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EL SON, EL SER
 
Hay músicas de Cuba, que cuando se escuchan por vez primera, enseguida se puede entender que en su seducción inefable está el hálito esencial del país. Una de esas músicas es la que ha hecho sonar durante muchas décadas el Septeto Nacional
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Bladimir Zamora Céspedes |
La Habana

 

Yo quiero morir en Cuba (Tema de Sindo Garay interpretado por el Sexteto Habanero)

Tan solo hace unos días evoqué la figura de Pacho Alonso, a quien veinte años después de su muerte no se le ha sacado a relucir y ahora mismo que se celebra el Décimo Festival Matamoros Son, en Santiago de Cuba, advierto que se han cumplido los setenta y cinco años de la fundación del Septeto Nacional y ni fuera ni dentro de ese evento, se ha manifestado un gesto que evidencie el reconocimiento de la significación que ello implica.

Hay muchas músicas de Cuba, que cuando las escuché por vez primera, enseguida pude entender que en su seducción inefable, estaba el hálito esencial del país. Una de esas músicas es la que ha hecho sonar durante muchas décadas el Nacional: Desde que los escuché una ya lejana tarde de 1963 en una tabaquería de Tunas. Qué bonita es, qué bonita es, mi Cuba/ Qué bonita es./ Por muy alto que yo suba, / no encontraré la belleza, / que por su naturaleza, le iguale en tanta grandeza,/ a nuestra pequeña Cuba. Desde entonces y hasta ahora mismo que hago rodar el disco, imaginando que han vuelto a tocar los soneros para el niño deslumbrado entre la poca luz y el aroma del tabaco; no he dejado de sentir en la lírica y la textura musical misma de esos sones, nuestra más rotunda definición.

Al paso del tiempo se gana conciencia de las razones por las cuales, uno puede recibir esos impactos imborrables braceando entre la inocencia. Cuando en 1927 Ignacio Piñeiro funda el Sexteto Nacional (Que poco después pasaría a ser Septeto con la incorporación de la trompeta tocada por Lázaro Herrera), tiene ya treinta y nueve años, que le han permitido trabajar en los más socorridos oficios del hombre pobre y pasar por varias agrupaciones musicales, desde los coros infantiles, los coros de clave, hasta el Sexteto Occidente de María Teresa Vera.

Piñeiro es un creador en el florecimiento de su madurez, que ha venido observando los numerosos grupos de son que paulatinamente proliferaron en La Habana, desde que en 1920 saliera a la palestra el Sexteto Habanero. Busca para el suyo, músicos jóvenes y diestros, que muy pronto se acoplan y con los que trata de no perder el sabor que el ritmo trajo del oriente del país y brindar expresiones urbanas aprendidas en los terrenos de la rumba. Con el Nacional se da una perfilación definitiva de las voces en este tipo de agrupaciones. No se mató la frescura, pero se establecieron los territorios propios de la voz solista y los del coro. La singularidad tímbrica del Nacional es apoyada por la existencia de un repertorio propio. Piñeiro, como Matamoros y Arsenio Rodríguez, poseyó al irrumpir en el contexto de la música cubana, un abundante y sólido catálogo de su autoría, a partir del cual pudo marcar con mucha rapidez la diferencia: Donde estabas anoche, Cuatro palomas, Suavecito, Bardo, Échale salsita, Entre preciosos palmares, No juegues con los santos, Sobre una tumba una rumba.... Son solo unos pocos ejemplos.

Luego de su aparición a finales de la década del veinte, el Nacional según los aires que movieran al país, tuvo su auge en los salones del patio y también pudieron exhibir su son de altura, en España allá por 1929 – cuando se celebró la Exposición Iberoamericana de Sevilla – y en Estados Unidos en 1933, con motivo de la Feria Exposición de Chicago. Pero hubo años de poca actividad en que cada uno de sus muy variados integrantes, a través de los años, tuvo que aferrarse a su oficio eventual. Incluso durante años el propio Piñeiro no estuvo en el grupo, aunque nadie le discutió nunca su jerarquía. Casi todo el mundo olvida que entre 1935 y 1937, antes de disolverse durante largo tiempo, el Nacional fue lidereado por Lázaro Herrera.

Es justo también reconocer que luego de mucho tiempo sin trabajar, gracias al empeño de Odilio Urfé, el Nacional aparece otra vez bajo el mando de Piñeiro, en un programa de televisión que el musicólogo tenía en 1954. Después siguen laborando y a partir de 1959, tienen un renovado auge, gracias al esfuerzo de la Revolución por mostrar auténticas joyas de nuestra música, donde se hace palpable la identidad cultural del país.

Ignacio Piñeiro esgrimió para su agrupación el nombre de Sexteto Nacional como expresión de competencia, a otras instituciones creadas con antelación, como el Sexteto Habanero y el Sexteto Occidente. Esto pudo haberse quedado en un mero alarde de contrapunto comercial, pero sin quitar mérito alguno a sus semejantes, se puede asegurar que su trabajo a lo largo del siglo XX, hizo a esta entidad acreedora indiscutible de esa denominación. Ello fue posible por el genio de Piñeiro y también por la contribución de otros directores, como Lázaro Herrera, Rafael Ortiz y Carlos Embale. También por el aporte de cantantes como Abelardo Barroso, Bienvenido León, Alfredo Valdés, Marcelino Guerra y Joseíto Núñez. E instrumentistas como Alberto Villalón (guitarra), José Manuel Incharte (bongosero), Francisco González (tres); entre otros.

No me caben aquí todos sus nombres, que se van superponiendo en la memoria, como los múltiples hilos de que sigue estando formada esa textura, ya salvada para siempre de la sonoridad del Nacional. No caben todos en muchas más palabras, por eso prefiero identificarlos con esos versos donde Fina García Marruz nos habla de la aparición de los soneros:

Complacientes
la vida y la muerte se miraban
como las viejas damas al espejo
cuando llegaron los soneros,
cuando llegaron los verdaderos
enterradores, cuando llegaron,
cuando llegó la oscura
exigencia ancestral del corazón,
cuando llegó lo que vuelve
rompiendo el cuero,
sin entender la compostura
–“le cayó carcoma
al pavorreal”—cuando llegaron
con guapería de congo viejo,
espantando al miedo
con risas de rejuego solemne, los caballeros
de la gloria, cuando llegaron
–oh Son, oh Ser! – los Seis Soneros!
 

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