LA JIRIBILLA

YO TAMBIÉN CRECERÉ
 
Contamos con su ayuda: con su luz, que en más de cien años no ha hecho más que aumentar, ni dejará de hacerlo, por muchas y muy pertinaces que sean las sombras de todo tipo dispuestas a impedirlo. (
Tomado de Cesto de llamas. Biografía de José Martí que será presentada próximamente en inglés y en chino.)

Luis Toledo Sande|
La Habana

 

(...)

En la carta de fecha 15 de abril de 1895 a Quesada y Guerra escribió refiriéndose a su vida entre combatientes: “El general [Gómez] les habló en fila, y yo, y les quedó el alma contenta”; y en la anotación del 28 de ese mes en su Diario desbordó la mera circunstancia climática: “Yo hablo, al sol”. El 19 de mayo, cualesquiera que hayan sido sus palabras, e incluso aunque no acudiera a ellas en el momento de la arremetida contra el ejército enemigo –toda una columna bien armada y favorecida por la sorpresa–, habló de otro modo, pero siempre identificado con el signo de la luz, y ya para quienes lo rodeaban y para el mundo, y para todos los tiempos. Su gesto fue la perpetuación de una carga que no cesa, y una prueba de que en seres como él no es verdad la muerte.

El día antes le había escrito a Mercado: “Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad”. Aunque se refería explícitamente a su resolución de deponer su autoridad ante la Asamblea, hacia la cual marchaba, esas palabras revelan un sentido todavía más profundo, al saberlas escritas en la víspera de su “caída” en combate. 

Hoy, cuando se llega al cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba –al cual, tras ocho días de penosa trayectoria, su cadáver fue llevado por el propio Ejército español, que se apoderó de él durante el combate de Dos Ríos–, lo primero que salta a la vista es el mausoleo que allí se construyó en 1951 para guardar sus restos. El ramo de flores y la bandera que él pidió en Versos sencillos acompañan siempre la urna de bronce a la que, por distintos ángulos del monumento, llegan rayos de sol durante el día. 

¿Cómo desaprobar esa puntual voluntad de homenaje, extendida a las frecuentes peregrinaciones de personas de distintos países que acuden a rendirle tributo? Pero ni la prepotencia de la muerte ni los recursos del arte funerario han de hacer pensar que en aquel sitio –sin duda sagrado– está Martí. Irreductible al mero polvo, es y será siempre, en todo caso, imperecedero polvo iluminado. 

En su luz, que señala un mundo como el que la humanidad necesita para continuar existiendo y cultivar la dignidad, es donde hemos de buscarlo, y de hallarlo: se ofrece al encuentro, y nos convoca. Llegar dependerá de nosotros, que no tenemos por qué aspirar a que surjan de nuestro camino menos obstáculos que a él en el suyo. En cambio, contamos con su ayuda: con su luz, que en más de cien años no ha hecho más que aumentar, ni dejará de hacerlo, por muchas y muy pertinaces que sean las sombras de todo tipo dispuestas a impedirlo. Las hubo, y grandes, cuando su cuerpo andaba por el mundo; y hoy que nos queda el tesoro de sus ideas, de su obra, se confirma su clara profecía: 

Mi verso crecerá: bajo la yerba
Yo también creceré

La Habana, sábado 28 de enero de 1995.

(Texto revisado en junio de 1997; y para la edición española, en junio de 1998) 

Tomado de Cesto de llamas. Biografía de José Martí. Luis Toledo Sande. Editorial Ciencias Sociales, 1996.
 


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