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LA
JIRIBILLA
La renuncia de Castañeda
GANA MÉXICO, PIERDE BUSH
Lisandro
Otero
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México
La renuncia de Castañeda constituye una
sana ganancia para México. El ex canciller fue uno de
los más sumisos lacayos que haya tenido el gobierno de
Estados Unidos en la historia de este país. Se le puede
comparar con Santa Anna, Miramón y Mejía, y Victoriano
Huerta entre los más notorios sicarios, al servicio de
los intereses extranjeros que hayan menoscabado la
soberanía mexicana. La diplomacia nacional se ha
caracterizado tradicionalmente por tres rasgos
distintivos: su profesionalidad, su autonomía de
criterio y su influencia y autoridad en las relaciones
internacionales. Todo ello fue dinamitado en los dos
años que Castañeda llevó en el cargo.
Castañeda es hombre de hondos rencores, de
aborrecimientos sombríos que le envenenan la vida, de
resentimientos vengativos y antipatías exasperadas que
le arrastran a arrebatos de furia delirante. Castañeda
caracterizó su gestión por una animadversión fanática
contra la Revolución cubana. Ordenó que se votase contra
Cuba en la Comisión de Derechos Humanos, en Ginebra,
favoreciendo una resolución anticubana en connivencia
con Estados Unidos. Inauguró en Miami, sede de los más
recalcitrantes y vengativos contrarrevolucionarios
isleños, un instituto cultural mexicano sin que nadie
haya podido explicar por qué allí, donde la colonia
mexicana no es numerosa y no en Los Ángeles o en Chicago
donde la presencia mexicana sí es muy sólida. En su
discurso deslizó párrafos que dieron lugar al penoso
incidente diplomático provocado por la embestida de un
autobús, tripulado por dos decenas de marginales
cubanos, contra la sede diplomática mexicana. El
episodio ocurrido en Monterrey, cuando Fox le pidió a
Fidel: "comes y te vas", fue otro acto inspirado por el
odio obsesivo de Castañeda que luego, para empeorar las
cosas, fue negado ante el pueblo de México. Acusó al
embajador en La Habana, Ricardo Pascoe, de malversación
de fondos asignados a su misión, tras la cual la
cancillería hubo de desmentirse a sí misma.
Castañeda desconoció el supremo arbitrio que ejerce el
Senado de la República en las relaciones exteriores y
tuvo frecuentes choques con el Poder Legislativo,
desconociendo algunas de sus convocatorias. Cuando
ocurrió un bombardeo a Iraq, mientras Bush se
entrevistaba con Fox en su finca de Guanajuato, se
originó una de las frecuentes pifias de Castañeda al
anunciar que apoyaba el ataque porque se ajustaba a
acuerdos del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas,
desconociendo que no existen tales acuerdos y que el
establecimiento de zonas de prohibición aérea en Iraq es
una decisión bilateral de Estados Unidos y Gran Bretaña.
Esto provocó el descontento de los diplomáticos avezados
que hay en Tlaltelolco, pues la política exterior
mexicana es sumamente experta y no se ha caracterizado
nunca por estas barbaridades.
Castañeda se revelaba, cada día, en funciones de Primer
Ministro que no era precisamente el cargo que ostentaba.
Introdujo innecesarias turbulencias en el gabinete
foxista con sus desencuentros y polémicas con Marta
Sahagún, Santiago Creel, Derbez, y Aguilar Zinser, entre
otros. Reveló sus ambiciones políticas al enviar
mensajes a los zapatistas, paralelos a las gestiones del
coordinador oficial del gobierno para esos asuntos. Se
lanzó a valorar el proyecto de reforma fiscal, que
corresponde al Secretario de Hacienda y no al Canciller.
Entre sus numerosos errores y deficiencias se encuentran
no haber solucionado el acuerdo migratorio con Estados
Unidos y no haber resuelto el problema del agua entre
ambos países.
Han sido notorias las deslealtades de Castañeda al
Partido Comunista Mexicano, a las luchas de Liberación
Nacional en Latinoamérica, al PRD, a Cuauhtémoc, a
Camacho Solís y quizás habría que añadir a la propia
tradición familiar, pues su padre fue ejemplo y honra de
la diplomacia mexicana.
Un repudio generalizado a sus declaraciones y
actuaciones caracterizaron la opinión pública en torno
al desacertado funcionario. Los congresistas reclamaron
a gritos su renuncia, los caricaturistas hicieron una
abundante cosecha dibujando su imagen en posiciones
sumisas al imperio americano, los intelectuales le
reprocharon su sometimiento a Washington, los periódicos
no perdieron ocasión de acentuar las pifias monumentales
de quien ha demostrado un vasto menosprecio hacia los
periodistas mexicanos a quienes acusó de ignorantes
porque no leían The New York Times y no hablaban
inglés.
Fue un funcionario crispado, irritable y fluctuante.
Para México es una gran victoria que Castañeda se aleje
de los cuadros gobernantes. Bush ha perdido a uno de sus
esbirros más eficientes. El pueblo mexicano ha ganado en
autonomía y libertad. |