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VIVIR Y PENSAR EN CUBA
 
“Estos intelectuales no buscan el afuera y el después, más bien parece lo contrario: se juegan la vida en el adentro y el ahora. No desconocen a los que se fueron, discuten con ellos. Sienten un interés obsesivo por la historia, por la identidad nacional y personal, por el futuro del país, que será también, no se olvide, el de ellos. No son extranjeros en ningún sentido: ni física, ni espiritualmente. Sienten una impostergable necesidad de participación, y reclaman ser parte activa de la vida nacional. Están inconformes, son revolucionarios". Ensayos de dieciséis filósofos, historiadores, periodistas sociólogos y críticos nacidos después de 1959 conforman Vivir y pensar en Cuba, una recopilación de textos (tres de ellos publicados en La Jiribilla) sobre la Cuba presente y futura que acabada de ser presentado en el Centro de Estudios Martianos.

Enrique Ubieta |
La Habana

Publicados en La Jiribilla:

El ingenio que nos pertenece | Fernando Rojas
Notas al vuelo, notas a tierra
| Omar Pérez

El promotor: una variación postferia | Víctor Fowler  
 

Este libro no es una antología. No pretende ser una selección de los más representativos autores de una generación de ensayistas. Es un libro de ensayos con una temática central: la Revolución cubana, su presente, su futuro. Cada sección aborda un aspecto, o dicho mejor, se sitúa en un punto diferente del espacio temático. Pero los autores pertenecen a una generación literaria, si asumimos por tal a los nacidos entre 1958 y 1968. Son hijos (los primeros) de la Revolución. Nacieron con ella, se formaron en su sistema de educación, participaron en sus eventos sociales, viven y escriben en Cuba. No se fueron. No abjuraron. Tienen su propia visión crítica, comprometida, del país que sus padres les legaron. Vivieron la caída del socialismo soviético, que tan bien conocían en sus virtudes y defectos. Y la súbita transformación de algunos contemporáneos que abandonaron sus proyectos de vida para asumir sin júbilo, con escéptico cinismo, la doctrina que se vislumbraba como vencedora.

Podrían estar otros, es cierto. El hilo conductor no se hallará en los autores, sino en los textos, por eso hay nombres que se repiten. Pero los autores importan. Todos tienen una obra, mayor o menor. Existen. Y esa existencia revela cuánto de construcción hay en la presentación generacional que suele hacerse desde la otra orilla. No encajan en el esquema de Cuba que venden los teóricos de la desesperanza, los alquimistas del “tránsito”. Estos intelectuales no buscan el afuera y el después, más bien parece lo contrario: se juegan la vida en el adentro y el ahora. No desconocen a los que se fueron, discuten con ellos. Sienten un interés obsesivo por la historia, por la identidad nacional y personal, por el futuro del país, que será también, no se olvide, el de ellos. No son extranjeros en ningún sentido: ni física, ni espiritualmente. Sienten una impostergable necesidad de participación, y reclaman ser parte activa de la vida nacional. Están inconformes, son revolucionarios.

Muchos textos han sido escritos a solicitud del compilador. Otros se han seleccionado de la abundante producción ensayística cubana de los últimos años. Casi todos los escritores e investigadores sociales han sentido la necesidad de acudir a ese dúctil género literario para expresar sus inquietudes, para asentir o disentir, para atisbar el futuro. En muchas reflexiones se percibe un tono autobiográfico, confesional, como si los temas abordados fuesen fragmentos de piel.

Dieciséis voces auténticas que difieren, se individualizan, y acaban por parecerse en esa casi imperceptible manera de hacerse cómplices, de proclamar la pertenencia al mundo que se critica o se defiende. No hay unanimidad de criterios, hay identidad en los principios. Filósofos, historiadores, periodistas, escritores, sicólogos, críticos de teatro o de cine, hablan de los caminos que fueron y de los que quizás vengan, de los obstáculos y de los errores, de los peligros y de las esperanzas, de los sepultureros a salvo y de los parteros que se juegan la vida. Incluso un texto como The day after (Víctor Fowler) que desde el comienzo se posiciona en la mirada ajena, mostrándola con lucidez implacable en sus inconsistencias y sus mal disimuladas pretensiones, no puede (ni quiere) evitar cierto estremecimiento al describir la Cuba que sería si ese día nos sobreviene, como el título del trabajo, en inglés, y no deja de precisar su postura: “averiguaré dónde están y cómo ser parte de las formaciones de izquierda que para entonces, imagino que trabajosamente traten de reconstruirse”.

Fernando Rojas, Rosa Miriam Elizalde y Elaine Morales Chuco, desde el ensayo, el periodismo de investigación y la academia, constatan realidades no esperadas o no deseadas en la trama social contemporánea de Cuba: diferencias en la distribución, marginalidad, surgimiento de una peculiar prostitución. “La cuestión reside en pasarle o no esa factura a la Revolución –dice Fernando Rojas--. En considerar efímera o temporal la felicidad de mi juventud o la crisis de los 90”. El análisis incluye causas, consecuencias, proyectos. “¿El pasado como futuro?”, así se titula la sección. No, no es el pasado, aún cuando no sea el futuro prometido. Pero el pasado acecha: si aceptamos que existe una centralidad socialista, revolucionaria, que establece valores y objetivos colectivos e individuales, hay que admitir el surgimiento de una (otra) marginalidad que no se sustenta en las carencias materiales, sino en la posesión de bienes y privilegios (en la aceptación del individualismo como estilo de vida) por vías ajenas u opuestas a la moralidad central. Si la centralidad capitalista genera una marginalidad que es condición de su existencia, requisito para su reproducción, la nuestra genera y padece la suya como un peligro para su sobrevivencia.

La contrarrevolución ni siquiera intenta construir nuevos ideales colectivos, su tarea es destruir los vigentes. Su programa es un anti-programa. No puede enarbolar ideales alternativos. Nadie está dispuesto a morir por las pequeñas e individualistas pretensiones del vecino. Su tarea no es agrupar, sino disgregar, es una misión corrosiva: sembrar la duda y la desilusión, crear espacios individuales opuestos al proyecto colectivo o propicios para la corrupción, rescribir la historia, no sólo para decir que el pasado no fue tan malo, en una primera aproximación, o que fue muy bueno, en una segunda, sino para destruir cualquier visión heroica de los sucesos históricos y hacer desaparecer a los héroes, mostrándolos como antihéroes. Su tarea consiste en minimizar la historia, arrebatándole todas las mayúsculas. No hay Patria, no hay Ideales, no hay Héroes, no hay Historia: la patria tiene el tamaño de nuestro cuerpo, o al menos, no excede el breve espacio de la familia y de los amigos más cercanos; los ideales son personales y pueden condensarse en dos básicos, salud y dinero; la mayor heroicidad es trabajar duro por uno mismo; la única historia admisible es la de nuestra pequeña biografía. Para ello, las teorías de la llamada postmodernidad proveen a las ciencias sociales de una amplia gama de recursos seudo científicos que parcelan, dividen, y minimizan los diferentes objetos de estudio, hasta hacerlos ininteligibles.


Por cierto, las contrarrevoluciones apelan a Dios, pero son esencialmente ateas: no creen en la trascendencia, sólo en la fuerza de los hechos, y en la utilidad inmediata. Su consigna es que todos los revolucionarios somos simuladores, y a cambio, entronizan el cinismo. Si no hay futuro, ¿qué puede quedar sino el presente, la orgía de un presente desmemoriado, la frivolidad de lo inmediato, el goce del instante, la ausencia de responsabilidad? No hay futuro señor lector, ocúpese de usted mismo, de su ahora, déjenos pensar a nosotros; disfrute su trago, baile hasta desfallecer, entregue su cuerpo al placer de los sentidos, haga el amor, nosotros haremos la guerra; luche a brazo partido, eso sí, por prolongar ese estado de beatitud sensorial, y en el empeño, aplaste sin compasión al prójimo. En los años finales del siglo pasado fue tal la fuerza alcanzada por la contrarrevolución, que quienes se opusieron a la traición fueron declarados idiotas. “Reinserción cubana en la modernidad: FMI, BM, IBM, Nike, Coca Cola, NBA, etc” –acota Omar Pérez en su respuesta a una antología que manipula un texto suyo, y agrega:  “¿‘Patriotismo suave’? Ningún ‘ismo’ es verdaderamente suave. Por otra parte, ninguna forma de amor ocurre como los cursos por correspondencia, o las compras a crédito”.

No fue habitual en el siglo XX leer o escuchar declaraciones políticas que se autodefinieran sin pudor en la derecha. Algún que otro intelectual importante, es cierto, se apropiaba del lugar maldito. Borges, por ejemplo, se refugió en un cinismo inteligente que reforzaba su imagen de genio despistado. No pretendo decir que no existieran intelectuales de derecha; algunos incluso fueron fascistas. Ni siquiera pretendo insinuar que han sido pocos o de menor valía. Pero, en un mundo salvajemente injusto, han vivido, digamos, con un "vicio" de conciencia. No obstante ser José Martí un hombre de izquierda, han sentido la obligación de entresacar con pinzas sus frases para declararse martianos. Durante años emplearon los viejos términos de la burguesía revolucionaria para enmascarar sus proyectos conservadores o francamente reaccionarios. ¿Podría alguien imaginarse a un político latinoamericano que no expresara su intención de revertir el empobrecimiento de las mayorías, que no hablara de la justicia como trasfondo de su gestión de gobierno? Pero después que "terminó" el siglo y la historia en 1991, cesó momentáneamente  la vergüenza de los hombres de derecha. Recuerdo que leí en 1994 un artículo en la revista mexicana Vuelta que desbancaba a la "vieja guardia" de los ideólogos de derecha, a esos señores atormentados por la mala conciencia, cansados de gritar en el desierto que José Martí estaría, de vivir hoy, en Miami. El autor, surfeando en la gran ola de la derecha finisecular, decía sin sonrojos visibles, parafraseando a Fidel: sí, Martí es el culpable de la Revolución cubana. Y concluía: eliminémoslo.

El acápite denominado “La isla en peso” encara la polémica sobre nuestra historia. Eliades Acosta Matos, Rolando González Patricio, Fernando y Jorge Ibarra Guitart, discuten los argumentos que intentan dejar sin pasado y sin futuro a la Revolución, mientras que Rubén Zardoya Loureda, en un breve ensayo epistolar, se burla del lenguaje seudocientífico que quiere desechar o limar el discurso revolucionario, según las provechosas normas del mercado, y Manuel Henríquez Lagarde pone el dedo en la llaga que quieren abrir: ¿qué pasará en Cuba cuando no esté Fidel Castro? “El día siguiente  --de más está decirlo--  será un día largo, muy largo...”, responde con ironía.

“Espejos de agua” recoge la mirada múltiple, crítica y comprometida de nuestros creadores. Caridad Atencio defiende su identidad humana por encima de cualquier clasificación empobrecedora; Víctor Fowler, desde la perspectiva del promotor cultural, enumera con orgullo y sentido crítico los proyectos de la Revolución a favor de la lectura; Omar Valiño y Roberto Méndez se aventuran en un recorrido por la más reciente historia del teatro y las artes plásticas cubanas, que se remite a los orígenes; Juan Antonio García reflexiona sobre la necesidad de construir un pensamiento revolucionario cinematográfico a la altura de su tradición; Arleen Rodríguez Derivet nos recuerda finalmente que vivimos en un mundo amenazado por la guerra, y que no podemos permitir(nos) la indiferencia. Estos textos proclaman el derecho a soñar, a construir nuevas utopías, a prolongar el espíritu creador de la Revolución.

El texto de Fernando al que aludimos inicial-mente abre las re-flexiones autobiográfi-cas que se recogen en el libro bajo el acápite de “Memorias del caminante”; le siguen las de Rubén Zardoya –con especial énfasis en el análisis de la perestroika--, las del autor de estas líneas y las de Eliades Acosta, referidas a su (nuestra) vivencia histórica del Che. He agrupado esos ensayos porque son el testimonio de una generación. Excepto el primero, no fueron escritos para este volumen.

Hay un aspecto que me parece clave en la descalificación posmoderna del concepto de utopía: su promocionado vínculo con lo ético y la oposición, más aparente que real, de lo ético y lo necesario (lo pragmático, o lo útil), aunque suela atribuírsele a la racionalidad instrumental una cierta dosis peculiar de eticidad. Lo ético sin embargo es pensado como un deber ser que se interpone artificialmente en la buena marcha del ser. Y la realidad no es como (supuestamente) debe ser, sino como es. Pero podríamos ver las cosas de otra manera: lo ético expresa una necesidad histórica, en última instancia de carácter material. Si afirmamos que la humanidad debe construir un nuevo orden económico internacional, no es sólo porque el actual sea profundamente injusto, es porque la permanencia de ese orden injusto provocaría su autodestrucción. Identidad de la verdad y la justicia. Hay otra dimensión del asunto: el poder ser martiano. Lo posible como parte no visible de la realidad, como aparente imposibilidad. Siempre recuerdo una frase de Martí tajante y lúcida como suya, cuando un escéptico le argumentaba que en la atmósfera de Cuba no se apreciaba el ímpetu necesario de rebeldía para el inicio de la gesta emancipadora: “yo no hablo de la atmósfera –respondió–. Yo hablo del subsuelo”. Por último, un comentario histórico: los autonomistas decimonónicos cubanos le oponían al independentismo su supuesta cordura, su apego a lo posible, su concepción de lo útil. Pero resultó que el esfuerzo autonomista fue inútil e imposible; lo único posible, cuerdo y útil, fue paradójicamente el salto sobre el imposible.

Los dieciséis ensayistas cubanos reunidos en este libro sabemos que lo imposible es posible, y apostamos por la verdad, la justicia y la belleza.

Prólogo del libro Vivir y pensar en Cuba, Editorial Centro de Estudios Martianos, 2002.

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