LA JIRIBILLA
APUNTES PARA UN GUIÓN DANZABLE
 
He aquí la embrionaria idea para el guión de un filme cubano histórico y musical, danzado y sin diálogos. Me encantaría que cualquier cineasta me robara la idea y la mejorara. No reclamo absolutamente ningún pago.


Joel del Río |
La Habana


Fascinante resultaría concebir, darle cuerpo al guión de una película, un largo muy largometraje, en el cual se parafraseara, desde el ambiente cubano, aquella extravagancia fílmica sin diálogos que respondía al título de El baile, en español; Le Bal en francés; o Balando Balando, en italiano. La dirigía Ettore Scola, y sin que se escuchara una palabra (que no fuera la letra de las canciones escogidas) se relataba la historia de Italia entre los años treinta y el presente, a partir de la sucesión de secuencias o cuadros bailados, de la perenne procesión de ritmos, modas, cadencias y costumbres.

En ese hipotético salón de baile habanero —porque imaginario ha de ser si pudo sobrevivir durante más de setenta años— me imagino que el primer cuadro, el inicio de la historia, rompería la rutina de contradanzas decimonónicas, abriría el aire todavía europeísta de los primeros boleros, con la irrupción del son, el danzón y del danzonete, con su cadencia armónica de hombros y caderas, sus pasos suaves, que en vez de pisotear parecen acariciar el suelo.

En este cuadro, de los tardíos años treinta, el joven matancero, tímido al principio, estrecha por el talle a la jovencita, aprovecha la parte bailable de la pieza para deslizar una caricia furtiva que no por deseada resulta conveniente, porque muy cerca vigila la corpulencia adusta, instalada en una comadrita, de la que tal vez llegará a ser la suegra del joven tímido, y al lado, haciendo arrumacos con su abanico, está la futura cuñada, celosa de su acariciada y danzonera hermana, resentida porque la semana pasada nadie la sacó a bailar Rompiendo la rutina, ayer se quedó en blanco con el nuevo ritmo de Arcaño y sus maravillas, y lo mismo le había pasado hoy con “Almendra” y “Suavecito”. La noche había sido demasiado buena para su hermana, aquel guajirito no tenía dónde caerse muerto, pero comenzó a echarse a todos en el bolsillo con “Tres lindas cubanas”, y media hora después, con “La guinda” y “La cleptómana” ya era el rey del salón. El matancerito no tenía límites. Con el mismo ímpetu atacaba al son, la guaracha y el danzón, que los bailes “guajiros”, es decir el tumba-Antonio, el papalote, la caringa, el dengue o la culebra, muy excepcionales en salones capitalinos de esta época, pero frecuentes en todas las fiestas campestres durante toda la primera mitad del siglo XX.

La disolvencia en imágenes se traslada paulatinamente de los años treinta a los cincuenta, acompañada por un puente musical de la banda sonora que transforma los aires de algún danzón de Antonio María Romeu, o de un son de Piñeiro, o del trío Matamoros, en el chachachá “La engañadora”, de Enrique Jorrín, o en “Qué rico mambo”, de Pérez Prado. El ritmo del filme en este segmento deberá ser más tenso, con secuencias muy breves, rápidos primeros planos a los pies, caderas y coreografías de los bailadores. Comienzan a predominar los bailes que imponen la separación entre hombres y mujeres, cada quien por su lado, contorsionándose y marcando pasos en mil ingeniosas cabriolas. La misma historia del guajirito aspirando a obtener los favores de una dama de familia pudiente valiéndose de su proverbial habilidad para seguir los ritmos con todo el cuerpo. Ahora, el pobre se gasta en sudores entre “El bodeguero”, la Aragón y los mambos número equis. Mientras delira en rumbas, congas y los preferidos mambos y chachachás —en alternancia con algún rock and roll colao— el guajirito recién llegado espera ansioso a que la victrola, o el tocadiscos, decida pacificar el ambiente con el Benny de “Oh, vida”, o alguno de los centenares de boleristas populares por ese entonces, se le escuche susurrar “Contigo en la distancia” o “Tú me acostumbraste”. Esa será la ocasión propicia para abrazar la tan añorada cintura, y hacerle dúo, muy bajito, al disco que se escucha, mientras, en un área de veinte centímetros cuadrados, levísimos giros y pasos adelante y atrás, le permiten sentir la turgencia de los senos, el perfume del pelo, la dulce suavidad de la mano abandonada en el hombro, o en el brazo musculoso, que la sostienen. Con ese tipo, junto a un ser que tan bien baila, bastaría pan y cebolla, porque muy bien sabía ella que la vida, la verdadera, la real, muchas veces se parecía al baile. La convivencia del matrimonio estaría coreografiada al modo del guaguancó y las rumbas de cajón, en un solar de La Habana Vieja. Antes de tener sus tres hijos, y luego que se hicieron hombres y mujeres, no faltarían en los bailes del liceo, donde El guajiro y la Dama, ya maduros, eran esperados domingo tras domingo, para demostrar sus portentosas habilidades en todos, casi todos los ritmos cubanos inventados en los últimos cincuenta años.

El tercero, y último de los cuadros de este futuro filme que a lo mejor alguien decide filmar un día, tiene lugar a finales de los años setenta. En La Habana, y en todo el país, ha estallado un frenesí gracias al programa de televisión Para bailar, un concurso para los aficionados que volvió a colocar la música cubana en el centro de atención. Ya no eran solo las sonoridades rock, pop y discotequeras las que provocaban la atención de los bailadores, sino que comienza el reciclaje de ritmos añejos (el danzón, el son tradicional, el guaguancó, el vals, el pasodoble) sin olvidar los más modernos: el pilón y el mozambique, el merengue, y la explosión Van Van, cuya onda expansiva generaría un telúrico despertar de la música popular bailable, auge que va durando unos veinte años.

El guajirito de nuestra historia viene de Oriente a concursar en Para bailar, se hospeda en la barbacoa que tiene una tía suya. Debe conseguir pareja, y la encuentra cuando conoce a Diana, la hija de un importante funcionario, una muchacha rubia, estudiante de piano, que participó como aficionada de la FEU a los coros, pero nunca se le ocurrió que pudiera ser buena en las ruedas de casino y mucho menos en los bailes de chancleta. En el programa, y en todas las fiestas sabatinas de aquel tiempo, hicieron época los dos, suavemente entrelazados, del danzón al merengue, en perfecta sintonía de rumbas, guateques y casinos, como si toda la energía de las armonías blancas y los ritmos negros le hubieran comunicado sus arcanos. Tan estrechamente se unieron en el baile que no les quedó otra opción: conjurar sus inacabables ardores en el ondular de otras entregas. Fueron pareja tres años, en el lecho, bailando, toda la vida, hasta hoy. Todavía se entregan con frecuencia a la orgía ancestral de armónicos gestos y movimientos, porque aunque sus cuerpos tuvieron que renunciar a otras variantes de la entrega (demasiadas diferencias, incompatibilidades) parecía que al sonar Van Van, ella no podía hacer otra cosa que entrelazarse con él, en parciales choques y cariñosos empujones, mientras Pedrito Calvo repetía aquello de “...nadie quiere a nadie, se acabó el querer...”


© La Jiribilla.
La Habana. 2003
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