
particular." Recientemente se ha destacado que la
pintura tenía una posición privilegiada en la cultura
estadounidense con respecto al canon europeo.
Precisamente en la escala monumental del paisaje del
país se hallaba la exigencia de modalidades “que tenían
pocos antecedentes en la pintura europea".
Cf. Luc Sante. "American Photography's Golden Age" The
New York Review of Books, 4 de abril de 1996.
Más adelante en el mismo artículo, Martí vincula de
nuevo la producción artística a los mecanismos del
mercado. Ya hemos insistido en este aspecto precursor en
los análisis de Martí. Bástenos
señala que uno de los artistas más destacados en este
artículo, John George Brown, y precisamente en la
vertiente temática que indica Martí, percibía, por la
venta de sus cuadros, una renta anual de $40 000, suma
realmente notable para la época, escribe Martí,
señalando de nuevo la ausencia de una escuela de
pintura: los artistas norteamericanos que con la buena
venta que en estos tiempos alcanzan las pinturas han
florecido copiosamente, se limitan, dentro de las
maneras de ejecución que gozan ahora mayor precio y
boga, a tratar los sujetos usuales del arte moderno, o
los correspondientes, y en relación nuevo, que les
ofrece directamente su país. Aquel modo de ver heredado,
aquella acumulación de métodos originada lentamente en
la contemplación de unos mismos espectáculos por los
pintores de diversas épocas de una misma raza, que para
al fin en una escuela, o cierta particular sustancia del
arte de cada país está manifiesto aún en los métodos
más personales y distintos, de sus artistas. Nota 6,
p.230.
Esta insistencia en la motivación nacida de un
floreciente mercado de arte en Nueva York, reflejo de
las condiciones económicas del país después de la
expansión hacia el oeste y la Guerra de Secesión, es
retomada de nuevo por Martí en 1888: "¿El pintar
produce?- se dice el norteamericano. ¡Pues a pintar" ‚
Martí, 'Cartas de Martí", Nueva York, 27 de enero de
1888. La Nación (Buenos Aires), 13 de marzo de 1888. El
Partido Liberal (México) 18 de febrero de 1888. O.C.,
t.XIII, p.479.
Hemos mencionado varias veces las alusiones al arte
mexicano que Martí comentó con tanta agudeza en
1875-1876. Adelaida de Juan, "El arte mexicano", en el
presente libro. Ahora, diez años después, realiza, a la
luz de la existencia de una genuina escuela de pintura y
las posibilidades de venta de su producción, un análisis
comparativo entre el arte de México y el de los Estados
Unidos.
-¡Ah,
cuán diferentes resultados, los que hasta la fecha, y
con tanto ánimo y precio, ha dado el arte rudo o
imitativo de los Estados Unidos a sus participantes, y
el que, sin estímulo ni campo, ni más que una sola y
buena escuela, rica en cuadros antiguos, lleva dado, con
sus estudiantes, geniosos y pobres, el arte en México!
Allí, a las pocas tentativas, rebosó lo que aquí falta:
la personalidad <...> Sin compradores, y con escaso
público, pintaban. Nota 6, p.230 y 231.
Este desconocimiento en México de su propio arte -"estas
glorias sofocadas" que se encuentran "sin estímulo ni
campo"- contrasta con las iniciativas de los museos de
diversas ciudades estadounidenses (Nueva York, Boston,
Louisville, San Luis) que adquirían obras premiadas
($2,500 cada una). Estas iniciativas, nos dirá Martí,
parten de estadounidenses "entusiastas que aman la
pintura y son, en New York al menos, bastante
numerosos." Nota 6, p.230.
Martí subraya tal característica de los neoyorquinos
adinerados: al comentar los festejos por las bodas de
plata de Union League, se detiene ante "la galería de
pinturas donde en color nada más tenemos aquí esta
noche' -como decía un socio- quinientos mil pesos"."Un
gran baile en Nueva York". Nueva York, 7 de febrero de
1888. La Nación (Buenos Aires), 8 de abril de
1888. El Partido Liberal, s.f., O.C., t.XI, p.394. Este
papel hegemónico de Nueva York no se reduce al período
en el cual Martí vivió y escribió sobre lo que acontecía
en esa ciudad. Como centro principal de los
coleccionistas de arte, Nueva York tuvo, en la época,
una actividad de mercado de arte igualada solo por el
florecimiento ocurrido a partir de la Segunda Guerra
Mundial en nuestro siglo. (En fecha reciente, hemos oído
a una crítica norteamericana, Jacqueline Barnitz,
referirse al llamado "imperialismo neoyorquino" ejercido
en pleno siglo XX sobre otros centros de arte en los
Estados Unidos.) Adquiere, pues, añadida relevancia la
observación hecha por Martí hace más de un siglo con
referencia al arte acumulado en Nueva York: "Al olor de
la riqueza se está vaciando sobre Nueva York el arte
del mundo. <...> Quien no conoce los cuadros de Nueva
York no conoce el arte moderno." Nota 6, p.228.Martí
conoce bien New York; pasa los últimos años de su vida,
con algunas interrupciones, en esa ciudad, y escribe
ampliamente sobre la vida y el arte visto en ella. Nadie
como él ha dejado un corpus testimonial más amplio ni
más profundo de sus características, así como de otras
regiones y producciones del país.
Esta obra simpática, leal y geniosa
José Martí, 1888
Ocho años después de su llegada a Nueva York y de sus
primeros comentarios sobre la pintura estadounidense,
Martí envía a La Nación de Buenos Aires "Cartas
de Martí", Nueva York, 27 de enero de 1888, La Nación
(Buenos Aires), 13 de marzo de 1888, El Partido
Liberal (México), 18 de febrero de 1888. O.C., t.
XIII, p. 479 ss, un extenso comentario sobre una
exhibición de acuarelas. Ha sufrido un cambio su
apreciación de ese arte: recordemos que esta crónica se
escribe un año después de su fundamental ensayo sobre
Walt Whitman, a quien califica como uno de los "hombres
naturales"."El poeta Walt Whitman", Nueva York, 19 de
abril de 1887. El Partido Liberal (México), 1887.
La Nación (Buenos Aires), 26 de junio de 1887.
O.C., t. XIII, p. 136. Precisamente en este ensayo sobre
el poeta, encontramos una frase que puede iluminar un
tanto este nuevo modo de ver la producción artística del
país: "Oíd lo que canta este pueblo trabajador y
satisfecho."
Desde las líneas iniciales de su crónica sobre los
acuarelistas, Martí hace referencia a su apreciación
anterior cuando, recién llegado a Nueva York, con los
ojos aún llenos del arte expuesto en museos y talleres
europeos, juzgó severamente lo expuesto por la Academia
estadounidense. Ahora, en cambio, exaltar una "obra
simpática, leal y geniosa <...> muestra pujante del
genio improvisador y cálido de América." Estas frases
están en el párrafo inicial de la crónica:
Era hace pocos años motivo de tristeza ver en Nueva York
una exhibición de cuadros de pintores norteamericanos
<...> ¡Quién dijera que ocho años después estuviese ya,
como está, la pintura yanqui en camino de animar, por el
ímpetu y luz de todo lo de América, el lúgubre arte
inglés de que aún ayer recibía falsas y tímidas
lecciones! <...> Pero por esta exhibición de acuarelas
que ahora visitamos; por esta obra simpática, leal y
geniosa, que hace ocho años parecía imposible; por esta
muestra pujante del genio improvisador y cálido de
América, se ve que en cuanto dieron con la fuente del
arte, que es la beldad natural, abandonaron las escuelas
o maneras ficticias de los pintores literarios que
prosperan en los países húmedos y oscuros, y fueron la
primera forma inevitable de la pintura en Norteamérica,
provincia cada vez menos fiel de Inglaterra, en las
letras y en las artes. Nota 19, p. 479 y 481.
Si
comparamos los criterios que sobre ella escribe Martí
con lo expresado por él en 1880 ante la exhibición de la
Academia Nacional de Dibujo, vemos varios cambios
notables. Ahora señala un vínculo entre el arte de los
Estados Unidos y el de Inglaterra, país en el cual, por
cierto, se establecieron en las postrimerías del siglo
XIX destacados pintores estadounidenses como John Singer
Sargent y James Abbott McNeill Whistler. Mary Casatt,
quien habría de desempeñar tan importante papel en la
exhibición en Nueva York de los pintores impresionistas
franceses, se vinculó en la época al ambiente parisino.
A fines de siglo, la obra de estos "tres expatriados"
reforzaba el criterio vigente en los Estados Unidos
sobre la nueva madurez artística del país y a nadie
parecía preocuparle en demasía que estos artistas
hubieran preferido divorciarse del ámbito de la cultura
de su país natal.
Por otra parte, algunos artistas nacidos en Inglaterra
desarrollaron su labor en los Estados Unidos a mediados
de siglo, notablemente Thomas Moran (1837 - 1926: en los
Estados Unidos, desde 1844) y John George Brown (1831 -
1913: en Nueva York, desde 1853). Se ha señalado la
vinculación de varios pintores que trabajan en los
Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo
(mencionados en algún momento por Martí) con la pintura
inglesa: Thomas Moran, quien se convirtió en admirador
fanático de Turner durante una visita a Londres en 1862,
y Fredric Edwin Church (1828 - 1900), quien fue
tempranamente aclamado en los Estados Unidos como uno de
los principales artistas de su país y, en Inglaterra,
como el supremo paisajista heredero de Turner. Milton W.
Brown. Ob. cit.; pp. 490-495.
El
pasaje de 1888 que hemos citado de Martí es un
contrapunto con el párrafo inicial de 1880 para The
Hour. Entonces Martí había acotado:
Entre los muchos cuadros incompletos, entre tantos
paisajes que asemejan cromos, entre tantas figuras
pintadas con unos cuantos brochazos de color y unos
cuantos trazos confusos; en medio de tanto descuido e
incorrección, hay cierta frescura del arte primitivo,
una originalidad indiscutible, grandeza, audacia y amor
de libertad."La quincuagésimaquinta exhibición de la
Academia Nacional de Dibujo". The Hour (Nueva
York), 1880. O.C., t. XIII, p. 471.
Volvamos a ese concepto que en Martí es elogio y que
citamos con motivo de su ensayo sobre Whitman: "hombre
natural". (El subrayado es nuestro). Lo vemos aplicado a
la pintura que ve en Nueva York: ensalza en ella "aquel
amor a lo natural que es consecuencia estática del
régimen de la república, cuya verdad realza y fortalece
la propia del espíritu". Nota 19, p. 480. Salvo
indicación, las citas subsiguientes están en esta y las
siguientes páginas del trabajo martiano analizado.
Insiste aún más cuando subraya que:
Lo
que llama la atención no es, como antes, la vana
tentativa de imitar lo extraviado y escandaloso, sino lo
colorido de los paisajes, la pesquisa directa de lo
bello natural, la entrada franca en la escuela de la
luz, y la rapidez con que los artistas jóvenes de este
pueblo burdo han adquirido el arte leve y discreto de la
acuarela.
Martí reitera el contrapunto entre el "pueblo burdo" y
la obra de los pintores, que buscan directamente "lo
bello natural":
Por el contraste, pues, de las almas artistas con su
pueblo rudo, y por la fecunda arrogancia con que en sí y
en lo hermoso se refugia y crece en medio del pueblo
hostil el espíritu fino <...> ¡Oh divino arte! El
arte, como la sal a los alimentos, preserva a las
naciones.
Anteriormente analizamos cómo Martí introduce también en
esta apreciación el incentivo del mercado de arte, el
cual considera, a partir de su análisis juvenil de la
pintura mexicana, como uno de los elementos motivadores
de la producción artística moderna: ahora habla del
"arte mercader" que incita a los "compradores ahítos".
Al insistir en el contraste que señala entre un pueblo
rudo y el espíritu fino, apunta diversas condicionantes
al tiempo que compara a la producción estadounidense con
el arte característico de varios países y sus artistas.
Nota la ausencia de la paleta luminosa propia de los
artistas "nuestros", españoles e italianos, así como de
la "calma artística" del francés o del inglés; subraya
que los estadounidenses "imitan menos que antes", copian
menos la bruma de Millet, las crestas lilas y las olas
épicas de Turner. Pero al yanqui, nos dice, no le falta:
la decisión de aprender, ni el ansia de lo nuevo, ni el
instinto del color, ni la necesidad de la emoción aguda,
indispensable para el equilibrio y reposo de la mente en
los países de vida difícil y nerviosa. ¿El pintar
produce? <197>se dice el norteamericano. – ¡Pues a
pintar! El pintar es una delicia de la fantasía, una
ocupación noble, una protesta de la luz, un acto de
rebelión del alma fina contra la existencia grotesca,
bestial, insípida, indigna de un pueblo que perece, con
lo mismo en que se hincha y deslumbra, porque no ama más
que lo animal y perecedero. A pintar, pues, los que
tengan alma fina y mientras más grosera sea la vida
nacional, más alto el arte!
Martí menciona a varios de los acuarelistas
estadounidenses Church, Robinson, Tiffany, Hopkinson
Smith, y, sobre todo, Winslow Homer, quien ha quedado
como un hito sobresaliente de la pintura de los Estados
Unidos finisecular. De él dice que es uno de los
"artistas jóvenes de este pueblo burdo <notemos la
insistencia> que han adquirido el arte leve y discreto
de la acuarela, a tal punto que Fortuny pudiera firmar
<su> 'Mozo de campo'." Si recordamos la admiración con
que Martí escribió sobre el español, a quien llamara
"gran pintor de luz", podemos valorar hasta qué punto
Martí considera los valores de la obra de Homer. Esta
idea culmina en el juicio totalizador del mérito de los
acuarelistas: "Los que se distinguían como realistas
toman por donde deben, buscando la realidad artística,
que es diferente de la común, en lo constante y hermoso.
// Los que sentaron plaza de idealistas, ya no confunden
el pensamiento con la expresión."
Esta dicotomía realismo-idealismo se remite a ideas
claramente expresadas por Martí en 1879, durante una
breve estancia en Cuba, de donde es deportado de nuevo a
España. En sus apuntes para los debates sobre "El
idealismo y el realismo en el arte", celebrados en el
Liceo de Guanabacoa. Martí fija algunas ideas
esclarecedoras de su criterio sobre estos conceptos:
La
discusión ha llegado a este punto; ¿en qué se
diferencian concretamente realistas e idealistas? Los
idealistas creen que el arte es eterno, como expresión
de una fuerza eterna. Los realistas creen que el arte es
el reflejo de los accidentes de una época y es por tanto
accidental y cambiable. // ¿La cuestión es pues esta, o
el arte es esencial o secundario en la naturaleza
humana? ¿Se ha prescindido alguna vez de sus
manifestaciones? ¿O los pueblos que han tenido poco arte
o arte realista son los pueblos más grandes? Roma y
Cartago y EE.UU."Apuntes para los debates sobre 'El
idealismo y el realismo en el arte'", 15 de marzo de
1879>. O.C., t. XIX, p. 419.
Vemos como Martí, quien entonces se proclama idealista,
establece un paralelo entre Roma y los Estados Unidos,
que tiempo después llegaría a ser un lugar común. En
este caso, los puntos de contacto se fundamentan a
partir de sus manifestaciones artísticas; el cubano,
después de apuntar desde Cuba esta comparación, llegaría
a conocer de cerca la producción estadounidense en el
terreno de las artes.
En
la muestra de los acuarelistas de 1888, Martí comenta
también otra nota destacada en sus obras: otras
novedades se añaden a su "rápida victoria sobre el
espíritu nacional" y a "la tersura y gracia" con la cual
realizan los cuadros. Tienden a lo grandioso, "como en
sus edificios, como en sus negocios, como en sus vías de
comunicación, como en sus fiestas públicas": el
conocimiento de Martí sobre estos aspectos del ámbito
estadounidense ha quedado grabado en varias crónicas
suyas que se detienen en la Quinta Avenida, en las
celebraciones de la Union League, en el puente de
Brooklyn, para citar solo algunas de las más
sobresalientes. Ello le añade fuerza convincente a lo
que escribe sobre los pintores en general y los
acuarelistas en particular.
Martí comenta también cómo estos artistas
"independientes" buscan la luz (de nuevo recuerda a
Fortuny, de quien es el triunfo) y se dirigen en pos de
ella "donde es vestido usual de la naturaleza, o estela
de siglos de arte, ¡a Granada, a Madrid, a Venecia, a
Florencia, a California, a la Florida, a México!" Pintan
asuntos tomados de Italia, Venecia, que pintan "con
color fortuniano, saludable y jugoso, con el aire que lo
refresca y nutre". Pintan también temas españoles,
puesto que "lo pintoresco español es más viril que en
Italia"; los pintan con un poder que recuerdan al
aragonés Gonzalvo, a quien Martí había conocido en sus
años de estudiante en Zaragoza.
"Pero lo más grato a nuestros ojos", continúa Martí, es
"el notable número de cuadros de tierras nuestras, o de
las que como la Baja California lo serán siempre por la
naturaleza, ¡aunque ya no lo sean por la historia!"
Puntualiza Martí que estos pintores estadounidenses van
a buscar en nosotros la luz: a las misiones de Santa
Bárbara, Santa Inés y San Diego, a la ciudad de México.
Pero la crónica termina con una exclamación crítica:
"¡no a todos es dado asir la luz de América!" Esta
reafirmación latinoamericanista de Martí parece querer
restarle mérito, al menos en un aspecto, a los pintores
estadounidenses frente a los hispánicos, en especial a
aquellos que Martí conocía bien, como los españoles y
los mexicanos. El mayor elogio que puede hacerle a Homer
es comparar un cuadro suyo con la obra de Fortuny; dice
que el arte estadounidense toma de Velázquez la
naturalidad y el brío; recuerda al Gonzalvo de sus
primeros contactos españoles como vara de medir para
pintar el coro de la catedral de Ávila; admira los
paisajes de Bierstaedt, pero no tanto como los de
Velasco. En suma, el criterio se ha matizado con los
años pero siempre mantiene no pocas reservas en cuanto a
establecer una comparación con los artistas de otros
países y culturas.
Esta muestra
pujante
José Martí, 1888
Hemos mencionado a algunos de los pintores que Martí
destacó, muchos de los cuales disfrutan de una buena
apreciación contemporánea. La crítica, el mercado, la
popularidad, se han combinado para llevar a las obras de
algunos de estos artistas a alcanzar precios elevados en
recientes subastas de arte. Nombres que vimos aparecer
en las crónicas de Martí integran parte del listado de
estas ventas que indican, entre otras cosas, una
apreciación de época que en mucho depende de cierto modo
de la apropiación de formas de otros tiempos. Si
analizamos una subasta de octubre de 1979 en la
importante casa Sotheby Parke Bernet de Nueva York,
comprobamos el auge de artistas estadounidenses del
siglo pasado, en especial los paisajistas. Vemos, en los
años sucesivos, reaparecer algún nombre citado por Martí
como Frederic Edwin Church, una de cuyas obras (Icebergs,
de 1861) se vende en abril de 1980 por $47, 300, y no es
esta la cifra más elevada en la venta de esta zona de la
pintura estadounidense. Un paisaje (The Backwoods of
America, 1858) de Jasper Francis Cropsey, por ejemplo,
obtiene, siempre en Sotheby, $660,000 en la subasta de
abril de 1981; mientras Sunset in the Adirondacks, de
Sanforde Robinson Gifford (uno de los artistas que,
señala Martí, pinta a Venecia en pos de la luz), se
vende en la casa neoyorkina de Christie's por $52,800 en
diciembre de 1980.
"No debe de olvidarse un paisaje de Church", nos
advierte Martí en 1880 al visitar el Museo
Metropolitano de Nueva York."El Museo Metropolitano".
The Hour (Nueva York), 1880. O.C., t. XIII, p. 476.
Frederic Edwin Church (1823-1900) fue tempranamente
aclamado en vida como el principal pintor estadounidense
en su país y, en Inglaterra, llegó a considerársele
heredero del paisajismo de Turner. Viaja al Ecuador en
1853 y 1857, así como a zonas caribeñas: pinta El
corazón de los Andes, en 1859; Cotopaxi, en 1862;
Estación lluviosa en el trópico, en 1866 y Valle de San
Tomás, Jamaica en 1867, todos los cuadros influidos por
Turner. Forma parte de los artistas de los Estados
Unidos que se sintieron atraídos por el entorno de
nuestra América, a los que Martí señala como los
buscadores de la luminosidad en la pintura.
Se
vincula a Church con Albert Bierstadt (1830-1902) como
los pintores que dieron en su pintura "una expresión
grandilocuente del 'destino manifiesto'". Milton W.
Brown. American Art to 1900, Nueva York, H. N. Abrams,
1977, p. 338. Ambos llegan a crear un estilo a la vez
popular y épico que parecía, en su momento, dar forma
visual al sueño de un arte propio y autóctono. Sus
pinturas de gran formato, realizadas con una técnica
cuidadosa, crean un nuevo tipo de panorama espectacular
que satisfacía el gusto del público de su país,
circunstancia a la cual ambos artistas eran sensibles.
Los dos fueron artistas-exploradores; Bierstadt, llamado
"el pintor popular de la última frontera", Ibidem, p.
339. forma parte en 1857 de la expedición conducida por
el Coronel Frederick W. Lander, la cual cruza las
Rocosas para llegar a California: el Oeste, la última
frontera, ha sido incorporado al ámbito de la Unión.
Se
diferencian en la ausencia de intención iconográfica en
Bierstadt, quien no pretende, como Church, llegar a una
profundidad conceptual. Bierstadt, cuyos cuadros revelan
un buen sentido de la composición, tuvo también gran
éxito comercial a mediados de siglo: llega a obtener
$35,000 por un cuadro, y en 1875 el Congreso de los
Estados Unidos le comisiona obras para una extensión del
Capitolio. Pero en los años iniciales de la década de
1880 el gusto cambia y el tipo de obra característica de
estos dos pintores cae en desgracia. Así, Bierstadt ve
en 1889 cómo un cuadro suyo es rechazado en la selección
para la Exhibición de París (que Martí toma como
material para La Edad de Oro) por no considerarse
representativo del arte estadounidense. Ha terminado la
conquista del Oeste y la Guerra de Secesión: los nuevos
ricos desprecian lo producido en su país frente al
prestigio de lo europeo, aunque este fuese de segunda
categoría. Este fenómeno fue visto y destacado por Martí
en sus crónicas de esa década, algunas de las cuales
hemos citado anteriormente.
Martí menciona a Bierstadt en tres ocasiones: gusta de
sus paisajes, pero los considera inferiores a los del
mexicano Velasco, en quien piensa como el paisajista por
excelencia. En su primera mención del pintor
estadounidense, al escribir sobre el Museo
Metropolitano en 1880, acota; "el valor de pintar
asuntos norteamericanos se necesita mucho. Bierstadt y
Whittredge han abierto este nuevo camino. Las hojas
otoñales nunca han tenido un pintor más exacto que
Whittredge. El único rival de Bierstadt es el mexicano
Velasco." Nota 26, 477.
(Apuntemos que Thomas Worthington Whittredge
(1829-1910) visitó Roma en 1856 con Bierstadt; es
considerado como un paisajista de hálito pastoral,
cercano a los postulados de la Escuela del Río Hudson.)
La
segunda mención a Bierstadt la hace Martí ese mismo año,
cuando escribe una crónica sobre la colección de James
H. Stebbins. Martí subraya que las colecciones privadas
suelen ser más interesantes que las exposiciones
públicas y que la de Stebbins, quien está familiarizado
con el ámbito artístico parisino, es de las mejores.
Entre sus cuadros puede verse a Bierstadt, quien
presenta "una magnífica Puesta de sol en el valle de
Yosemite". Aún elogiando al estadounidense, Martí
insiste en recordar al mexicano, pues a continuación
añade:
Bierstadt recuerda en su manera de pintar a Velasco, el
pintor mexicano. Azul, negro, rojo y amarillo se
encuentran fuertemente mezclados en esta puesta de sol,
pero en una confusión no menos deslumbrante que la
natural en tales climas. El artista maneja un vigoroso
pincel y pudiera indudablemente lograr reproducir los
arenales candentes y el cielo azafrán de Egipto. José
Martí. "La Galería Stebbins". The Hour (Nueva
York), 17 de abril de 1880. O.C., t.XIX, p.276. Hemos
cambiado algunas palabras de la traducción hecha de lo
publicado en The Hour.
La
última mención a Bierstadt es hecha por Martí en 1888 y
está incluida en su descripción de los festejos por las
bodas de plata del Union League Club, fundado para
preservar la unión de la república "cuando el Sur quiso
perpetuar su predominio y la infamia de la esclavitud."
"Un gran baile en Nueva York, Nueva York, 7 de febrero
de 1888. La Nación (Buenos Aires), 8 de abril de 1888.
El Partido Liberal (México), s.f. O.C., t.XI, pp.
391-398. La citas subsiguientes, salvo indicación,
corresponden a estas páginas. A veinticinco años de su
inauguración, "los fundadores canosos ven rodar en
coches lucientes la riqueza que ayudaron a inaugurar con
el triunfo sobre el Sur." En el Club de la Quinta
Avenida, cuya "arrogante fábrica es producto de un arte
híbrido que enseña más sus imitaciones por el afán de
disimularlas con novedades postizas", se reúnen más de
tres mil invitados, y algunos coleccionistas prestan
obras para el salón de las pinturas. Entre los cuadros,
Martí menciona "los Bierstadts, bosques y otoños
colosales" al lado de "los Rousseaus rojizos", obras que
son "de mucha fama". Subrayemos que los calificativos
que aplica Martí a la obra de Bierstadt coinciden con la
valoración que hoy recibe su obra, ya que, para el
cubano, las obras "colosales del artista que pinta
"asuntos norteamericanos" con "vigoroso pincel" muestran
colores 'fuertemente mezclados".
Otro artista elogiado por su escogida temática es John
George Brown (1831-1913). En su artículo sobre la
quincuagésimaquinta exhibición de la Academia Nacional
de Dibujo en 1880, Martí menciona a Brown entre los
nombres famosos que exponen (menciona también a Winslow
Homer, que analizaremos después), quienes "al menos
escogen asuntos norteamericanos y los tratan, por regla
general, de una manera inteligente." "La
quincuagésimaquinta exhibición de la Academia nacional
de dibujo". The Hour (Nueva York), 1880. O.C., t
XIII. pp. 471-472.Cinco años después escribe ampliamente
sobre el asunto reiterado del pintor en una muestra de
artistas estadounidenses. Martí es severo al apuntar que
estos no han podido crear aún más que dos tipos, con
color falso y ejecución burda, el viejo de barba en
halo, como la de Lincoln, con sus botas recias, su
chaleco corto y su sombrero de fieltro; y el pequeñuelo
de las calles, que con cara más rosada e ingenua que la
que tiene de veras, reproduce el pintor Brown en lienzos
conmovedores y picarescos."Cartas de Martí", Nueva York,
23 de abril de 1885. La Nación (Buenos Aires), 13
de junio de 1885. O.C., t.X, p.228.
De
hecho, este tema tratado con acentuado sentimentalismo
que se centra en niños limpiabotas y vendedores de
periódicos, de ojos tristes y gestos conmovedores,
dieron a Brown una renta anual de $40,000. Trabajó
muchos de sus cuadros en cromolitos y las publicaciones
periódicas solían reproducir no pocas de sus obras. Este
reclamo al sentimiento despertado por la criatura
desvalida es destacado por Martí, a la vez que señala
una crítica a la factura pictórica de Brown:
¿Cómo no acordarse, teniendo sangre leal de
hispanoamericanos en las venas, de estas glorias
sofocadas y desconocidas de nuestro arte latino,
enfrente de <...> estos pilluelos de Brown, que, tanto
como la fidelidad de la expresión, deben su fama a
aquella misteriosa simpatía de las almas bien nacidas
por la flor que saca su tallo por encima del lodo, por
el niño desvalido que, solo en estas ciudades tremendas,
batalla y trabaja? A puñados se quisiera tener el oro,
para poner en buen camino a esos pilluelos ingeniosos, a
esos escolares cascacabezas, a esos vendedorcillos
descalzos, a esos harapientos, críticos de los manjares
expuestos en las vidrieras, a esos remendones de sus
propios zapatos que con color un poco castaño pinta
Brown. Ibidem, pp. 231-232.
Winslow Homer(1836-1910) fue otro de los pintores que
obtuvo éxito y reconocimiento desde los inicios de su
carrera. En esencia un autodidacta, se le consideraba -y
aún hoy perdura esa apreciación- como "el más
norteamericano de los pintores norteamericanos de su
época, culminación de una escuela nacida en y propia del
país, dedicada a los cuadros de género." Nota 27, p.496.
Su interés se centró en escenas rurales, en las que el
paisaje se subordina a las personas que en él se
encuentran. Fue escogido para participar en la
Exposición Universal de París en 1866, después de haber
sido comisionado para hacer bocetos de las escenas de la
Guerra Civil a principios de la década. De modo
característico, se interesó más en ilustrar la vida del
soldado aburrido y periférico. En 1875 se instala
durante un tiempo en Virginia, donde realiza excelentes
cuadros sobre los negros del Sur. Son precisamente
algunas de las obras sobre estas temáticas las
destacadas por Martí. En 1880 escribe sobre "Los
negritos", de Einslow Homer están entre lo mejor de la
exhibición" de la Academia Nacional de Dibujo. Nota 32,
p.473. Ese mismo año, al comentar su visita al Museo
Metropolitano, amplía su comentario sobre el pintor:
Los prisioneros al frente de Winslow Homer, tiene toda
la ingenuidad de la infancia y todo el vigor del arte
primitivo. El arte norteamericano está todavía en la
cuna. Tiene que ser mejorado, pero con ideas originales;
se deben importar los métodos antiguos, pero no las
viejas ideas. Winslow Homer no puede ser confundido con
ningún otro artista. Su prisionero arrogante, su pobre
viejo, su oficial compasivo, forman una escena vivida
-llena de la tristeza de la guerra. Su Los prisioneros
al frente no podría ser tomado por una obra extranjera.
Es un pintor norteamericano y en ellos estriba su
original mérito. Nota 26, pp.476-477. Hemos cambiado
algunas palabras de la traducción hecha del texto
publicado en The Hour.
La
última mención que hace Martí a Homer ratifica el juicio
sobre el carácter nacional propio de su pintura. En
1888, coloca a Homer entre los artistas que no caen en
"la vana tentativa de imitar lo extraviado y
escandaloso." "Cartas de Martí", Nueva York, 27 de enero
de 1888. La Nación (Buenos Aires), 13 de marzo de
1888. El Partido Liberal (México), 18 de febrero
de 1888. O.C., tXIII, p.481.En este caso se está
refiriendo a su cuadro Mozo de campo, con lo cual
comprobamos que Martí pudo ver y comentar tres de los
asuntos que constituyen lo más relevante de la obra de
Homer.
Martí, quien indiscutiblemente no considera que la
pintura estadounidense del siglo XIX está a la altura
de otras producciones que conoció y apreció, señala
algunas de sus características que han sido ratificadas
por el tiempo. Destaca el poder y la influencia del
mercado de arte en Nueva York, determinante en la
valoración económica de los coleccionistas e
instituciones, los cuales presentan un variable gusto en
el transcurso temporal que decide la suerte de los
artistas en la venta y apreciación públicos. Subraya
además, y en más de una ocasión, el contraste entre la
suerte corrida por los creadores latinoamericanos y los
estadounidenses, precisamente por la presencia de estos
en el centro hegemónico -situación que, en menor medida,
se mantiene hoy en día.
Tomado de
José Martí: imagen,
crítica y mercado de arte de
Adelaida de Juan,
Editorial letras cubanas, 1999. |