| LA JIRIBILLA | |
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LA REPÚBLICA, MARTÍ Y LA NACIÓN*
El proceso mediante el cual el líder de la independencia antillana alcanzó tal significación comenzó durante su propia existencia, pero tuvo lugar sobre todo luego del 20 de mayo de 1902. Varias razones de muy diferente naturaleza fueron interactuando para dar lugar a ese sentido de símbolo nacional alcanzado por Martí, en un complejo proceso que se afianzó y cobró nuevos aspectos después del triunfo revolucionario del 1º de enero de 1959. Como estamos reunidos a propósito del centenario de la república cubana, y los organizadores han querido limitar el análisis conjunto a sus primeros 57 años, trataré de sintetizar entonces las líneas esenciales y los elementos de ese proceso por el cual Martí se convirtió en símbolo de la nación. Como se ha dicho en más de una ocasión, ya en vida Martí tendió a ser tomado como uno de los símbolos de la patria, como lo evidencia el que fuera llamado por los emigrados Maestro y Apóstol. Es cierto que ambos nombres enfatizan en su condición de guía, de conductor, lógico correlato de su condición histórica de dirigente del movimiento patriótico. Su indudable carisma que atraía a personas de diferentes sectores sociales, como lo reiteran los testimonios de quienes lo trataron y lo vieron en la tribuna patriótica, se trasluce en tales calificativos. Pero a ello contribuyeron también su dedicación a las labores patrióticas con patente desprendimiento de lo material y de lo personal, sus ideas acerca de crear una república de justicia y equidad social (recordemos su frase que se repetía como un lema desde los años previos a la Guerra de Independencia: “Con todos, para el bien de todos”), y su manifiesto acercamiento en su acción política a los hombres de trabajo, en particular a los obreros de las tabaquerías, un sector social entonces con alta conciencia patriótica y de clase. Se trata, en suma, de que la condición ética del hombre y del dirigente político a todas luces fue apreciada por sus contemporáneos, incluidos sus adversarios políticos e ideológicos.[1] Y si su presencia en 1895 en los campos de Cuba libre fue fugaz en el tiempo (apenas algo más de cinco semanas) y no pudo influir decisivamente en la mayoría de los hombres que pelearon durante la contienda bélica, en las emigraciones sí caló hondo su personalidad, tanto en Nueva York —su lugar de residencia continuada desde mediados de 1881—, como en el combativo Cayo Hueso, en Tampa y otros lugares de la Florida y de Estados Unidos, al igual que en Jamaica, República Dominicana y Costa Rica, donde encontró una emigración de campesinos agrupados en torno a sus jefes de la Guerra de los Diez Años. Esa emigración que lo leyó sistemáticamente, que lo oyó y lo vio en sus discursos, que se entusiasmo y esperanzó con él y con un promisorio futuro para la patria —aunque el proceso histórico de su liderazgo no fuera tan unánime ni tan velozmente aceptado como suele presentarse—, fue asumiéndolo como una especie de Mesías, cuya imagen se completó con su muerte en combate. En una población como la cubana, de cultura católica de siglos, es evidente la cercanía a los símbolos y el lenguaje del cristianismo, por lo que de algún modo quedaba implícita la posibilidad de su resurrección, obviamente no la física —idea ya imposible para mentes educadas también en la modernidad y el positivismo—, pero sí de su pensamiento y de la ejecución en la práctica de su proyecto republicano.[2] Después de su caída el 19 de mayo de 1895, la memoria de los emigrados conservó y agrandó aquella imagen, orlada ahora con el atractivo del sacrificio de su vida: el líder aceptado y admirado por su capacidad y dedicación para unir a los patriotas fue desde entonces también el mártir, cuya decisión de ir al combate tendió a no ser aprobada. No sólo los intelectuales cubanos y latinoamericanos que habían leído o conocido a Martí consideraron innecesaria —y hasta un error— su presencia en la guerra, sino que en muchas de las publicaciones de la emigración también se expresó semejante enjuiciamiento, lo que constituyó la base sobre la cual se levantaría la absurda tesis del suicidio que cobró arraigo en la conciencia popular y que aún hoy se expresa, a pesar de los serios estudios que la echan por tierra plenamente.[3] No puede desdeñarse el peso de tal imagen en la conciencia social cubana finisecular y de comienzos del siglo XX, aunque hoy sea sumamente difícil de medir en términos históricos y sociológicos.[4] Cuando la república surgió, aunque nadie mencionara a Martí en los discursos oficiales del 20 de mayo de 1902, su recuerdo y su imagen simbólica estaban presentes en sectores de los que habían peleado por la independencia y entre los emigrados, muchos de los cuales regresaron al país, con la esperanza y el deseo de impulsar la república martiana. Se ha escrito durante mucho tiempo que la personalidad de Martí estuvo olvidada o, al menos, apagada durante los primeros veinte años republicanos. Estudios recientes demuestran que no fue así exactamente.[5] Ciertamente en la política cotidiana y en lo que pudiera llamarse la alta cultura, al parecer la presencia martiana fue relativamente débil, si se le compara con lo que sucedería posteriormente: se conocen una mala novela con episodios ficticios de su vida que no trascendió literariamente;[6] la estatua del Parque Central, erigida por votación solicitada a un grupo de personalidades (entre ellos escasas personas de ejecutoria patriótica extensa); la primera biografía[7] y la obra del manzanillero Julio César Gandarilla, quien combatió ardorosamente en su obra la injerencia yanqui en nombre de Martí, en obra considerada durante mucho tiempo como casi excepcional dentro del periodismo nacional de la época.[8] Sin embargo, en los frecuentes juicios, análisis y referencias a la situación cubana que produjo buena parte de la intelectualidad de la época, aunque preocupada por el mantenimiento de la identidad nacional y propulsora de muchos caminos para ello, no se solía acudir a Martí para sostener tal punto de vista. A lo mejor no le conocieron o lo leyeron muy poco; quizás quienes se acercaron al Maestro lo apreciaron demasiado radical para sus proyectos de regeneración nacional. Pero, ¿cómo pasar por alto, y no comprender su significado en el proceso de simbolización martiana, el hecho que en los días subsiguientes al cese de la soberanía española hubiera un proceso masivo en las alcaldías, con amplio apoyo popular, de nombrar las calles con los patriotas, y que prácticamente en todas las localidades no exista desde entonces una calle Martí, siempre una de las vías principales de la población? ¿Y qué decir de las cenas martianas y de los festejos por su nacimiento los 28 de enero surgidos durante la primera década del siglo veinte? Quizás aquel culto comenzaba sin mucha elaboración y sin un conocimiento hondo de la palabra y los hechos martianos; quizás daba rienda suelta a la sensibilidad y a las emociones patrióticas, y probablemente se asentaba en muchos elementos del inconsciente. Pero lo cierto es que la cultura popular sí se reconoció y se afianzó a sí misma con un fuerte y claro sentido nacional, en lo que la personalidad martiana —y la de otros líderes revolucionarios— iban alcanzando un sentido simbólico. Pero tales manifestaciones de inicio de un culto al líder, por entenderse que este condensaba la nación, no solían dejarse por escrito ni obedecían a un análisis de su acción y de su pensamiento, ni tampoco eran privilegiadas por los medios de difusión ni por la acción oficial del Estado y su aparato, ni por las instituciones representativas de la intelectualidad y las clases acomodadas. La tesis que quiero presentar en estos breves apuntes es que la creación del símbolo fue un proceso de creación colectiva, conformador, y a la vez impulsor, de la conciencia nacional, y cuyas manifestaciones más significativas en los comienzos republicanos se fueron dando en la práctica social por diferentes medios de la cultura popular. La simbolización de la nación cubana en Martí no fue, a mi juicio, obra de una persona ni de un grupo intelectual o político, como a veces han dado a entender los acercamientos al tema, aunque el examen de este proceso no puede excluir el aporte de varias personas y de ciertos grupos, los que —inclusive— pudieron contribuir decisivamente al proceso en determinados momentos. Fue justamente un proceso histórico-social, que formó parte del propio desarrollo de la conciencia social cubana durante la república en su proyección y ejecución de la nación. Como se ha señalado más de una vez, las propias condiciones de la república nacida el 20 de mayo de 1902 contrastaban con el proyecto revolucionario del 95 enarbolado por Martí durante la preparación de la Guerra de Independencia. Ello, desde luego, favoreció que la práctica social simbolizara en su personalidad todos aquellos anhelos frustrados a partir de entonces. La soberanía del Estado cubano limitado por la Enmienda Platt que prácticamente lo convertía en un protectorado, fue la primera gran frustración del ansia independentista que mayoritariamente animaba al pueblo cubano. Si hubo algunas dudas acerca del alcance de la referida Enmienda, estas quedaron desechadas luego de su aplicación en 1906, tras la renuncia de Tomás Estrada Palma. El acelerado dominio de la economía cubana (especialmente el decisivo sector azucarero, el comercio exterior, la banca y los principales servicios públicos) por el capital financiero de Estados Unidos, que comportó el despojo definitivo de la propiedad de la tierra para el pequeño y mediano propietario cubano y la notoria disminución del capital hispano-cubano en la industria azucarera, completó el panorama hegemónico del vecino del Norte sobre la Isla. A la frustración política se unía, pues, la económica. Y si a ello se suma que el control del poder del estado fue compartido por antiguos patriotas y personalidades de los partidos que aceptaron el status quo colonial, reunidos todos en el interés de mantenerse o ascender socialmente desde esas posiciones de poder que también abrían el acceso al sistema dependiente azucarero, queda claro por qué para muchos sectores populares desde muy pronto la república no cumplía con las esperanzas de justicia social levantadas durante la Revolución del 95. Ello fue especialmente claro desde un principio para el campesinado que se veía despojado aceleradamente de la propiedad de la tierra y para los negros y mulatos, quienes vieron cerrarse las posibilidades de la plena igualdad tras la sangrienta represión contra el Partido de los Independientes de Color en 1912.[9] La república fue semicolonial, racista, corrupta, con pocas oportunidades económicas para amplios sectores nacionales, por mucho que la clase política proclamara su cubanía como expresión del espíritu nacional y de equidad social que condujera las luchas por la independencia. Si la apatía, el escepticismo y la procaz picardía para la supervivencia fueron formas de expresar la frustración ante esa situación, mientras el sistema dependiente fue capaz de crecer en sus volúmenes de azúcar para exportar a Estados Unidos, ello sirvió de estabilizador y de contención a los inevitables conflictos sociales a que conducían la frustración, el desencanto y el malestar. Pero la crisis como consecuencia del rápido estancamiento del sistema dependiente azucarero durante el decenio de los 20, y su brutal eclosión durante la crisis mundial de los 30, clausuró cualquier posibilidad y cualquier esperanza de que las clases medias y sectores del proletariado —y hasta sectores de la burguesía agraria y la pequeña industria— pudieran hallar acomodo dentro del sistema. Se trataba, para la mayoría de tales sectores, simplemente de alcanzar la más elemental supervivencia. Desde entonces, lo que había sido preocupación de personas de larga vista y angustia cotidiana sobre todo del campesinado desposeído, fue cobrando cierta masividad e impulsó la búsqueda de soluciones al problema nacional. Se pasó de la crítica de minorías lúcidas a la acción concreta de amplios sectores y clases sociales para rescatar la nación para los cubanos. La dependencia económica a través del dominio de la nación y sus recursos por el capital financiero extranjero fue reconocida bien pronto como el corazón del problema cubano, que cerraba el dogal sobre la soberanía del estado nacional impuesto a través de la Enmienda Platt, incluida en al Constitución cubana y rubricada como Tratado Permanente entre Cuba y Estados Unidos. Para tal conocimiento más de un texto martiano resultaba útil, al igual que, y sobre todo, para emprender la transformación de esa sociedad dependiente en una república verdaderamente nacional para la mayoría de los cubanos. Así, Martí pasó de ser uno más de los héroes —no siempre el más destacado— requerido en lastimoso llamado (“Martí no debió de morir”, se cantaba), a ser empleado como contraste crítico con la realidad, y, finalmente, a ser el ejemplo al cual se apelaba para enfrentar el orden de cosas y para transformarlo, de modo de alcanzar “el sueño martiano”.[10] Símbolo y al mismo tiempo paradigma de la nación que despertaba se iba convirtiendo Martí. El culto martiano favorecía, pues, la movilización para el cambio social. La construcción del símbolo requería, por supuesto, del conocimiento de su vida, de su obra, y, sobre todo, de su pensamiento. Durante los años 20 y 30 aparecieron rápidamente varias biografías que gozaron de buena aceptación, y las publicaciones periódicas comenzaron a sistematizar la apertura de espacio a su recuerdo y estudio en sus aniversarios de natalicio y de muerte, y a reproducir sus escritos con relativa frecuencia. Los intelectuales, especialmente los jóvenes, impulsaron la impresión de sus textos y varias ediciones los divulgaron hasta con éxito de público, en franco contraste con la escasa venta de la primera edición de sus Obras completas, preparadas por Gonzalo de Quesada y Aróstegui. Justamente durante esos decenios se inició la obra de estudio, edición y divulgación de quienes serían hasta la revolución de 1959 los principales conocedores de la obra martiana: Gonzalo de Quesada y Miranda, Jorge Mañach, Juan Marinello y Félix Lizaso, todos jóvenes de la llamada generación del 30.[11] Junto a ellos se destacaron los aportes al conocimiento de la vida y la obra martiana de Emilio Roig de Leuchsenring,[12] cuya obra historiográfica fue declaradamente antimperialista. El conocimiento del hombre y de sus ideas era imprescindible para la apropiación de su personalidad por quienes aspiraban a modificar el status quo republicano. Así, prácticamente todos los que se iniciaban también por entonces en el liderazgo político leyeron con fruición y dedicación los escritos de Martí. Julio Antonio Mella ha sido destacado más de una vez, con razón, por su clarinada para estudiar a Martí.[13] Y también pasaron por igual necesidad y satisfacción de conocimiento Rubén Martínez Villena, Raúl Roa, Pablo de la Torriente Brau y otros destacados antimachadistas y luego líderes revolucionarios. Todos los nuevos movimientos políticos surgidos desde los años 20 que no respondían a los viejos caudillos republicanos, y los líderes que aparecían, se afincaron con ahínco en el análisis de los problemas del país desde la perspectiva martiana y se convirtieron, sin dudas, en lectores frecuentes de sus textos y en verdaderos conocedores de las líneas esenciales de su pensamiento, independientemente de las variadas perspectivas metodológicas e ideológicas desde las que lo abordaron. Pero no podemos limitar el análisis sólo a estas personalidades de la cultura y de la política. Impulsado y sostenido por esos estudios y puntos de vista, es cierto, la personalidad de Martí fue ganando espacio crecientemente en la conciencia popular también mediante dos procedimientos esenciales: el rechazo y la crítica a la sociedad republicana en nombre de sus ideales republicanos y el despliegue de su ética de servicio como paradigma moral para el individuo y para la sociedad. Como se ha reconocido más de una vez, la escuela y los maestros fueron forjadores de la conciencia nacional sobre la base del culto a la historia y a las tradiciones patrióticas que formaron la nacionalidad, e impulsaron la incorporación de Martí (de su vida, de su palabra, de su ética) al proceso pedagógico y a la formación de valores morales y nacionales en varias generaciones de niños republicanos. Lo hicieron puede decirse que de manera espontánea o sin que fuera aspecto establecido de la política educacional, al menos hasta los años 40. La larga y profunda crisis estructural del sistema azucarero dependiente puso el problema nacional sobre el tapete del debate del país en los más diversos órdenes. Hubo una voluntad de atrapar y expresar lo cubano en la esfera artística, se intentó explicar la psicología social del país, y se examinaron los problemas tratando de rescatar la nación soñada por Martí y los libertadores del siglo XIX. Y, sobre todo, la lucha social se fue agudizando y planteando con claridad según los sectores antimachadistas fueron comprendiendo las raíces históricas y sociales de la dependencia hacia Estados Unidos. Así, no es casual que en los programas políticos de casi todas las organizaciones que afrontaron la tiranía de Gerardo Machado y que se plantearon el cambio de algunas estructuras y, sobre todo, el rescate de la soberanía nacional mediante la eliminación de la Enmienda Platt, se esgrimieran explícitamente las ideas de Martí como sostén principal de sus análisis y perspectivas. El combate por el rescate y la transformación de la nación para sí se hizo en nombre de Martí y se legitimó a su sombra por los más diversos y variados actores, grupos políticos, y clases y estamentos sociales, todo lo cual, a su vez exigió concederle entonces un particular sentido simbólico a su persona dentro de ese proceso.[14] Puede decirse entonces que fue el proceso revolucionario de los 30 el que aportó la comprensión o la necesidad de simbolizar la nación en Martí. Las complejas circunstancias posrevolucionarias favorecieron ese proceso de simbolización. La revolución no triunfó, y las reformas que estableció la Constitución del 40 prácticamente no fueron implementadas jamás. Pero la Enmienda Platt fue derogada en 1934, y disminuyó con ello notablemente la sensación de humillación nacional. Por otro lado, el liderazgo represivo militar de Fulgencio Batista, que descabezó al proceso revolucionario, vino abajo en 1944 con el triunfo del Partido Auténtico, y el acceso al poder político de los verdaderos e inmaculados hasta entonces luchadores antimachadistas, lo cual pareció abrir el camino a las reformas contenidas en el texto constitucional de 1940. La canonización del símbolo se oficializó entonces desde los organismos del Estado. El partido gobernante se llamaba Revolucionario Cubano, como el de Martí; al presidente electo, Ramón Grau San Martín, muchos lo llamaban el Mesías porque era considerado el que llevaría cabo las reformas y porque había tenido que abandonar el poder al caer el Gobierno Revolucionario de los cien días en 1934, nunca reconocido por el gobierno norteamericano. Integrado por grupos diversos que tenían en común su pasado antimachadista, su deseo de remover a Batista y al Ejército, y la noción de que era necesario impulsar cambios para un desarrollo nacional burgués, los auténticos implantaron una retórica martiana desde el gobierno en el discurso oficial y promovieron de cierto modo la difusión de su obra escrita. Martí fue canonizado como el símbolo de la nación, para lo cual fueron momentos efectivamente aprovechados la inauguración del mausoleo en Santiago de Cuba donde reposan sus restos, los actos conmemorativos por el centenario de su nacimiento—preparados bajo el gobierno auténtico de Carlos Prío Socarrás, quien no los pudo ejecutar al ser derrocado el 10 de marzo de 1952 por el golpe militar de Batista—, y los proyectos iniciales para erigir un conjunto arquitectónico administrativo y conmemorativo en la Plaza Cívica (hoy Plaza de la Revolución) en el que se destacaba el Monumento a Martí que llevaría una gran estatua suya.[15] Pero los auténticos no encontraron una burguesía nacional en que apoyarse y cuyos intereses pudieran representar desde el gobierno, ni tampoco pudieron aprovechar la época de la Segunda Guerra Mundial para impulsar un despegue industrial mediante los mecanismos de sustitución de importaciones, como ocurrió en otros países latinoamericanos. Su reformismo quedó castrado, y Cuba se mantuvo, como antes, atada a Estados Unidos por la dependencia azucarera, con una tendencia marcada a disminuir su presencia en el mercado norteamericano organizado por el sistema de distribución de cuotas anuales. Y al igual que sus predecesores antes de la fracasada Revolución del 30, la nueva clase política sólo dispuso del poder del Estado para el ascenso social, el enriquecimiento personal y la posibilidad de entrar en el mundo de los negocios. Estas circunstancias del país valen de igual manera para otros grupos políticos surgidos del vendaval revolucionario de los años 30, que ya habían participado en el gobierno constitucional de Batista de 1940 a 1944, como el ABC, el Partido Demócrata y otras agrupaciones. Fue un fenómeno generalizado a la clase política cubana que se adaptaba al sistema dependiente renovado por el New Deal y la política del Buen Vecino rooseveltianos. Y, por tanto, la simbolización de la nación en Martí buscaba no sólo sostener ideológicamente en principios nacionalistas al régimen sino también legitimarlo como el verdadero heredero del Maestro. Dadas estas circunstancias, lógicamente Martí, su obra y sus ideas, se convirtieron en parte de las luchas y debates políticos, señalados por una creciente frustración y desencanto entre quienes apreciaban la incapacidad del Partido Auténtico para emprender al menos una obra de reformas nacionalistas, no ya un programa de transformaciones revolucionarias. El descrédito de la política como sinónimo de corrupción se sustentó en muchos casos en la recurrencia a la ética martiana, y crecientemente se hablaba de nuevo de la lejanía de la república con los sueños de Martí. Luego el descrédito de los auténticos y, de hecho, de cierta manera, de la misma democracia burguesa, no alcanzó a Martí, quien fue entendido de diferente manera como símbolo de la nación. Para la clase política, como un mecanismo legitimador de su actuación; para los contestatarios y disidentes, como el símbolo que incapacitaba la acción de aquellos y que incitaba a culminar la obra de constituir la nación a plenitud. Inclusive, el partido marxista de la época, tras no pronunciarse al respecto durante mucho tiempo aunque sus fundadores e iniciadores más destacados fueron martianos (Baliño, Mella, Martínez Villena), de algún modo oficializó una postura ampliamente favorable a Martí: su secretario general entonces, Blas Roca, lo llamó en 1948 “revolucionario radical de su tiempo”, y reconoció su sentido paradigmático para las aspiraciones de justicia social y antimperialismo nacionalista del Partido.[16] Ello explica el auge del tema martiano en la vida intelectual cubana y en la cultura toda de los años 40 y 50, lo cual, a su vez, contribuyó a fijar el sentido de Martí como símbolo de la nación. Proliferaron los bustos de Martí en calles, plazas, parques, escuelas y todo tipo de organismos públicos y privadas. Se institucionalizó la conmemoración del 28 de enero con paradas escolares, anuncios pagados en la prensa por industriales y comerciantes, y todo tipo de actos oficiales y privados. Y, lo que es quizás más significativo, Martí entró a formar parte del imaginario del cubano en chistes, cuentos, reflexiones, mitos, el cancionero popular. Fue “ese misterio que nos acompaña”, como diría en su peculiar lenguaje el escritor José Lezama Lima. Por entonces hubo varias ediciones de sus Obras completas[17] y numerosas compilaciones temáticas; se editaron varias biografías que aportaron pocos nuevos conocimientos o enfoques acerca de su vida, pero que tuvieron lectores; y se publicó una enorme folletería con sus escritos, semblanzas y pensamientos sueltos que aprovecharon su estilo aforístico para ofrecer frases útiles para recordar en los momentos más diversos de la vida social. El centenario de su natalicio, el 28 de enero de 1953, propició una amplísima cantidad de publicaciones y de actos conmemorativos, tanto oficiales como de variadas instituciones, en las que se resaltó comúnmente, y desde las más variadas posiciones, el sentido simbólico de la nación que encarnaba Martí. Y es sintomático que los jóvenes que se comenzaron a organizar justamente en ese año para combatir la nueva tiranía de Batista se denominaran “generación del centenario”, y se acogieran a la sombra martiana para proclamar la necesidad de salvar la nación de aquel gobierno considerado espurio y de abrirle caminos a la reformas pendientes para el desarrollo del país. Se ha dicho, no sin cierta razón, que ese estilo aforístico y sentencioso de Martí ha permitido el uso de sus frases —como aún hoy se hace a menudo— para los más variados propósitos y desde las más diversas ópticas.[18] Sin embargo, no puede pasarse por alto, que jamás ha sido empleado para validar un juicio o una postura contra los valores humanos y éticos más elementales. Pueden objetarse muchos de los usos y abusos que se hicieron entonces —y que se hacen en nuestro tiempo— de las palabras martianas y hasta cuestionarse hasta dónde mantienen el verdadero sentido del que las escribió, pero más allá de las intenciones de quienes lo han hecho, no he hallado hasta el momento empleo alguno para justificar conductas inmorales o expresamente contrarias a la idea de la nación (aunque, por supuesto, haya más de un criterio en torno a esta), sino todo lo contrario.
Martí como símbolo de la nación cubana fue establecido
durante los años de la república dependiente como
paradigma moral de hombre y de personalidad histórica, y
hasta como ejemplo de perfección individual y colectiva,
y así ha seguido siendo, por cierto, hasta nuestros
días.
12 de octubre de 2002 [1] El periodista español Adolfo Llanos y Alcaraz lo llamaba “el primer Apóstol filibustero, alma de la insurrección y jefe indiscutible de los laborantes.” (“Los separatistas cubanos, La Ilustración Española y Americana, Madrid, 8 de mayo de 1895. El acápite dedicado a Martí se reproduce en el Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, No. 20, 1997, p. 258-259.) Filibustero y laborante llamaban los partidarios del colonialismo español a los patriotas cubanos. José Ignacio Rodríguez, prominente intelectual cubano establecido por muchos años en Estados Unidos, anexionista y fuertemente vinculado con los políticos expansionistas del Partido Republicano, apreció lúcidamente el radicalismo antimperialista de Martí y lo consideró peligroso. A ello dedica una parte del capítulo XXIX de su libro Estudio histórico de sobre el origen, desenvolvimiento y manifestaciones prácticas de la idea de la anexión de la isla de Cuba a los Estados Unidos de América, reproducidos en Casa de las Américas, La Habana, enero-febrero de 1973, p. 98-100. [2] De hecho, a lo largo de la república se habló en más de una ocasión de la necesidad de la resurrección del pensamiento martiano, palabra empleada también con frecuencia luego de 1959. [3] Esta idea del suicidio parecería a primera vista que choca con la del héroe como símbolo de la nación, aunque suele fundamentarse en razones éticas, que realzan la estatura moral de Marti: buscó la muerte frente a las balas españolas desencantado políticamente porque Maceo—y para algunos Gómez también— rechazaban su presencia en Cuba, o —con mayor altruismo aun— porque entendía necesaria su caída para cerrar su obra de impulso patriótico. Valdría la pena someter a estudio los enunciados escritos y las expresiones orales de la idea del suicidio, aunque es patente que no suele enjuiciarse este supuesto acto martiano como una cobardía, conducta evidentemente inadmisible en el símbolo de una nación que se constituyó derrochando coraje en los combates por la independencia, cuya aureola de gloria ha estado siempre en el ideal nacional. [4] Fueron los emigrados que regresaron a la Isla quienes recolectaron fondos para comprar la casa natal en la Habana Vieja y la entregaron a la madre de Martí a finales de 1901. [5] Véase de Marial Iglesias Utset, “La ‘descolonización’ de los nombres: identidad nacional y toponimia patriótica en Cuba 1898-1902” (Debates Americanos, La Habana, N. 9, enero-junio de 2000, p. 44-54) y el capítulo 2 del monumental libro de Ottmar Ette: José Martí. Apóstol, poeta revolucionario: una historia de su recepción, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995. [6] Martí. Novela histórica por un patriota, La Habana, La Moderna Poesía, 1901. Según Ottmar Ette (ob.cit.) apareció nuevamente en 1915, firmada por Franco Rander —al parecer un seudónimo—, y fue reimpresa en 1929 y en 1931. [7] América. José Martí, por Roque Garrigó, Habana, Imprenta y papelería de Rambla, Bouza y Cía., 1911. [8] Gandarilla reunió sus escritos en el libro elocuentemente titulado Contra el yanqui, que publicó en La Habana, en la imprenta y Papelería de Rambla, Bouza y Cía., en 1913. Uno de los textos allí compilados se titula “Resucita, Martí”. Hay ediciones más recientes como la de la Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973. [9] En su propaganda antirracista y en favor de la equidad racial, los independientes “respaldaron con cuidado sus declaraciones con citas de Martí sobre la igualdad”, afirma la historiadora Alinea Helg en su libro Lo que nos corresponde. La lucha de los negros y mulatos por la igualdad en Cuba, 1886-1912. (La Habana, Imagen contemporánea, 2000, p. 209). La edición original en lengua inglesa se titula Our Rightful Share (The University of North Carolina Press, 1995). [10] Sería también interesante un serio estudio de la formación y el alcance de esta imagen del “sueño martiano”. [11] Quesada y Miranda, hijo de quien fuera secretario de Martí en Nueva York y el primer compilador de sus Obras completas, continuó esa labor de su padre y publicó estas en 74 volúmenes a precio popular (La Habana, Editorial Trópico, 1936-1953), fue el director técnico de la colección aún vigente en 27 tomos, reimpresa en varias ocasiones luego de aparecer en 1963-1965 (La Habana, Editorial Nacional de Cuba), y además escribió numerosos libros y escritos en torno a Martí, y promovió su conocimiento desde la Fragua Martiana. Mañach, además de sus varios artículos y ensayos de tema martiano, fue su biógrafo por excelencia: su Martí, el Apóstol, publicado por vez primera en 1933 (Madrid, Espasa-Calpe, S.A.), anda ya cerca de la vigésima edición. Marinello se dio a conocer como estudioso de Martí con una cuidadosa y anotada edición de sus versos (Poesías de José Martí, La Habana Cultural, 1928), escribió numerosos ensayos y en su vejez actualizó su compilación poética con acierto (Poesía mayor, La Habana, Instituto Cubano del Libro, 1973). Lizazo fue el primer compilador de la correspondencia martiana (Epistolario de José Martí, 3 tomos, La Habana, Cultural, S. A, 1930-1931), se dedicó a investigar múltiples aspectos de su vida y obra, y a recopilar y publicar muchos de sus escritos, además de publicar numerosos artículos y una biografía (Martí, místico del deber, Buenos Aires, Editorial Losada, S.A., 1946, reimpresa en 1952 por la misma editorial). [12] Publicó, entre otros, un importante estudio histórico: Martí en España (La Habana, Cultura, S.A. 1938); La república de Martí, que alcanzó varias ediciones antes de 1959; y publicó muchos textos y compilaciones martianas en folletería a través de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, bajo su dirección, además del volumen Vida y pensamiento de Martí, que reúne un notable grupo de estudios. [13] “Glosas a los pensamiento de José Martí”, publicado originalmente en un folleto en 1926 y reproducido en numerosas ocasiones. En Julio Antonio Mella: Documentos y artículos, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975. Este texto resulta notable por la perspectiva que plantea para el abordaje de la obra del Maestro. [14] Así puede constatarse en los programas del Directorio Estudiantil Universitario de 1930 y del Ala Izquierda Estudiantil, de los partidos ABC, Joven Cuba y, posteriormente de la Izquierda Unida, de la ORCA, del Partido Agrario Nacional y del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico). [15] Antoni Kapcia ha estudiado con inteligencia la relación entre la construcción de lo que llama el mito de Martí y el populismo posrevolucionario: “Cuban Populism and the Birth of the Myth of Martí”, en Abel, Christopher y Nissa Torrents (eds), José Martí. Revolutionary Democrat, Londres, The Athlone Press, 1986, p. 32-64. En un libro reciente, este autor examina más a fondo el tema: Cuba. Island of Dreams. Oxford, New York, 2000. [16] La Editorial Páginas publicó un folleto suyo con ese título en 1948. Véase en Siete enfoques marxistas sobre José Martí, La Habana, Editora Política, 1978, p. 39-67. [17] A las ya mencionadas de la Editorial Trópico, se unen las conmemorativas por el centenario de su nacimiento preparadas por la Editorial Lex, en dos tomos, La Habana, 1946, reimpresas en 1948 y 1953. [18] Habría que estudiar también el indudable parecido que salta a la vista de inmediato en muchos casos entre los procedimientos de lectura de los textos martianos y de la Biblia.
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