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BARRIO CHINO DE LA HABANA (1926)
 
Surgido en la segunda mitad del siglo XIX, el Barrio Chino de La Habana experimentó un rápido desarrollo y llegó a convertirse, en la siguiente centuria, en el más importante de América Latina.


Reinaldo Ramos Hernández
Arturo A. Pedroso Alés
Flor Inés Cassola Triamna
 

Como parte de la evolución que experimentó el Barrio Chino de La Habana, aparecieron agrupaciones políticas que, en su accionar, reprodujeron en cierta medida las rivalidades y contradicciones existentes entre ellas en su país de origen. Uno de los momentos culminantes de esas luchas fue, sin duda, el año 1926; tuvo como principales contendientes al Partido Nacionalista Chino o Kuomintang de una parte y al Partido Republicano o Chi Kong Tong de la otra.

Este trabajo pretende un primer acercamiento a esos hechos, teniendo en cuenta que han sido prácticamente ignorados por la bibliografía disponible y dependemos de una correcta interpretación de los acontecimientos a partir del análisis de las fuentes documentales y publicísticas.

Por una parte, aspiramos a conocer los orígenes de este conflicto a partir de la situación política existente en China; y por la otra, a reflejar los hechos más sobresalientes que jalonaron este conflicto en el ámbito insular y sus repercusiones en la sociedad cubana de la época.

 

LA REVOLUCIÓN CHINA DE 1912 Y SUS CONSECUENCIAS

La revolución democrático–burguesa ocurrida en China en 1912 constituyó un hito en la milenaria historia de aquel vasto país. Con ella se abrió la era republicana en la multiétnica nación, en tanto que ponía fin al viejo imperio feudal manchú, que por varios siglos y bajo un régimen autocrático había regido los destinos del país.

Dentro del amplio espectro de las fuerzas que combatieron a la monarquía, interesa destacar dos de ellas, dado el protagonismo que alcanzarían dentro de la colonia china en Cuba. En primer lugar, la sociedad Chi Kong Tong o Partido Republicano, extraña agrupación surgida dos siglos atrás que se declaraba afín a las organizaciones masónicas y ostentaban un credo republicano. Los autotitulados “republicanos” se caracterizaron por sus métodos violentos; fueron muy perseguidos en China antes y después de 1912.

Esa persecución se extendió a otros países, donde el Chi Kong Tong tenía una fuerte influencia en las colonias de emigrantes chinos. La prensa de la época les atribuía numerosos actos vandálicos y los vinculaba al chantaje, la extorsión, el juego y el tráfico de drogas, de opio principalmente.

Dentro del llamado Partido Republicano actuaba una especie de pandillas gansteriles bien armadas, denominadas Tongs o Cuadrillas de la Muerte, supuestamente encargadas de ejecutar los ajustes de cuenta en la lucha por controlar negocios tan lucrativos como el narcotráfico y el juego.

En la época que nos ocupa la sociedad Chi Kong Tong estaba proscrita en China y otros países, y cuando en determinados lugares podía desenvolverse en marcos legales, sus actividades y su tradicional hermetismo provocaban el recelo de las autoridades y comentarios desfavorables por parte de la opinión pública.

En contraposición, el Kuomintang o Partido Nacionalista Chino, surgió bajo la aureola de representar lo más avanzado de la sociedad china de principios de siglo. Agrupación heterogénea, que nació de la acción de un intelectual revolucionario, Sun Yat Sen, y que enarboló en sus inicios las banderas del nacionalismo, el rechazo a la dominación y el saqueo de las potencias extranjeras, la justicia social y el sueño de edificar una república democrática. Sin lugar a duda, el Kuomintang jugó un papel positivo en determinados momentos, aunque terminó traicionando la causa popular; durante muchos años ejerció una gran influencia dentro de China y en las colonias de hijos del Celeste Imperio allende los mares. Durante largo tiempo las luchas entre nacionalistas y el Chi Kong Tong matizaron la política china dentro y fuera de las fronteras del país.

La naciente República China tuvo como primer conductor a Sun Yat Sen, que emprendió la obra de transformar a su país. Sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones, no pudo salvar los obstáculos que al final dieron al traste con la revolución. Uno de sus mayores errores fue no llevar a vías de hecho la prometida distribución equitativa de la tierra. La traición de una figura como Yuan Shi Kai constituyó el golpe final para el proceso. El nuevo caudillo asumió poderes dictatoriales; con sus posiciones promonárquicas que se granjeó el apoyo de las potencias extranjeras y ordenó la disolución del Kuomintang y la expulsión de sus miembros de la Asamblea Nacional. De esta forma, el Partido Nacionalista pasó a la oposición política. Se abrió entonces para China un largo período de caos institucional, caracterizado por guerras civiles, las intervenciones extranjeras, encabezadas por el Japón militarista, y la proliferación de caudillos militares que controlaban vastas regiones del país.

En los años 20 se concreta una alianza entre el recién constituido Partido Comunista Chino y el Kuomintang; ambos conformaron el llamado Frente Único. Esta alianza tenía como objetivo poner fin al caos imperante, restablecer el orden republicano, la toma del poder político y el relanzamiento de los viejos principios de nacionalismo, democracia y prosperidad del pueblo.

Con vistas a poner en práctica su programa de acción, el Frente constituyó en Cantón un gobierno revolucionario y una academia militar con el objetivo de estructurar un ejército nacional que enfrentara a los caudillos militares.

Las fuerzas revolucionarias emprendieron la conocida Expedición al Norte. Corrían los años 1925 y 1926 y la situación interna en China era explosiva. La Expedición fue exitosa, pero su jefe militar, el caudillo del Kuomintang Chiang Kai Shek, traicionó al movimiento revolucionario y formó en Nankín su propio gobierno. Comenzaba así otra etapa en la larga historia de luchas del pueblo chino.


LUCHAS POR EL CONTROL DEL BARRIO CHINO DE LA HABANA

A mediados de la década del 20 el Barrio Chino de La Habana había experimentado un notable desarrollo, basado fundamentalmente en las actividades mercantiles que fomentaban sus pobladores. A tenor con el crecimiento urbanístico de la capital, el Chinatown habanero había pasado a formar parte de una céntrica zona estratégicamente situada desde el punto de vista comercial. A pesar de su reducido perímetro, el Barrio Chino fue sede de disímiles y prósperos negocios tales, como tiendas y bodegas con mercancías exóticas, zapaterías, puestos de frutas, fondas, trenes de lavado, etc.

Para la información de la comunidad circulaban tres periódicos, uno de corte comercial, el Wah Man Sion Po, y los otros dos que servían como órganos de los Partidos Nacionalista y Republicano. Al éxito del Barrio contribuyó la laboriosidad y el carácter emprendedor y austero de muchos de sus habitantes.

Existían en el Barrio Chino numerosas sociedades, en su mayoría autocalificadas como de instrucción y recreo, pero eran el Kuomintang y el Chi Kong Tong las que gozaban de mayor influencia y membresía. Según fuentes de la época, ambas agrupaciones reclutaban a sus miembros entre el mayoritario sector comercial, pero al parecer los nacionalistas superaban a sus rivales en el número de afiliados y en peso económico.


A pesar de la vigencia de una ley que prohibía la inmigración china, la introducción en el país de hijos del Celeste Imperio se había convertido en un lucrativo negocio. Con la complicidad de determinados funcionarios, miles de chinos entraron al país bajo el calificativo de “comerciantes” o “estudiantes”. El tráfico de chinos no era el único negocio despreciable. Determinados personajes dentro del Barrio se enriquecieron explotando de forma inmisericorde a sus paisanos y fomentando negocios de juego y contrabando de drogas, el opio en particular.

El Barrio Chino de La Habana no podía ser una excepción en el panorama de corrupción imperante en el país. Los miembros más prominentes de la comunidad china, por lo general vinculados a Nacionalistas o Republicanos, procuraron granjearse el favor de las autoridades cubanas, principalmente de los personeros del gobierno de turno, en este caso Gerardo Machado y sus acólitos. Un buen ejemplo de estos vínculos fue el homenaje rendido al Asno con Garras en los salones de la sociedad Chi Kong Tong, radicados en el hotel Telégrafo. El acto se celebró el 9 de enero de 1925 y contó con la asistencia de lo más selecto de las “clases vivas” del Barrio Chino. Machado agradeció las muestras de adhesión y ofreció garantía a la comunidad asiática de que su gobierno sería respetuoso con sus intereses.

Otro gesto que evidencia el deseo de los sectores más influyentes del Barrio de granjearse las simpatías del General Presidente, fue el busto de bronce con la efigie del Jefe de Estado que fue costeado y donado por la Cámara de Comercio China y otras entidades económicas y sociales del enclave asiático, con el objetivo de que figurara en el pabellón cubano de la Exposición Internacional de Filadelfia, Estados Unidos, celebrada en 1926.

Connotados congresistas y abogados de la época mantenían estrechos vínculos con las figuras más acaudaladas de la colonia china, e incluso fueron acusados por la prensa de haberse enriquecido amparando turbios negocios. Tales fueron los casos de Manuel Castellanos y José Rosado Aviar, letrados relacionados con la sociedad Chi Kong Tong, y de Manuel Capestany, representante a la Cámara y defensor de los intereses del Kuomintang.

Paulatinamente, las rivalidades dentro del Barrio Chino fueron subiendo de tono. Ya en 1925 ocurrió una sonada reyerta en los salones del Casino Chung Wah. Pero fue 1926 el punto culminante de los enfrentamientos.

Periódicos de la época e informes policiales se hicieron eco de continuas denuncias y de hechos de violencia protagonizados por ambos bandos, aunque fue el Partido Republicano el que más se destacó mediante el uso de los tenebrosos Tong o Cuadrillas de la Muerte. No obstante las diferencias políticas e ideológicas que separaban al Kuomintang del Chi Kong Tong, lo que estaba en juego era el liderazgo de la comunidad china en Cuba y los enormes beneficios que se obtenían con el tráfico de inmigrantes, el juego al prohibido y los fumaderos de opio.

A juzgar por los datos que se disponen, la tradicional tranquilidad del Chinatown habanero se vio perturbada con la irrupción de inescrupulosos comerciantes que tras la fachada de “honorables comerciantes” actuaban como verdaderos hampones. Unos de estos controvertidos personajes fue Andrés Chin Lion. Connotado machadista desde fecha tan temprana como 1914, Chiu llegó a ser uno de los comerciantes más ricos de la zona, dinero supuestamente ganado con el comercio de víveres finos. Sin embargo, contemporáneos suyos lo caracterizan de esta forma: “De jugador de botones llegó a tahúr con casa abierta bajo el manto de club político. Se hizo poderoso con el opio, venciendo a sus competidores y posibles asesinos”.(1) Fue un personaje vinculado al Kuomintang. Su asesinato desencadenó una oleada de protestas y acusaciones contra la sociedad Chin Kong Tong y en particular contra su brazo armado, los famosos Tong o Cuadrillas de la Muerte. Diversos cuerpos policíacos emprendieron una minuciosa investigación, y la prensa de la época hizo hincapié en los aspectos más negativos de la vida en el Barrio Chino. Se especuló con la existencia de una “lista negra”, integrada por importantes hombres de negocios chinos que debían ser asesinados por los tenebrosos Tong. La directiva del Kuomintang pidió a las autoridades que tomaran medidas para neutralizar la amenaza que para ellos representaban los republicanos.

A lo largo del año 1926 menudearon los incidentes en el Barrio Chino. Por ejemplo, el 7 de mayo la prensa reflejó las protestas que habían sido presentadas al Gobierno Provincial de La Habana en contra de la política introducida en el seno del Casino Chung Wah por sus principales directores, quienes acordaron el envío de dinero a las tropas revolucionarias que combatían al Gobierno de Pekín. En esos momentos, el centro principal de la colonia china en Cuba estaba controlado por el Kuomintang y era evidente que intentaban ayudar a sus correligionarios en China.

Ante la multitud de los disturbios, el Gobierno se vio obligado a tomar cartas en el asunto. La vigilancia policial en el Barrio Chino de La Habana fue reforzada y se ordenó a los gobernadores de las distintas provincias que procedieran a la clausura de las  representaciones de Chi Kong Tong, tanto en la capital como en las provincias. Paralelamente, se realizaron operativos policíacos contra el tráfico de opio y los juegos ilícitos. Se instruyeron causas para la deportación de un grupo de supuestos delincuentes de origen chino y se acusó a un grupo de funcionarios de Inmigración de complicidad en la entrada clandestina de inmigrantes chinos. No faltaron incluso manifestaciones de xenofobia por parte de algunos altos funcionarios. El 19 de agosto el periódico El Sol publicó las siguientes declaraciones del Subsecretario de Gobernación:

“Esos chinos, además de su carácter díscolo y falaz, hacen una competencia terrible al comercio capitalino y al proletariado nativo. Como viven agrupados a centenares y se alimentan con manjares tan estrafalarios como baratos (...) sus gastos son ínfimos y pueden hacer por lo tanto una competencia ruinosa a los comerciantes y a los obreros cubanos y españoles. Ahora bien, no sólo eso es lo que preocupa. Lo más grave son sus rencillas, sus perturbaciones, su irrespetuosidad con las autoridades, el profundo odio de los elementos de las sociedades que radican en su Salud 14, hacia Andrés Chiu y otros miembros del Partido Nacionalista Chino, que por su influencia y dinero tenían el control de los negocios en el barrio chino (...)”(2) la corrupción en el Barrio Chino se convirtió en el tema del momento en la prensa habanera. Menudearon los llamados a la disolución del Barrio, clausura de sociedades y deportación de asiáticos. No sería demasiado aventurado suponer que detrás de la propaganda negativa se ocultaban mezquinos intereses.

De cualquier manera la sangre no llegó al río. Se tomaron algunas medidas para acallar a la opinión pública, pero el Barrio Chino de La Habana continuó existiendo. Afortunadamente, la propaganda antichina no caló en el pueblo cubano y no consiguió enturbiar la imagen del chino amable, honrado y laborioso que venía cultivándose entre las masas desde el siglo XIX.

El Barrio Chino continuó siendo parte integrante del entorno habanero y con sus logros y sus miserias sufrió los mismos avatares que el resto de la nación. El Barrio nos ha transmitido un legado que tenemos la obligación de conservar.
 

Bibliografía:

Álvarez Ríos, Baldomero: La inmigración china en la Cuba colonial. Publicigraf, La Habana, 1995.

Baqués, Judith: Cuadernos H. Serie Asia, Japón. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1973.

Chuffat Latour, Antonio: Apunte histórico de los chinos en Cuba. Molina y Cía., La Habana, 1927.

Epstein, Israel: Desde la guerra del opio hasta la liberación de China. Ediciones Venceremos, La Habana, 1964.

Guanche, Jesús. Componentes étnicos de la nación cubana. Ediciones Unión, La Habana, 1996.

Historia de China desde 1800. Colegio de México, México, D.F., 1989.

Jiménez Pastrana, Juan: Los chinos en las luchas por la liberación cubana (1847–1930). Instituto de Historia, La Habana, 1963.

Selección de Lecturas de Historia General de Asia. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1983.

Suda, Enmanuel: Agonía y despertar de China. Editorial Claridad, 1938.

 

Notas.

1 informe policial. Archivo Nacional de Cuba. Secretaría de la Presidencia, Legajo 25, exp. 52.

2 Declaraciones del Subsecretario Interno de gobernación al periódico El Sol. Archivo Nacional de Cuba. Secretaría de la Presidencia. Legajo 25, expedientes 52.

Tomado de la revista Catauro. Año 2, No. 2, 2000.

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