CONTRA LA GUERRA

Como el pomito y las fotos de camiones de carga presentadas el pasado 5 de febrero por Collin Powell ante las Naciones Unidas no convencieron a nadie del peligro iraquí, al gobierno de Estados Unidos no le ha quedado más remedio que apelar, otra vez, a la histeria antiterrorista.

En su afán por movilizar a la opinión pública norteamericana a favor de la guerra, y sin pruebas que lo justifiquen —salvo la coincidente reaparición de “la voz” del malo de Ben Laden— la Unión decretó, ante la inminencia de nuevos supuestos ataques, la alerta naranja.

Sin embargo, no todos los norteamericanos han sucumbido ante el pésimo guión —verdadero remake de los peores seriales de Hollywood de los años 50—, con que la administración Bush intenta justificar sus ansias guerreristas. Así lo demuestran el ataque realizado contra la Casa Blanca por 5 000 poetas norteamericanos o el pronunciamiento de los gobiernos municipales de 90 ciudades de ese país cuyo fin es destruir el mito de que todos los estadounidenses apoyan la guerra.


Para el sábado 15 de febrero, día en que se conmemora el aniversario 105 de la explosión del acorazado Maine, las fuerzas progresistas de la humanidad han convocado a manifestarse contra la hecatombe en varias ciudades del orbe.

Se sabe lo que está en juego. Aceptar esta guerra es darle luz verde a la consumación del imperio que nació en 1898 en las aguas de la bahía habanera. Más allá de su precio en vidas, de lo que hoy se trata es de frenar la coartada de la “guerra preventiva” que nos convierte a todos sin excepción, por obra y gracia del mandato fascista, en presuntos enemigos. El comienzo de la guerra en Irak puede significar el fin de la paz mundial.

LA JIRIBILLA. 2003