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El
cuento de La Jiribilla
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Por lo
menos un tortazo
Ena Lucía
Portela
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La
Habana
1. Por lo
menos un tortazo
Si algo lo irritaba sobremanera, si algo lo predisponía
a la violencia y el homicidio, era que se intentara
hacerle creer cosas. ¡Ah! Su entorno se teñía entonces
de rojo, rojo fuego, rojo hierro, llamaradas vibrantes y
Moisés en el centro, enloquecido con cuernos y cola, una
sierpe, un basilisco, un dragón, el diablo en el
infierno. Tremendo espectáculo. Uno llegaba a temer que
se muriera, así de pronto, por combustión espontánea.
No se le ocultaba el lado absurdo y hasta ridículo de su
ira. Sabía que todos aquellos bellacos, miserables,
imbéciles, fucking bastards, jamás conseguirían hacerle
tragar ni el más diminuto de sus embelecos. Les faltaba
astucia, chispa, mundo. Les faltaba clase. Les faltaba
todo lo que él tenía de sobra, hasta para regalar, para
hacer dulce. ¿Pero qué se habían pensado, eh? ¿Que él
había nacido ayer? ¿Que era un parvulito, un chama del
círculo infantil? ¿Que podían embaucarlo así tan fácil?
Qué atrevidos, los malditos... Las mentiras descosidas,
burdas, para mentes débiles, lo encolerizaban más, si
cabe, que las simulaciones sofisticadas. Mientras más
torpe el infundio, mayor la falta de respeto a su
inteligencia.
Pero controlarse, en cualquier caso, le costaba una
enormidad. Ya lo habían detenido varias veces por
escándalo público, por abofetear a un policía de
tránsito, por ripiarse a trompones con tres prietos del
solar de Los Muchos, por lanzar una banqueta contra el
espejo de un bar, por propinarle un botellazo al guajiro
de la farmacia, por incendiar un hotelucho. Subversivo y
pico, tanto que algunos lo llamaban El Anarquista, El
Terrorista, El Que Pone La Bomba, a cada rato pernoctaba
en un calabozo, se pasaba la vida pendiente de juicio y
su legajo penal se confundía, por el volumen, con el
prontuario telefónico de Nueva York. De la cárcel no lo
salvaba más que su historia clínica de paciente
psiquiátrico, a la cual se añadía aquel prodigioso
testimonio del Dr. Hermenegildo Frumento en el sentido
de que Moisés no era, en el fondo, mala persona.
O sea, que su nivel de peligrosidad no sobrepasaba el de
un ciudadano promedio, un average man sometido a
múltiples tensiones, a todas las malevolencias del
trópico: el enervante calor húmedo, la llovizna
pertinaz, el fango, la cochambre, la peste a podrido,
los mosquitos, las guasasas, la impericia de los
funcionarios, etcétera. En más de una ocasión había
intentado estrangular a su terapeuta, pero sin demasiado
éxito. Por suerte, nunca se decidió a portar armas. Se
limitaba a soñar con un rifle, con una Asociación
Nacional del Rifle de la que él sería presidente y
máximo energúmeno. Porque ellos, los sinvergüenzas, no
lo dejaban tranquilo. Ellos insistían, reiteraban,
porfiaban hasta el infinito con una calma asquerosa. Y
aún se atrevían a mirarlo con sorna, tan campantes, los
muy hijos de mala madre, con sus ojuelos cínicos.
Sabía, puesto que era un hombre muy sagaz, que ni ellos
mismos, los canallas predicadores, se creían una jota de
sus embustes. Qué iban a creer. Porque la gente
convencida –aseguraba entre alaridos y puñetazos encima
de la mesa–, la gente verdaderamente convencida,
nunca trata de convencer a nadie. No les hace ninguna
falta el consenso. No se las dan de apóstoles. Se creen
felices cuando creen dirigirse hacia lo que creen amar
(esta frase me encantaba) y lo demás a la mierda. Había
que ser muy inseguro, estar muy escindido y muy jodido
para encaramarse en una tribuna a sentar cátedra, para
mendigar la conformidad ajena, para andar a la caza de
prosélitos. Así, cuando pretendían engañarlo, en
realidad lo que pretendían era engañarse a sí mismos,
ajustar, redondear, perfeccionar la patraña como quien
introduce mejoras en el confort de su apartamento.
Incapaces de respirar al aire libre, vivían en la
burbuja verdosa y pestilente de la falacia. Necesitaban
de su fe, difícil, para alimentar la de ellos, famélica.
Lejos de aplacarlo, esta reflexión lo indignaba todavía
más. Conque tratando de utilizarlo, ¿eh? Puercos,
mostrencos, infames, tarados. Qué rabia. ¡Ah, cuánto los
odiaba!
En un apacible crepúsculo de otoño, el día del
equinoccio con pajarillos cantores y ranitas en la
charca, me atreví a sugerirle que no les hiciera caso,
que se encogiera de hombros:
–Olvídate de ellos, moñito –le susurré al oído–, tú a lo
tuyo. Nada de combatir al enemigo ni de alterarse de los
nervios ni de coger ningún tipo de lucha. ¿No dices que
ellos no pueden ni podrán convencerte jamás? Entonces,
yuyito –lo besé en el cuello–, ¿para qué sufrir por algo
que, evidentemente, no vale la pena? ¿Qué adelantas con
ponerte así, mi amor? Si no te cuidas, un día de estos
te va a dar un soponcio fulminante, una apoplejía, una
sirimbola. Te vas a quedar todo tieso, así, hecho un
vegetal. Y fíjate que yo no tengo la menor experiencia
en eso de atender minusválidos –muy despacio, le
desabotoné la camisa–. Tienes que salir de ese círculo
vicioso, moñi, tienes que salir... Estás muy tenso, muy
rígido –de veras lo estaba–, mira para eso. ¿Por qué no
pruebas a relajarte? Ejercicios yoga, tú sabes. ‘Yoga’
significa tranquilidad, ecuanimidad, mucha calma y poco
nervio, paz de espíritu o algo de eso, no me acuerdo...
–le acaricié el pecho–. Pero bueno, lo primero es la
salud. Mira, cuando ellos vean que te son indiferentes,
que sus opiniones te importan un rábano, te dejarán en
paz. Eso siempre pasa. Uno no les da bola y ellos se
largan con su música a otra parte, a joder a otro que sí
les dé bola. Prueba a hacerte el sueco, yuyi, y tú vas a
ver lo que pasa, tú vas a ver, tú vas a... –lo besé en
la boca.
A decir verdad, yo no tenía la más remota idea acerca de
quiénes podrían ser ‘ellos’. Sólo se me ocurrió que, en
una situación tan desesperada, quizás lo mejor fuera
mantenerse al margen. No hacer caso. Lasser faire,
lasser passer.
Pues bien, no me hizo caso. Peor, me miró con espanto.
–¡Sal de arriba de mí! –gritó y se sacudió como si yo
fuera una araña pelúa. Acto seguido, me metió un puño en
el estómago y el otro en un ojo para que dejara de ser
verraca. ¡Ah, las mujeres! Siempre instaladas en la
estulticia, en la sandez, maquinando frivolidades. Las
mujeres eran el colmo del mongolismo. ¿Quién las habría
inventado? Eran muy brutas, las mujeres. Ni por
causalidad entendían la esencia de los fenómenos, el
mundo como voluntad y representación. ¿Es que había que
explicármelo todo? ¿Sería yo tan cretina? Si no les
hacía caso –en pleno episodio de licantropía, Moisés
enseñaba los dientes y gruñía como el lobo feroz
mientras yo me arrastraba por el piso hasta colocarme
lejos de su alcance, no fuera a propinarme una patada–,
ellos, los rufianes, los pícaros malandrines, se
sentirían con derecho a creer que él creía lo que ellos
querían que creyera (la náusea y el dolor no me
permitieron captar el intríngulis de esa idea tan
interesante), pues el que calla, otorga, y entonces
actuarían en consecuencia. Sí, él los conocía bien. Pero
que muy bien, como a la palma de su mano. Cómo no
conocerlos, si pululaban por todos los rincones.
Adondequiera que mirase, había por lo menos uno... (Miré
en torno, por si acaso, pero ninguno se había colado en
el cuarto.) Eran mezquinos, viles, atravesados y
oportunistas. Insaciables cucarachas tragonas, una manga
de sabandijas. No por gusto los tenía en la mirilla,
bien vigiladitos, cosa de cogerlos en el brinco... ¿Es
que no me daba cuenta de la gravedad del asunto? Con
ellos todo se reducía a un juego de fuerzas, una pugna
de egos a ver quién era más macho, quién estaba mejor
provisto, quién segregaba la mayor cantidad de
testosterona. Había que andar a cien ojos. Porque si los
dejaba salirse con la suya aunque fuera una sola vez,
una solita, lo más probable era que intentaran hacerle
creer nuevas mentiras más insolentes aún que las
anteriores, más apestosas, más hediondas. Y luego otras
y otras y otras... La historia de nunca acabar. ¡Y a él
sí que no lo cogían pa’eso! Qué va. Él tenía sus
estrategias. Como decían los antiguos romanos: si vis
pacem, para bellum.*
Mientras, yo debía dejarme de tanta lloradera y tanto
artistaje, levantarme de una buena vez antes que él me
levantara de un sopapo o me arrastrara por los pelos e
ir al antro de los bajos (en la primera planta de la
Esquina del Martillo Alegre hay un bar clandestino, el
de Pancholo Quincatrece, socito mío, donde también se
puede conseguir marihuana; yo vivo en los altos) a
comprar un litro, ah, y cigarros (cuando estaba muy
furioso, hecho una fiera, el moñito solía fumarse dos a
un tiempo, agarraba uno en cada mano y los absorbía de
manera alterna), porque no había en el mundo todo
panorama tan indecente como el de una gorda subnormal y
despatarrada en el suelo, con el rímel corrido, llorando
lágrimas negras y haciéndose la víctima, la dama de las
camelias. ¡Mira que yo le había salido trágica! Ni que
fuera Greta Garbo. Me puso el dinero en la mano y me
expulsó de un empujón. Get out! No estoy segura, pero
creo que Moisés me guardaba cierto rencor por el rollo
con el policía de tránsito, porque le habían retirado la
licencia de conducción, ¡qué injusticia!, y ahora
dependía de mí (hasta cierto punto, sólo hasta cierto
punto, que me quedara bien claro) para trasladarse de un
lugar a otro en pos de nuevos conflictos.
Al principio de nuestra aventura, cuando él aún estaba
casado y totalmente histérico porque su mujer y sus
hijos no lo comprendían (yo los comprendo a ellos),
supuse que si me abstenía de abrir el pico durante sus
largas y ardientes peroratas en contra de los fulleros,
falsificadores, perjuros, charlatanes, tahúres y
embelequeros, él, en justa reciprocidad, se abstendría
de pegarme. Pero no. Qué ilusa. ¿Dónde se ha visto?
Callada o no, siempre me llevaba por lo menos un tortazo.
Él tenía que dármelo porque, en su cabeza loca,
yo también trataba de engañarlo. No es que me acostara
con otros hombres, claro, ¿quién más se iba a fijar en
semejante gorda burra con estampa de puta francesa del
siglo XVIII? (Esta descripción, un tanto rococó, me
parecía fascinante.) No creo, además, que la fidelidad
le importara gran cosa: no era un tipo de reparar en
minucias. A su modo de ver, yo trataba de engañarlo,
engatusarlo y hacerlo pasar por idiota cuando fingía
comprenderlo, cuando lo llamaba yuyito y moñito, cuando
le cantaba aquello de ‘mira que eres lindo... / qué
precioso eres...’ o le desabrochaba la ropa con los
dientes, cuando giraba a su alrededor cual satélite
amoroso, ronroneando como una gata en celo, o le hacía
un strip-tease para él solito (hace años que sueño con
desnudarme delante de un montón de gente, encima de un
mostrador o algo así, pero nunca se me ha dado la
oportunidad), con música de los años cuarenta, a la luz
de la lámpara de bambú con pantalla de seda roja. Cuando
acariciaba su angustia, su dolor, su terrible
desesperación de vivir en este mundo cruel y desalmado,
repleto de enemigos.
¿Yuyito y moñito, él? ¿Un señor adusto que ya bordeaba
los cincuenta, alto y fuerte, con aspecto de patriarca
hebreo? ¿Qué falta de respeto era ésa, vamos a ver? ¿Qué
cojones me había figurado? ¿Le había visto cara de
maricón o qué? ¿Adónde quería llegar con todos esos
arrumacos? ¿O es que no me lo tomaba en serio? ¿Acaso
podía yo comprender siquiera una brizna de temas tan
complejos y sutiles como el argumento de autoridad (el
más abominable entre los argumentos, según él, pura
escolástica), la duda cartesiana, la duda
kierkegaardiana (vaya palabrita) o la skepsis de Pirrón,
la gran duda? ¿Qué sabía una gorda culona de los estados
de incertidumbre, de la precariedad de la existencia, de
la insignificancia del ser ahí, del escándalo que
implica la muerte? Francamente, ni hostia. Ni siquiera
me hace gracia pensar en la muerte. Total, si no hay
arreglo, si de todas formas nos va a agarrar... ¿Para
qué tanta morbosidad? Es como vivir en agonía perpetua,
muriéndose cada cinco minutos.
Algunas veces, sin embargo, esta clase de regaños me
hacían preguntarme cómo era posible que yo hubiera
sobrevivido en medio de tamaña ignorancia, tamaña
desidia. Cómo lograba sortear obstáculos que ni siquiera
veía, ir escapando envuelta en aquel desconocimiento
inaudito, exuberante, sobrecogedor. Me invadían entonces
los buenos propósitos: ir a alguna biblioteca, leer
tratados filosóficos bien crípticos y corpulentos,
henchidos de preocupación por el escándalo que implica
la muerte, con muchas citas en griego y en alemán
(lenguas misteriosas), reflexionar acerca de ellos,
cultivar el intelecto y evolucionar hasta convertirme en
una persona atormentada, sombría, taciturna... Pero la
inspiración duraba poco. No es mi culpa: en el Caribe
por lo general las cosas duran poco. Enseguida me
entraba la vagancia, la poltronería. Me dejaba seducir
por la dulce complacencia del no hacer, de vegetar, de
abanicarme lánguidamente recostada al poyo de la
ventana, de admirar el diseño de las nubes o las pisadas
de elefante en el techo o los caprichosos dibujos que
traza en el aire el vuelo de un moscardón. Alguien me ha
contado que más o menos así es el paraíso musulmán.
Con frecuencia Moisés me olvidaba. Se perdía de la
Esquina por muchos días, hasta semanas. Pagando con
gasolina o con algún trabajito mecánico, yo guardaba el
carro en el garaje de un vecino que me había prometido
solemnemente no robarse las gomas ni los
limpiaparabrisas ni el espejo retrovisor ni nada y me
dedicaba a esperar con mucha paciencia, a pensar en los
marañones de la estancia y no en el hospital, la unidad
de policía o la morgue. Si Penélope tejía y destejía un
tapiz, yo me aposentaba en el paraíso musulmán y
tarareaba la canción de las cien botellas, esa que dice
‘cien botellas en una pared... / cien botellas en una
pared... / si una botella se ha de caer... / noventa y
nueve botellas en una pared...’, luego se caía otra y
quedaban noventa y ocho, luego otra y otra y así hasta
el final, hasta llegar a cero. De lo más entretenido, el
sonsonete era también un sortilegio para conjurar la
catástrofe. Me gustaba creer que, si llegaba a cero, no
ocurriría ninguna desgracia. Nunca supe a dónde iba el
yuyito ni el porqué (aunque esto sí me lo imagino) de
los moretones, rasponazos, cortadas, pequeñas heridas
que traía de vuelta. Nunca supe cuándo regresaría, ni
siquiera si regresaría. Él, por supuesto, no daba
explicaciones. Según sus propias palabras, se había
divorciado para ser libre, no para que yo le controlara
los pasos.
También tenía por costumbre desaparecer dentro de sí
mismo, en los recovecos de la cólera profunda. Se
sentaba en un rincón a odiar, a solas con el litro, en
la misma postura del Pensador de Rodin. El padre
Ignacio, un viejecito casi heroico en su afán de lidiar
con los ochenta y tres mil pecados del barrio (el peor
de todos: la violencia doméstica, el abuso con los
niños), quien acepta jovial y en el fondo encantado
cualquier cuchufleta en relación con su apellido, nada
más y nada menos que Loyola, me comentó una vez que
aquella escultura lo inquietaba:
–Dime tú, hija mía, ¿qué manera es esa de posarse en una
silla, con la cabeza hundida y la columna hecha una
jorobeta? –el padre Ignacio remedaba la pose con
evidente desaprobación–. Sin contar la escoliosis que le
espera, ¿qué clase de ideas pueden ocurrírsele a un
hombre sentado así? Nada que no sea oscuro, atávico y
destructivo. Qué pensador ni pensador. Ese no es
pensador ni la cabeza de un guanajo, lo que es un
amargado, un resentido, un envidioso, la frustración en
persona. Un enemigo de la paz ciudadana. Un peligro
público.
Mi Pensador, en efecto, los maldecía a todos en voz
baja. Se cagaba en sus respectivas madres. Les echaba
mal de ojo. Entre dientes los injuriaba, los cubría de
vituperios y vilipendios, les deseaba la muerte. Un
millón de muertes. Que los mordiera una cobra. Que se
intoxicaran con gas metano. Que cogieran el sida. Que
los aplastara un camión. Que los partiera un rayo. Eso,
eso, ¡el rayo vengador! Sus manos retorcían con saña,
hasta el último aliento, algún pescuezo invisible:
–Muérete de una vez, coño, muérete, muérete... –y se
reía– ji ji... jaque mate... ji ji... –con aquella
risita acuosa, luciferina, que me ponía los pelos de
punta.
Más tarde volvía en sí, me miraba como extraviado, como
a punto de preguntarme dónde estábamos y quién yo era.
De pronto, ¡paf!, se desgajaba de la amnesia. Al
recordar que de vez en cuando compartía la cama, la
ducha y el café con otra persona, con alguien que, por
muy retardada que fuera, podía verlo y oírlo de cerca,
tocarlo, descubrir sus debilidades e insuficiencias, su
primer y casi único sentimiento era la desconfianza. Y
la cogía conmigo, como es natural, acusándome de
espionaje.
Moisés apreciaba las tinieblas no sólo en sentido
figurado. Por causa de algún desperfecto oftálmico o
cerebral, no sé, no le gustaba hablar de enfermedades
(en una ocasión el Dr. Frumento mencionó la palabra
‘fotofobia’ y su paciente predilecto lo mandó al quinto
carajo), sus ojos no mantenían buenas relaciones con los
rayos del sol. Le ardían, le supuraban, se le inyectaban
de sangre. En la calle usaba unas gafas oscuras que le
daban cierto aire de mafioso, narcotraficante o asesino
a sueldo, de personaje de John Dickson Carr; unos
cristales como espejos diabólicos que despedazaban las
imágenes y luego las recomponían de un modo algo
siniestro. Cuando estaba en casa, la enorme y única
ventana (el poyo me da por la rodilla, centímetro más o
menos; para recostarme a él y disfrutar del paisaje
después de la batalla, tengo que sentarme en el piso)
debía permanecer cerrada y con la cortina negra (doble,
triple, densa, impenetrable, un verdadero horror)
estrictamente corrida. Él mismo se había ocupado de
taponar todas las hendijas para impedir el acceso del
más inofensivo rayito, de esas franjas solares donde
flotan corpúsculos multicolores. Nos alumbrábamos con
luz artificial aunque fueran las doce del día. En caso
de apagón, con velas. Los vecinos nos atribuían la
práctica de algún culto satánico. Y no me extraña, pues
para completar nuestra saludable vida de vampiros sólo
nos faltaba dormir en un ataúd. Increíble que no se le
ocurriera también eso. En cuanto al calor, estuvimos
fingiendo que no existía, lo cual en la zona tórrida es
mucho fingir, hasta que alcanzó los 35ºC a la sombra y
la habitación se caldeó como el horno crematorio de
Auschwitz. Entonces el moñito dijo basta, qué país, qué
recondenado país donde uno se derrite y luego se
evapora, e instaló un aparato de aire acondicionado para
congelarnos el culo como Dios manda. En caso de apagón,
salíamos a dar una vuelta o simplemente nos asábamos.
El amor de Moisés, quien detestaba la palabra ‘amor’, en
sí misma fraudulenta, sin otro significado que un
estúpido corazón de papel bermejo atravesado por una
saeta aún más estúpida, estaba hecho de gritos, insultos
y amenazas tan horripilantes que, de haber cumplido con
ellas al pie de la letra, ahora yo no estaría aquí
haciendo el cuento. Dominaba como nadie el arte de la
humillación y la poética del escarnio, en su vocabulario
no faltaba ni una entre las palabras y expresiones que
sirven para denigrar al ser humano. Yo era, en resumen,
la criatura más despreciable que él hubiera conocido en
su vida. Un corpúsculo de la franja solar, un microbio
indigno de ser tomado en cuenta. Su amor también incluía
golpes, a mano limpia o con la hebilla del cinto,
mordidas y pellizcos de los que marcan, arañazos,
penetraciones en seco y otras delicadezas. Él esperaba,
creo, que de un momento a otro yo confesara mi falsedad.
Estuvo a punto de lograrlo aquel memorable día en que me
agarró por los hombros y empezó a machacarme la cabeza
contra la pared:
–Muérete de una vez, coño, muérete, muérete...
Ay, ahí fue donde supe cómo es que el miedo sustituye al
dolor, cómo lo eclipsa y lo enrarece en circunstancias
de extremo peligro, cómo una persona puede trasmutar no
sólo las neuronas, sino todas sus células hasta
convertirse en puro miedo, qué bella experiencia. Pero
terminó por soltarme para machacarse su propia cabeza
del mismo modo (entonces comprendí las insinuaciones del
Dr. Frumento respecto a un cuarto con paredes
acolchadas), lo cual me permitió ir en busca de un cubo
lleno de agua fría y echárselo por arriba con tal de
sofocar el incendio. Este incidente me afectó de manera
irreversible la audición del oído izquierdo.
Mi placer, desde luego, le sonaba ficticio. ¿Por qué yo
suspiraba? ¿Por qué gemía? ¿Por qué la humedad tan
rápido, si él sólo aspiraba a torturarme? Y las otras
señales, ¿por qué? ¿Acaso podía gustarme un tipo a quien
no entendía para nada, que hubiera podido ser mi padre y
que fregaba el piso conmigo? No, de ningún modo. Ni que
él fuera el tonto de la Esquina. ¡A otro con ésas! Yo
era como ellos, embustera y farsante, puta mala.
Malísima. De las que mienten con todo el cuerpo. Desde
el cansancio me observaba con sospecha, como algunos
criminales observan a su perro, ese extraño bicho que
los adora a pesar de todo. Encendía un cigarro, uno
solo, y se ocultaba detrás del humo.
Ahora yo me pregunto si a fin de cuentas me gustaba
acostarme con él. ¿Sí o no? Él estaba convencido de que
no, pero la verdad es que sí. Muchísimo. Hasta lo más
hondo, hasta el vértigo. Era un hombre hermoso, Moisés,
con aquellos ojos grandes, negros y pendencieros,
siempre huyendo de la materia luminosa, con aquella
nariz de curva agresiva, nazarena, y una venerable barba
blanca en el estilo de Leonardo Da Vinci. Su boca... En
fin, hubo muchos, pero ninguno fue como él. Me excitaban
su olor, su voz de bajo delirante, las atrocidades que
decía y que me obligaba a repetir (en realidad no le
costaba mucho trabajo conseguir un eco, hablar es
algo que me eriza), su temperatura casi siempre febril.
Su manera de caminar, tan felina, como al acecho. Hasta
su aura roja endiablada. Ah, Moisés... Aún hay días en
que lo extraño, sobre todo cuando llueve o hace frío y
la ciudad se desmorona por allá afuera.
No resulta fácil confesar esto. A algunas personas les
repugna. Mi amiga Linda, por ejemplo, piensa que soy una
degenerada con media neurona cuándo más y que valgo
menos que una lombriz de caño sucio. Hasta se avergüenza
de mí, pobrecita. Ella es una escritora profesional, una
escritora de verdad, viajera, ambiciosa y
enérgica, a sus horas feminista y con pensamientos de
gran envergadura. Su tendencia a la generalización la
llevaba a considerar que las golpizas con que me
obsequiaba Moisés el Cavernícola hacían daño a todas las
mujeres del planeta. A las actuales y a las del
porvenir. Más allá del tema político, se lo tomaba como
algo personal, muy a la tremenda. Ah, si un día ese
ogro, cromañón, esbirro, troglodita, nazi se equivocaba,
si se le cruzaban los cables y por casualidad se atrevía
con ella... Ja. Entonces él iba a ver, sí señor, él iba
a ver lo que eran cajitas de dulce de guayaba. Casi
estaba deseándolo. Sí, porque donde las dan las toman y
el que a hierro mata... –a veces mi amiga también
participa de ese ímpetu que impulsa a los seres a emitir
alaridos y dar puñetazos encima de la mesa–. ¿Pero qué
se había pensado el tipejo? ¿Quién se creía que era? Tan
incapaz, tan fracasado, tan insecto... Yo, de comemierda
y falta de seso, le había dado mucha confianza, mucha
ala. Demasiada. Y el hijoeputa, claro, aprovechaba para
abusar. Pero un día le iba a llegar su Waterloo, porque
no todas las mujeres eran iguales de tímidas, infelices
y aguantonas. Seguro no, qué coño.
Sin haberlo visto jamás, Linda odiaba a Moisés con la
misma intensidad con que él los odiaba a ‘ellos’. Hasta
lo más hondo, hasta el vértigo. Como Aníbal el
Cartaginés a los antiguos romanos. Su mera existencia la
ofendía, la sacaba de quicio. Yo, por supuesto, nunca le
fui con quejas ni lloriqueos, no sólo porque mi
situación, por llamarle de algún modo, no era
precisamente de esas que uno se pela por exhibir, sino
también por no echar leña al fuego. Siempre he pensado
que cada quien debe asumir la responsabilidad íntegra de
sus elecciones y no usar al prójimo como paño de
lágrimas. Pero un ojo ponchado o un labio partido
resultan muy difíciles de ocultar, incluso bajo tres
toneladas de maquillaje, y para colmo mi amiga es
terriblemente observadora. Muy hábil, muy astuta,
siempre se las ingeniaba para enterarse de todo punto
por punto y cada vez se ponía más furiosa. Los machos en
general, por principio, sólo merecen su desprecio, pero
mi amante llegó a convertirse para ella en una cuestión
de honor. O le ajustaba las cuentas y lo ponía en su
sitio o dejaba de llamarse Linda Roth. Aún no consigo
explicarme cómo fue que me las arreglé durante alrededor
de cuatro años y medio para impedir el pavoroso
encuentro, sobre todo en los meses de verano, que es
cuando la gente se pone más intransigente, más belicosa,
y así evitar que mi casita acabara de transformarse en
un campo de batalla. Creo que sólo por ello deberían
otorgarme el Nobel de la Paz. ¿Quién hubiera vencido en
ese duelo de titanes? Vaya usted a saber. Lo que soy yo,
no hubiera apostado por ninguno. Me hubiese limitado a
esconderme debajo de la cama. Porque donde Moisés
contaba con la fuerza bruta, a la manera de un orangután
en la esquina roja, Linda contaba con la maldad
sibilina, a la manera de una serpiente en la esquina
azul. Ambos magníficos, rotundos y espectaculares.
A ella le hubiera encantado castrarlo. ¿No conocía yo la
divertidísima historia de Pedro Abelardo, el retórico
francés? Fabuladora al fin, hizo planes y todo. Primero,
dos meprobamatos disueltos en el litro. O quizá tres,
considerando la complexión de la bestia. Había que
aprovechar las flaquezas del adversario y ella no
ignoraba que el animal era un alcohólico de grandes
ligas. Después, aguardar a que la poción mágica hiciera
su efecto. No apresurarse. Cautela, mucha cautela.
Vigilar el paulatino descenso de los párpados, la
distensión, el derrumbe de la mole. Por último, las
tijeras de podar arbustos, chácata chácata, del toro al
buey y asunto concluido. Muerto el perro... Ah, y el
detalle artístico: se lo colocábamos en la boca, como si
fuera un tabaco, ja ja. ¿No me parecía una excelente
idea?
No suelo discutir con Linda (en general, no suelo
discutir), porque ella es la más sabia, la más
perspicaz, la que se esfuerza por llevar la luz a mi
vida tenebrosa, aunque sea a punta de tijeretazos.
Tampoco me gusta coartar sus iniciativas, como dice
ella, desplumar las alas de su imaginación. Pero en este
punto me permití subrayar algunas entre las más pequeñas
dificultades de la empresa. ¿Y si se despertaba en el
momento justo y nos agarraba con las manos en la masa?
Se disgustaría muchísimo. ¿Y si se desangraba y se
moría? Tremendo problema. ¿Podríamos hacerlo con
impunidad? Seguro no, pues nos quedaría bien difícil
borrar las huellas, limpiar la sangre y ocultar el
cuerpo del delito, un cuerpo de 91 kg. Quizás ella no,
pero yo sí que me pondría bastante nerviosa y lo
confesaría todo apenas tuviera delante el primer
policía, tendrían que abofetearme para que dejara de
hablar. Y luego, ¿sabía ella que en nuestro país aún se
aplicaba la pena de muerte, que la mayoría de los jueces
eran hombres y que, probablemente, nuestra cariñosa
faena no les haría ninguna gracia, sobre todo por
tratarse de un antiguo colega? Sí, él había sido juez
del Tribunal Supremo y profesor titular en la Facultad
de Derecho, un gran personaje. Lo de la castración,
además, me parecía injusto, un tanto excesivo, puesto
que Moisés nunca me había mutilado.
–Esas cosas se escriben –le dije–, pero no se hacen. Si
tan empeñada estás en maniobrar con las tijeras, ¿no te
parece mejor algo más simbólico? Recortarle la barba,
por ejemplo...
Linda se quedó horrorizada. Levantó una ceja y luego la
otra. Me miró como si yo fuera un monstruo. ¿Qué era lo
que escuchaban sus simpáticas orejitas? ¿Barbudo el
hombrín? Puaf. Nada tan repulsivo para ella como los
pelos en la cara, el rostro de un tipo jamás sería tan
acariciable como el de una muchacha. ¿Dónde había
perdido yo el gusto? Las barbas andaban sobrando,
cierto. Las barbas eran asquerosas. Pero, ¿conformarse
con una barba cuando se podía aspirar a...? ¿Por qué
rayos sería yo tan pasiva, conservadora y mentecata?
¿Acaso tenía alma de boniato? ¿O es que carecía por
completo de autoestima? ¿En qué siglo estaba viviendo?
Me picaba la lengua por las ganas de decirle que en el
XVIII, mi siglo favorito, pero me contuve, no fuera a
pensar que me burlaba o algo así. En lugar de eso,
intenté desviar el rumbo de la conversación. Le pregunté
por su última novela, ¿qué tal de resonancias? Elogié
las dos anteriores, absolutamente magistrales, de gran
impacto. Le dije que era un genio, que nadie la admiraba
tanto como yo, hasta la comparé con Virginia Woolf. Pero
nada. Su última novela, Cien botellas en una pared,
era la historia de un doble homicidio, pero aún no sabía
a quien matar –me apuntó con un dedo, como si quisiera
matarme a mí–. Las dos anteriores, también sanguinarias
y truculentas, ya habían crecido y caminaban solas. En
algún futuro no muy dilatado, llegarían a ser clásicos
del thriller, de la Serie Negra. Su agente negociaba las
traducciones. Y tal vez una versión cinematográfica...
He ahí un gran sueño: escribir para el cine. Porque el
dinero fuerte estaba en el cine y, quién se atrevería a
negarlo, el dinero era la música con que bailaba el
muñeco. Por lo demás, ella sabía que era un genio, mucho
mejor que esa lagartija inglesa tan hipocritona que yo
había osado mencionar en su presencia. No necesitaba
escuchar halagos ni baboserías, así que muy bien podía
ahorrarme toda mi estúpida admiración. ¿Me creía yo
capaz de manipularla con tales ñoñeces? Qué pretenciosa,
qué arrogante la gordita. Y volvió a mí. Como quien
dice, al ataque.
Se puso bastante sarcástica, venenosa y cruel como sólo
ella sabe ponerse. Qué pena le daba mi caso. Pero qué
pena. Para echarse a llorar –sonreía con la boca
torcida–. Sí, porque mi drama era de los muy
lacrimógenos, triste como un helado que se derrite, un
culebrón para señoras jubiladas. Yo le recordaba a las
mujeres de los países islámicos. (De su visita a
Estambul sólo me había contado las bellezas de Santa
Sofía, ¿a qué se refería ahora? No me atreví a
preguntar.) Pero no, porque a las mujeres de los países
islámicos no les quedaba más remedio que ser como eran.
En cambio, yo... Lo mío era patológico. Una especie de
trauma en el cerebelo, un virus. En rigor, para ser
precisa, yo me parecía más a cierto personajillo de los
Cuentos misóginos de Patricia Highsmith. A que no
adivinaba cuál. Sí, ese mismo –no esperó a que yo
adivinara–: “La víctima”. La provocadora barata. La
imbécil, poca cosa, retrasada mental. La que violaban
una pila de veces. ¿No me gustaría eso? Divino, ¿verdad?
Seguro que yo arrullaba fantasías de esa índole antes de
dormir. ¿Por qué no le suplicaba al Cavernícola (porque
toda comunicación con él, desde luego, debía ser en
términos de súplica, de rodillas y besando el piso), por
qué no le imploraba que invitara a sus compinches a una
fiesta privada entre ellos y yo? Por un instante quise
explicarle que Moisés era un hombre muy solo, sin
compinches, pero me contuve de nuevo. No se debe
mortificar a las amigas.
Con voz metálica, chirriante, afilada cual navaja de
matarife o cuchillo de carnicero, ella seguía en lo
suyo: la víctima. Aquella putica más pintarrajeada que
un payaso, peloteñido, calientapollas y masoquista a más
no poder, siempre jugando con fuego... hasta que se
quemaba. ¿No quería yo saber el final del cuento? Pues
sí, como era de esperarse, la víctima se perdía en un
país islámico. Algo lastimoso, abyecto, patético.
Mujercita de basura. Qué asco.
A menudo Linda me apabullaba con sus lecturas, pero en
esta ocasión, por pura casualidad, yo había leído el tal
libro. Muy original, sí. Un catálogo exhaustivo de las
diversas depravaciones femeninas. Todos los
estereotipos. Sólo faltaba, qué raro, “La bostoniana”. O
sea, la homosexual dominante, mordaz, totalitaria y
entrometida. De más está decir que no me animé a
transmitirle mi asombro a Linda. No se debe ofender a
las amigas. Pero no me lo tuvo en cuenta. A pesar de mi
silencio (o quizás por causa de él; me imagino que para
las personas batalladoras debe resultar incómodo carecer
de un contrincante a su altura), dio un portazo y se
alejó durante varios meses. Ni siquiera se despidió
antes de ir a la Feria de Fráncfort. La llamé a su casa
unas tres o cuatro veces y otras tantas me colgó el
teléfono. Y lo encajé fatal, porque esta muchacha tan
encantadora es la persona que más yo quiero en el mundo.
Ahora que es invierno y vuelvo a estar sola, aunque no
será por mucho tiempo, pues algo pequeño ha decidido
vivir, pienso en Moisés. No se trata de ‘pensar’ en el
sentido recto, riguroso, lógico de la palabra. Eso creo
que nunca he sabido hacerlo. Qué pena, con lo importante
que es. Más bien divago, dejo suelta la memoria y es
ella sola, animalejo silvestre, quien fluye, serpentea,
se enrosca y termina por saltar al cuello de Moisés. Hay
muchas preguntas y pocas respuestas. ¿Por qué acepté sus
condiciones? ¿Cómo permití que las cosas llegaran tan,
pero tan lejos? ¿En qué momento perdí el control? ¿El
control? ¿Es que alguna vez lo tuve? ¿Realmente estuvo
en mis manos la posibilidad de impedir que sucediera lo
que al final sucedió? No sé. Creo que Moisés no me
odiaba. Es más, creo que en realidad yo no le importaba
mucho. No le importaba nada. Su única obsesión eran
‘ellos’, los granujas, los truhanes, los bandoleros. Los
enemigos. El sentido de su existencia se cifraba en
impedir que trataran de engañarlo, en atraparlos con las
manos en la masa, arrancarles sus cochinas máscaras,
destruir sus maquiavélicos planes, confundirlos,
aplastarlos, aniquilarlos, pulverizarlos. Más que
misógino, misántropo era. En su combate contra la
humanidad, yo le servía de sparring. Así, cuando me
golpeaba, en realidad los golpeaba a ellos. En mí, cual
desdichada persona interpuesta, se resumía de manera
simbólica lo peor de la condición humana, el lado más
miserable de todos los terrícolas, tan repulsivos,
antipáticos, nauseabundos. Romperme un dedo equivalía a
la defenestración de Praga. Estrangularme casi hasta la
asfixia, a la matanza de Tlatelolco. Si algún día (mera
suposición) se le hubiera ocurrido matarme... bueno,
Hiroshima y Nagasaki. Ahora que lo pienso con calma, es
posible que el pobre Moisés estuviese un poco enfermo.
Nota.
* Antes de
perder la chaveta, Moisés había sido un brillante
jurista. Cuando lo abandonó todo, a los cuarenta y seis
años, ya había alcanzado una magistratura en el Tribunal
Supremo de la República. Hombre cultísimo y muy
elocuente, le encantaba calzar sus discursos con
latinajos. Como sé que la mayoría de las personas no
tienen por qué entenderlos, están muy ocupadas y carecen
de tiempo para buscar las traducciones en un
diccionario, me he tomado el trabajo de buscarlas yo.
Éste significa: Si deseas la paz, prepárate para la
guerra.
Primer capítulo de
su novela Cien botellas en una pared ganadora de
la XVIII edición de los Premios Literarios Jaén 2002.
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