LA JIRIBILLA

LA AMISTAD NO ES MÁS QUE AMOR
 
La única verdad de esta vida, y la única fuerza, es el amor. En él está la salvación, y en él está el mando. El Patriotismo no es más que amor: escribió José Martí el 12 de septiembre de 1892, en el álbum de autógrafos de Clemencia Gómez, cuando visitó al Generalísimo en su finca dominicana La Reforma, a fin  de acuerdo sobre los pasos a dar para desencadenar la guerra necesaria.


Bladimir Zamora Céspedes|
La Habana

 


Clemencia fue la mayor de los hijos que Máximo Gómez y Bernarda Toro pudieron gozar en la manigua. Nació entre los aguaceros y las balas de la Guerra Grande, el primero de mayo de 1873 y se le estiró el cuerpo de campamento en campamento, subiendo y bajando vapores en muchos puertos, mientras la familia iba de Cuba a Jamaica, y después a Honduras y a Estados Unidos y otra vez a Jamaica y un buen día a República Dominicana, hasta que volvió a Cuba en marzo de 1899, después de que su padre entró, alzado por el cariño popular en La Habana.

Aquella vida ambulante provocó en la familia Gómez Toro, la costumbre de confiarse a los papeles, de dejar escrita la parábola del tiempo, de preservar con esa vieja magia de la tinta, lo que solo hubiera podido ser un montón de conversaciones incidentales, con los amigos y parientes más caros. A esa costumbre debemos la existencia del álbum de autógrafos de Clemencia. 

Mis queridos Papá i Mamá. ya qe tu me has regalado el autógrafo escribeme un recuerdo tuyo– yo te beso i te abrazo

Nueva Orleans

                               Clemencita
Enero 28 de 1885
 

Ella tenía entonces once años y sin embargo, el álbum no fue víctima de versos recortados o de frases de torpe gentileza. La intimidad de Clemencia bien temprano estuvo ocupada por la devoción a su familia y a Cuba, lo cual venía siendo la misma cosa. Por eso en las primeras páginas Gómez le escribirá:


 


 


 

(Este autógrafo comienza en la página escrita por Clemencia Gómez)

El perfume de tus castos pensamientos mantendrán siempre joven i alegre el corazon de tu amoroso Padre ya viejo i gastado

Y Bernarda le advertirá por su parte: 


 

Para las almas que se comprenden no hai espacio ni tiempo ellos viven eternamente en el infinito. 

El álbum está marcado por el peregrinaje de la familia. Van dejando sus huellas en él, muchachas ahora desconocidas, Generales de la Guerra del 68, oficiales de menor graduación, amigos de la casa y sus familiares de sangre. 

La primera noticia sobre la existencia de este valioso tomito, la ofreció el periódico Patria, en su edición del 29 de abril de 1893. Se trata de la crónica “El álbum de Clemencia Gómez”, en donde Martí describe su primera visita a República Dominicana, a fin de dialogar con el Generalísimo sobre la guerra que organizaba el Partido Revolucionario Cubano. El Maestro, conmovido, da a conocer el hogar “de amor doméstico y sacrificio natural”, en que vivían los Gómez Toro. Con anterioridad ha pedido a Panchito que copie algunos autógrafos, escritos por destacados patriotas en el álbum de Clemencia, para colocarlos como colofón de aquel trabajo suyo en Patria. Entre ellos está el que el propio Martí escribiera. Solo un par de páginas de menudo cuaderno, le sirven para dejar en una escritura de circunstancia, su relumbrante sabiduría: 


 

La única verdad de esta vida, y la única fuerza, es el amor. En él está la salvación, y en él está el mando. El Patriotismo no es más que amor. La amistad no es más que amor. Y la única almohada en que se descansa de la pena y la fealdad que se ve en el hogar donde la modestia se ha puesto la corona de la honra, y solo hay sonrisas para la abnegación y la sinceridad. El que ha andado la vida y visto reyes, sabe que no hay palacio como la casa de familia donde se desdeña la pompa impura, y resplandecen los ojos, como para que se vea crecer el universo, cuando se habla de libertad y de virtud. El que piensa en pueblos, y les conoce la raíz, sabe, Clemencia, que no puede ser esclavo el hombre que vea centellear en tus ojos el alma heroica de la patria, ni el pueblo que tiene de raíz una casa como la tuya.

En La Reforma, 12 de septiembre  1892.        
       
José Martí.

Mientras que tuvo hojas su álbum, no descuidó Clemencia la oportunidad de sumar la palabra de los cubanos, que trasegaban los caminos distantes con su país adentro. En tierra cubana se escribieron las últimas páginas. Algunas escritas en la Quinta de los Molinos y otras en Calabazar. Fue allí precisamente donde se gastaron las hojas, el 20 de abril de 1902, cuando un grupo de mambises y la familia Gómez Toro, firmaron un autógrafo, dando fe de la próxima instauración del primer gobierno cubano, después de finalizada la Guerra del 95.

La única referencia al Álbum de Clemencia Gómez, después que Martí lo dio a conocer en Patria, fue la publicación del autógrafo del Maestro, por Gonzalo de Quesada y Miranda, en el tercer tomo de Papeles de Martí, que auspiciado por la Academia de la Historia, apareció en 1935. Sin embargo, nadie dio noticias de la suerte corrida por tan valioso documento.

En 1986 conocí a Pedro Máximo Vargas Gómez, el hijo de Margarita la menor de las hijas del Generalísimo y la única que nació en suelo dominicano. Gracias a la cercanía que pude tener con Pedro, pude, con su ayuda redactar el libro Papeles de Panchito. Pasamos largas jornadas nocturnas en su casa de Fontanar. Una noche en que me hablaba de los poemas de Clemencia y de su particular apego al padre, se me ocurrió la pregunta clave. ¿Y el álbum, Pedro, nunca ha sabido usted dónde fue a parar ese álbum de Clemencia, citado por Martí? Él se quedó sorprendido y absorto, buscando en las honduras de la memoria.

 Entonces Teresa, su esposa, que nos estaba escuchando, viene y me dice: –Si tú supieras, una vez Margot (se refiere a Margarita Gómez Toro) me enseñó un cuadernito, para que viera lo lindo que Martí hablaba sobre el amor... No la dejé terminar. Ese cuadernito tiene que ser el álbum de Clemencia, le inquirí. Búsquelo, en algún lugar de la casa tiene que estar. Pero ella sin quererme quitar el júbilo, me confesó que hacía muchos años no lo veía en ningún sitio. La última vez estaba sobre unos libros en el estante aquel...Por fin se paró, metió la mano por detrás de unos viejos tomos y lo sacó y lo puso en mis manos.

 Nunca he sentido una emoción tan particular, me daba hasta miedo voltear sus páginas y al mismo tiempo no podía impedirlo. Allí estaban los autógrafos de Gómez, Manana, un par de ellos que parecen de Maceo y María Cabrales, de Serafín Sánchez y Pepa Pina... Mi mayor necesidad en ese confieso, era dar con las palabras manuscritas por Martí. Cuando las encontré las leí en voz alta, como si nunca hubiéramos tenido noticias de ellas, me abracé a Pedro y nos quedamos por mucho tiempo callados, hasta que nos volvió el resuello.

En la edición de El Caimán Barbudo, correspondiente a enero de 1987, compartí con los lectores el precioso hallazgo. Ahora que Martí nos cumple 150 años, en plenitud de cercanía con nuestros más grandes sueños, me ha parecido oportuno volver a echarnos encima, como la mejor cobija, aquel montoncito de palabras, que dejó sobre el álbum de Clemencia hace más de ciento veinte años.
 


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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