LA JIRIBILLA
INTENTO DE ROBO EN ALMA HABITADA
 
Mario Brito Fuentes

Magdala: ocultar sentimientos por muchos años es más difícil que mantener callada una camisa de cascabeles.

No aplaudo cuando oigo las palmadas. La verdad es que apenas las oigo. Alguien vuelve a su asiento y, entonces, se pone de pie una muchacha con una guitarra. Palpo con discreción el papel que traigo en el bolsillo. Me prometí no leerlo mientras Magdala no llegara, pero su silla permanece fría, oxigenándose con el sereno de la noche, mi abrigo en el respaldar. Los que están de pie han querido llevársela y les he dicho que no, que está ocupada, porque todavía la espero. Debe llegar como una aparición fabulosa, pasear la vista lentamente hasta descubrirme en este rincón y, con todas las miradas en ella, venir a donde la aguardan mis esperanzas desde quién sabe cuándo.

Desde aquella noche en su casa.

A ella nunca le habían preguntado: ¨ ¿qué siente una mujer cuando se sabe codiciada? Y yo lo hice esa noche. Ni se insinuó sorprendida. Siguió peinándose con suavidad, regando el aroma de su pelo recién lavado. Nos mirábamos, embobecido yo, calculando su respuesta ella, o sopesando el halago, el primer halago mío. Y entonces me sonrió. Yo la había visto sonreír otras veces, pero nunca como en aquel momento, porque esa vez lo hizo para mí. Uno se da cuenta de que una mujer es bonita el día en que sonríe para uno, y si encima de eso ha cometido esa especie de entrega que consiste en confesarte sus pequeñas victorias sin fanfarronería, entonces se hace inolvidable. Y supe que estaba herido de muerte: me lo sentí en las entrañas.
Fue la noche en que le hice la invitación para que viniera, la misma en que le entregué el único poema que he escrito –segundo y último halago hasta ahora– y que guardo para leerlo públicamente en cuanto llegue. Después, decirlo todo.
–Magdala, ¿has pensado en lo linda que es esta manera de estar enamorados? –le preguntaré, viéndole en la cara el rubor de complicidad.
– ¿Enamorados? ¿Quiénes? –Se hace la sorprendida.
–Nosotros: yo de ti y tú de mí.
–Nos‚... Por favor, no me salgas con eso...
–Pero, dime, ¿tengo razón al decir que es linda?
–No, creo que no, que no tienes razón.
– ¿Has pensado en eso?
–No lo he pensado, pero...
–Y si no lo has pensado, ¿cómo sabes que no tengo razón?
Le añadiré‚ que no lo ha pensado porque no es un amor a nivel de palabras, sino a nivel de afinidades y de sentimientos. Y también a nivel de hechos, que un ejemplo es esta noche y le cogeré la mano. Ella, incapaz de retirarla, la dejará entibiarse entre las mías. Aquí debe brotar entonces una musiquita de violines que le llegue al corazón –el corazón juega un papel muy importante–. Será una entrega sin besos, porque estar enamorados no solo es besar, es también encontrarse con alguien que piensa igual que uno y que respeta esas intimidades que uno guarda para sí y de las cuales las personas normales son capaces de reírse. Algo así como descubrir verdaderamente las ganas de vivir, pues el instinto de conservación contribuye a que estás vivo, pero el amor propicia las fuerzas para enfrentarte al mundo y decirle que lo quieres, y si lo ves encogerse de hombros con indiferencia, eres capaz de seguirlo queriendo, aunque tengas que partir de cero.
Pero una cosa es la imaginación y otra la vida real.
La muchacha de la guitarra canta bien. Descubro que es rubia y que se parece a Magdala en los ojos. Me quedo mirándola: en los ojos y en la canción se parecen. Por allá están repartiendo té.
De pronto, siento frío. Miro el reloj y me doy cuenta de que estoy ayudándole a morir su vida al tiempo y nada más. Magdala no ha venido, ya no viene. Me pongo el abrigo, hago como que voy a tomar té‚ y me escurro hasta la puerta.
– ¿Es que no puede enamorarse de mí alguna mujer?
–No se trata de eso... –esquivará ella, negándome la cara. Quizás le sea una situación difícil. Y cuando logre que me mire...
–Dime... ¿puede o no puede? –me verá la ansiedad, a Cupido desnudito ahí en mis ojos, apuntándole.
–Claro que puede.
Y Cupido soltará la flecha. Porque yo no quiero que sea una mujer al azar, sino Magdala. Ella, que transcurridos cincuenta años, aún se ruborice cuando le hable bajitico al oído y que yo también, al cabo de este tiempo, me emocione tan solo de escribir su nombre; que hacer el amor con ella constituya la más solemne de las fiestas, el más sublime de los relajos.
Y allá voy, Magdala, en tu busca, sin poder aterrizar en tu portal de un pestañazo, como en los sueños. Por esa ingenuidad con que dices cosas enormes soy uno más en esta acera lenta y blanquecina, pero no uno cualquiera, sino el más esperanzado y el más incógnito de los peatones que esta noche no respetan las leyes del tránsito y a la vez el más pleno, tan solo de saber que vas a recibirme.
La casa es aquel portal iluminado que me va quedando justo enfrente, calle arriba, con la puerta abierta. La misma puerta que he cruzado varias veces y que, tal como de lejos hace un rato era un tremendo imán, ahora de cerca es una respetable llama.
A medida que me acerco voy sintiendo más calor. Me detengo a respirar y abro el abrigo.
El mismo portal a donde llego‚ la tarde siguiente a la noche en que le di el poema. Para hablarme de él arrinconó el cubo y se apoyó en el trapeador.
–Me gustó –dijo–. Por la forma en que me sugiere cosas y porque no imaginé que tú pensaras así de mí. Y lloré‚ muchísimo después, sola, en mi cuarto.
–No me lo perdonaré nunca –me retracté‚ lo más sinceramente que pude, pero pensando que mi debilidad son las mujeres que quieren con lágrimas en los ojos.
–Me gustó por eso y porque lo sentí mío, no sé. Pero no por otra cosa, créeme, no hay otro motivo.
–El poema no tenía otra intención, –mentí–. Era para ti, nada más.
Y le oculté las noches que estuve pensando intensamente en ella, las horas que necesité‚ para decidirme a entregárselo, la sorpresa de su respuesta cuando le pregunté qué sentía una mujer cuando se sabe deseada..., y me había dicho:
–Miedo. Siento miedo. Un miedo hondo que te hace desconfiar de todo el mundo –y le noté cierta tristeza, como si hiciera tiempo que necesitara decírselo a alguien. Se les ve en la cara a los hombres la intención de desnudarla a una, como si tuvieran manos en los ojos. Las miradas enfermizas –añadió con su hablar mesurado y dulce. Y me confesó que por eso a menudo se sentía sola, sin atreverse a preguntar lo más elemental a alguien, a punto de acomplejarse.
No le dije más, porque a veces hablar mucho es cubrir el camino de hojarasca. El resto lo dejé para hoy.
Ya menos jadeante, me acerco. Paso junto al carro brilloso que está parqueado frente a la casa y subo los escalones. Tal vez ella está necesitada de saber que yo la quiero y me espere sin saber que lo desea, o lo desee sin saber cuánto, y haya estado con la mirada fija en la puerta esperando verme llegar, mientras yo dudo, porque sé perfectamente qué aconsejarle a alguien cuando se enamora, pero cuando el que se enamora soy yo, entonces no sé qué hacer conmigo mismo, ¡las personas somos unos animales tan difíciles! dudo a sabiendas de que si no lo hago y algún día ella me lo echa en cara me voy a sentir el hijo más culpable que se haya parido jamás.
Y no tengo fuerzas para renunciar a verla. Ella precisa saberse amada y no mecánicamente deseada. Aunque aquella puerta mansamente abierta pueda constituir una trampa, ya estoy allí, tocando.
La sala está desierta, el televisor apagado. Oigo el chancleteo desde el comedor y a la madre:
–Buscas a Magdy? –dice con picardía, después de saludarme. Se imagina algo, por eso quiere dejarnos solos y va a llamarla. Todo el mundo debe pasar momentos como estos para que el corazón se le mantenga blandito.
La veo aparecer, vestida con elegancia, suavemente perfumada.
– ¿Y eso? –me pregunta antes del beso en la mejilla.
–Vine a verte, a saber qué te había pasado –su pelo me rozó el rostro.
–A mí, nada, no me pasó nada. ¿Por qué?
–Estuve esperándote.
–¡Ay, verdad! Pero es que tengo visita y la comida salió tan tarde...
Me fijo en él cuando ya está junto a Magdala y le rodea la cintura con delicadeza.
–Pensé que te había pasado... –me sube un fogaje que me atraganta–...algo. A ti o a alguien aquí –y ahora sí me sobra el abrigo.
–No, no sucedió nada, gracias. O sí: a papi lo carterearon esta tarde.
– ¿Sí?
– Sí.
– Vaya.
Entonces habla él. Es más alto y más joven que yo. En una mano trae un llavero con una cadenita. Sin saber por qué lo relaciono enseguida con el auto que tengo detrás.
–Los carteristas reciben entrenamiento –dice–. Hasta que no sean capaces de ponerse una camisa de cascabeles no son carteristas de verdad. ¿Se imagina usted lo que es ponerse una camisa llena de cascabeles por dondequiera y que ninguno suene? Hay que tener una gran habilidad. Por eso tu papá no lo sintió.
Parece que ya han hablado bastante del tema en la casa y me veo en la obligación de hacer un comentario. Pero solo muevo la cabeza con estupidez.
– ¡Qué curioso! –digo.
Y llega el momento en que no hay nada más que decir. Los miro a ellos. Ellos a mí. Cada cual esperando algo sin saber qué exactamente. Me falta iniciativa y, sin embargo, me sobra un montón de palabras. Acabo de convencerme de que pedir que lo quieran a uno es algo así como autosubastarse. Transcurre un minuto. Carraspeo.
– Qué frío –digo.
– ¿No vas a entrar?
– Es tan tarde.
Y comienzo a bajar los escalones. ¡Musiquita de violines!
Busco en el bolsillo la copia del poema. Así, doblado, lo hago trizas y lo zambullo en el primer latón de basura. Los versos más dulces que le dediques a una muchacha se te vuelven amargos si los atrapa tu mujer.
Me vuelvo al menor pretexto. Aún están en el portal, despidiéndome con la cortesía de sus miradas. Él solo verá a un hombrecito feo que les da la espalda. Ella, no sé.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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