| LA JIRIBILLA | ||
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MARTÍ EN SU (TERCER) MUNDO
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Este dirigente político que a más de medio siglo de su muerte seguía siendo subversivo, es el escritor a quien Rubén Darío llamó “Maestro”, y Alfonso Reyes, “supremo varón literario” y “la más pasmosa organización literaria”; el mismo a quien Gabriela Mistral consideraba “el hombre más puro de la raza”, y Ezequiel Martínez Estrada, no solo “un Héroe”, sino además “un Santo, un Sabio y un Mártir”, y por añadidura “el faro que mejor nos guíe”.
¿Quién es este hombre extraordinario a quien, al cumplirse el
siglo de su nacimiento, el propio Fidel Castro atribuye
la paternidad de la más creadora revolución del
continente americano; a quien recitan de memoria los
escolares de su tierra y los escritores más exigentes?
¿Quién es este hombre que antes de sus dieciocho años,
después de haber padecido presidio político, salió
desterrado de su Isla, y regresó a los cuarenta y dos
años a pelear en la guerra que él organizara, y en uno
de cuyos primeros combates moriría; que dejó millares de
páginas escritas en la mejor lengua española, y previó
en política, en educación y en arte, y al que hoy citan
los estadistas, los maestros, los escritores y los
hombres sencillos, y lo reverencian todos?
Vida En 1853 morían fuera de Cuba, uno en Madrid y otro en la Florida, dos hombres relevantes del país, que habían propuesto soluciones a sus problemas políticos: uno, el patricio Domingo del Monte, pensó que tales soluciones no debían llegar a la separación de España, sino encarnar en reformas adecuadas; otro, el presbítero Félix Varela, sustentó en cambio con razones suficientes la necesidad de la independencia de Cuba. Por pretender llevar a vías de hecho este último criterio cuarenta años antes, en 1812, había sido ejecutado en La Habana el artesano negro José Antonio Aponte, “el primer cubano que soñó la bella inspiración de rebelarse contra la dominación española de un modo práctico”, como escribiera el historiador Juan Arnao en 1877. También había sido llevado al cadalso en La Habana, en 1851, el militar venezolano Narciso López, por haber tratado de invadir la Isla para anexarla a los Estados Unidos. La idea de separar a Cuba de España tenía, pues su desarrollo, sus irreconciliables diferencias y sus grandes muertos al mediar el siglo xix. Aquel año 1853, el 28 de enero, nacía en La Habana José Martí. Fue hijo de españoles humildes (don Mariano y doña Leonor), a quienes la necesidad había arrojado a la “siempre fidelísima” isla de Cuba, donde se conocieron y casaron. Cuba era, con Puerto Rico, la última colonia española en el Nuevo Mundo. Siete hijas tendría después el matrimonio. Fueron, dirá el propio Martí, “pobres, muy pobres”. Para subvenir a las necesidades más urgentes, el padre, con ocasionales momentos de desempleo, practicó diversas actividades menores. El hijo varón, niño todavía, tuvo que acompañarlo en algunas, a veces fuera de La Habana y aun de Cuba. El encuentro de Martí con el maestro cubano Rafael María de Mendive (1821-1886) fue decisivo. Mendive, que además de maestro era un delicado poeta y un patriota irreductible, dirigía la escuela en que Martí fue inscrito, y descubrió pronto las cualidades excepcionales del muchacho. Pidió del padre, y finalmente obtuvo, autorización para costear sus estudios. En lo adelante, hasta que es desterrado en 1869, fungirá como su segundo padre, y tendrá una influencia determinante en su vida. Fue en él que Martí vio deslumbrado, todavía en su niñez, la conjunción del hombre de letras, el maestro y el patriota; al intelectual que se opone virilmente a la tiranía y sufre cárcel y destierro. Imposible no reconocer esta fijación en las primeras actividades públicas de Martí, que reproducirán por esos años y magnificarán más tarde las del maestro. En el colegio particular de Mendive, llamado San Pablo, sabe luego de tertulias literarias y políticas. Alguna vez, el maestro (que es traductor de Moore, como lo será después Martí), lo sorprenderá vertiendo al español, a escondidas, poemas de Byron. Antes había intentado hacerlo con Hamlet. Tiene trece años. A los quince años de su vida, estalla en la cercanía de Yara, Oriente, el 10 de octubre de 1868, la guerra cubana contra España, que habría de extenderse en su primera parte por diez años. Aunque hijo de españoles, Martí, el discípulo predilecto del criollo Mendive, se adhiere desde el primer momento a “la causa de Yara”. Publica clandestinamente su soneto “¡10 de Octubre!” (“Del ancho Cauto a la Escambraica Sierra/Truena el cañón...”); contribuye a editar, a comienzos de 1869, primero El Diablo Cojuelo, y luego el “semanario democrático cosmopolita” La Patria Libre, que no pasan del primer número. En este último, da a conocer su poema dramático “Abdala”, “escrito expresamente para la Patria”. Martí, al frisar los dieciséis años, escribe la profecía de su vida. El joven Abdala debe defender su patria, Nubia (transparente alusión a Cuba), frente al opresor, a pesar de los ruegos de su hermana y de su madre, en cuyos brazos acabará por morir. A la madre, que intenta vanamente detenerlo, Abdala explica:
El amor, madre, a la patria En lo adelante, los sucesos van a precipitarse. El colegio de Mendive será clausurado; el maestro, encarcelado primero y deportado después. Por un incidente menor, los “voluntarios” españoles —organizados para combatir a los cubanos— penetran en casa del amigo fraternal de Martí, Fermín Valdés Domínguez (1852-1910) y encuentran allí una carta en que se acusaba a un condiscípulo de apostasía por haber ingresado en el ejército español. La carta está firmada por Martí y Valdés Domínguez. El 21 de octubre de 1869 son encarcelados. En el juicio, el 4 de marzo de 1870, Martí reclama enérgicamente la paternidad de la carta, y el derecho de Cuba a su independencia. Es condenado a seis años de prisión. El 4 de abril se le lleva a realizar trabajos forzados en canteras, y seis meses más tarde, por gestiones del padre con el arrendatario de las canteras, es enviado a la Isla de Pinos, y finalmente se le conmuta la pena por destierro a España, hacia la cual partirá el 15 de enero de 1871. Va a cumplir dieciocho años, y ha estado uno en prisión. Horas antes de tomar el barco, escribe a Mendive: “Mucho he sufrido, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas para tanto y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente hombre, solo a Ud. lo debo y solo a Ud. es cuanto de bueno y cariñoso tengo.” A pocos meses de su llegada, en ese propio año 1871, publica en Madrid su extraordinario alegato El presidio político en Cuba. En tono a la vez realista y simbólico, impregnado de sabor bíblico, el joven denuncia allí la espantosa situación del presidio político en Cuba. Martí sale de Cuba formado, a pesar de sus pocos años. Su precocidad genial y las tremendas pruebas a que es sometido hacen de él un hombre maduro en el momento en que abandona el país. La vida en España (1871-1874), aunque dura, será importante para él. Allí se le reunirá Valdés Domínguez, deportado también, después de un proceso inicuo que el 27 de noviembre de 1871 concluirá con el fusilamiento de ocho estudiantes cubanos de Medicina. Mientras gana su vida trabajosamente, ofreciendo clases, Martí estudiará, de manera irregular, el resto de su Bachillerato y Derecho y Filosofía y Letras en las Universidades de Madrid y Zaragoza. Polemiza en los diarios sobre la cuestión cubana, y en 1873 publica un nuevo opúsculo: La República española ante la Revolución Cubana, en que emplaza a la naciente y pronta fallida República española a ser consecuente con sus principios en lo que toca a Cuba: no lo fue. En España, Martí ve las cominerías de su política, pero por otro lado aprecia las virtudes de su pueblo, y se familiariza con los clásicos españoles, con sus pintores, místicos y estoicos. Allí, nos dirá luego, “rompió su corola/La poca flor de mi vida”. Abandona España a finales del 74. Conoce, de pasada, Francia, y marcha a México, vía Southampton y Nueva York. En México, adonde llega el 8 de febrero de 1875, se reúne con su familia, que se ha establecido temporalmente allí; adquiere amistades profundas, sobre todo la de Manuel A. Mercado, y conoce a quien será su esposa; acaba de hacerse periodista y crítico (colaborando especialmente en la Revista Universal, sobre todo con el seudónimo Orestes), y se interesa en las luchas obreras. (1) De México (“el país”, escribirá a Mercado en diciembre de 1889, “que después del mío quiero [...] más”) lo separan, como de los otros países hispanoamericanos en que vivirá, los desmanes políticos: en este caso, el golpe de Estado de Porfirio Díaz en 1876. Por rechazarlos en uno y otro sitio, abandonará México, Guatemala y Venezuela, países donde vivirá entre 1875 y 1881, con ocasionales estancias en España, a la que se le desterrará de nuevo (1879), Nueva York (1880) y la propia Cuba. En Guatemala será profesor, y en homenaje suyo escribirá el folleto Guatemala, publicado en México en 1878. En Venezuela habrá de editar una revista que solo conocerá dos números: la Revista Venezolana (1881), en la cual aparecen ya algunos de los trabajos literarios importantes de Martí. En todas partes es grande su influencia en la juventud. Está en Cuba en dos ocasiones: en 1877, cuando con su segundo nombre y su segundo apellido (Julián Pérez) visita La Habana fugazmente; y en 1878, en que habiendo renunciado a la cátedra que desempeñaba en Guatemala, por solidaridad con un amigo depuesto por el presidente Barrios, vuelve a su país, el cual conoce la tregua que siguió a la Guerra de los Diez Años. Allí Martí ejerce como pasante en un bufete. Pero sobre todo habla públicamente de sus convicciones revolucionarias y se mezcla en actividades conspirativas, por lo que es deportado a España al año siguiente (1879). Esta nueva vez, permanecerá unos dos meses en España, de donde, siguiendo la ruta del otro destierro, pasará a Nueva York (1880) y Caracas (1881) hasta regresar a la anterior ciudad a mediados de 1881. Su existencia andariega no encontrará cierto reposo, sino a partir de esta fecha, en que se fija en Nueva York. En los Estados Unidos permanecerá hasta 1895, sin viajar al extranjero en los primeros años, y con saltos rapidísimos, a partir de 1892, a Haití, Santo Domingo, Jamaica, Panamá, Costa Rica, México, cuando ya está entregado de lleno a la preparación de la guerra. Esta vida contribuye a apresurar la desdicha conyugal. Se había casado en México, en 1877, con la cubana Carmen Zayas Bazán. Esperaba ella un hijo cuando Martí renuncia a su puesto en Guatemala y marcha a su patria. No tenía aún dos años el niño cuando Martí es deportado otra vez a España. En vano la esposa, que no comprende la tarea que Martí se ha impuesto, espera de él asentamiento. Pronto el hogar está dañado, y aunque hay esfuerzos de reconciliación en torno al hijo, en 1891 la ruptura es definitiva. Para entonces, Martí se ha acercado a otra mujer, viuda, en cuyas casas de huéspedes ha vivido en Nueva York, y cuyos hijos (especialmente la más pequeña, María, a la cual vio nacer en 1880) querrá como suyos: la cubana Carmen Miyares, viuda de Mantilla. En ella, escribió muchos años después María Mantilla, Martí “encontró todo el consuelo, apoyo, cariño y calor que jamás encontró en su propia mujer”. Al mismo tiempo, los viajes a que se ve obligado Martí (unas veces por destierro; otras, para ganarse la vida sin doblegarse; otras, en fin, para preparar la revolución) le permiten tener un conocimiento de primera mano de las realidades inmediatas entre las cuales se mueve el país. En España se incorpora cuanto de vivo le ofrecen su pueblo y su tradición cultural, pero verifica la imposibilidad de que Cuba permanezca unida a ella: es otro país. En las varias repúblicas latinoamericanas donde vive, se abre a la comprensión de una unidad mayor, que él llamará “nuestra América”, dentro de la cual aparece articulada Cuba. En los Estados Unidos, el país extranjero donde permanece más tiempo, se familiariza con la que llamará “la América europea”, y sin dejar de reconocer al principio sus virtudes, pronto ve espantado cómo reaparecen allí los vicios que creía haber dejado atrás, en Europa (y que no eran sino las lacras del capitalismo desarrollado), y ratifica la diferencia de estructura y espíritu entre las dos Américas. Además, y esto es acaso lo más importante, Martí vive en los Estados Unidos en el momento en que la nación pasa, de su capitalismo premonopolista, al capitalismo monopolista e imperialista que la llevará, inexorablemente, a arrojarse sobre el mundo; en primer lugar sobre la América Latina, y en particular sobre Cuba. El hecho de que su patria permanezca como colonia ostensible agudiza dramáticamente su sensibilidad y su comprensión de estos problemas, haciéndolo el primer antimperialista cabal del Continente. En los años iniciales, aunque entiende pronto la realidad estadounidense, su gran preocupación es la independencia frente a España. En su primera estadía larga en Nueva York, durante 1880, preside interinamente el Comité Revolucionario Cubano de Nueva York, que había proclamado en 1879 la llamada “Guerra Chiquita”: mediante este movimiento bélico cuyo jefe militar fue el general Calixto García (1839-1898), se intentó llevar de nuevo la guerra al país; pero este, fatigado tras diez años de pelea contra España, no se encontraba todavía maduro para reiniciar el combate, y el nuevo intento se extinguirá al año. Martí no ceja en su empeño, sin embargo, y prosigue dirigiéndose a las grandes figuras de la pasada etapa de la guerra, instándolos a reiniciar la lucha libertadora: la cual, según él, desde la arrancada debía tener bien clara su orientación política revolucionaria y democrática. Al general Máximo Gómez (1836-1905) le escribe el 20 de julio de 1882. ¿A quién se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales [autonomistas] le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España. Pero si no está en pie [...] un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país — ¿a quién ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista [...]? Al cabo, en 1884, los planes parecen a punto de hacerse realidad. Martí se reúne en Nueva York, en octubre de ese año, con los generales Máximo Gómez, nacido en Santo Domingo, y Antonio Maceo (1845-1896). Ambos habían salido de la Guerra de los Diez Años con enorme prestigio, y, por su extracción popular (eran pequeños propietarios agrícolas, y Maceo, además, mulato), representaban la radicalización creciente que había conocido esa guerra. En aquella ocasión, sin embargo, no llegan a concretarse los planes martianos. Martí estima que Gómez, atribuyendo el fracaso de la guerra anterior a las trabas y al civilismo extemporáneos del gobierno en armas (y no viendo en la orientación política de “un partido revolucionario” sino una continuación de aquel civilismo), pretende dar un marcado carácter personal y militar al nuevo gobierno; y decide desvincularse de los planes, por temor de contribuir a llevar a su patria una variante del estéril caudillismo que ha visto dañar a otros países hispanoamericanos. El 20 de octubre de ese año, al romper con Gómez, le escribirá en carta dolorosa: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento.” Esa ruptura es una dura decisión, que cuesta a Martí los años más amargos de su vida. Hasta 1887 permanecerá voluntariamente marginado de las tareas concretas en favor de la guerra independentista: tareas que, por otra parte, no llegan a materializarse sin su concurso. En la Isla, mientras tanto, va creciendo una campaña autonomista que, si bien permite expresarse a independentistas velados, es índice sobre todo de la actitud conciliadora, francamente reaccionaria, que ha asumido la burguesía agrícola criolla a raíz de la derrota del 78. En esos años de marginación política, Martí escribe copiosamente. Ya había hecho periodismo durante su estadía en México; en los propios Estados Unidos, en 1880, había publicado en The Sun y The Hour principalmente críticas sobre arte y literatura; pero fue gracias a su colaboración en periódicos de lengua española, una vez fijado en Nueva York, en 1881, que su fama creció por Hispanoamérica. Una veintena de periódicos del Hemisferio (entre los que se cuentan La Opinión Nacional, de Caracas, La Nación, de Buenos Aires, La América, El Avisador Cubano, El Economista Americano, El Porvenir y La Revista Ilustrada de Nueva York, de esta ciudad, El Partido Liberal, de México, La Opinión Pública, de Montevideo) difunden sus trabajos. En algunos de esos periódicos, Martí publica en forma de “cartas” sus Escenas norteamericanas, crónicas en que presenta la compleja realidad del país, traza retratos admirables, y sobre todo advierte a nuestros pueblos sobre la nueva y grave amenaza que la evolución de los Estados Unidos significa para ellos. Aunque son sus colaboraciones periodísticas las que lo hacen ampliamente conocido, Martí ha publicado también, en modesta edición de autor, un cuaderno de versos, Ismaelillo, en 1882, que muchos ven como el inicio de una nueva época en la poesía de la lengua; y la novela Amistad funesta (o Lucía Jerez), que redactó en una semana por encargo y dio a conocer por entregas, con seudónimo (Adelaida Ral), en 1885. También ha realizado diversas traducciones. Dejaría sin publicar, de esta época, poemas como sus Versos libres, para los cuales escribió un prólogo. (2) En 1887, creyendo propicia de nuevo la situación para intentar un acercamiento entre los exiliados, llama a celebrar dignamente el aniversario del 10 de octubre. En una sala de Nueva York, como hará en los años sucesivos hasta 1891, se dirige a la emigración allí reunida. En 1880 había hablado de “animar con la buena nueva a los creyentes”; saluda ahora “este religioso entusiasmo”, y evoca “el júbilo santo de los ejércitos de la libertad”. Martí electriza a su público con una palabra encrespada, centelleante de metáforas, que nunca desciende a avulgararse, y fascina. Es más difícil en su oratoria que en su poesía, pero se le entiende: conmueve. La reacción de los oyentes es fervorosa. Martí dirige una carta, firmada por él y otros cubanos, al general Máximo Gómez, para averiguar su disposición de luchar (estaba todavía viva la herida de la separación, tres años atrás). Gómez responde escuetamente, reiterando que su espada está al servicio de Cuba. La posibilidad conspirativa ha vuelto a abrirse. Para entonces, Martí es ya el escritor de lengua española más leído y admirado en el Continente. El argentino Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), acaso la más prestigiosa figura de la vieja generación, al recomendar en 1887 a Paul Groussac la traducción de un texto martiano al francés para darlo a conocer en Europa, le dirá: “En español, nada hay que se parezca a la salida de bramidos de Martí, y después de Víctor Hugo, nada presenta la Francia de esta resonancia de metal.” (3) Y ello, a pesar de que Sarmiento discrepaba del áspero enjuiciamiento que hacía Martí de los Estados Unidos. En cuanto a la generación más joven, el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) dice de él en 1888: “escribe, a nuestro modo de juzgar, más brillantemente que ninguno de España o de América”. (4) Al mismo tiempo que la fama continental de Martí continúa creciendo, sus trabajos se multiplican. Desde 1887 es cónsul de Uruguay en Nueva York. En 1888 es nombrado representante en los Estados Unidos y Canadá de la Asociación de la Prensa de Buenos Aires. En 1889 se echa encima la singular tarea de escribir íntegramente una revista para niños, La Edad de Oro, de la que solo vieron la luz cuatro números (julio a octubre de 1889); “porque por creencia o por miedo de comercio”, dirá a Mercado en carta de 26 de noviembre de ese año, “quería el editor que yo hablase del ‘temor de Dios’, y que el nombre de Dios, y no la tolerancia y el espíritu divino, estuviera en todos los artículos e historias”. Aquel gigante, al filo de la tormenta, se inclina a hablar con los muchachos para explicarles, como un maestro paternal, cosas de historia vistas con ojos descolonizados, para decirles cuentos y poesías que anuncian a sus Versos sencillos, y sobre todo para encenderles el amor a la patria hispanoamericana, a los héroes y a los humildes, y acostumbrarlos a la verdad, la justicia y la belleza. Las páginas de La Edad de Oro son la mejor literatura para niños escrita en español. A finales de la década del 80, los que hasta entonces parecían solo temores de Martí y de unos pocos sobre los torvos designios estadounidenses en relación con la otra América empiezan a hacerse visibles para todos. El 25 de marzo de 1889, en su artículo “Vindicación de Cuba”, Martí responde con energía al periódico The Manufacturer, el cual, con beneplácito de la prensa estadounidense, ha expresado su desdén por los cubanos. Pero lo más señalado del momento en relación con esos designios es la convocatoria hecha en 1888 por el gobierno norteamericano a la Primera Conferencia de Naciones Americanas, la cual se celebraría en Washington entre octubre de 1889 y abril de 1890. Solo Santo Domingo se abstiene de concurrir. Martí contempla lleno de ansiedad aquella convocatoria de “un pueblo de intereses distintos, composición híbrida y problemas pavorosos” (5) que pretende “ensayar en pueblos libres su sistema de colonización”, (6) aquel cónclave del que saldrían en un futuro la política del panamericanismo, la Organización de Estados Americanos. Aprovechando las contradicciones entre las ambiciones de Inglaterra y las de los Estados Unidos, y el hecho de que la Argentina, situada entonces en la órbita de influencia británica, era hostil a los propósitos hegemónicos norteamericanos, (7) Martí puede combatir abiertamente dicho cónclave en las páginas del diario bonaerense La Nación. El ataque más severo contra la conferencia [escribió Thomas F. MacGann] lo hizo La Nación, que en noviembre comenzó a publicar una serie de extensos artículos de su corresponsal en los Estados Unidos. Ese corresponsal era José Martí, el revolucionario y prolífico escritor cubano. Sus informes eran agudos, detallados y vigorosamente escritos; su estilo intrincado y alusivo era un deleite para los lectores argentinos. (8) Apenas en su inicio, Martí enjuicia así el congreso: Jamás hubo en América, de la independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para ajustar una liga contra Europa, y cerrar tratos con el resto del mundo. De la tiranía de España supo salvarse la América española; y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia. (9) Y al comentarle el congreso a su compatriota Gonzalo de Quesada y Aróstegui (1868-1915) —secretario entonces del delegado argentino Roque Sáenz Peña, y más tarde secretario de Martí cuando este se halle al frente del Partido Revolucionario Cubano—, añade, en carta del 14 de diciembre de 1889, este temor particular en lo que toca a Cuba: Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos, y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: ni maldad más fría ¿Morir, para dar pie en qué levantarse a estas gentes que nos empujan a la muerte para su beneficio? Esas graves preocupaciones explican que en el prólogo de sus Versos sencillos Martí hablara de: …aquel invierno de angustia [1889-1890] en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos. ¿Cuál de nosotros ha olvidado aquel escudo, el escudo en que el águila de Monterrey y de Chapultepec, el águila de López y de Walker, apretaba en sus garras los pabellones todos de la América? Y la agonía en que viví, hasta que pude confirmar la cautela y el brío de nuestros pueblos; y el horror y vergüenza en que me tuvo el temor legítimo de que pudiéramos los cubanos, con manos parricidas, ayudar el plan insensato de apartar a Cuba, para bien único de un nuevo amo disimulado, [...] de la patria hispanoamericana. Martí enfermó de aquella ansiedad. “Me echó el médico al monte”, dirá a continuación: “corrían arroyos y se cerraban las nubes: escribí versos”. En efecto, el peleador escribe en agosto de 1890 sus Versos sencillos, que publicará en 1891, de nuevo en modesta edición de autor. El hombre múltiple, el que se prepara para la guerra tremenda, hace en vísperas de ella una especie de balance de su vida, en octosílabos sencillos; llenos, sin embargo, de una extraña complejidad, pues esta obra, la mayor de la poesía hispanoamericana, funde la musa del Martín Fierro con la avidez de la lírica moderna. A finales de 1890, Martí —que es ahora cónsul en Nueva York no solo de Uruguay, sino además de la Argentina y Paraguay, y también presidente de la Sociedad Literaria Hispanoamericana y presidente honorario de La Liga, sociedad de negros en la que sirve como maestro— es nombrado por Uruguay su representante en la Conferencia Monetaria Internacional Americana, la cual tendrá lugar, de nuevo en Washington, del 7 de enero al 8 de abril de 1891, como una prolongación de la primera Conferencia Internacional Americana, de 1889-1890. Siendo la actitud oficial de Uruguay, en lo que toca a los Estados Unidos e Inglaterra, similar a la de la Argentina, Martí, que es una de las figuras más activas de la conferencia, puede oponerse en ella con tenacidad a la tesis con que inicialmente se presentaran los Estados Unidos. Aunque disensiones internas hacen que el gobierno norteamericano se abstenga al cabo de insistir en su proyecto, a Martí le interesa destacar el riesgo que ese proyecto implicaba. Washington pretendía lograr una moneda de curso común tanto en los Estados Unidos como en los países latinoamericanos. Pero ello apresuraría el que estos países quedaran casi exclusivamente vinculados a los Estados Unidos, y alejados de países europeos cuya relación era provechosa para nuestra América. Martí advierte: Ni en los arreglos de la moneda, que es el instrumento del comercio, puede un pueblo sano prescindir—por acatamiento a un país que no le ayudó nunca, o lo ayuda por emulación y miedo de otro,— de las naciones que le anticipan el caudal necesario para sus empresas, que le obligan el cariño con su fe, que lo esperan en las crisis y le dan modo para salir de ellas, que lo tratan a la par, sin desdén arrogante, y le compran sus frutos. (10) En 1891, las condiciones internas de Cuba anuncian la proximidad de un nuevo estallido bélico. Es menester encontrarle cauce a la guerra necesaria, y lograr que sea rápida y eficaz, o ella será infructuosa, sirviendo incluso a los sombríos propósitos estadounidenses que Martí señalara en 1889. Martí va a consagrarse enteramente a la tarea revolucionaria. En octubre, renuncia a los consulados de la Argentina, Uruguay y Paraguay, y poco después a la presidencia de la Sociedad Literaria Hispanoamericana. Conserva, para vivir, unas clases nocturnas de español. El radio de su fascinadora influencia personal va abrirse más allá de Nueva York: los emigrados cubanos residentes en Tampa, tabaqueros en su mayoría, reclaman su presencia. Llega allí el 25 de noviembre. Al día siguiente, cuando son aprobadas las “Resoluciones” (casi seguramente escritas por él) tomadas por la emigración cubana de Tampa, que son un prólogo a los documentos del futuro Partido, Martí pronuncia un discurso (“Con todos, y para el bien de todos”) que es ya una visión radiosa de la república futura. El 27, aniversario del fusilamiento de los estudiantes del 71, su discurso (“Los pinos nuevos”) es un canto a la vida que se alza llameante de las tumbas, no una evocación luctuosa. Los tabaqueros del cercano Cayo Hueso, otro albergue de la diáspora cubana, quieren igualmente tenerlo entre ellos. El 25 de diciembre llega al Cayo. Allí también conmoverá su palabra e imantará su presencia. Queda decidido que los diversos clubes de emigrados cubanos que han ido surgiendo al calor de la revolución se integren en un organismo unificador, y Martí redacta las Bases de ese organismo. El 5 de enero de 1892 son aprobadas en Cayo Hueso, por representantes de la emigración de la localidad, de Tampa y de Nueva York, las Bases del Partido Revolucionario Cubano, el cual se ha de constituir, dice el artículo primero de dichas Bases, para lograr “la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”. Se trata de la reunión de “todas las asociaciones organizadas de cubanos independientes que acepten su programa y cumplan con los deberes impuestos en él”, como explican los Estatutos secretos. Martí regresa feliz a Nueva York, a comienzos de 1892. Ha logrado echar los cimientos de aquel “partido revolucionario” que, diez años antes, mencionara en su carta a Gómez de 20 de julio de 1882. Por vez primera en nuestra América iba a crearse un partido político revolucionario (obligadamente multiclasista, pero centrado en los trabajadores, “los pobres de la tierra”), para preparar y orientar una guerra de liberación nacional; y aun más: para “que en la conquista de la independencia de hoy vayan los gérmenes de la independencia definitiva de mañana”. (11) La novedad del hecho era tal, que provocaría no pocas extrañezas incluso entre algunos de los mismos héroes de la guerra, quienes tenderían a ver en la creación de Martí una suerte de continuación de los organismos civiles de la pasada etapa de la guerra si bien por el momento era evidente su utilidad como aglutinador de las fuerzas independentistas. En realidad, sin embargo, con la creación del Partido Revolucionario Cubano, Martí, lejos de prolongar aquellos organismos (que más entrabaron que impulsaron la lucha), anunciaba las vanguardias políticas que guiarían a las guerras revolucionarias de este siglo. El propio Fidel Castro, al hablar en el centenario de la caída en combate del Mayor Ignacio Agramonte, el 11 de mayo de 1973, diría que en el partido que fundara y condujera Martí “podemos ver el precedente más honroso y más legítimo del glorioso Partido que hoy dirige nuestra revolución: el Partido Comunista de Cuba”. Al regresar a Nueva York, Martí, después de una polémica ácida, pero de feliz terminación, y de informar a la emigración de sus gestiones en un discurso que sería conocido como la “Oración de Tampa y Cayo Hueso”, prosigue la rápida preparación del Partido. Clubes ya existentes, y otros creados con posterioridad, van discutiendo y aprobando las Bases y los Estatutos secretos del Partido, de modo democrático. El 10 de abril tendrá lugar la proclamación del Partido. Dos días antes Martí había sido electo su Delegado, y sería luego reelecto cada año hasta su muerte. Para dotar de un vocero oficioso al PRC, que se fundaría unas semanas después, Martí crea el periódico Patria, cuyo primer número aparece el 14 de marzo de 1892. En ese primer número se recogen las Bases del Partido y el artículo programático “Nuestras ideas”. Hasta su muerte, en 1895, Martí llevará anónimamente el peso mayor de la redacción de este órgano, que constituye uno de los más singulares ejemplos de periodismo. El escritor enorme aborda el artículo de fondo, o la pequeña nota de circunstancia —como las de la sección “En casa”— alusiva a una boda o a una visita, en que va presentando a una luz casi mítica la novela de la diaria realidad de la emigración cubana. Su tarea organizativa no hace sino aumentar. Regresa a la Florida. Y, estructurada ya la futura revolución, viaja a Santo Domingo a entrevistarse con Máximo Gómez, quien muestra su entero acuerdo con la guerra inminente. Martí hace publicar entonces en Patria la carta de 13 de septiembre de 1892 en que lo invita a encabezar la lucha militar, “hoy que no tengo más remuneración [para ofrecerle] que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”. En 1893, cuando ya ha recorrido Jamaica y la costa atlántica de los Estados Unidos, alebrestando y organizando los centros de exiliados, vuelve a Santo Domingo, y se traslada a Costa Rica, para entrevistarse con Maceo. En este año febril, de paso por Nueva York, lo ve por única vez Rubén Darío, a quien llama emocionado “Hijo”, como contó en su autobiografía el gran nicaragüense. Al año siguiente, 1894, es Gómez quien irá a Nueva York. Los cubanos de la gran ciudad sienten, ante esa conjunción, la inminencia de la guerra. Martí viaja a México, a recibir auxilios y fondos. En la capital de ese país vive en casa de su fraternal Mercado, que es ahora Subsecretario de Gobernación, gestiona una entrevista con el Presidente, y escribe uno de sus últimos poemas, a una hija de su amigo Manuel Gutiérrez Nájera. La guerra es cuestión de días cuando rompe el año 95. Pero el 10 de enero una noticia terrible estremece a Martí: tres barcos cargados de armas con destino a Cuba, a cuya compra se había destinado buena parte de los fondos trabajosamente recabados durante tres años, son apresados en el puerto floridano de Fernandina o en viaje a él. Ha habido un desliz, cuando no una traición, por parte de uno de los hombres que intervinieron en la compra. El gobierno de los Estados Unidos aspira así a impedir la guerra rápida que acaso hubiera hecho posible su posterior intervención. Por un momento, Martí queda abrumado. Pero un abogado norteamericano amigo suyo logra recuperar parte del cargamento de armas. Además, la reacción en la Isla y en la emigración es más bien de sorpresa entusiasmada al conocerse la magnitud de los preparativos. Martí se rehace enseguida. El 29 de enero ordena el levantamiento para las próximas semanas. El 30, parte de Nueva York, a encontrarse con Gómez. El 24 de febrero estalla la guerra en distintos lugares de la Isla. El 25 de marzo, Gómez y Martí lanzan el Manifiesto de Montecristi (llamado así por el lugar de Santo Domingo donde fue firmado), explicando al mundo que: …la revolución de independencia iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra, en virtud del orden y acuerdos del Partido Revolucionario en el extranjero y en la Isla, y de la ejemplar congregación en él de todos los elementos consagrados al saneamiento y emancipación del país, para bien de América y del mundo. El 10 de abril abandona tierra haitiana, rumbo a Cuba, con escala en la isla de Inagua, en las Bahamas. Los acompañan cuatro revolucionarios más. El día 11, después de un viaje azaroso en que el botecito que los conduce amenaza naufragar, tocan Cuba antes de medianoche, en la zona llamada Playita de Cajobabo, al sur de Oriente. Se adentran en el monte, y establecen pronto contacto con los insurrectos. En su Diario de campaña, el 14 de abril, Máximo Gómez anota: “Nos admiramos, los viejos guerreros acostumbrados a estas durezas, de la resistencia de Martí —que nos acompaña sin flojeras de ninguna especie, por estas escarpadísimas montañas.” El 15 de abril, Martí es nombrado Mayor General. En sus cartas, en su Diario de campaña, la alegría lo inunda: “Llegué al fin a mi plena naturaleza [...] Solo la luz es comparable a mi felicidad.” “Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo. Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio.” “Es gran gozo vivir entre hombres en la hora de su grandeza.” Maceo, que ha llegado a la Isla el 30 de marzo, se reúne con Martí y Gómez el 5 de mayo, en el ingenio La Mejorana. Se habla de la organización de la guerra, y sobre ello discuten Martí y Maceo, quien es una admirable figura no solo en el orden militar, sino también en el ideológico. Pero vuelve a plantearse la vieja discrepancia del 84 entre mando militar y mando político en la revolución: este último, por la novedad del planteo martiano, tiende a ser confundido con “la continuación del gobierno leguleyo”, como ese día escribe en su Diario de campaña el propio Martí. Y más adelante: “comprendo que he de sacudir el cargo, con que se me intenta marear de defensor ciudadanesco de las trabas hostiles al movimiento militar”. Gómez, esta vez, está junto a Martí. Zanjada la cuestión, el 12 de mayo Martí escribirá a Maceo en hermosa carta fraternal: “Vea eso en mí, y no más: un peleador: de mí, todo lo que ayude a fortalecer y ganar la pelea.” Dondequiera que llegan los hombres, llaman a Martí “presidente”. El 18 de mayo Martí escribe su última carta a Mercado, que quedará inconclusa, explicándole abiertamente la magna tarea que se ha impuesto: “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. El 19, cerca del lugar llamado Boca de Dos Ríos, una columna española los sorprende. Martí, en contra de la orden de Gómez de quedar a la retaguardia, avanza con su ayudante Ángel de la Guardia al lado. Cae herido de muerte. La tropa cubana no puede recuperar el cadáver. Los españoles lo llevan a enterrar a Santiago de Cuba. Había muerto, como él quería, “de cara al sol”. Al conocerse la noticia de su caída, el director de The New York Sun, Charles A. Dana, quien había sido amigo y editor en los Estados Unidos de Marx y Martí, dice en su periódico el 23 de mayo aquel año: Nos enteramos con punzante dolor de la muerte en campaña de José Martí, el conocido jefe de los revolucionarios cubanos. Lo conocimos mucho y bien, y lo estimamos profundamente. Por un dilatado período, que se remonta a cerca de veinte años [sic], fue colaborador de The Sun [...] Fue hombre de genio, de imaginación, de esperanza, y de coraje [...] Su corazón era cálido y amoroso; sus opiniones, ardientes y ambiciosas, y murió como un hombre así hubiera deseado morir, batallando por la libertad y la democracia [...] ¡Honor a la memoria de José Martí, y paz a su alma viril y generosa! En La Nación, de Buenos Aires, el poeta Rubén Darío se lamenta: “¡Oh Maestro, qué has hecho!”, y señala en exaltado panegírico: “El cubano era ‘un hombre’. Más aún: era como debería ser el verdadero superhombre: grande y viril; poseído del secreto de su excelencia, en comunión con Dios y con la Naturaleza.” (12) Y su compañero de la guerra, el Generalísimo Máximo Gómez, evocará así en 1902 aquellos impresionantes días finales: Y yo vi entonces también a Martí, atravesando las abruptas montañas de Baracoa, con un rifle en el hombro y una mochila a la espalda, sin quejarse ni doblarse, al igual que un viejo soldado batallador acostumbrado a marcha tan dura a través de aquella naturaleza salvaje, sin más amparo que Dios. Después de todo este martirizante calvario y cuando el sol que alumbraba las victorias comenzó a iluminar nuestro conuco, yo vi a José Martí — ¡oh, qué día aquel!— erguido y hermoso en su caballo de batalla, en Boca de Dos Ríos, como un venado, jinete rodeado de aquellos bravos soldados que nos recuerda la historia, cubiertos de gloria en las pampas de Venezuela. (13) El propio Martí, al hablar de algunos grandes, había anticipado su epitafio. Cuando murió Emerson, escribió este juicio, que merece inscribirse en su tumba: “En él fue enteramente digno el ser humano.”
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