LA JIRIBILLA

TRES ABRAZOS PARA
ANA MARÍA MUÑOZ BACHS

 
Eduardo Heras León | La Habana

 

Estimados amigos: 

No voy a hacer un elogio académico, ni a contarles la vida profesional de una editora, historiada de memorias, porque tales elogios los reservo para otras ocasiones tal vez más solemnes, pero menos entrañables. Hoy no es para mí un día de academias, de frías estadísticas, o largos discursos: es día de amistad, de afecto, de admiración, o para decirlo en una palabra, de amor. 

Así que puesto en la disyuntiva entre “el verso retórico y ornado” y “el verso natural”, me decido, como Martí, por el segundo, y para ello, no encuentro mejor solución que convertir esa palabra “amor”, en tres abrazos para Ana María Muñoz, Premio Nacional de Edición 2002, por obra y gracia de su vida, de su obra, y del criterio unánime de un jurado que se premió a sí mismo cuando decidió premiarla. 

El primero (y perdónenme los adjetivos, pero son absolutamente intencionales, y no mejor manera de decirlo), por el depurado profesionalismo, el impecable rigor, y la notable minuciosidad de su labor como editora, que a mi juicio nunca ha tenido igual en el sistema editorial cubano. Tendría que evocar el año 1976, cuando comencé a trabajar en la Editorial Arte y Literatura y me estrenaba como editor de narrativa: unos meses antes, mi inolvidable amigo Wichy Nogueras, me daba una visión panorámica del trabajo editorial, que terminó diciéndome: “En Arte y Literatura, la fiera  es una canosa que se llama Ana María Muñoz. A ella puedes pedirle ayuda, porque siempre se puede contar con ella”. Y claro que le pedí ayuda: ¿cómo no recordar sus sabios consejos, las agudísimas observaciones que me regalaba en tantas y tantas consultas que le hice, siempre generosa y modesta? ¿Cómo no recordar aquella red telefónica de “apoyo moral” que se establecía entre los editores de narrativa: Ana María, Ana Victoria Fong (que era según Wichy, la fiera 2), José Tajes, Miriam Martínez, Margarita Canet, Maritza González y quien les habla, siempre consultándonos, aconsejándonos, queriéndonos? ¿O las famosas reuniones en casa de Ana María, en 17 y 10, para hacer los balances de trabajo de la Redacción de Narrativa entre Imeldo, el té y las pastas? ¿O nuestro quehacer común en la Comisión de Calidad de Letras Cubanas, con Rosario Esteva, donde compartimos tantos criterios, tanta pasión por la labor editorial? Eran los viejos buenos tiempos de que hablaba Hemingway, y aquel trabajo en equipo, aquel amor por nuestra profesión tan silenciosa, a veces tan anónima, ¿se repetirán alguna vez?, ¿se volverán sólo recuerdos? Prefiero pensar que no: los nuevos editores tienen en esas vivencias verdaderas lecciones para su formación profesional, y en Ana María Muñoz, el paradigma que tantas veces buscamos y tan pocas logramos hallar. 

El segundo abrazo, por los hermosos libros que editó y que tendrán siempre la huella de su estilo, de su manera original de hacer. Jamás olvidaré que Ana María fue la editora predilecta de Don Alejo Carpentier. Prácticamente todos los libros fueron objeto de su esmerada atención. ¿Cómo no recordar aquel memorable telegrama de Alejo en que le agradecía a Ana María su extraordinario trabajo en La consagración de la primavera?: gracias a su infatigable atención, los tranvías de la novela no circularon después de la fecha de su desaparición en Cuba. Por su equilibrado criterio editorial, su sabio lápiz editor, y su empedernida vista de correctora, han pasado centenares de libros de todos los géneros, signados por un común denominador: todos han salido mejorados, perfeccionados, en una palabra, ennoblecidos por su talento y su experiencia. 

El tercer abrazo, por su sensibilidad, por su ternura, por su enorme corazón de compañera y amiga, por su generosidad sin límites, siempre puesta a disposición de todo el que la necesite. 

Debía terminar aquí, porque más de tres abrazos pueden amenazar con asfixiarla, y porque ya no encuentro palabras que puedan describir con exactitud mis sentimientos en este minuto de su fiesta, pero quisiera añadir algo: 

Querida Ana María: 

Aunque ya tú lo sabes, ahora te lo repito: el pedazo de mi corazón que te pertenece desde hace tiempo, ha recibido un buen mantenimiento: lo he pintado, pulido y perfumado para esta ocasión de hoy. Ahí está y estará siempre, aunque no nos veamos, aunque no hablemos como hacíamos antes, agradecido y conmovido por tu amistad que --y estoy seguro de que hablo a nombre de todos los que te quieren-- es uno de nuestros mayores tesoros. 

Gracias 

7 de febrero de 2003
 


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La Habana. 2003
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