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DONDEQUIERA QUE EL HOMBRE
SE AFIRMA, EL SOL BRILLA
"Trabajar con amor para los niños y trasmitirles todas
mis enseñanzas es una de las alegrías más grande de mi
vida...", afirma emocionada Ana Rivero Álvarez, la
Maestra, santiaguera de pies a cabeza y Vanguardia
Nacional del Sindicato de la Educación, quien durante
cuarenta años fue guía y formadora de las nuevas
generaciones.
Magaly
Cabrales|
La
Habana
Fotos:
Cortesía
de Ana Rivero
El título que identifica este trabajo es un pensamiento
de José Martí que conforma el texto del Diploma,
rubricado por la Presidenta de la Organización de
Pioneros y entregado el pasado año a Ana Beatriz Rivero
Álvarez por su excelente labor como guía y formadora de
las nuevas generaciones durante cuarenta años.
–¿Y en cuántos lugares se ha afirmado esta santiaguera,
de 75 años de edad, en los cuales ha hecho brillar el
sol irradiando al propio tiempo tanta luz a través de
Diplomas, Medallas y Condecoraciones recibidas?
–Trabajar con amor para los niños y trasmitirles todas
mis enseñanzas es una de las alegrías más grande de mi
vida. Sin embargo, no fue precisamente con ellos con los
que inicié mi carrera cuando me gradué como maestra en
1950, después de cursar estudios en la escuela del Hogar
en Victoria de Las Tunas.
En esa provincia, también ubicada en la región oriental
de Cuba, recibió Ana su certificado de graduada, gracias
al apoyo financiero brindado por un tío que allí
residía, al carecer sus padres del dinero suficiente
para costeárselos.
Ya graduada comenzó a trabajar en una escuela de
mensajera donde impartía, a jóvenes que casi tenían su
edad, clases relacionadas con las labores domésticas y
de artesanía.
–Allí estaba bien y aprendí muchísimo, pero más que
soñar, deliraba con tener un aula repleta de niños para
enseñarles a leer y a escribir. Pero eso era imposible,
al menos en aquel momento, pues había que tener dinero
para comprar la plaza y mi familia solo contaba con los
recursos necesarios para comer. Si algún dinerito
sobraba, mi padre lo empleaba en gastos para el Partido
Comunista, del cual era fundador y por el que todos nos
sentíamos atraídos.
Así esperó Ana algunos años, hasta que se produjo el
triunfo revolucionario del Primero de Enero de 1959. A
raíz de este hecho, el líder de la Revolución cubana,
Fidel Castro, realizó un llamado a los maestros para que
trabajaran de forma voluntaria en las montañas.
Entre las primeras en presentarse se encontraba Ana,
quien recuerda ese día como uno de los más
importantes de mi vida. Me sentía dichosa y feliz porque
al fin vería mi sueño convertido en realidad.
Mas la realidad se le presentó a la joven maestra en
forma de pesadilla si se tienen en cuenta las
condiciones con que está dotado en los tiempos actuales
nuestro sistema educacional, en el cual las escuelas
constituyen magníficas instalaciones equipadas con los
mejores y más modernos recursos. Pero en 1960, cuando
Ana llegó al Tercer Frente, municipio santiaguero al que
fue destinada, no había allí nada que semejara una
escuela. En todo el lomerío solamente se divisaban
dispersos y maltrechos bohíos, donde vivían humildes
campesinos con su numerosa familia.
Ciertamente no existían en la inhóspita región ni
siquiera las condiciones elementales para enseñar las
primeras letras, pero a falta de un local apropiado se
ofrecían magnánimos y frondosos árboles, bajo cuya
sombra comenzó a reunir Ana primero unos siete niños,
después una docena y así poco a poco hasta que logré que
todos asistieran a mis clases. Se fueron
encariñando conmigo y me respetaban tanto o más que a
sus padres. Allí por primera vez me llamaron maestra o,
simplemente, seño.
El respeto y la admiración de la que Ana era objeto no
provenía solamente de sus alumnos, sino también de todos
los habitantes de la zona, quienes comenzaron a verla
como consejera, agricultora, abogada, médico...
–Fíjate si yo era arrestada, me dice con palpable
orgullo, que un día hasta le entregué tierras a algunos
campesinos.
Y, sin duda, lo hizo porque Ana es de esas mujeres cuyo
arrojo y valentía les viene desde la cuna y la llevan
consigo a través de toda la vida como formando parte de
su cuerpo. Por ello tampoco debe dudarse de que fue
capaz, asimismo, de levantar con sus propias manos y la
ayuda de los campesinos, por supuesto, la primera
escuelita rural en la región.
Ya con una escuela propiamente dicha, Ana comenzó a
sentirse como una verdadera maestra y esta condición se
consolidó todavía más en ella cuando además de niños,
comenzó a enseñar a los adultos, quienes después de
cumplir con las duras faenas del campo, a la luz de un
farol, aceptaban entusiasmados, aunque no sin cierta
vergüenza, que la joven maestra guiara sus endurecidas y
callosas manos, armadas de un lápiz, sobre una hoja de
papel en la cual quedaban impresos sus nombres, al
principio, y más tarde todo cuanto aprendieron a
escribir. Yo les enseñé qué era la Revolución y les
enseñé también a querer a Fidel, por quien siente un
amor infinito y le agradece al propio tiempo haberme
formado, allí en las montañas, como una verdadera
maestra.
El aprendizaje que logró en el Tercer Frente lo puso muy
pronto en práctica cuando, debido a sus grandes méritos,
pudo ganarse, al fin, en una escuela urbana el aula con
que tanto soñara.
–La escuela estaba ubicada en un barrio marginal, muy
pobre: Vista Alegre. Por eso, estos nuevos alumnos casi
no se diferenciaban de los campesinos que había dejado
atrás. Pero estaba contenta. Y ya nadie pudo detener mi
carrera de magisterio. Trabajé después en otras
escuelas, con mejores condiciones, por supuesto, aunque
siempre como maestra de preescolar, que fue en lo que me
especialicé desde que vine de las montañas.
No es en modo alguno la falta de memoria, sino más bien
la alta cifra lo que imposibilita a Ana referir la
cantidad de niños, a los cuales dio la bienvenida al
iniciarse cada curso escolar y a quienes enseñó, junto
con las primeras letras, a hablar y a adquirir normas de
conducta social.
–He dedicado mi vida entera a la formación de las nuevas
generaciones. La llevaba a cabo no solamente en el aula
mientras impartía mis clases, sino también en los
campamentos donde se acogían, cada cierto tiempo, a los
pioneros exploradores y todavía hoy, ya jubilada, llamo
la atención a cualquier niño o joven cuando su
comportamiento en la calle no es el correcto. Esto ha
provocado que algunos no me quieran y me miren con
cierto desprecio, pero estoy convencida de que algún día
me lo agradecerán. Aunque, no creas, a veces me da
cierta pena porque me echan en cara que ya yo no doy
clases.
No es menos cierto que Ana ya no imparte clases, pero
jamás dejará de ser maestra y mucho menos formadora
porque, aunque jubilada, continúa trabajando activamente
ahora con "niños" cuyos hábitos resultan mucho más
difíciles de cambiar, pues se trata de adultos de la
tercera edad. Tarea que ha acogido con igual o más amor
y a la cual también se incorporó entre las primeras al
llamado de Fidel, esta vez en 1986, cuando este propuso
la creación de Secciones Sindicales entre los
jubilados.
En el cumplimiento de esta tarea trabaja
incansablemente, mucho más que cuando daba clases.
Realizamos actividades de todo tipo: recreativas,
educativas, culturales. En fin, no paramos un instante.
Pero eso es bueno, porque aprendemos a ganarnos el lugar
que nos corresponde en la sociedad y nos hace olvidar al
propio tiempo la edad que tenemos.
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En la
casa natal de José María Heredia |
–¿Se siente Ana, vieja?
–Me siento joven y con muchos deseos de vivir; sin
embargo, cuando me miro al espejo se me caen las alas
del corazón.
Para evitar la tristeza que aflora a su rostro le
tarareo la letra de una canción del cantautor cubano
Pablo Milanés, la cual, entre otras cosas, afirma que
joven ha de ser quien lo quiera ser. Y en realidad Ana
es una muchacha cuyos pies se mueven muy ligeros todavía
cuando, formando parte de un grupo danzario de
jubilados, baila cadenciosamente al compás de un danzón
en un céntrico parque santiaguero, o en cualquier otra
instalación cultural. Asimismo su jovialidad se pone de
manifiesto en la firmeza de su voz, mientras exige a los
jubilados de las
treinta
secciones sindicales que dirige
por el cumplimiento cabal de las tareas planificadas en
los distintos planes de acción mensuales. Por el
contrario, su voz se torna trémula, aunque categórica,
para afirmar que no nos sentimos verdaderamente
atendidos por las instancias superiores, exactamente por
parte del Sindicato y la Administración de Educación en
la provincia de Santiago de Cuba.
Sin embargo, se siente muy respaldada por todos sus
compañeros de los Círculos de Abuelos, quienes
constituyen para ella una gran familia.
–¿Y cuando, paseando por las calles de Santiago, hombres
y mujeres cuyas sienes plateadas evidencian una edad
madura y por su forma de expresarse indican que son
ingenieros, médicos, maestros, enfermeras... la saludan
cariñosamente llamándola seño o maestra?
–Imagínate.
E imagínese usted también lo que Ana, a causa del nudo
formado en la garganta, no puede expresar. Enmarcados
por amplios espejuelos, sus ojos, muy brillantes, saben
muy bien contener las lágrimas y seguramente ninguna de
ellas se atreverá a salir con tal de no empañar la
imagen de esta mujer, santiaguera de pies a cabeza y,
por consiguiente, tenaz, elocuente y aguerrida,
Vanguardia Nacional del Sindicato de la Educación.
Atesora, además, alrededor de cien reconocimientos entre
medallas, diplomas y sellos entregados por los más altos
dirigentes de las organizaciones políticas y de masas
del país; sin embargo, guarda con celo maternal un
diploma, muy sencillo, escrito en una simple hoja de
papel, cuyo texto dice: “A Ana Beatriz Rivero Álvarez.
Por ser una Abuela Ejemplar” y lo firman Reny,
Normita,
Betty y Ernesto; sus nietos. |