| LA JIRIBILLA |
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La
danza: otro premio La entrega de Boán con su ya imprescindible colectivo no es la primera en recrear en la escena fragmentos de algunos de nuestros bailes populares de moda. Vale recordar “Panorama de la música y la danza”, de Víctor Cuéllar, y “Toque de salón”, de Rosario Cárdenas. Lo que se distingue aquí es la capacidad de la coreógrafa para insertar esas citas con humor, a manera de pinceladas que hacen guiños al espectador. Tampoco es este el asunto al que convoca el montaje. Intérpretes de un coro se relacionan mostrando una gama de sentimientos comunes a todo intercambio humano: se aman y se odian; ríen y sufren; se oponen y se necesitan con las peculiaridades que los distinguen como individuos. El tema de la comunicación ha aparecido en otras puestas de Boán. “Chorus...” podría ser valorada como la culminación de una trilogía que vio sus inicios en “El pez de la torre nada en el asfalto” y alcanza un momento de plenitud coreográfica en “El árbol y el camino”. Las inquietudes por los conflictos del hombre consigo mismo y con la sociedad- no así, en abstracto, sino en las circunstancias de la Cuba de hoy-, el marcado interés por desmantelar mitos y el ascendente valor que adquieren los elementos dramáticos son rasgos que concurren en los tres espectáculos. En “Chorus...” la directora se apoya en la excelente preparación de sus bailarines entrenados en la actuación y ahora virtuosos también en el canto. Nadia Ponjuán, a cargo de la dirección coral y los arreglos, consigue un diseño sonoro exquisito con la totalidad de los temas interpretados por los bailarines. La intencionalidad argumental de las canciones es tal que el universo local llega a compartir protagonismo con lo danzario. Lo dramático, aspecto en el que Marianela ha dejado constancia de su dominio a partir de puestas como “Últimos días de una casa”, alcanza aquí momentos de lucidez plena. Los silencios cobran fuerza, las soluciones coreográficas- a manera de las escenas de las bocas tapadas mientras suena un blues o la de la alusión al sacrificio de Cristo- logran sobrecoger al espectador, que para entonces ya no ríe; piensa. Entre los intérpretes, Maylín Castillo enseña otra vez la eficacia de su histrionismo. Gretel Montes de Oca se revela, además, como potente vocalista, mientras que José Antonio Hevia se hace imprescindible por lo dúctil de su cuerpo y su poder interpretativo.
Resulta coherente que un premio literario tan
prestigioso como Casa de las Américas haya invitado a
Danza Abierta para regocijo de los jurados y de los
cienfuegueros. Marianela Boán sostiene su proyecto
también a partir de la densidad conceptual y ha bebido
más de una vez en fuentes literarias. No debe olvidarse
que “El pez de la torre...” parte de un verso
del argumento de “Aire frío”, de Virgilio Piñera, texto
considerado fundacional dentro de la dramaturgia
cubana. En “Últimos días de una casa”, la poesía
de Dulce María Loynaz tomó cuerpo en la actriz que
también es Marianela. Los que vimos algunas de esas
funciones del difícil año 93 no olvidaremos la profunda
impresión que causaba el texto de Dulce María según Boán,
refiriéndose a la ciudad de La Habana: “Con un poco de
cal yo me compongo/ con un poco de cal y de ternura”. Si
en la década pasada, Boán afirmó en la revista
Revolución y Cultura que su obra coreográfica estaba
contaminada de teatro también puede asegurarse que está
impregnada de la mejor literatura. |
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