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CHE GUEVARA Y EL SIGLO XXI
El
Che muestra con pudor una rara cualidad: soldado e
intelectual, es a la vez hombre de acción y de
pensamiento. Su imagen puede aparecer como recurso de
rebeldía, pero su rostro es una puerta: un camino de
amor, que transforma la rebeldía en conciencia
revolucionaria.
Enrique
Ubieta Gómez
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La
Habana
Ya se sabe que es difícil cerrar
herméticamente una frontera. Los estadounidenses
construyen con ahínco un largo muro que los separe de
sus indeseados (y necesarios, pese a todo) “socios”
comerciales al sur del río Bravo, cuyo nombre es ya una
insana ironía de la Naturaleza. Pero los ideólogos del
imperio quisieron construir un muro aduanal aún más
insólito e imposible en los años finales del siglo XX:
una furiosa campaña de los medios —que se extendía al
mundo académico y literario, con empaque
seudocientífico— pretendía requisar la conciencia
individual de los súbditos y desalojar de ella cualquier
residuo contaminador del siglo que terminaba sin gloria.
Los buenos ciudadanos se avergonzaban de ciertos nombres
otrora aclamados o aceptados como indiscutibles, e
intentaban demostrar que habían cambiado. Querían ser
aceptados en el reparto de riquezas que prometía el
nuevo siglo. Ningún caso es más patético que el de Jorge
Castañeda. Pero no pretendo escribir sobre él.
Los nombres, sin embargo, nombran cosas. Y estas existen
más allá de nuestra voluntad. Es una certeza que
comparten casi todas las filosofías. Y que acepta sin
reparos el sentido común. Sobre todo el de los
hambrientos. Así que mientras algunos partidos se
reformaban, y los académicos adecuaban su discurso para
que sus libros fuesen aceptados por las editoriales, la
cotidianidad establecía viejas demandas y las
vilipendiadas masas salían, desorientadas sí, pero
conscientes de sus problemas, a la calle. Dejaron de
creer en los partidos políticos, así como los
estudiantes universitarios de América Latina dejaron de
creer en sus profesores. En los parques, sentados
tranquilamente, esperaban los hombres y las mujeres que
abrieron caminos y nombraron el mundo en el que aún
vivimos: Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo, Recabarren,
Mariátegui, Mella, Tania, el Che. Decir y repetir que se
equivocaron es insuficiente. La vida no reafirma tal
aseveración. Ellos esperan por un diálogo cara a cara
que retome ciertas preguntas no respondidas.
El Che recorre las calles del siglo XXI con el tabaco
encendido y una irónica sonrisa en los labios. Lleva el
brazo en cabestrillo y su uniforme verde olivo. ¿Cómo
transformarlo en un objeto decorativo, de consumo?,
¿cómo postmodernizar su rostro, hacerlo compatible con
las desigualdades e injusticias que combatió, diluirlo
en la bolsa de valores y especular con su “bondad” o su
“maldad”, convertirlo en “santo” o en “terrorista”,
según convenga? Lo cierto es que el Che traspasó todas
las barreras aduanales del siglo, y su rostro melenudo,
inconforme, soñador, aparece en los estadios, en las
discotecas, en las habitaciones de los adolescentes, en
los pasillos de las universidades. Los profesores dicen:
es un mito. Los mercaderes intentan confundirnos y lo
colocan en la vitrina junto a Elvis Presley: es un
cantante de rock. Los espiritistas encienden una vela y
declaran: es un alma en pena. Pero el Che conserva la
inaudita sencillez de un compañero.
Algunas personas creen que debe humanizarse. Pombo, el
héroe que lo acompañó en África y en Bolivia, comentó
sorprendido en cierta ocasión que unos jóvenes le habían
pedido que hablara de los defectos de su jefe. Él solo
atinó a decir: era demasiado exigente consigo mismo y
con los demás. Humanizar a un héroe, a un ser
extraordinario, no es convertirlo en un ser ordinario.
Pero no es difícil encontrar en los textos guevarianos
al hombre que se adivina en su mirada. Quizás ningún
otro libro sea más revelador que su Pasajes de la
guerra revolucionaria: Congo. Y lo es, en tanto
reflexión angustiada de una momentánea derrota. El libro
es sobre todo una autocrítica, y ciertamente, es
conmovedor sentir su dolor ante el dolor y la muerte de
sus compañeros, esa manera radical, tan suya, casi
despiadada, de juzgarse a sí mismo. “Descansando en el
firme de una loma —escribe— donde debían esperarnos,
hice la amarga reflexión de que éramos trece, uno más
que los que tuvo Fidel en el momento dado, pero no era
el mismo jefe”.
Porque el Che muestra con pudor una rara cualidad:
soldado e intelectual, es a la vez hombre de acción y de
pensamiento. Su imagen puede aparecer como recurso de
rebeldía, pero su rostro es una puerta: quien la abre
encuentra un camino. No es, pese a todos los augurios,
un camino de odio. Es un camino de amor, que transforma
la rebeldía en conciencia revolucionaria. Su vida es el
mayor ejemplo de coincidencia entre el destino de un
pueblo y el de una persona. Quizás parezca extraño, pero
los ideólogos del capitalismo “triunfante” le temen: el
Che es la Revolución que está por hacerse en nuestra
América, una esperanza interior, que cada hombre o mujer
porta como un abrigo indispensable, en el invierno de la
unipolaridad. Su presencia no reclama necesariamente el
uso de las armas, sino el de la razón. Cada nueve de
octubre comprobamos su obstinada presencia, a pesar de
la bala asesina, y de los imposibles aduaneros que
quisieron alguna vez construir un muro que separara el
subversivo siglo XX, del futuro.
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