LA JIRIBILLA

LA CASITA DE LA CALLE PAULA
 
El 28 de enero de 1963, a los 110 años del natalicio del Apóstol, su casa de la calle Paula, abría nuevamente sus puertas convertida en un verdadero Museo llamado ahora Casa Natal de José Martí y el cual tendría a partir de entonces, el apoyo espiritual de todo el pueblo cubano. 


Magaly Cabrales |
La Habana


La Habana Vieja en su conjunto es, indiscutiblemente, un gran Museo. Sus gentes, sus calles, sus plazas y sus vetustas casas atesoran incontables vivencias que nos transportan a épocas anteriores, lejanas ya en el tiempo y la memoria de los cubanos actuales.

Precisamente una de estas viviendas, tan antigua como el trozo de muralla que casi la circunda, se encuentra en la calle Leonor Pérez y en su fachada se indica el número 314. Sin embargo, en el siglo XIX este no era exactamente el número que identificaba a esta vivienda, ni tampoco la calle llevaba ese nombre.  

 Se denominaba entonces San Francisco de Paula, pues adoptaba el nombre del hospital de mujeres en ella enclavado. El número era el 41 y aunque su estilo constructivo en nada se diferenciaba del resto de las viviendas de La Habana Intramuros, en ella tuvo lugar un acontecimiento que posteriormente la haría sino la más, una de las casas más sobresalientes de toda la Isla de Cuba.  

La historia de esta vivienda comienza en realidad en 1810 cuando, junto con otras tres, fue mandada a construir por el Convento de Santo Domingo, el cual fue su propietario hasta 1840. En 1842 ya cambiaría de dueño al expropiársele las propiedades a la institución religiosa. Así pasó a ser dominio del español residente en la Isla don Sebastián Bonany, quien después de habitarla durante seis años la traspasó, por compra-venta, a su coterráneo Juan Matías Cabezas.

 

Es precisamente a partir de este momento cuando esta Casa comienza a adquirir relevancia, pues Matías Cabezas decide abandonarla alquilándosela antes a la familia Martí-Pérez. Con más exactitud a los recién casados don Mariano de Todos los Santos Martí y Navarro y doña Leonor Antonia de la Concepción Micaela Pérez Cabrera, quienes habían contraído nupcias el 7 de febrero de 1852.  

Matías Cabezas exigió al matrimonio el pago adelantado de quince duros oro por el alquiler de la vivienda. Este precio en realidad era bastante elevado, sobre todo si se tiene en cuenta que para aquella época, mediados del siglo XIX, el Barrio de Paula ya había dejado de ser aquel en el que prevalecían las grandes residencias, habitadas por encumbrados miembros de la aristocracia. La mayoría de estos acaudalados, asfixiados por las murallas, habían emigrado hacia La Habana Extramuros, en busca de nuevos aires. Así el barrio había ido decayendo y para 1852 era habitado más por gente humilde que por acomodados. Por otro lado, don Mariano era por aquel entonces un simple sargento del Cuerpo de Artillería de la Real Fortaleza de la Cabaña, no siendo su salario lo suficientemente elevado como para sufragar el pago del alquiler, que por demás era mensual. Por esta razón se vio obligado a compartir la vivienda con su primo Juan Martín y Navarro, quien tenía mayor desenvolvimiento económico por ostentar el grado de Primer Teniente, también de Artillería en la Cabaña.   

De este modo el Primer Teniente Martín ocupó el área mayor y más cómoda de la vivienda, que era la planta baja, mientras el Sargento Martí lo hacía de la planta alta. 

Ubicadas ambas familias en la modesta Casa, don Mariano y doña Leonor decidieron crear su propia familia. Y la suerte los acompañó, pues cuando casi se cumplía un año de haber unido sus vidas, la joven esposa traía al mundo su primer hijo. Para mayor dicha les nació varón y aun cuando aquel viernes 28 de enero de 1853 el día amaneció muy frío y sin sol, el recién nacido irradiaba tanta luz, desde ese primer instante de su vida, que iluminó todo a su alrededor. Le pusieron por nombre José Julián y después de él vinieron siete niñas, de las cuales solo una, nacida el 29 de julio de 1854 y nombrada Leonor Petrona conocida como Chata, compartió el lugar de nacimiento del primogénito.  

En 1856, don Mariano y doña Leonor con dos hijos y uno próximo a nacer, abandonaban la Casa de la calle Paula No. 41, porque verdaderamente ya la familia no cabía en ella.  

El niño José Julián decía adiós definitivo a la casa donde viera la luz primera porque jamás volvería a ella. Sin embargo, en su memoria se mantuvo siempre vívido el recuerdo de aquellos primeros juegos infantiles, compartidos con sus primos en el pequeño patio de la humilde casita. La familia Martí-Pérez se instaló entonces no muy lejos de allí, en la casa No. 40 de la calle Merced. Allí completaron su familia, la cual quedó compuesta definitivamente por ocho hijos; un varón y siete hembras. 

Mientras, la casa de la calle Paula pasaba a manos de otros propietarios y años después cambiaba su número por el 102. Justamente cuando ya en su fachada se exhibía dicho dígito, el niño José Julián se había convertido en un hombre efectivamente sincero, que echaba de su alma no solamente sus versos sino también su prosa, esparciéndolos por el mundo entero en aras de la independencia de Cuba.  

La vida le fue en ese empeño y aunque sus restos por aquel entonces, 1900, no descansaban en una tumba digna, sus compañeros de lucha en Cayo Hueso, queriendo preservar el lugar donde viniera al mundo quien fuera el principal y mayor ideólogo de las gestas independentistas cubanas, reunieron fondos para colocar una tarja en la fachada de la Casa de la calle Paula, al conmemorarse el aniversario 47 de su natalicio. Fue este el primer homenaje público que se le hiciera a José Martí en su Patria, que aunque aún esclava, sus hijos no dejaban morir a sus mártires. 

Así, a mediados de 1900 se había fundado en Sancti Spíritus una comisión con el propósito de erigirle una estatua a Serafín Sánchez, quien fuera uno de los más connotados jefes mambises, compañero de lucha y gran amigo de Martí en la emigración. Para mejor funcionamiento de dicha comisión se había creado en La Habana una subcomisión, la cual radicaba en el domicilio del matrimonio García-Gutiérrez, sito en la calle San Lázaro No.10. 

En una de las reuniones de la subcomisión, la señora María Gutiérrez Flebes propuso a los allí reunidos que una vez terminados los trabajos para el homenaje al gran patriota espirituano, se organizara una comisión para llevar a vías de hecho la iniciativa planteada por los representantes de la emigración en Cayo Hueso, la cual exponía la necesidad de adquirir el inmueble donde naciera José Martí para dedicarlo a su recuerdo.  

La sugerencia de la señora Gutiérrez fue calurosamente acogida por todos los presentes, constituyéndose así la Asociación de Señoras y Caballeros por Martí. Era el 19 de julio de 1900 y solo habían transcurridos unos pocos días de la creación de la Asociación, cuando procedente de Tampa y Cayo Hueso llegaba una modesta suma de dinero, que enviaban los emigrados cubanos interesados como nadie en conservar la Casa de la calle Paula. 

La Asociación hizo suyo los deseos de los emigrados, que eran también los de ella y de inmediato sus miembros, entre ellos el Generalísimo Máximo Gómez y el gran amigo de Martí el doctor Fermín Valdés Domínguez, se dieron a la tarea de rescatar la vivienda, cuyo estado ruinoso conmovía. Sus dueños eran por aquel entonces las monjas Dominicas, las cuales, conocedoras del gran interés de la Asociación, se regodearon en la suma a pedir, elevando el precio de la Casa a tres mil duros oro. 

Los fondos recaudados ni siquiera se acercaban a la encumbrada cifra. Pero los miembros de la Asociación no se dieron  por vencidos. Hicieron un llamado al pueblo y este, martiano por excelencia, envió su aporte recibiéndose dinero de hombres y mujeres, de niños y de viejos, de blancos y de negros, de ricos y de pobres, residentes en las distintas provincias del país y hasta de quienes vivían en los rincones más apartados. De este modo en solo cuatro meses la Asociación contó con los fondos necesarios para comprar la Casa a las monjas Dominicas y al propio tiempo socorrer a la madre de Martí, la cual vieja, enferma y casi ciega vivía en la mayor penuria. 

Rápidamente la vivienda fue reparada y Doña Leonor regresaba a su antiguo hogar en la calle Paula. La sostenían aquellos recuerdos felices de los años 50 y la acompañaban su única hija sobreviviente, Amelia Rita –la más pequeña–, y un sexteto de nietos. 

Allí vivió la anciana "de una manera, aunque modesta, cuanto cómoda y decente" le fue posible, como establecía uno de los artículos del reglamento de la Asociación. Asimismo otro establecía que una vez fallecida la madre de Martí, "la Casa pasaría a ser propiedad del pueblo cubano para fundar en ella un lugar histórico donde se venere el recuerdo del Maestro". 

Pero tendría que pasar más de una veintena de años para que este deseo de los miembros de la Asociación por Martí pudiera cumplirse. La demora, sin embargo, no obedeció precisamente a la presencia de la familia del Apóstol en el inmueble, pues doña Leonor moría cinco años después de haberse reinstalado en él, en 1907, quedando entonces allí sus nietos, a los cuales muy bien podía el gobierno ubicarlos en otro sitio, como en más de una ocasión lo pidieron ellos para que pudiera cumplirse lo acordado por la Asociación. Pero a ninguna instancia llegaban los reclamos de los verdaderamente cubanos y martianos.  

Por fin, en mayo de1921 la Casa de la calle Paula quedaba desocupada, rescatándose definitivamente para su verdadero propietario: el pueblo cubano. El estado de la vivienda era deprimente. Sus paredes, el techo, la escalera y las puertas mostraban un deterioro extraordinario, siendo en general ruinoso su estado para vergüenza de los gobernantes y desdicha de los cubanos honrados.  

Pero fueron otra vez estos cubanos honrados los que comenzaron inmediatamente la reparación de la vivienda. Para dejarla totalmente reparada el 28 de enero de 1925; día en que la casa de la calle Paula quedaba abierta al público como Museo José Martí. A decir verdad no era un Museo propiamente dicho, pues nada más comprendía una pequeña área de la propiedad, en la cual se exhibían escasos objetos y documentos relacionados con Martí. Por otro lado, abría sus puertas solamente los martes y los viernes –después se le incorporó el domingo– recibiendo visitas desde las doce del día hasta las cinco de la tarde. 

No obstante tales restricciones, era una obra que puede considerarse digna de encomio, especialmente si se tiene en cuenta el poco, por no decir ninguno, respaldo gubernamental con que contaba el Museo. No tenía, por ejemplo, crédito oficial alguno y solamente devengaba un salario por las funciones que desempeñaba su Director Técnico; puesto que desempeñó durante largos años el periodista y escritor Arturo Raúl de Caricarte. El resto del personal que allí laboraba lo hacía gratuitamente, encontrándose entre ellos estudiantes universitarios y algunos obreros, los cuales se encargaban de atender al público y al mismo tiempo realizaban las labores de limpieza y mantenimiento, las que se sufragaban con los diez centavos pagados por las personas que visitaban el Museo. Así como también por la iniciativa de Caricarte de que cada niño cubano donara un centavo a la Institución cada 28 de enero, en honor al natalicio del Apóstol. 

Como es de suponer las visitas al Museo disminuían por día. Con ellas menguaban también los fondos destinados al mantenimiento del inmueble, el cual se iba deteriorando con el paso de los años. Solo se mantenía incólume el kilito que los niños donaban cada año. Pero esta acción, no obstante su patriotismo y nobleza, no pudo evitar que el único lugar en Cuba donde se recordara a Martí cerrara sus puertas. 

Así la Casa quedaba sumida en el más completo abandono. De ella no volvieron a acordarse los gobernantes de turno hasta 1949 cuando, después de hacerle lo que se ha dado en llamar un "lavado de cara", lo que equivalía a arreglos en la fachada y uno que otro apenas perceptible en el interior, reabrió sus puertas. 

 Por fin, el Primero de Enero de 1959 se producía el triunfo de la Revolución. Su principal líder, Fidel Castro, traía en el corazón las doctrinas del Maestro. Razón por la cual una de las primeras tareas del gobierno revolucionario fue la restauración de la casa que lo viera nacer y cuyo estado era más que lamentable. Pero ya el 28 de enero de 1963, a los 110 años del natalicio del Apóstol, su casa de la calle Paula, abría nuevamente sus puertas convertida en un verdadero Museo llamado ahora Casa Natal de José Martí y el cual tendría a partir de entonces no solamente el respaldo económico del gobierno, sino también el apoyo espiritual de todo el pueblo cubano. 

Con miras a perfeccionarlo, en 1973 se llevó a cabo una restauración del inmueble y se reorganizaron sus salas. Finalmente, en 1993, se realizó otra restauración quedando organizado en siete salas, en las cuales aparecen muestras que revelan verdaderamente la vida, la obra y la acción martianas. Asimismo se le adjuntó una biblioteca y aula donde los niños aprenden a conocer y a querer a Martí. 

Las puertas del Museo permanecen abiertas de lunes a domingo, desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, acudiendo a él diariamente más de un centenar de visitantes, los cuales se han incrementado por estos días, al cumplirse el próximo 28 de enero siglo y medio del natalicio del Apóstol. En estos momentos la casita de la Calle Paula es un hervidero. Lujosa y engalanada, aunque siempre modesta, recibe a sus visitantes para contarles su historia y al propio tiempo mostrar que José Julián Martí y Pérez no solo fue un hombre excepcional de Cuba, sino de toda la América y del Mundo.  


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
http://www.lajiribilla.cu
http://www.lajiribilla.cubaweb.cu