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JOSÉ MARTÍ. ANTOLOGÍA VISUAL
 
En el aniversario 150 de su natalicio, José Martí. Antología visual, obra del investigador y profesor Jorge R. Bermúdez será publicado por la Editorial Letras Cubanas, ofreciendo a los lectores un exhaustivo recorrido por la iconografía martiana en las artes visuales cubanas. El libro mostrará un abanico indistinto de la imagen martiana a través de la creación plástica en la Isla. La Jiribilla ofrece fragmentos del texto introductorio de su autor.


Jorge R. Bermúdez|
La Habana

El núcleo conformador de un siglo de iconografía martiana parte de esa otra que ha permanecido a través de la imagen fotográfica. Con excepción de sus autorretratos a plumilla, los dibujos de Bernardo Figueredo Antúnez y Cirilo Almeida Crespo, y el óleo que le hiciera el pintor sueco Herman Norrman en Nueva York (1891), el resto de su iconografía es fotográfica. Su interés por hacerse retratar por la lente, transparenta una conciencia de la nueva imagen técnica, nada ajena a la de su destino histórico, que con mucho lo ubica como uno de los precursores de la llamada más tarde Galaxia Niepce. 

Hacia 1964, en el cartel cubano —con preferencia en el de promoción cultural (ICAIC, CNC, CASA, etc.)— empezó a operarse un cambio de código, no ajeno a una nueva figuración, pero sobre la base de un uso más sostenido del símbolo y del tropo, hizo prevalecer una lectura más analítica que literal de la imagen. Legatario con mucho de la mejor tradición pictórica y gráfica vernácula, así como de la foránea (pop art y op art; gráfica polaca, suiza, japonesa, etc.), supo generar un número de mensajes visuales en verdad emblemáticos, que terminaron por resituar al medio en una posición de avanzada y, tras él, a toda la gráfica de comunicación cubana. De ahí que la imagen del Maestro —convertida ya en tópico visual insoslayable, sobre todo, a partir de la campaña gráfico-simbólica de los Cien Años de Lucha del pueblo cubano, realizada en 1968— se reasumiera con un lenguaje estético-comunicativo de vanguardia, identificándose con el medio de comunicación visual preferente del proceso revolucionario cubano y, por consiguiente, con un discurso que lo situó al mismo nivel que lo que en este campo se hacía en el resto del mundo desarrollado de la época.

(...)

De hecho, todavía en los setenta, la imagen visual con mayor pertinencia en lo relativo al tópico martiano, siguió siendo gráfica. Esta realidad se constató entonces en toda la gráfica de comunicación cubana. Pero en el cartel y en el diseño editorial obró con mayor sistematicidad y calidad. En el cartel político, la producción más señalada fue la de la COR (Comisión de Orientación Revolucionaria del Comité Central del Partido Comunista de Cuba), a partir de 1974, DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria). Esta producción se vinculó a las efemérides patrias, martianas y revolucionarias, así como con la divulgación de eventos de carácter político-literario y con jornadas patriótico-ideológicas. 

(...)

En el cartel de promoción cultural, tres serán los organismos con una mayor implicación en el asunto martiano: el ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos), el CNC (Consejo Nacional de Cultura) y el ICL (Instituto Cubano del Libro). El del ICAIC estará vinculado a su producción documentalística de contenido histórico-patriótico y a determinadas efemérides patrias y revolucionarias. Entre los cartelistas de cine que abordaron el tópico, merecen señalarse Antonio Pérez (Ñiko) y Damián González. Ñiko, iniciado en el diseño gráfico relacionado con la propaganda política, recurrirá una vez más a la foto de alto contraste, como medio de simplificación de la imagen precisa, en interacción visual con el fondo negro (Martí, autor intelectual y Parecía que Martí iba a morir en el año de su centenario) o el blanco de la cartulina o soporte (El primer delegado). Damián, en cambio, más dado a un esteticismo pictórico de raigambre pop, generará dos buenos carteles: Nosotros entonces habríamos sido como ellos, ellos hoy habrían sido como nosotros y Esta es la época en que las colinas se van encimando a las montañas, ambos de 1973, y con los cuales el ICAIC rindió homenaje al XX aniversario del asalto al cuartel Moncada y al aniversario 120 del nacimiento de José Martí. En alusión también a estos aniversarios, merecen destacarse Martí, autor intelectual (Eduardo Muñoz Bachs) y Versos sencillos (Luis Vega). Muñoz Bachs se distancia aquí del referente fotográfico (es el cartelista cubano que menos uso ha hecho de la imagen fotográfica) a partir de un tratamiento gestual de fuerte impronta abstracta, que enfatiza el contraste entre las manchas de color y el blanco de fondo de la cartulina. Vega, por el contrario, en su cartel para el documental de idéntico título, de Enrique Pineda Barnet, le asiste, a partes iguales, la línea grafista y el colorido pop, para entregarnos un símil visual de los versos del Maestro: Y la alfombra es puro helecho,/ Y los muros abedul,/ Y la luz viene del techo/ Del techo de cielo azul. Finalmente, debe relacionarse el cartel de Servando Cabrera Moreno para el filme Páginas del diario de José Martí, de José Massip. 

Los carteles del CNC —desde 1976, Ministerio de Cultura— también tendrán un marcado interés esteticista, que lo harán parte indivisible del cartelismo de vanguardia del ámbito gráfico de los sesenta. Entre los cartelistas del CNC relacionados con el tema martiano están José Gómez Fresquet (Frémez), César Leal y Esteban Ayala. De este último diseñador gráfico, es el cartel José Martí, 125 Aniversario, en el cual se recontextualiza el notable dibujo a tinta que hiciera del Apóstol el pintor Carlos Enríquez. 

La tercera y última producción de interés del cartel de promoción cultural, la del Instituto Cubano del Libro (ICL), se relacionaría con el llamado cartel editorial, gestado en los equipos de diseño de las editoriales de Ciencias Sociales, Arte y Literatura y Letras Cubanas a principios de los años ochenta. Si bien no muy numerosa, esta producción cartelística se caracterizaría por el alto nivel de poetización de sus mensajes, refrendado a su modo por el interés de sus cultores —en su mayoría vinculados al diseño del libro— por la experimentación, así como por su condicionamiento a una concepción del cartel sobre la base de una integral dependencia del diseño a su posterior procedimiento técnico de impresión —en este caso, el offset—. Ejemplo de ello son los carteles Ismaelillo (Cecilia Guerra) y Mi verso (Lázaro Enríquez). Otro cartel de interés resultó el gestado a reclamo del Ministerio de Cultura y el Centro de Estudios Martianos, para conmemorar el centenario de La Edad de Oro (1889-1989).

(…)

A inicios de los ochenta se evidenció tanto la originalidad y preeminencia de la gráfica de comunicación creada en los dos decenios anteriores como la erosión del código visual que había hecho de esta la manifestación de vanguardia de la Revolución cubana. En el cartel de asunto martiano, esto se constató entonces en la sobresaturación de los temas efemérides. La reincidencia indiscriminada y a veces gratuita de estilos y procedimientos artísticos con muy poco que aportarle ya a esta gráfica, fue otro factor que atentó contra la oportuna renovación del tópico, al menos durante más de un quinquenio. En consecuencia, se hizo un espacio visual que vino a llenar la plástica, preferentemente la pintura. Actualizada al influjo de los nuevos lenguajes generados por el arte y la gráfica internacionales, la plástica volvió por sus fueros, para reasumir el papel de vanguardia perdido a manos de la gráfica de comunicación desde mediados de los sesenta. Esta nueva perspectiva de la cultura visual cubana propiciaría, por una parte, el desencuentro de la gráfica de comunicación con la pintura —y no a la inversa—, al no poder la primera ya superar el paradigma visual gestado dos décadas atrás y, por otra, el reencuentro —uno más— con el tema martiano desde los postulados estéticos y comunicativos de la denominada posmodernidad.

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