| LA JIRIBILLA | |
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JOSÉ MARTÍ: UN DÍA EN LIVINSGTONE
Mucho dista el actual Livinsgtone del que conoció Martí en 1877. El añejo pueblo de pescadores se ha transformado en una próspera villa turística. Las viviendas alternan con los mercadillos de artesanías, los hostales, las pequeñas fondas y los mesones. Nada se conserva ya de la cabaña de ladrillos de adobe y techo de paja donde vivía el negro nativo, ni de las mañanas apacibles en que los hombres se despedían de sus mujeres para pescar y comerciar, en lo que ellas cultivaban el plátano y la yuca o hacían las labores domésticas. Toda la población se ha insertado en la vorágine del turismo, pero no ha perdido la hospitalidad, ni la alegría que tanto impresionara a Martí. Una mañana de 1877, llegó el Apóstol a Livinsgtone. Le recibió el primer canto de la mañana, el de la “campana americana”, un “caracol que suena a lo lejos, imperioso y brusco”, llamando a los hombres a las faenas diarias. Iba en una goleta, rumbo a Puerto Barrios, con el objetivo de seguir rumbo a ciudad de Guatemala. Hizo escala en este pueblo para acompañar a un marino hasta su choza, donde le aguardaba la esposa, el hijo y la madre anciana. El trayecto de la goleta a la playa y de la playa a la casa del marinero se convirtió en una fiesta para los ojos y oídos de Martí. Primero fue la ribera blanca, salpicada de mujeres negras que lavaban las ropas en el mar, y luego los niños chapoteando en el agua. Una algarabía de palabras sonoras e incomprensibles para el hablante hispano, se sentía a lo lejos. Eran los hombres del pueblo, que se habían reunido para, en cordial fraternidad, levantar una cabaña. Ora forjaban los ladrillos, ora buscaban las hojas de palma que pondrían en el techo o endurecían la tierra para el suelo. Al paso del marino y del viajero, el trabajo se detuvo un segundo para darles la bienvenida. Ya en la casa del marinero, le sorprende la pulcritud y el orden; se le obsequia con agua de coco, casabe, pescado y plátano, los productos del lugar. La afabilidad y el respeto de los nativos, le hacen sentir que este es también su hogar. Estima la ternura que intercambia el marido con la esposa y con la madre. Juega con el pequeñuelo. Percibe que es la mujer la encargada de la cosecha, son ellas las que propician la fertilidad, hacen brotar la vida de la tierra y de su vientre. Martí se admira de la hermosura y el donaire de la mujer de Livinsgtone. Son hembras apasionadas, “Si dijeran amor, estas mujeres quemarían”, dijo en un momento. Las mujeres modernas mantienen el mismo fuego, pero ya no visten con el traje típico, salvo en los días de fiesta. Ya no usan ni el camisón largo a rayas, ni las sayas amplias ceñidas con pañolones, mucho menos sostienen las bateas sobre la cabeza con una varilla, “inútil sin dudas, pero tradicional sin dudas, en estas tierras”. Es jovial y tranquilo el pueblo, hermoso lo fue en la época de Martí y continúa siéndolo hoy. Desde el mar se divisan las palmeras y los cocoteros, que a pesar de los hoteles y las modernas construcciones, siguen siendo su principal adorno. Ahora el viajero no oye desde la playa el canto de la caracola, sino el toque, alegre y festivo, del tambor. Desde que se llega al puerto, le obsequian con agua de coco y artesanías. En las fondas, aún hoy puede saborear el casabe con pescado, preparado según viejas recetas, guardadas celosamente por las matronas. El viajero puede admirar las cabañas, construidas según los antiguos preceptos, solo que ya no son para vivir, se han transformado en cafeterías, bares y mercadillos, situados, casi siempre, en la orilla de la playa. Los habitantes del lugar, aún hoy, recuerdan a Martí. En la plaza principal de la pequeña villa, hay un busto suyo, recientemente develado, que, rodeado de palmeras, como mejor custodia, es el sitio obligado de todo viajero que arriba y el centro en el cual se reúnen los niños, “los que saben querer”, según Martí afirmaba, para homenajearle en los aniversarios de su nacimiento y muerte; le llevan guirnaldas de flores y el sentido respeto.
Hoy, se recuerda a Martí, no solo por su paso en aquel
pueblo y por la deliciosa crónica sobre su estancia e
impresiones de la vida cotidiana del lugar, Livinsgtone.
Con honrar al prócer cubano se reconoce una hermandad de
pueblos que trasciende en el tiempo y que expone al
mundo esa identidad caribeña que nos identifica y
enorgullece, ese tronco raigal del cual parte esta
porción de tierra que bien se encargó el cubano de
nombrar “nuestra América”. |
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