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LA VERDADERA LECCIÓN
DE GUADALAJARA
Enrique
Ubieta Gómez
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La
Habana
I
Una frase lapidaria
marcaba en los años finales del siglo XX el sentido de
nuestra época: si un suceso no aparece en CNN, no
existe. Podríamos añadir su contraparte: si aparece,
existe, aunque no sea cierto. La revolución tecnológica
ha posibilitado que la máxima goebbeliana de transformar
una mentira en verdad mediante su repetición
indiscriminada, acabe conformando una realidad virtual
(o mediática) más creíble que la propia realidad. Los
ejemplos sobran. En Venezuela estuvimos el año pasado a
punto de presenciar un golpe de estado mediático: los
medios mostraron un país inexistente y condujeron las
acciones hasta un límite, el que inesperadamente impuso
el pueblo.
El petróleo del Medio
Oriente ha generado centenares de películas, libros y
artículos que siembran en la memoria colectiva el miedo
y la desconfianza hacia la cultura árabe. Ahora es fácil
apretar el gatillo: la realidad virtual de un mundo
malvado que debe ser aniquilado es más poderosa que
cualquier evidencia contraria. Los ideólogos del mundo
unipolar sustituyen los hechos por imágenes, mezclan o
distorsionan los conceptos, repiten incansablemente las
mentiras que fabrican con medias verdades e inventos
delirantes: el comunismo y el fascismo son simples
variantes del totalitarismo, Fidel y Pinochet son
dictadores.
No importa que esos
medios impongan furiosas dictaduras informativas, que
acompañan y legitiman a las transnacionales (que ejercen
la dictadura del dinero, para no decir del capital,
palabra maldita) y que se traicionen de forma flagrante
al apoyar golpes de estado que intentan derrocar a
gobiernos elegidos en las urnas, si estos no siguen sus
dictados. Al hablar de Cuba repiten una palabra que no
debe ser aclarada, explicada o cuestionada: tránsito,
tránsito, tránsito (la supuesta diversidad de criterios
solo admite la referencia al cuándo y al cómo) El
pueblo, sin embargo, los decepciona una y otra vez. Con
su instinto natural aplaude y vitorea a Fidel en
cualquier escenario público, en Cuba, en otro país de
América Latina o del mundo y abuchea a Pinochet, y a
Bush.
¿Cómo contrarrestar
la presencia de una delegación cultural de la que
cualquier país altamente desarrollado se
vanagloriaría?, ¿cómo escamotear el hecho
incuestionable de que esos artistas y escritores
provienen de un país pobre, bloqueado por la mayor
dictadura global que ha conocido la humanidad, y son el
resultado de una sostenida política estatal de apoyo a
la educación y a la cultura?, ¿cómo invertir los
términos y acusar al país agredido, que es además el
verdadero disidente global, de país agresor, y convertir
la poderosa voz imperial en “disidente”? Sucedió con los
escritores y artistas cubanos en la Feria de
Guadalajara, lo mismo que con los médicos cubanos en
algunos países de Centroamérica: no hablaban de
política, pero era tan fuerte el impacto de su
presencia, que la calidad humana y profesional se
convirtió en un hecho insólitamente subversivo
(político), negadora de toda la propaganda concebida
contra la Revolución. La delegación cubana no necesitaba
hablar de política; paradójicamente, sus enemigos sí. La
más arrogante derecha mexicana puso esta vez el medio:
la revista Letras Libres. Su lanzamiento se
concibió como una provocación. Y se trató de fabricar
una Feria mediática que sustituyera a la real.
II
Yo había leído el
número de noviembre de la revista Letras Libres
antes de su presentación. El título de su dossier
“Futuros de Cuba” era deshonesto: no proponía diferentes
futuros, sino uno solo. Con la soberbia y la
intolerancia que otorga el poder (porque el verdadero
poder no es el que conquistó el pueblo cubano en su
territorio, sino el de la unipolaridad mundial) no
admitía más que la alineación al orden establecido. De
los prestigiosos colaboradores de antaño quedaban pocos.
El número, como reconoce Rafael Rojas en su
personalísimo y contradictorio balance de enero
en Letras Libres, se
concibió desde la “disidencia” (más bien la prepotencia)
política. Es decir, que no se trataba de un esfuerzo
académico, sino político. Hay que hacer constar, para
ser justos, que no fue un esfuerzo aislado. La dictadura
de los medios no fuera tal si no actuara de manera
concertada. Pero las firmas se repetían en las páginas
de los periódicos. Y se repitieron en la conformación de
la mesa de presentación.
En la sala se
reunieron ese día, como era de esperar, simpatizantes de
la Revolución, y amigos y colaboradores de los
presentadores. ¿Quién esperaba la discusión académica de
un libelo político contra Cuba? Era una Feria del Libro,
vale recordarlo, no un escenario académico o político.
Los asistentes en su mayoría no pertenecían ni a uno, ni
a otro mundo. También por eso eran más espontáneos.
Asistían a una representación teatral que organizaba la
revista Letras Libres, pero no se comportarían
como actores. La puesta en escena de la revista era una
traición al espíritu de la Feria: un acto
premeditadamente político. Por eso me sorprendió el
primer gesto teatral: Rafael Rojas, que nunca fue mi
amigo en Cuba –no es el caso de algunas personas que
profesan credos contrarios al mío y que suelo saludar
cortésmente– se precipitó a ofrecerme su mano con
extraña efusividad, momentos antes de que se descorriera
el telón. “Nosotros no somos amigos”, le dije. “Pero,
¡¿no me darás la mano?!”, fue el segundo bocadillo de su
libreto. “En estas circunstancias, no”, respondí.
La función comenzó
algunos minutos después. Trujillo, el presentador, puso
rápidamente los puntos sobre las íes: se trataba de un
número sobre “la carencia de libertades” en la Isla.
Surgió entonces el primer incidente: algunos de los
presentes advirtieron que se cerraba la puerta de la
sala para que no pudiesen entrar los simpatizantes de la
Revolución. Curiosa contradicción: los defensores de la
libertad querían impedir la libre participación de quienes no
compartían sus criterios. Hubo protestas, y se abrió la
puerta. Trujillo llegó incluso a amenazar con suspender
el evento, y un periodista de Prensa Latina se apresuró
a cuestionar la presencia en el panel de Rojas, director
de una revista que recibe financiamiento en Madrid de la National Endowment for Democracy (algo que él reconoció
públicamente en Guadalajara), institución que ha operado
como pantalla de la CIA, según el New York Times.
Pero no pudo terminar su alegato, pues los panelistas
llamaron al orden.
Durante una hora, uno
tras otro, hablaron sin interrupción los presentadores.
Cada uno recibió su cuota de aplausos, pues allí tenían
seguidores. Roger Bartra, distinguido profesor
universitario, ex militante comunista, dijo que
representaba a la mayoría de la izquierda democrática y
socialista latinoamericana, y repitió los manidos
tópicos de la derecha norteamericana: comparó a Fidel
con Saddan Hussein y dictaminó que “los fantasmas de
Stalin, Mao, de Kim Il Sung y de todos los demás se han
reunido en una sola persona”. ¿Eso es ciencia? La
pregunta de su ponencia no indagaba en los porqué de la
añorada transición o en el “hacia donde”, pero aceptaba
sin escrúpulos la efectiva existencia de la democracia
en México. José Manuel Prieto armó un relato de ficción
sobre la sociedad cubana y aseguró que los cubanos
vivíamos bajo un “terror de baja intensidad”, algo que
probablemente dejó atónitos a los argentinos y a los
chilenos presentes en la sala. Rojas cumplió bien su
papel: su agresividad política se desató antes y después
de la Feria, pero en ella quiso aparecer como el
intelectual moderado, el hombre de los abrazos. Y leyó
un fragmento del texto que publicó en Letras Libres
sobre Cintio Vitier, en él le pone al poeta, con
disimulo, más de un traspié político. Finalmente,
Christopher Domínguez contradijo a Bartra, al declarar
que “seguimos estando en minoría” (la confusión aquí es
elocuente: son mayoría con respecto a los gobiernos y a
una intelectualidad perdida entre los libros del
gabinete, y son minoría frente a sus pueblos) y se
encargó de enervar los ánimos: provocó la ira de sus
coterráneos al proponerle a los cubanos de ejemplo la
democracia mexicana, dijo que sentía el bacilo del
totalitarismo flotando en el ambiente, y declaró: “para
la revista Letras Libres, para la tradición en
que yo me reconozco, es un orgullo ser llamado
‘provocador’”.
¿Qué sucede cuando un
grupo de intelectuales soberbios intenta dictaminar el
futuro de las masas, aconsejándolas y amenazándolas con
mal disimulado desprecio? Los que presenciamos este
lamentable suceso tenemos una respuesta. Más de treinta
manos se levantaron al unísono para responder a los
oradores, y ante la evidente imposibilidad de que todos
hablaran, brotó una consigna: “Cuba sí, yanquis no”. Sí,
una consigna, pero ¿acaso no es también una idea muy
precisa?, ¿no es esa idea una respuesta a la extraña
coincidencia de los oradores con los puntos de vista
sobre Cuba del imperialismo norteamericano?, ¿alguien
duda todavía de que la discusión “entre cubanos” se
produce siempre en un escenario financiado y diseñado,
directa o indirectamente, por el gobierno
norteamericano? Posiblemente sea una simplificación,
como toda consigna, pero una simplificación legítima. La
prensa remarcó una y otra vez que se esgrimieron
consignas contra ideas; yo los invito a leer con
detenimiento todas las intervenciones, las de los
ponentes y las de sus impugnadores. Encontrarán en las
palabras de estos últimos algunas verdades incómodas, y
muchas consignas disfrazadas en el discurso de los
primeros.
Dicen también que los
estudiantes fueron impetuosos e irreverentes. Hay que
conocer las aulas y los pasillos universitarios de
México para comprender la distancia que hoy separa a
ciertos profesores de las inquietudes y de las
necesidades vitales de sus alumnos. Creo que sin la
capacidad de emocionarse, ningún científico puede ser
verdaderamente creador. Hubiera preferido una discusión
académica, sosegada, pero los ponentes no venían con ese
ánimo, ni traían ideas para el debate. Yo pertenezco al
club de los académicos que se emocionan, que pueden
escurrirse anónimamente durante meses en bibliotecas
públicas, sin dejar de sentir jamás la indignación
colectiva de su pueblo ante cualquier injusticia, que
cantan a coro con la multitud los himnos patrióticos,
sin sentir vergüenza. En un momento del debate, le pedí
a Bartra, que pretendía marcharse, que escuchara las
palabras de Eliades de la misma forma y con el mismo
respeto que nosotros habíamos escuchado las suyas. Si
hubiese escrito previamente mi intervención para el
debate o este hubiese transcurrido de forma diferente,
mis palabras tendrían otro tono y mis ideas serían más
claras. Sin embargo, me siento satisfecho conmigo mismo.
Soy un intelectual revolucionario, como Eliades, como
tantos otros, y es posible que los teóricos del
“tránsito”, alejados de los referentes que “estudian”,
se hayan sorprendido al saber que en Cuba existe una
intelectualidad revolucionaria.
III
La Feria de
Guadalajara fue un éxito de la cultura cubana (y de la
mexicana) y un abrazo de dos pueblos hermanos. Silvio
Rodríguez, el Ballet Nacional, Leo Brouwer y la
Sinfónica, las orquestas de música bailable, los
bailarines de Tropicana, escritores como Cintio y Fina,
entre muchos otros, viejos y jóvenes, atrajeron
multitudes. Se vendieron miles de libros. Todos aceptan
la evidencia: a pesar del incidente que provocó
Letras Libres, la cultura revolucionaria cubana
triunfó, una vez más, en Guadalajara. El incidente
fue
histórico. Los intolerantes, los soberbios, los
intelectuales de salón, deben aprender la lección: no
aceptamos recetas, la Revolución cubana nunca ha dejado
de transitar, de transformarse, y seguirá haciéndolo, a
su manera, sin renunciar a la justicia que fundó la
nación. Fue un triunfo de la Feria real sobre la
mediática. |