La Jiribilla | DOSSIER             
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

CUBA EN EL MUNDO

BUSCADOR

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
CALLE DEL OBISPO
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
TESTIMONIOS
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
NOTAS AL FASCISMO
NÚMEROS ANTERIORES
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

VERSIÓN PARA IMPRIMIR

COARTADAS DEL TIEMPO Y LA MEMORIA
 
Para nadie es desconocido que la imagen de Martí ha sido recurrente en la pintura de Agustín Bejarano y que ella ha funcionado como una especie de ejercicio de exorcismo, de purificación para consigo mismo y su nivel de conciliación con el contexto.


David Mateo |
La Habana
 

A lo largo de estos años dedicados a la crítica de artes plásticas, he conocido un sinnúmero de creadores obsesionados con la idea de pintar en gran formato. Creo que hasta podría advertir un par de argumentos que han contribuido a interconectar las distintas exteriorizaciones de tal actitud en nuestro contexto: por un lado, la necesidad imperiosa de desbordar los límites expresivos del imaginero, una necesidad que puede derivar lo mismo de la conciencia experimental del creador, que del indicio formal de la obra; y por el otro, la lógica —y no menos restringida— propensión a asociar las prerrogativas de una imagen de holgadas dimensiones con los estudios de legitimación y trascendencia, en contraste con la escasez material o la estandarización de los soportes a los que hemos estado sometidos durante años de precariedad económica.
 

Sin embargo, aún cuando la inclinación misma de Agustín Bejarano hacia la pintura de gran tamaño esté relacionada también, de manera más o menos explícita, con algunas de las causas que han inducido la ampulosidad pictórica entre la mayoría de sus coterráneos, su precedente real se asienta en un hecho que es todavía mucho más proporcional y raro: se trata del influjo que llegaron a ejercer en su percepción artística los procedimientos creativos de las vallas políticas. Proporcional, en tanto se advierte una relación vertical, espontánea, entre la actitud inicial de acercamiento al paradigma y los móviles que indujeron la implantación posterior dentro de su estilo artístico; y raro, en tanto se explicita una voluntad y asimilación descontaminada, capaz de sortear el mero pretexto de lo apologético para caer de lleno en lo concerniente a los artilugios técnicos y las implicaciones estéticas de su uso. Esta experiencia de confrontación con el ámbito de las vallas se remonta al período de transición entre las décadas del 60 y el 70, cuando Bejarano era solo un infante observador y un tanto avispado, de apenas ocho o nueve años de edad, y cuando la propaganda gráfica en Cuba desbordaba en casi todas sus vertientes una gran pericia técnica y originalidad, muy lejos de estos tiempos de finales y principios de siglo, en los que —a pesar de la apertura hacia nuevas tecnologías y recursos— se puede constatar una práctica redundante en la mediocridad y el mal gusto.

Cuando Bejarano rememora aquella época de su niñez, siempre la valora como la más decisiva para la consumación de su vocación como pintor y dibujante: “Creo que en realidad yo fui un niño bastante precoz, pues a los cuatro o cinco años comencé a hacer los primeros trazos. Mi madre no se dio cuenta al principio de la trascendencia que esto tenía, del significado que podía acarrear para mi formación toda aquella cantidad de papeles dibujados que se iban acumulando desde una edad tan temprana. Sin embargo, mi padrino sí se dio cuenta de la vocación que había en mí, pues él tenía determinada sensibilidad para descubrir lo que nadie era capaz de ver. Él trabajaba en la Unidad de Actos de Camagüey, donde me llevaba a pasear con cierta frecuencia. Yo anhelaba pintar como se pintaba allí, pues no había otra referencia más importante que esa. Dibujaba mucho en aquel taller, tomando como modelo los rostros de los héroes que estaban componiendo. Me atraía sobre manera la concepción gráfica de los elementos dispersos entre sí, abstractos, casi indescifrables, la incógnita que había detrás de aquellos procesos de realización y montaje; era como enfrentarse a una serie de enormes rompecabezas, los cuales no se armaban hasta que eran colocados en su lugar de destino”. 

Tales palabras de Bejarano —recogidas en una extensa entrevista que próximamente saldrá a la luz en un libro monográfico— reflejan por sí solas el profundo impacto que aquellos procedimientos de diseño y reproducción ejercieron en su formación como artista; pero mejor aún, ellas, como ningún otro testimonio, ponen en evidencia la línea ascendente dentro de la cual el discernimiento de un método, de una pauta compositiva, ha ido adquiriendo una consecuencia pertinaz; a primera vista algo contrastante con el propio espíritu de impugnación y cambios que ha caracterizado la trayectoria de este artista de la plástica, avalado por un compendio de más de doce series diferentes en el reducido lapso de unos diez años.

Son varios los subterfugios que en la pintura de Bejarano parecen tener su basamento en aquella tentativa de intercambios con el universo de las vallas; tal es el caso del esbozo sintético de las imágenes, la fragmentación o difuminación dentro del cuadro de elementos pertenecientes a una misma apariencia, solo reconocibles desde un ángulo visual más bien integrador; el alargamiento desmesurado de las extremidades humanas a semejanza de enormes tubérculos; el empleo de tipografías e ideogramas dentro del cuadro que, aún sin significado aparente, intenta remitir a la retórica tradicional de los anuncios (nada más tangible en este orden que las series de las Anunciaciones, de 1999); y el énfasis en la adaptación de la retratística heroica, abordada desde la perspectiva de la figura a medio cuerpo, una opción que se me antoja por momentos apegada a los cánones más arraigados del busto escultórico, y de la que es deudora en buena medida también la publicidad ideológica.

Con mayor o menor énfasis, cada uno de estos subterfugios pueden encontrarse generalmente en la obra de Agustín Bejarano; desde la archiconocida exposición Huracanes hasta la más reciente muestra en la Fundación Havana Club, titulada Cabezas mágicas; únicamente diferenciadas tal vez en cuanto a su incorporación dentro de una expresividad por momentos un poco más abstracta o figurativa, sosegada o impetuosa. No obstante, hay tres conjuntos expositivos: Tierra húmeda (1996), Marea baja (1997) y Metáforas de la salvación (2001), donde esta clase de apropiación alcanza un punto culminante y, por extensión, una funcionalidad verdaderamente notoria; pues a través de ellos el artista circulará hacia una metodología específica y estructuración del cuadro, que influirá de manera definitoria en su modo de creación... Que me perdonen los devotos del grabado, o de otras etapas pictóricas en la vida de Bejarano —incluso, no sería yo de los que traicionarían fácilmente esa vieja predilección por sus impresos en acetato—; pero es en el tiempo que pretexta la elaboración de estos tres conjuntos donde cuaja la síntesis; donde se integran de manera armónica cada uno de los códigos devenidos de aquella visualidad superlativa descubierta en la niñez, los cuales venían aflorando de manera intermitente hasta ese preciso instante dentro de su producción artística. Tampoco debemos dejar de reconocer que en dicho período todo lo redundante o excesivo del dibujo se va decantando y sus normativas se envisten de una mayor sintonía con la pintura; y por consiguiente, las texturas y los colores logran también condensarse y transferir su valor de manera más explícita hacia la diligencia del símbolo. Podríamos mencionar como obras paradigmáticas de ese significativo progreso Espantapájaros (1997), Arenas movedizas (1997), La mona (1997), y La isla oscura I y II (1997).

También en el sustrato de este grupo de obras seguirá fraguando una noción de la existencia, con raíces profundas en las preocupaciones hu-manistas y en el anhelo constante de redención; cuya máxima elocuencia se alcanzará por medio de las alegorías reiteradas a la figura de José Martí (pienso, digamos, en piezas imprescindibles como Imágenes en el tiempo I, II y III (1997), Sangre de héroe (1997) y Caminante americano (1997). Debemos aclarar que a través de ellas —por primera vez, y como pretexto de excepción— comenzarán a converger en un mismo entorno ficcionable, artificio y sujeto; o sea, fórmulas, mecanismos que insinúan, entreven, el ámbito representativo de las vallas, y formas que sugieren la presencia de uno de los arquetipos visuales sobredimensionados por ellas: el héroe. Aunque a esas alturas, dicha extrapolación subvierte por completo los tradicionales sentidos de lo denotativo, ya que renuncia dentro del abordaje artístico de la imagen a cualquier vestigio de solemnidad oculto que pueda desviarnos del influjo de su referencia; creando algo así como una especie de antagonismo frente al aura habitual con que se envuelven estos tipos de personajes ilustres; y no contento con ello, hace interactuar esa imagen con una serie de parábolas complementarias, con las cuales se refuerza la proximidad y contingencia del dilema o asunto dentro del que ella se inserta, como la alusión a un paisaje típicamente cubano en señal de pertenencia; el uso de craqueladuras para crear una contraposición entre lo estéril y lo fértil; la sobredimensión de las manos como analogía de conexión a la tierra, como conducto hacia la fecundidad; la colocación de alas en los protagonistas y la introducción de escaleras en algunas escenas, como símil de la utopía o la encarnación de un ideal autónomo y elevado; el montaje de un  paralelismo entre el remo y la condición de insularidad. De igual forma podemos resaltar también la interrelación inspirada entre la sangre, el surco y las arterias, como homologías de un pensamiento que ha de ser expandido, propagado entre la colectividad; y la adición de flores o espigas en la composición general del cuadro, detalle que ha inducido un grupo de especulaciones en la crítica acerca de la concentración singular del elemento kitsch dentro de su discurso; especulaciones a las que siempre Bejarano prefiere responder con un criterio extremadamente comedido: “Las flores que utilizo en los cuadros de José Martí tienen un carácter de ofrenda, de homenaje; provienen de una práctica habitual en la llamada cultura de masas; tipifican una manera popular de rendir tributo a la vida y el pensamiento de un gran hombre... Nada tiene que ver con la intención personal de hacer un arte kitsch; me apropio del símbolo de una forma noble, hacendosa y lo pongo a funcionar dentro de una concepción filosófica mucho más ecuménica”. 

Para nadie es desconocido que la imagen de Martí ha sido recurrente en la pintura de Agustín Bejarano y que ella ha funcionado como una especie de ejercicio de exorcismo, de purificación para consigo mismo y su nivel de conciliación con el contexto. Aunque desde su etapa de estudiante en la Escuela Nacional de Arte a la actualidad, tal abordaje ha sufrido una transformación considerable, eficaz desde casi todos los puntos de vista. Atrás han ido quedando, por ejemplo, el sencillo regodeo en la fisonomía del Apóstol, la grácil personificación —cincel y martillo mediante— de su misión restauradora, la invocación desesperada de su espíritu desde lo introspectivo y visceral de la existencia doméstica... Como resultado de un proceso que se complejiza, a la par que adopta como prioridad absoluta la indagación en los fundamentos de un ideario, de una filosofía, por sobre el protagonismo del ser, la imagen de José Martí ha ido trasluciendo poco a poco una estampa cada vez más impersonal, indistintiva; que en consecuencia no solo refuerza su eficacia de comunicación dentro del área nacional, sino que también comienza a ser decodificada y validada por un público foráneo altamente especializado. Justamente, la muestra exhibida por Bejarano en la galería La Acacia con carácter de serie, denominada Imágenes en el tiempo, no solo constituye la continuidad de una obra emprendida en 1997, en la que las doctrinas del maestro se esgrimen contra la amnesia cultural, sino también infieren un momento de giro en el tratamiento de la personalidad histórica, de disolución de sus valores en una metáfora mucho más genérica...; tendencia esta que no sería nada advenediza o fortuita, por cierto, si tenemos en cuenta la valoración que se ha formado Agustín Bejarano acerca del alcance contemporáneo del Apóstol: “En mi criterio, el pensamiento de José Martí es uno de los más universales de la historia de la cultura cubana y latinoamericana, sus enfoques trascienden la inmanencia de su propia vida; tienen una vigencia enorme en los momentos de crisis que estamos viviendo, y es por eso que llamo la atención a través de mi pintura sobre el hecho de que, en las esencias de esos enfoques, podríamos encontrar nuevas formas de encarar y dar respuesta a nuestros más acuosos problemas”.  

NOTAS:

1.— Entrevista realizada al artista en el año 2001, entre los meses de octubre y noviembre.

2.— En el 2001 Bejarano fue invitado a participar en una exposición colectiva por The Elkon Gallery, de Nueva York, con uno de sus cuadros dedicados a José Martí. La muestra titulada La belleza y la fuerza, y en ella compartía espacios con figuras de la talla de Wifredo Lam, Roberto Matta, Diego Rivera, Rufino Tamayo, Fernando Botero, entre otros.

3.— Ibídem.

4.— Ibídem.

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



© La Jiribilla. La Habana. 2003
 IE-800X600