La Jiribilla | LA FUENTE VIVA                                                       
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

CUBA EN EL MUNDO

BUSCADOR

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
CALLE DEL OBISPO
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
TESTIMONIOS
FILMINUTOS
NOTAS AL FASCISMO
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

   

LA FUENTE VIVA

VERSIÓN PARA IMPRIMIR

ESPAÑOLES Y CRIOLLOS, FRANCESES Y HAITIANOS: TODO MEZCLADO

Magaly Cabrales | La Habana

Literalmente empujados por la fuerza indetenible de los esclavos arribaron a las costas cubanas, a fines del siglo XVIII, grandes oleadas de inmigrantes. Procedían de Saint Domingue– como se le denominaba entonces a la colonia francesa de Haití–  donde, después de serios conflictos entre dominados y dominantes, había estallado finalmente una gran revuelta de esclavos dirigida por  Tousaint Louverture.  

Aquella masa de inmigrantes, que semejaban imágenes de la muerte por su deplorable estado cuando llegaron a la región oriental de Cuba, no era homogénea en modo alguno. Antes bien debe considerársele como un grupo poblacional con marcadas diferencias étnicas y culturales. Los había oriundos de Haití y también de Francia y al propio tiempo entre los haitianos y los franceses unos eran ricos colonos mientras otros eran negros y arrastraban consigo el yugo de la esclavitud. Asimismo llegaron también mestizos, y en cuanto a las ocupaciones podían encontrarse comerciantes arruinados, funcionarios sin empleo, soldados derrotados, artesanos y centenares de administradores de plantaciones, constituyendo todos, no obstante su heterogeneidad, un grupo dinámico y emprendedor que bien pronto provocaría notables cambios en la comunidad hispano-cubana.  

Las autoridades españolas aprobaron el asentamiento de los inmigrantes franco-haitianos en la región oriental del país, no cierto recelo. Así se establecieron en  Santiago de Cuba, Guantánamo y Baracoa, ciudades cuya cercanía con la Sierra Maestra facilitaba la producción cafetalera; actividad económica  a la que se dedicaba la mayoría de ellos antes de llegar a Cuba y de la cual poseían una vasta experiencia. La minoría restante, por el contrario, se estableció en la parte urbana de dichas ciudades, donde también se produjeron grandes transformaciones. 

Así, la ciudad de Santiago de Cuba, por ejemplo, tomó un giro inusitado de animación, provocado en gran parte por el rápido desarrollo del comercio y también por el elevado nivel cultural de muchos franco-haitianos. Estos, al desempeñarse en diferentes labores como la de profesores de francés y de otras disciplinas y al crear sus propias instituciones educativas y de recreo, intervinieron en distintos ámbitos de la vida espiritual de los santiagueros, como la música, el canto y las artes escénicas. De este modo fundaron, en una de las principales calles de la ciudad –actualmente conocida como Santo Tomás– el primer teatro, donde se presentaron obras de Racine, Moliere y otros autores franceses. Asimismo crearon una compañía de ópera cómica, legándonos, a los cubanos en general, su pupila irónica y su sentido de lo grotesco. 

Igualmente en una zona de la ciudad llamada Loma Hueca, enraizó un barrio francés nombrado Tivolí, el cual devino rápidamente  foco de animación cultural. Como este barrio surgieron otros asentamientos similares en los que podían observarse,  desde la primera de sus calles hasta la última de sus construcciones, el inequívoco sello francés. 

Mientras esto ocurría en la zona urbana de Santiago de Cuba, hacia la parte rural habían desaparecido decenas de  bosques intrincados e inaccesibles en las alturas de la Sierra Maestra, para dar paso a verdes y floridos cafetales que llegaban a conformar un arco alrededor de la cuenca de Santiago. 

Y como había ocurrido en distintos sitios de la ciudad donde se asentaron haitianos y franceses, los nuevos cafetales, en manos de estos inmigrantes, también se convirtieron en centros de irradiación cultural. Sus dueños y los esclavos, que en ellos laboraban, se superaban constantemente mediante el análisis y discusión de temas tan exclusivos en aquel momento como el arte, la economía, la industria y la política entre otros, lo cual incidió en la fama que alcanzaron estas haciendas cafetaleras como verdaderas instituciones de recreo e instrucción. La exquisitez de los propietarios de las mismas alcanzaba tal punto que llegaron a dotarlas de bibliotecas, salas de billar, capilla y hasta de salones de baile en los cuales se cantaba y recitaba, disfrutándose incluso de las presentaciones de distintas orquestas traídas expresamente de la ciudad. 

Por supuesto,  no tuvo que pasar mucho tiempo para que criollos y españoles comenzaran a fusionarse con los franco-haitianos, adoptando los primeros patrones éticos y estéticos de los inmigrantes. Sin embargo, no fue hasta la segunda mitad del siglo XIX en que ese proceso de integración social se cristalizó verdaderamente, cuando descendientes de plantaciones y esclavos que habían venido de Haití se unieron a los cubanos en la primera gesta independentista de Cuba. En ella, blancos y negros, amos y esclavos, ricos y pobres, nacionales y extranjeros lucharon tenazmente contra el colonialismo español durante diez largos años. 

Pero comoquiera que durante la guerra de Los Diez Años se llegó al punto más alto de la integración entre nativos y extranjeros, de igual modo esta contienda marcó el fin de la cultura material de los franco-haitianos: la tea incendiaria de los mambises arrasó con las plantaciones de café que antes se habían levantado y que constituyeron durante casi una centuria símbolo de refinamiento y progreso. No obstante, el resultado más valioso se había alcanzado: inmigrantes y criollos habían reconocido su pertenencia a una cultura común para dar paso a la consolidación de una nacionalidad: la cubana. 

Así, bajo las malezas de las montañas que antes supieron domeñar los franco-haitianos yacen las ruinas de aquellos soberbios cafetales que, con sus secaderos, sus elegantes haciendas y salones, sus impresionantes sistemas hidráulicos y sus máquinas de vapor en algunos casos, constituyen mudos testigos de un mundo opulento que llegó a constituir, en su época, un formidable reto para la comunidad hispano-cubana. Sobre esas ruinas, como muestra elocuente de continuidad, hoy pueden verse centenares de bohíos habitados por campesinos que hablan francés y que en sus fiestas actuales bailan cadenciosamente al compás de los toques de la tumba francesa. 

Mientras, allá a lo lejos, está la ciudad de Santiago de Cuba rodeada por un mar infinito,  cuyas olas parecen traer, en cada movimiento, oleadas de inmigrantes franco-haitianos quienes podrán llegar en cualquier momento  para ocupar las plazas, calles y casas del barrio del Tivolí porque todavía, también en él, continúa latiendo vigorosamente su cultura.    

ANTERIORES...
......................................................................................................

PAGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



© La Jiribilla. La Habana. 2002
 IE-800X600