|
SOÑANDO LA GUERRA
El
secreto del guerrero
Como una daga filosa, la mirada de Gore Vidal apunta, en
esta entrevista, a las zonas más oscuras de la sociedad
y el gobierno de EE.UU. Dice que la prensa
estadounidense informa parcialmente sobre la realidad y
revela hechos muy graves como una posible conexión
triangular entre la CIA, el espionaje paquistaní y uno
de los terroristas del 11 de septiembre. Habla también
de los intereses petroleros que se esconden detrás de
una guerra en Irak.
Kenneth
Hubbard. International Feature Agency (IFA)
—¿Qué opina
de la televisión norteamericana, especialmente, de los
noticieros y los canales de cable?
—Creo que están haciendo su trabajo de manera tal que
nadie entienda nada. Tal vez esa sea la magia de la
televisión. Nunca se hizo realmente un gran esfuerzo
para dar información y elementos de juicio que
explicaran lo que pasa. El pueblo norteamericano, al
menos por lo que indican los datos de la CNN, todavía no
se enteró de que Saddam Hussein no es precisamente el
mejor amigo de Osama bin Laden. Creen que funcionan como
una sola persona y que ambos nos atacaron el 11 de
septiembre. Pero la idea de que si se ataca a uno
también se está atacando al otro, viene como anillo al
dedo para los propósitos de los partidarios de la
guerra. Desde que el Presidente anunció que solo él
puede decidir qué es una guerra y solo él puede decidir
un ataque preventivo contra otro país, Estados Unidos
dejó de ser el país que yo conocía.
—¿Cuáles cree que son los conceptos erróneos que se
manejan sobre usted?
—Es lo último en lo que se me ocurriría pensar. Uno no
anda por ahí preguntándole a los demás, "Disculpe, ¿qué
piensa de mí?" mientras espera que cambie la luz del
semáforo. Creo que la gente que se preocupa por su
imagen pública es porque está candidateándose como
presidente o porque está loco o ambas cosas.
—¿Lo han acusado de adherir a las teorías
conspirativas?
—Nunca fui periodista, aunque los respeto y los adoro.
Por eso no suelo dar opiniones como si se tratara de
hechos. En mi nuevo libro, Dreaming War
(Soñando la guerra), me esforcé mucho por plantear
hechos. El año pasado escribí otro llamado Perpetual
War for Perpetual Peace (Guerra perpetua por paz
perpetua). En ese libro me preguntaba por qué hace 50
años que estamos ante una guerra inminente. Primero se
venían los rusos...y... finalmente nunca vinieron. Ahora
son otros los que nos amenazan y están por llegar en
cualquier momento. Se trata de un buen negocio cuyos
motivos no son difíciles de adivinar. Para dejar claro
de que trabajo con hechos tomo los datos de diarios como
The Wall Street Journal. Y me preocupo mucho por
ser exacto. A mí me gusta mucho Arthur Schlesinger en
cierto sentido mórbido. Arthur siempre dice que sí al
poder, y los historiadores no deben hacer eso si quieren
contar la historia real, ya que el poder tiene sus
propios intereses. Él se enamoró de la familia Kennedy y
se puso en situaciones incómodas. También estaba
enamorado de la familia Roosevelt. Yo soy un gran
admirador tanto de Franklin como de Eleanor Roosevelt
pero él se extralimita. Hay que adoptar una posición más
equilibrada sobre lo que hizo la gente (algo que a nadie
parece seguirle importando) y por qué lo hizo. Sobre la
teoría de la conspiración. Somos un país de accidentes.
Seguimos asesinando hombres públicos y nunca descubrimos
quién lo hizo. Tampoco parece que eso importe mucho.
Después la gente me dice: "Ah, usted es un teórico de la
conspiración", y empieza a reír de forma histérica. Hay
otra cosa extraordinaria que señalé hace poco por
televisión. Fíjese: Bush padre estuvo en el grupo
petrolero Carlyle; Bush hijo en Harkins Oil; el
vicepresidente Cheney, en Halliburton Oil; Gale Norton,
la secretaria del Interior, también está vinculada al
petróleo; Condolezza Rice tiene relación con Exxon y
Texaco y el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, fue un
hombre de la petrolera Occidental. Mientras yo
enumeraba, veía que ya empezaban a minimizarlo. Entonces
dije: "No voy a decir que hay una conspiración. Yo no
creo en conspiraciones. Pero ¿me van a decir que es una
coincidencia que estén al frente de EE.UU. y que estemos
a punto de ir a la guerra por el petróleo de Irak?
—Hace un tiempo usted dijo que Bush Jr. sabía de
antemano lo que pasaría el 11 de septiembre. ¿Sigue
sosteniendo eso?
—Todo está explicado en mi libro Dreaming War.
Tiene como subtítulo "Blood for Oil and the Cheney-Bush
Junta" (Sangre a cambio de petróleo. La camarilla Cheney-Bush).
Así nos gobiernan en la actualidad. Obtuve mucha
información a través de los distintos diarios del mundo,
a los que cualquiera puede tener acceso. Pasaron dos
cosas, y las cuento en detalle basándome en información
oficial. Durante una hora y media supieron que los
aviones que habían despegado de Boston habían sido
secuestrados. La Dirección Federal de Aeronáutica (FAA
en sus siglas en inglés) los siguió en el radar y vio
que se dirigían a Washington. En la FAA existe una ley
que exige (mi padre fue alguna vez director del
organismo y creo que fue él quien impuso esa ley) que,
en casos de secuestros de cualquier tipo, la Fuerza
Aérea debe intervenir en cuestión de cuatro o cinco
minutos. No lo hizo. Eso me llamó la atención. No
llegaría al extremo de calificar la situación de
conspiración. ¿Conspiración de quién? ¿Por qué no
intervinieron?
—¿Por qué?
—La situación era muy clara, sobre todo en el caso del
avión que se dirigía al Pentágono. En Washington, la
oficina del general Maher permaneció muda. Pensaron que
se dirigía a la Casa Blanca, pero la dejó atrás y avanzó
muy rápido, a más de 700 kilómetros por hora, hacia el
Pentágono. Pero tampoco entonces hubo reacción. Es la
capital del mundo, pero nadie respondió. Y luego... bang,
bang, bang, los impactos: las Torres Gemelas, el
Pentágono y el avión que cayó en Filadelfia.
—¿Ahí nace su deseo de investigar?
—Pensé que eso bien merecía una investigación. Como
tengo muy mal carácter y soy un norteamericano atípico,
solicité una investigación. El 12 de septiembre George
W. Bush convocó al Congreso y consiguió que la Comisión
Conjunta del Senado y la Cámara de Representantes no
celebrara audiencias. El argumento fue: "Eso haría que
distrajéramos fuerzas de la lucha contra el terrorismo".
Yo habría dicho: "Este será el comienzo de la lucha
contra el terrorismo". Pero él pensaba lo contrario, de
modo que decidió que dos pequeñas comisiones se ocuparan
del terror. No se hizo nada. Consiguió que legisladores
como (Tom) Daschle, (Trent) Lott, (Dick) Gephardt y
otros aceptaran eso. O sea, nunca se investigó nada, a
pesar de que se trataba del golpe más grande que habían
sufrido EE.UU. en su historia, más grave incluso que
Pearl Harbor. Hay muchas cosas turbias al respecto. Por
lo menos Roosevelt se apuró a crear un grupo que
investigara por qué los japoneses nos habían atacado, y
lo mismo hizo el Congreso que, como no confiaba en
Roosevelt, creó su propia comisión. Esta vez no se hizo
ningún intento de investigar.
—Es una acusación grave.
—Hay algo todavía peor que revelo en este libro. Algo
que realmente me asusta. Lo publicó el periódico
Times of India unos días después. El diario
informaba que el director del servicio secreto
paquistaní (agencia que venía trabajando estrechamente
con la CIA) se reunió con Tenet, su par norteamericano,
en Washington. Hasta ahí se trataba de una de las
habituales reuniones entre ambos servicios secretos.
Pero en ese momento (y tomo esto del diario conservador
The Wall Street Journal) el paquistaní dispuso
que Islamabad girara a EE.UU. 100 000 dólares para
Mohammed Atta, uno de los atacantes de las Torres
Gemelas. ¿No merece eso una investigación? ¿Es
antinorteamericano proponer una cosa así? Todo eso quedó
atrás, y nunca sabremos qué pasó a menos que haya algún
tipo de juicio donde podamos hacer preguntas. Pero
tenemos un gobierno que se maneja con un grado de
secretismo tal, que no nos dice nada de nada. No sabemos
quién está detenido en calidad de prisionero de guerra,
si se trata de un prisionero de guerra o de alguien que
perdió el subte y fue enviado a la isla de Guam. Acá
están pasando cosas muy locas. Como usted sabe se
suspendieron nuestras libertades civiles a partir de la
Ley Patriótica. Yo lo único que quiero es saber por qué
pasan esas cosas en mi país, sobre todo cuando hay
ciertos poderes que, cuando uno quiere averiguar
empiezan a gritar "traición", "teoría conspirativa" para
evitar que se investigue. Esto es lo más grave que ha
pasado en EE.UU. en los 77 años que tengo de vida. Pasé
tres años en el Pacífico durante la Segunda Guerra
Mundial y nunca vi nada tan grave. La gente parece estar
descerebrada. Se limita a flotar a la deriva y permite
que un presidente diga, "Soy yo el que decide sobre la
guerra".
—¿Cómo elige sus proyectos?
—Ellos me eligen a mí. ¿Usted cree que me divierte
perder el tiempo preocupándome por la ausencia de
reacción de los aviones de la Fuerza Aérea
norteamericana o que me fascina analizar todas las
órdenes que emitió el Pentágono?
—¿Y finalmente qué pasó?
—Durante una hora y veinte minutos después de producidos
los secuestros no pasó nada y luego enviaron un par de
aviones cuando ya era todo inútil. Pero la historia de
Mohammed Atta es mucho más interesante, y nadie se
dedicó a seguirla. Es una gran historia. Lo es en India,
en Asia y en Europa. pero acá, en EE.UU. no hay ninguna
historia. Un periodista podría ganar una fortuna si se
dispusiera a descubrir qué pasó. El tipo que dirigía la
inteligencia de la CIA en Paquistán se encuentra en una
especie de arresto domiciliario. Hice una tarea de
periodismo de investigación (algo para lo que no soy
nada bueno). Por lo menos conseguí que alguien en
Islamabad se ocupara de descubrir qué había pasado con
ese hombre. Lo destituyeron "a pedido nuestro, de los
norteamericanos". Esa es la expresión que usan. Y se
encuentra detenido en su domicilio. El diario inglés
The Observer, que fue el primero que publicó un
artículo mío sobre Mohammed Atta, señaló: "Bueno, pero
eso es difamatorio. Aquí no podemos hacer algo así.
Tenemos leyes diferentes sobre calumnia". Lo que
contesté fue: "Si Mohammed Atta derribó una torre y si
el servicio secreto de Islamabad le mandó dinero a EE.UU.,
estamos ante un hecho verdaderamente escandaloso. ¿No es
eso lo que llamamos una noticia? ¿Y acaso ustedes no son
un diario?"
—Usted está tan familiarizado con Europa como con los
Estados Unidos. ¿Por qué cree que los países europeos se
muestran más renuentes a la guerra que el gobierno
estadounidense y sus ciudadanos?
—Los países europeos padecieron la guerra de forma más
directa. Me refiero a la Segunda Guerra Mundial.
Nosotros, hasta la llegada de los muchachos de las
petroleras, teníamos una vida color de rosa. Pero eso se
acabó. Ahora sufrimos reveses a los que los europeos
están habituados. Los europeos saben de qué se trata.
Hasta la feliz Inglaterra sufre —o sufría— los golpes
permanentes del IRA. Por eso a Europa no le hace gracia
ir a la guerra. Los norteamericanos que ven y hablan de
esto por televisión no tienen idea de que, por ejemplo,
en las guerras se puede morir.
—Pero los norteamericanos también han luchado en
guerras.
–Nosotros tenemos un presidente y un vice que se
ocuparon muy bien de no ir a pelear a Vietnam. Durante
la campaña le preguntaron a Cheney cómo se explicaba que
no hubiera hecho el más mínimo intento de servir a su
país en Vietnam. Contestó que tenía otras prioridades.
Yo también tenía muchas otras prioridades, al igual que
mucha gente que murió en la Segunda Guerra Mundial, pero
no pudimos respetarlas. Nos faltó empuje, o fuerza de
voluntad. Era mal visto no pelear por el país. Ahora
parece ser lo más indicado. A veces hablo con chicos que
por casualidad se enteran de que yo me enrolé para
luchar en la Segunda Guerra Mundial y me preguntan cómo
se me pudo ocurrir algo así. Es muy difícil explicarles
que eso es lo que hay que hacer cuando el país de uno es
atacado. No se tiene conciencia de eso. Por eso pienso
que el patriotismo está muerto. Nadie cree más en eso.
Piensan que tenemos la fuerza suficiente para ir,
derribar edificios y que nadie saldrá herido. Pero mucha
gente va a morir. En julio hablé contra la guerra en
Oslo. También en Inglaterra, Italia, Alemania. Y los
europeos, no importa de qué país sean, están contra la
guerra. Los políticos ingleses están aliados con Bush
por motivos políticos, pero no les gusta la idea de la
guerra. El Partido Laborista está a punto de dividirse
debido a la posición belicista de Blair. Habrá muchos
enfrentamientos por esa razón. Porque ellos no son
frívolos; nosotros, sí. Tenemos una política frívola. No
tenemos a nadie que hable con seriedad, que nos resulte
importante, que represente algo. Los desafortunados
Clinton hicieron un intento.
—Usted en su momento dijo que detrás del escándalo
del Sexgate estaba el intento de "derribar al gobierno
de EE.UU.".
—Clinton trató de darnos un servicio nacional de salud,
algo que tiene todo país civilizado. No es cosa de
comunistas. Es algo útil pero nosotros no podemos
tenerlo porque las empresas farmacéuticas, las
aseguradoras y una parte de la Asociación Médica
Estadounidense se oponen. Un día se dijeron: "Vamos a
destruir a los Clinton y lo vamos a hacer de manera
personal". Ahí tuvo lugar toda esa estupidez del
escándalo sexual. Se dijeron: "Hay que hacerlo porque no
queremos que a este ni a ningún otro político se le
vuelva a ocurrir jamás la peregrina idea de que el
dinero de los impuestos puede regresar al pueblo
norteamericano en forma de servicio o que pueden recibir
a cambio alguna otra cosa que no sea armamento y
agresión contra países más débiles". Esa es la situación
en la que estamos inmersos.
—¿Quién va a ser el Gore Vidal de la próxima
generación?
—Bueno, a mí me gusta el cineasta Michael Moore. Siempre
habrá alguien que diga "no". Ojalá lo diga a tiempo. Yo
no sabía qué rápido podían pasar las cosas hasta que vi
cómo la Ley Patriótica avanzaba a toda máquina en el
Congreso sin que nadie la leyera. Estamos aquí sentados
en medio de todas esas leyes draconianas que suspenden
la Declaración de Derechos, el habeas corpus y
demás cosas por el estilo. Todo eso pasó en cuestión de
diez minutos. En un abrir y cerrar de ojos tenían todo
listo. Era algo que había preparado el gobierno de
Clinton cuando tuvo lugar el episodio de la ciudad de
Oklahoma. Yo admiro a Clinton, excepto cuando entra en
acción. De todos modos, no cabe duda de que fue el
presidente más inteligente que tuvimos en lo que llevo
de vida, y podría haber sido muy útil. Lo hundió su
intento de dar al pueblo norteamericano algo que no
estaba previsto que tuviera, un servicio nacional de
salud, algo que nos inculcaron que es comunista,
inoperante y nocivo. Se gastaron miles de millones de
dólares en avisos de televisión para destruirlo. Había
una pareja, Harry y Louise, que aparecían decían algo
así: "Harry, ¿este nuevo plan significa que no vamos a
poder consultar al Dr. Jeffers, que es tan amable y
trajo al mundo a nuestro hijo?" Y él respondía: "Me temo
que no, Louise, no podremos". Y ella indignada: "Harry,
¡eso es comunismo!" Con esos avisos se deshicieron del
servicio nacional de salud.
Traducción de Cecilia Beltramo
|