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UN HOMBRE DEL RENACIMIENTO
Algunas de las frases y argumentos de la vedette de
Guadalajara son dignos de una antología. ¿Quién miente,
Rafael Rojas, la National Endowment for Democracy,
o será ese vocero de la Revolución cubana que es The
New York Times?
Manuel
Henríquez Lagarde
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Guadalajara
El papel de la especialización del intelectual, un tema
que tanto preocupa a los estudiosos en nuestros días,
parece ser para algunos una discusión superada. A veces
tenemos la impresión de estar en presencia de hombres
hechos a la medida de los antiguos filósofos griegos o
de aquellos polifacéticos pensadores del renacimiento, a
quienes, la entonces no tan vasta acumulación del
conocimiento de sus respectivos contextos vitales, les
permitía opinar sobre los más disímiles asuntos.
Pero no dejarse
engañar por las falsas apariencias. Hoy como ayer, salvo
contadas excepciones, son los sofistas —esos duchos
manipuladores de la palabra—, quienes alcanzan un lugar
prominente en las tribunas mediáticas.
Un
ejemplo reciente de estos voceros de la “inteligencia”
lo es, sin duda, el historiador Rafael Rojas. Según el
programa de la próxima Feria de Guadalajara, el teórico
del Nuevo Herald —en una actuación que casi lo
hace merecedor del don de la ubicuidad— participará en
siete mesas redondas o presentaciones, varias de ellas
en un mismo día. Cumpliendo con una agenda más abultada
que la de cualquier intelectual en el evento, Rojas
demostrará su elocuencia en temas tan variados como las
relaciones México-Cuba, “el futuro de Cuba”; la
cultura cubana en México;
la literatura cubana del
siglo XX; el contrapunteo y
transculturación en Fernando Ortiz y hará su valoración
de la novela de Jesús Díaz Las palabras perdidas.
Cualquiera podría pensar que le estoy negando al
director de la revista Encuentro —otra de las
presentaciones en las que, por supuesto, tomará parte—,
el mínimo beneficio de la duda. Tal sospecha es cierta.
Los artículos de Rafael Rojas prueban que en lo que más
se ha especializado el también autor de varios libros de
ensayo es en la campaña de propaganda anticubana
promovida y financiada por el gobierno de Estados
Unidos. Salvo un lenguaje más refinado, que intenta
alejarse de la vieja retórica de la contrarrevolución,
queda muy poco que decir a su favor. Algunas de las
frases y argumentos de la vedette de Guadalajara
son dignos de una antología.
Con su servilismo de vodevil y falsa pose iconoclasta,
este anticastrista confeso (1),
no ha vacilado en liderar una línea de pensamiento que,
bajo el supuesto de desacralizar a José Martí, lo que
pretende es derribar uno de los pilares esenciales de la
Revolución cubana.
Borrando a Martí y la trascendencia de sus ideas (“Martí
está sentado en un trono rodeado por esa neblina que
cubre los altares. Para los cubanos, olvidarlo es, pues,
una vía de liberación o, por lo menos, un
aligeramiento”, dice en su libro José Martí: la
invención de Cuba), intenta interrumpir la
continuidad de una circunstancia histórica que se inició
en octubre de 1868 y se prolonga hasta nuestros días.
No
es de extrañar, por tanto, que el también defensor de la
tendencia autonomista como solución del problema cubano
durante la colonia española, considere, inspirado en
clásicos como el llamado “demócrata” Agustín Tamargo, al
protectorado en que fue convertido Cuba en 1902 como
"el nacimiento de la nación
cubana"(2).
En
su faceta de crítico, y a propósito de la FIL, Rojas
acaba de rescatar para las letras cubanas a una figura
de la estatura literaria del contrarrevolucionario
Hubert Matos(3).
En
el colmo del cinismo ha llegado a afirmar: “El principal
reproche contra la Revista Encuentro es que esta
ha torcido el rumbo, convirtiéndose en una caja de
resonancia de la ‘derecha cubanoamericana’ y del exilio
de Miami. En el discurso más rabiosamente castrista,
esta acusación casi siempre aparece acompañada de
insinuaciones sobre un misterioso financiamiento de
Encuentro desde los Estados Unidos que quisiera
difundir la inverosímil especie de que la revista está
pagada por la Fundación Nacional Cubano-Americana, el
Departamento de Estado o la mismísima CIA. ¿Cuáles son
las pruebas de esa supuesta 'derechización' de
Encuentro?”(4)
Sin pudor alguno, Rafael Rojas parece ignorar los datos
publicados en el sitio web de la National Endowment
for Democracy — una institución del gobierno de
Estados Unidos definida en la primera plana del New
York Times(5)
del 31 de marzo de 1997 como pantalla de la CIA para
financiar acciones subversivas contra naciones
enemigas—, donde se informa que la revista que dirige
recibe anualmente de ese organismo unos
83 mil dólares.
¿Quién miente, Rafael Rojas, la National Endowment
for Democracy, o será ese vocero de la Revolución
cubana que es The New York Times?
Esta vez, dejo a los lectores el beneficio de la duda.
El
director de Encuentro, es, sin duda, un
hombre del “renacimiento”. El renacimiento oportunista
de quienes un día creyeron que la izquierda había sido,
por fin, desarmada.
Notas:
1. "La filosofía del 'como si'", en
Encuentro en la Red. Semana del 9 al 13 de abril de
2001: "Podría decirse que la intelectualidad del exilio
ya no se divide en dialogueros e intransigentes, sino en
poscastristas y anticastristas. Los primeros serían
aquellos que proponen obviar a Castro para propiciar una
mejor comunicación con la Isla. Los segundos, en cambio,
son los que se mantienen en pie de guerra contra el
régimen, aunque hoy las armas solo sean morales. Por
generación y sensibilidad a mí me corresponde ser más
poscastrista que anticastrista y, de hecho, lo he sido.
Sin embargo, últimamente me siento más inclinado hacia
la segunda actitud."
2. "La debilidad de los símbolos", El
Nuevo Herald, 6 de enero de 2002: Este año se cumple
el centenario del nacimiento de la nación cubana.
(...) La democracia insular del siglo XXI, como ha
escrito Agustín Tamargo, será más difícil que cualquier
otro cambio de régimen en nuestra historia.
3. “Guadalajara o La Ingobernable
Diversidad De La Cultura Cubana” Rafael Rojas.
Encuentro en la Red, 15/11/02: “Algunos de esos
intelectuales son autores de importantes novedades
editoriales que no se presentarán en la próxima Feria
de Guadalajara. Menciono solo treinta, al vuelo,
como me vienen a la mente, pero podría nombrar a
más de cien: Eliseo Alberto, José Manuel Prieto,
Andrés Jorge González, Rolando Sánchez Mejías, Rogelio
Saunders, Zoé Valdés, Iván de la Nuez, Jorge
Ferrer, Ramón Fernández Larrea, Madeline Cámara,
Daína Chaviano, Guillermo Cabrera Infante, Huber
Matos, Carlos Alberto Montaner, Enrico Mario Santí”...
4. "¿Por qué molesta Encuentro?",
Encuentro en la red, 3 de agosto del 2001
5. “Political meddling by outsiders: not
new for u.s.” The New York Times, March 31, 1997,
Monday: Aún cuando republicanos y demócratas expresan su
horror ante las acusaciones de que China puede haber
tratado de utilizar donaciones encubiertas en campañas
electorales para influir en la política estadounidense,
los Estados Unidos se han entrometido desde hace mucho
tiempo en los asuntos internos de otras naciones:
ordinariamente, el Congreso asigna decenas de millones
de dólares de un modo encubierto y público para ser
utilizados en influir en políticas internas en el
extranjero; la Nacional Endowment for Democracy
(Fundación Nacional para la Democracia), que fue creada
hace 15 años para llevar a cabo públicamente lo que ha
hecho subrepticiamente la Agencia Central de
Inteligencia durante décadas, gasta 30 millones de
dólares al año para apoyar partidos políticos,
sindicatos, movimientos disidentes y medios noticiosos
en docenas de países, entre ellos China. Desde el final
de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos ha
instalado o derribado a líderes de cada continente, ha
apoyado secretamente a partidos políticos de aliados
íntimos, ha fomentado golpes de Estado, ha propagado
falsos rumores, ha sobornado a figuras políticas y ha
gastado miles de millones de dólares para desviar la
opinión pública. Algunos expertos expresan que China ha
hecho poco más que emular el extenso patrón de la
manipulación política estadounidense, y solo estaba
administrando a los Estados Unidos una dosis de su
propia medicina cuando trataba de influir en el
resultado de las elecciones presidenciales de 1996.
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