LA JIRIBILLA

LAS MANÍAS DE UN CRONISTA
 
"Es una manía de inmortalidad esa costumbre de llevar registro de cuanto ocurre de modo que uno lo pueda revivir. Tengo maletas llenas de notas: las comidas, las conversaciones, lo que veía por las calles. Siempre he sido un incansable anotador de cosas." Entrevista con Lisandro Otero, Premio Nacional de Literatura 2002.


Magda Resik Aguirre|
La Habana

 

El sonido al teclear la vieja Remington que su padre desechó tras muchos años ejerciendo el periodismo, regresa a estas alturas con la misma limpieza de esa época adolescente. Tal vez por imitación llegó a las letras. Periodista “de raza”, heredó la vocación y el sentido de la noticia del cual presumía su progenitor. 

Desde entonces, y por más de cincuenta años,  el aroma peculiar de la tinta que desprende un periódico recién salido de la imprenta, se ha convertido en una suerte de esencia vital para Lisandro Otero, quien acaba de recibir el Premio Nacional de Literatura, máximo galardón que se otorga en Cuba a un escritor. 

La literatura le llegó de modo espontáneo. El influjo materno había acendrado su sensibilidad artística y los artículos y reportajes no eran suficientes para narrar la Historia. Los cuentos fueron el primer género visitado por este habanero ilustre, quien aspiraba a ganarse el premio Hernández Catá, un galardón codiciado en ese tiempo, no precisamente por la retribución material: su ambición era la de la gloria literaria. 

A estas alturas, la gloria fue sustituida por una satisfacción muy personal. La literatura es una forma de conocimiento –ha confesado- y de cierto modo, la expresión del humano miedo a morir. Testigo de su tiempo, como suele describirse, Lisandro nos ha legado un panorama escrito que perpetúa y testimonia un período de gran riqueza para la nación cubana. 

A los incontables premios y reconocimientos por su vasta obra, vale asociarles el uso de sus textos para la enseñanza universitaria del español y la literatura en diversos países del mundo, o su sostenida contribución a la crítica especializada en diarios iberoamericanos. Desde México, donde se ha desempeñado como director editorial de Excelsior, Lisandro Otero tiende un puente de comunicación permanente con el país que le vio nacer y crecerse. 

En sus reticentes viajes a la Isla, el autor de Árbol de la vida frecuenta, como siempre, como acostumbraba solidario desde el período fundacional del Museo de la Ciudad, los sitios de la Vieja Habana que tanto le descubren de la cultura y la historia nacionales. Los adoquines y centenarias piedras de la Villa de San Cristóbal, parecen revelarle en secreto alucinantes leyendas y pasajes reales de la vida cotidiana de sus coterráneos, que luego nos devuelve en sus narraciones haciendo gala de una poética muy personal. 

–A lo lejos, ¿cuáles son sus evocaciones de la ciudad?

–Esta es una de las ciudades más bellas de América Latina. Es verdad que en otras    regiones del continente hubo plata, oro y la colonización española pudo expandirse de una forma más acabada. Así sucedió en México y Perú. Pero pienso que La Habana es una de las más conservadas. 

La obra que se está haciendo aquí es tan sorprendente que incluso, supera al Centro Histórico de México o la zona de la Plaza de Santo Domingo. Estuve en la Plaza Vieja y creo que cuando termine su restauración va a ser una de las más hermosas, comparable, por ejemplo,  con la San Marcos de Venecia. 

Pienso mucho en El Vedado; lo asocio con la niñez. El parque Villalobos, que lleva el apellido del secretario de la República en tiempos del presidente Menocal. Vivía cerca y de niño jugaba mucho en ese sitio. 

Todavía paso por ese  lugar y contemplo con nostalgia el Teatro Auditorium que reabrieron al público, el restaurante El Carmelo... En el Amadeo Roldán disfruté  muchas veces de la ópera, y sobre todo los domingos en la mañana, las funciones de la orquesta  Filarmónica. Es un rincón de La Habana que me trae muchos recuerdos. 

–Mencionaba el encuentro con la música en la infancia ¿Sucedió algo similar con las letras?

–Procedo de una familia de gente de letras. Mi padre era periodista y en casa había una biblioteca bien nutrida. Mi hermano mayor era maestro, mi hermana estudió piano y yo tocaba la trompeta. Mi madre procedía de una familia burguesa y toda su vida frecuentó el teatro, los conciertos... a donde me llevaba. Ese ambiente cultural provocó una cierta inclinación, además de que todos leíamos mucho. 

A los trece o catorce años empecé a escribir relatos, narraciones... y muy joven hice una novela bastante larga, escribí una pieza de teatro influida por Alejandro Casona y muy poca  poesía. 

– ¿La poesía no se le ha dado o ha escapado conscientemente de ella?

–De todas las manifestaciones me parece la más difícil. Para escribir bien poesía hay que estar dotado de facultades que no poseo. No es menosprecio, sino excesivo respeto. 

– ¿Por qué tanta insistencia en el periodismo, pudiendo dedicarse a la narrativa con toda comodidad?

–Son dos géneros completamente distintos y a la vez muy entrelazados. Se diferencian en la inmediatez del periodismo el cual puede juzgar y valorar las situaciones de manera rápida. A la narrativa le toca decir aquello que no pudo el periodismo. Sobre todo en la novela histórica – como las que he escrito-, que tratan de retratar un período determinado, lo fundamental es reflejar lo que no se dice en los discursos, no aparece en las publicaciones periódicas ni se ve en las revistas: la vida detrás de la realidad aparente. 

– ¿Se toma licencias o es fiel a la verdad histórica cuando desarrolla sus novelas?

–Hay que tomarse licencias, pues no sería ficción. En estos días he estado releyendo A sangre fría, de Truman Capote, una novela que descubrí hace más de treinta años, y reparé en esas licencias que se tomó el escritor, aunque investigó la realidad profundamente. 

Yo he invertido una enorme cantidad de tiempo en la búsqueda de sustento histórico para mis novelas. Temporada de ángeles, cuyo centro es la Revolución inglesa, me exigió un año de estudios. Por entonces cumplía con mis funciones diplomáticas en Londres y cuando terminaba el trabajo en la oficina de la embajada,  me iba  a la Biblioteca británica. 

Acumulé gran cantidad de datos y consulté más de un centenar de libros que fui comprando en ese período. Después tiene uno que desembarazarse de todo eso porque pesa muchísimo. Tanta información acumulada puede deformar la creatividad artística. 

–También se le reconoce como crítico de arte.  Si es capaz de juzgar la literatura de otros, ¿lo hace con la suya?

–Reescribo bastante. Cualquier novela mía puede alcanzar las cinco o seis versiones. Existen dos mundos: antes de la computadora y después de la computadora. Antes, a base de máquinas de escribir –solo al principio escribía cosas a mano-  pero siempre la tachadura. En el mundo de la computadora como uno borra en la misma pantalla casi nunca guarda las versiones anteriores. Sin embargo, de los tiempos de la  máquina de escribir conservo maletas con las diversas versiones perfectamente terminadas en orden consecutivo. 

– ¿Puede escribir varios proyectos de ficción a la vez?

–Un amigo mío decía que le era posible escribir tres novelas simultáneamente. Cuando se fatigaba de una seguía con la otra y eso lo refrescaba. Yo no puedo. 

– ¿Cuánto tiempo invierte al día en escribir?

–Normalmente lo hago cada mañana. Con la fresca me levanto y trabajo alrededor de cinco horas diarias en la escritura. Pero todos los días. La  inspiración también existe, pero si alguna vez llega, que me encuentre trabajando. 

–Algunos críticos se refieren a su generación literaria como la del paroxismo épico ¿Concuerda con esa definición?

–En nuestro tiempo era evidente un optimismo mucho más  acentuado. Escribíamos con gran intensidad. Estábamos envueltos en el avasallador proceso histórico de la Revolución cubana, que puso al descubierto aspectos insospechados de la vida humana. Fue la nuestra una literatura muy historicista y arraigada temporalmente al momento que vivíamos. 

Después de cuarenta años de desarrollo revolucionario, evidentemente existe un poco de saturación de esa literatura épica. Aunque no estoy tan actualizado –se me escapan algunas novedades que no llegan con puntualidad- me parece que las nuevas generaciones están teniendo en cuenta más su intimidad, sus vivencias personales, a diferencia de la nuestra que asumió la réplica casi exacta del momento histórico vivido. 

– ¿De qué autores cubanos contemporáneos reconoce una influencia?

–Carpentier era un gran amigo y, sin duda, es el escritor cubano que más me ha influido. Cuando pasaba por París solía reunirme con él y su esposa Lilia quienes siempre me parecieron maravillosos también en el aspecto humano. Creo haber heredado de Alejo  una mayor preocupación estilística, esa voluntad de estilo que marca el deseo de trabajar mucho la palabra. 

Otro escritor, buen amigo, fue Nicolás Guillén. Lo conocí en París, en los años cincuenta cuando yo era estudiante. Mis compañeros de estudio y yo comíamos en los comedores universitarios que no suelen caracterizarse por la gracia gastronómica. Cuando teníamos un poco de hambre íbamos a ver a Guillén. Era un hombre de proverbial humor y gran generosidad que nos invitaba a todos los cubanos. Ahí anudamos una excelente amistad que después con los años continuó. 

Sostuve también una intensa relación con Lino Novás Calvo, quien desafortunadamente se fue de Cuba, y murió muy mal, paralítico... Era jefe de redacción de la revista Bohemia en la cual yo escribía, pero estaba muy decepcionado con la literatura. Decía que no le había producido nada, ni reconocimiento, ni oportunidades materiales, y siempre se empeñó en desalentarme. Le llevaba mis cuentos  y él ni siquiera los valoraba. Me decía: ¿para qué te dedicas a esta basura que no conduce a nada?, dedícate al periodismo. Era un hombre muy amargado pero de cierta forma, como por negación, reafirmó mi interés por la literatura. 

– ¿Le encuentra utilidad a la literatura? A estas alturas, ¿no cree en el deceso del libro?

–Algunas veces pienso que la literatura no sirve para nada, otras  reparo en esos grandes libros que han influido en el curso de la humanidad, cambiando formas y maneras de pensar, creado estilos. En cuanto a la desaparición del libro, tampoco me la creo. Estamos viviendo en un mundo sin papel -los procesos digitales de hoy permiten hacer un periódico sin que veas una hoja de papel; de la computadora los textos van directamente a un ordenador central, de ahí a las máquinas, incluso, puedes entregarle un libro a una editorial en un soporte electrónico, eliminando los procesos intermedios -pero ninguna innovación ha desplazado a sus antecesoras. Cuando surgió la fotografía todo el mundo creyó que se acababa la pintura; cuando empezó la cinematografía dijeron que el teatro no tenía razón de ser; cuando apareció la comedia musical norteamericana a principios de siglo pensaron que la ópera se acababa… Sin embargo, ningún género provoca la desaparición de otro, más bien lo refuerza. 

– ¿Es la suya con los libros una relación de esclavitud?

–La relación con los libros nunca puede ser de esclavitud. La mejor manera de convertirse en lector es perdiéndole el respeto a los libros. Si los respetas mucho te sientes obligado a empezar a leerlos por el inicio, pero la mayoría los empiezo a leer por la mitad o solo me intereso en el final, o desde las dos o tres primeras páginas noto si hay calidad, si realmente se va a sostener ese texto por la fibra del escritor, por la manera en que arranca. Quizás me equivoque, pero en eso casi siempre acierto. 

Cuando tomas en las manos un libro no debes tener la idea de que hay que leerlo de una manera organizada o sistemática porque se impone un régimen de esclavitud, la servidumbre del lector. Y debe ser al revés: el libro debe servir al lector. 

Hoy en día leo muy caóticamente lo que me cae en las manos, el libro que está de moda, un periódico. Casi recuerdo con nostalgia aquellos tiempos de juventud en que leía organizadamente y de modo sistemático para cubrir períodos históricos o corrientes del arte y la literatura. 

–La convivencia durante tantos años con la escritora y reconocida crítico de arte Nara Araújo, ¿hasta qué punto ha influido en su obra?

–Nara es una gran ayuda. Todo lo que escribo, hasta los artículos periodísticos, se los doy a leer. Es una crítica implacable. Me tacha mucho, corrige, sugiere. Eso me enriquece tanto que siento como un privilegio el vivir a su lado. 

–Viviendo tantos años fuera de Cuba ¿insiste en ser conocido por los lectores de su país?

–El fin último de todo escritor es ser leído y que lo reconozcan como parte del patrimonio intelectual de un país. Imagino que en el desconocimiento de mi obra influya lo que llamo caducidad generacional. Existen nuevos intereses y escritores; lógicamente, se van leyendo menos lo de la generación anterior. 

–Pero la buena literatura no envejece...

–No envejece,  pero se suceden las modas. Después de un período de saturación viene el de repliegue. En un momento dado se impone una oferta y luego merma en su intensidad. Como mismo sucede tras cierta estela de olvido: algunas obras vuelven. 

– ¿Cuáles de sus libros elegiría para que le sobrevivieran?

–He escrito obras de muy diverso tipo, libros testimoniales como los de Viet Nam, la Reforma Agraria en Cuba, el de Chile y la Unidad Popular… son de carácter periodístico y pueden tener un interés histórico. Mucha gente dice que el mejor texto que he escrito es Temporadas de ángeles, el que dediqué a la Revolución inglesa. Pero tengo fe en la trilogía sobre la Revolución cubana que inicia temporalmente en el siglo XIX  y está conformada por La situación, En ciudad semejante y Árbol de la vida. A lo mejor dentro de 60 años otra generación la retoma y lee con interés sobre cómo fue la vida de nuestro país en esta época. 

– ¿Sigue con la afición del cronista que todo lo anota?

–Quizás es una manía de inmortalidad esa costumbre de llevar registro de cuanto ocurre de modo que uno lo pueda revivir. Tengo maletas llenas de notas. Prácticamente no hacía un viaje sin llevar el récord de cada acontecimiento: las comidas, las conversaciones, lo que veía por las calles. Siempre he sido un incansable anotador de cosas. Antes lo hacía con vistas a la futura obra literaria. Ahora el futuro es mucho más corto.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
http://www.lajiribilla.cu
http://www.lajiribilla.cubaweb.cu