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EL PROMOTOR:
UNA VARIACIÓN POSTFERIA
La
responsabilidad social del promotor se incrementa desde
ahora como nunca antes quizás. El libro es una fibra del
ser, latente, viva. No importa si un tratado de historia
o matemáticas, novela o compendio filosófico, pues al
transmitir conocimiento igual traslada el dolor del
conocimiento, la realidad de una vida que es y la
posibilidad de un mundo mejor; ya sea por negación o
aceptación de su contenido.
Víctor Fowler |
La
Habana
Acontecimientos de impacto tal que
obligan a derramar miles de páginas, movilizan la
atención de una sociedad durante años o décadas, se
convierten en verdaderos puntos de referencia dentro de
una historia nacional y, en consecuencia, en un
formidable capital discursivo que de inmediato integra
–en un muy relevante primer plano– el discurso de
políticos y líderes sociales, la prédica de los maestros
o la memoria familiar. En el caso cubano, y en el
período que a la Revolución pertenece, ninguno con la
relevancia de la Campaña Nacional de Alfabetización
desarrollada en 1961; no solo por su espectacular
resultado, al reducir el índice de analfabetismo a menos
del 4% de la población en un país en el que, apenas un
año antes, la cifra superaba el 20%, sino porque sentó
las bases para un corte definitivo y radical con el
pasado, para una comprensión renovada del mundo y del
hecho revolucionario mismo. La revolución educacional,
cultural, era el preludio del revolucionamiento
estructural de la vida, del cambio que afectaría a la
totalidad de la sociedad cubana. Por el mismo camino,
con más reducida dimensión, se ubican desarrollos como
la llegada del cinematógrafo a las zonas de difícil
acceso en la Sierra Maestra (de lo cual queda testimonio
en ese cortometraje inolvidable que es Por primera
vez); las temporadas del Ballet Nacional y la
Orquesta Sinfónica Nacional en los mismos lugares o esa
hazaña que es la extensión de la señal televisiva a casi
la totalidad del territorio nacional. Son gestos que
debemos entenderlos en una dimensión doble y que ocurren
en simultaneidad dado que si bien operan como
multiplicadores del hecho revolucionario, demostrativos
en sí mismos de los beneficios del nuevo sistema,
también resultan su consecuencia lógica; sorpresa y
previsión a la misma vez, cumplimiento y estímulo a una
nueva demanda.
Si bien cualesquiera de los anteriores datos tienen a su
alrededor el halo de lo extraordinario y heroico, hay
otro modo de acción cultural que pareciera funcionar en
acordes más tenues, no porque su importancia sea menor,
sino porque sucede dentro de ordenamientos que los
individuos consumimos como parte de lo habitual. No
quiere ello decir que la capacidad de sorpresa se agote,
imaginando a la Revolución y Estado socialista cubanos
como un sistema que nos contiene, exterior e íntimo al
mismo tiempo, médula del hueso y otredad. Es casi un
ejercicio de filosofía pensarlo, descomponer el sistema
como si estuviésemos colocados en un afuera de él, pero
el hecho es que, aunque muchas veces sabemos los nombres
de personas, ministerios o entidades de dirección
responsables de una medida favorable o infeliz, lo que
finalmente nos impacta es la capacidad del sistema, la
estructura global de la Revolución misma, para renovarse
y ser creativa o su margen de error. En este sentido el
sistema y cada uno de sus desarrollos o movimientos
reúnen el cumplimiento y la profecía, la realidad de la
promesa y el sueño; por tal razón, donde lo
extraordinario ha sucedido ya otros progresos resultan
naturales, pues aparecen como derivaciones lógicas. El
hecho de que esta dialéctica se haya convertido en un
mecanismo habitual de la vida, su modo mismo de
funcionamiento, es la más grande explicación de que un
gigantesco salto ha tenido lugar en relación con cualquier
estructura pasada; del lado opuesto, por el inevitable
contenido rutinario de cualquier conducta habitual,
igual encierra el peligro de que la costumbre nos impida
ver y entender lo extraordinario cuando transcurre ante
nuestros ojos.
Son parte de nuestra costumbre ordenamientos tales como
los diversos subsistemas que integran el sistema
nacional de instituciones culturales en un amplio
diapasón que reúne museos, bibliotecas, casas de
cultura, librerías, escuelas de arte entre otras
posibilidades. Lo que sucede en estos subsistemas, en
especial su extensión misma, pocas veces cobra tanta
relevancia como para ascender a la categoría de aquellos
acontecimientos heroicos de los que hablábamos al
inicio; su crecimiento, mantenimiento y desarrollo es
decidido en oficinas, distantes del gran público, de
acuerdo con realidades económicas que se nos escapan si
no pertenecemos a alguna alta esfera de la dirección del
ramo. Pero lo principal, la tremenda victoria de la
Revolución está en haber creado un nuevo tipo de
consumidor cultural, que demos por natural la existencia
de ese tejido institucional y de prácticas a nuestro
alrededor, que sean parte del paisaje cotidiano, de la
expectativa de vida de cualquier ciudadano, de lo que a
diario oye y comenta. Señalo esto porque si nos
detenemos a examinar las historias particulares de tales
subsistemas, a analizar su extensión, valorar sus logros
y aun sus perspectivas, habremos regresado al terreno de
lo extraordinario, a lo que no pudo jamás ser avizorado
desde otra zona del pasado ubicada antes de 1959. Sin
embargo, en paralelo a la satisfacción, lo que me
interesa destacar es justo lo contrario: el hecho de que
lo habitual nos impida ver la profundidad de una
transformación o capturar en toda su intensidad un
desafío.
Al menos tres momentos culturales que han tenido lugar
en el último año demandan ser analizados de semejante
manera: la multiplicación de los video-clubes a lo largo
de la Isla; la inauguración de un tercer canal
televisivo, de contenido educativo; el que la última
Feria del Libro haya abandonado su tradicional sede
habanera para convertirse en un evento de todo el país.
Al introducir la palabra desafío apunto hacia la
función prospectiva que las políticas centrales, las
elaboradas en los altos escalones de la dirección de un
país, a lo que tienen de implícito desde que facilitan
la universalización de nuevos circuitos de consumo y
disfrute cultural. Según la más simple teoría de
sistemas, ese nivel central, en virtud de su más rápido
y autorizado acceso a los recursos económicos
necesarios, además de su control global de los
mecanismos de estado, tiene mayores posibilidades de
implantar diseños a lo largo de un país entero que
cualesquiera de sus eslabones subordinados; a la misma
vez, es en esos eslabones inferiores donde la
creatividad puede adelantar desarrollos que la mirada
global impide suponer o destruir, por mediocridad o
incapacidad, la posibilidad de salto a que el sistema
aspira cuando el nivel central diseña las políticas.
Cualesquiera de estas políticas necesitan del uso de una
cantidad de la energía total del sistema, de la zona de
sus recursos que puede emplear para el crecimiento, y un
fracaso o pérdida de velocidad implica daño a la
estructura completa, a veces en regiones que de
inmediato no podemos siquiera imaginar cuáles sean, sin
relación aparente con el punto crítico al que nos
referimos.
Propongo que regresemos a la palabra desafío –a
la luz del soterrado acercamiento que venimos haciendo a
la ciencia de la dirección– y ahora para entender que la
implantación de un circuito de consumo/disfrute cultural
no es sino un primer paso hacia la movilización de
prácticas, conductas, actitudes, expectativas,
manifestaciones de la creatividad (empresarial y
popular). El circuito satisface demanda, pero también la
genera y, de modo latente, contiene otras posibilidades
de desarrollo que aquella forma original en la que se
mostró durante su creación; en cierto sentido es apenas
un soporte para que la iniciativa “haga cosas con él”,
innove, cree. La existencia material de una red nacional
de clubes de video permite imaginar debates, ciclos,
concursos, seminarios, cursos; toda una variedad de
prácticas asociadas al conocimiento –extendido y
profundo– del cine y el video como formas de arte. La
realidad de ese tercer canal televisivo y su contenido
constituyen una sólida respuesta a la necesidad de
aumentar el nivel cultural general de la población y una
respuesta masiva a demandas de formación en áreas
específicas del conocimiento; a ello se agrega la
función que dicho canal realiza al servir de apoyo al
desarrollo del currículo en áreas concretas de la
escuela en la educación primaria y secundaria. La Feria
del Libro, que tuvo lugar entre los meses de febrero y
marzo del presente año, permite suponer que desde
entonces ha debido de ser hecha una gigantesca masa de
lecturas, así como la oportunidad para las más variadas
fórmulas de investigación, conocimiento y modelación de
semejante cantidad de energía cultural. Como elemento de
valor agregado se encuentra el dato de que fue el propio
Fidel quien propuso que el evento, la Feria, se
convirtiera en un hecho nacional.
Es un dato fuerte, permite no solo introducir el evento,
con transparente coherencia, dentro de las más recientes
transformaciones en la educación y la atención social
que vienen teniendo lugar en el país, sino analizar con
la profundidad del estratega y mirar hacia una lejanía
que hoy ni siquiera se ve. Mi propuesta aquí es que
hagamos un pivote de la mirada del político para
conectar las transformaciones –que engloban tanto la
creación de nuevas escuelas de Instructores de Arte y el
Programa de Ediciones Territoriales, como la reparación
de escuelas en Ciudad de La Habana y otros puntos del
país, la creación de la Licenciatura en Estudios
Socioculturales y los cursos de formación de maestros
emergentes– y establezcamos las conexiones necesarias
con la Feria del Libro, los clubes de video, la
inauguración de las nuevas sedes del Museo Nacional de
Bellas Artes o cientos de otros acontecimientos
culturales para entonces revelar la roturación del
terreno para una nueva revolución cultural en el país;
solo mediante un pensamiento sistémico podríamos hacerlo
y no si mantenemos separadas las partes.
La cantidad de energía que, alrededor del hecho de
lectura, afloró en el país durante el mes y medio de
duración de la Feria es una magnitud que nos es
imposible sopesar por falta de instrumentos; se trata lo
mismo de quien es niño que del adulto, del que ve
satisfecha su demanda o su contrario, el que no es
lector habitual y fue arrastrado por el trabajo de los
medios masivos o entusiasmo de algún amigo, de quien
asiste año tras año porque la ocasión ya es parte de su
disfrute habitual, así como otras mil variedades de
participación que se nos ocurran. Quedan las cifras y el
anecdotario, pero no estoy seguro de que la ciencia
social cubana se encuentre en condiciones de procesar,
comprender, proponer interacciones inmediatas y, sobre
todo, elaborar diseños futuros con semejante material.
La contradicción viene a ser, nuevamente, la que se da
entre lo normal y lo extraordinario; si lo aplicáramos a
los estilos de trabajo, entre lo que habitualmente
hacemos y las posibilidades que una Feria en todo el
país abrió. Sobre todo porque fue la oportunidad de
quebrar la posición –al menos por un tiempo– la posición
privilegiada de la capital en términos de circulación de
textos e ideas; porque ha dado al profesorado nacional
(si este fuera culto) la posibilidad de mejorar sus
clases con nuevos elementos de apoyo y de estimular al
alumnado en dirección al mundo del conocimiento;
contribuido a que las conversaciones en el interior de
la familia sean más documentadas; a que las bibliotecas
(personales, públicas o especializadas) tengan una mejor
dotación; a que los discursos de los líderes sociales
sean más profundos, inteligentes e igualmente cultos; a
que los proyectos futuros organizados alrededor de la
lectura tengan una extensión nacional en grado nuevo y
con mejores condiciones de partida; a que la comprensión
misma de la vida y de las relaciones de los individuos
con el mundo y el país, su pasado y futuro, sean más
hondas. Pudiéramos abundar todavía más en las
derivaciones del acontecimiento, pero incluso estas
pocas señaladas bastan para comprender que lo ocurrido
–pese a parecer normal– fue una verdadera convulsión
cultural; si entendemos el hecho de lectura como
movimiento de ideas, su deseo de universalidad sería
equivalente a una verdadera bomba de tiempo en manos de
promotores, diseñadores y todo tipo de proyectos tanto
culturales como ideológicos.
Pese a lo anterior, la reflexión teórica acerca del
acontecimiento ha sido escasa al punto de la
invisibilidad, como si la profundidad de la acción fuese
tal que sus ejecutantes o difusores ni siquiera son
capaces de atisbarla; el gesto cultural sucedió en el
presente, pero su intención es cambiar el futuro. Aquí
corresponde deliberar acerca de los presumibles
manejadores de la cantidad de energía que estamos
suponiendo. ¿En qué lugar del sistema de instituciones
de cultura se encuentran? Alguien a quien no solo le
interesa extender hacia la totalidad de la población,
aun cuando sepa que esa totalidad es una utopía, el
hábito de la lectura y que sobre todo se interesa en
introducir al lector y al libro dentro de una matriz de
progresiones; es decir, propiciar el incremento
paulatino del instrumental con el cual el lector
enfrenta el texto, la educación del gusto, la apertura
continua de nuevos opciones de consumo de literatura y
de análisis crítico de ella. Aunque muchos subsistemas
participan para dar sustancia a la figura de quien
hablo, no está en ninguno de ellos porque a todos los
desborda; no es librero ni editor, asesor literario o
bibliotecario. Uno tiene su principal motivación en
vender libros, otro en que sean publicados los de mejor
calidad, el tercero en entregar al futuro escritor el
conocimiento que precisa y el cuarto la conservación de
lo publicado y su préstamo al que así lo demande; todos
se interesan en que se extienda el hábito de la lectura,
pero ninguno se pregunta (ni posee la formación para
hacerlo) cómo, por qué leer un libro en lugar de otro,
en qué orden colocar las lecturas para que formen un
plan, cómo medir los resultados del trabajo, qué
análisis prospectivo hacer y cómo introducir
correcciones a los proyectos. El comunicador social o el
maestro igual pudieran integrarse para formar esta
figura: la del promotor.
La extensión nacional de la Feria del Libro, repito, es
una puerta hacia el futuro y obliga a una comprensión de
la promoción de la lectura como todavía no tenemos. El
hecho mismo de que en el catálogo de las editoriales del
Instituto Cubano del Libro, justo quien centra la
celebración, sea prácticamente inexistente la
publicación de material relacionado con la promoción de
la lectura puede estarnos indicando una escasa
comprensión en sus dirigentes, editores y otros
especialistas sobre el hecho de la promoción; incluso
podríamos ir más lejos y preguntarnos, desde aquella
memorable edición de Invitación a la lectura, de
Camila Enríquez Ureña (de gran circulación) o la
reciente compilación Taller de la palabra (de
escasa circulación), publicada por la Editorial Pueblo y
Educación, cuántos libros dedicados a la temática de
promoción de lecturas han visto la luz en nuestro país.
Curiosamente cuando el asunto ha estado sin cesar, desde
la Campaña de Alfabetización, en el centro de los
intereses de las instancias encargadas de diseñar
políticas culturales o que tienen su núcleo en el
trabajo ideológico. Basta recordar que ya en los '60 se
realizó una Campaña de Lectura Popular (dirigida por
Salvador Bueno); que en el 84 fue librada la Campaña
Nacional por la Lectura (dirigida por Raúl Ferrer); que
en el 88 se le concedió a la Campaña categoría de
Programa y pasó entonces a la Biblioteca Nacional,
institución rectora del Sistema Nacional de Bibliotecas
Públicas; que en 1994 fue librada, por Abel Prieto,
ministro de Cultura, la convocatoria a una renovación de
ese Programa Nacional por la Lectura. Ello permite
suponer que en cualquier reunión se hable sobre los
promotores y la necesidad de su acción, pero ha faltado
una comprensión profunda, sobre todo actualizada, de las
problemáticas que dicho trabajo conlleva y ha sido poco
el apoyo al promotor; más bien se ha confiado en la
intuición en lugar de avanzar el camino de una formación
documentada. Apenas el Curso de Promoción de la Lectura
que durante años impartió en la Biblioteca Nacional el
Dr. Emilio Setién aparece como muestra de un esfuerzo
hecho con criterio científico, aunque insuficiente dado
el escaso abanico de contenido que allí se impartía. En
esta ocasión se insistía en los diversos modos de
preparar una actividad concreta en detrimento de una
interrelación global entre el texto y la cultura, además
de no prestar atención al acto de la lectura en sí
mismo. La realización, en la Biblioteca Nacional
inicialmente (y luego en las bibliotecas provinciales, o
sea, en todo el país) de un Diplomado sobre el tema en
el año 2001, es un mínimo paso hacia el mejoramiento en
la atención y formación de los promotores; aún así un
paso precario, propio de infante si consideramos el
desequilibrio en relación con la demanda.
Dentro de las transformaciones próximas presentes en el
panorama educativo, cultural y –en general– social
cubano, otros dos elementos de especial importancia son
la creación de las nuevas Escuelas de Arte y la creación
de los Programas de Formación Integral para jóvenes;
proyectos que deberán generar una enorme demanda de
consumo (en nuestro caso, lecturas) por el currículo de
estudios mismo, más sobre todo por lo que significan
como apertura del y hacia el mundo para los
educandos. Al proponerse buscar el talento en zonas
desfavorecidas de la sociedad y brindarle la posibilidad
de desarrollarse, ambos proyectos igualmente generan una
enorme cantidad de nuevas preguntas, de
reposicionamientos de los individuos frente al mundo, la
historia, su misma condición presente y expectativas
futuras. Por tal razón, en un cierre perfecto, la
Licenciatura en Estudios Socioculturales, deberá llevar
a un cambio cualitativo en la situación que analizamos;
después de la creación de las bases materiales para la
multiplicación de acciones culturales, allí deberán
formarse los actores capaces de conducirlas. Tendremos
entonces, al fin y no como excepción, promotores
formados (pienso en el área de la lectura) según los
logros de la ciencia contemporánea en un amplísimo
abanico de contenido que lo mismo abarca psicología
general y de grupos que sociología, mercadotecnia que
publicidad, teoría literaria que culturología, edición y
técnicas de investigación social o investigaciones
focalizadas en el acto lector. No quedará otro remedio
entonces, a los diversos subsistemas editoriales
cubanos, que producir para esa zona de la cultura que ha
sido increíblemente preterida y ello solo para comenzar,
pues son previsibles desarrollos en áreas
tradicionalmente poco trabajadas en nuestro país; para
ello basta con pensar según la idea de sistema y suponer
que los graduados de tal sitio estarán preparados no
solo para realizar nuevas y mejores acciones concretas
de promoción cultural, sino también para historiar y
analizar las del pasado, encontrar virtudes o defectos
en las del presente y proyectar las del futuro. Junto
con ello, al proponer la cientificidad como base para la
localización de zonas y problemáticas necesitadas de
acción cultural, así como para el diseño y ejecución de
proyectos para solucionarlo, deberán ser menores las
oportunidades para la improvisación, incoherencia o
simplemente mediocridad; esto, para el sector cultural,
donde las acciones precisan de continuidad y un muy
cuidadoso carácter secuencial, es fundamental.
Recuérdese lo que antes dijimos acerca de que el
promotor no solo quisiera extender el consumo de tal o
cual oferta cultural (lo que, a fin de cuentas, nos
habla nada más de lo cuantitativo, de cifras), sino que
pretende incidir en la calidad del consumo mediante la
dotación a los individuos de instrumentos de análisis y
estrategias de autocontrol dentro de un largo proceso de
educación del gusto; por tal razón, y como una
derivación elemental del argumento, los graduados del
lugar deberán de tener un elevadísimo nivel de cultura y
capacidad crítica para de inmediato convertirse en una
poderosa fuerza de apoyo al nivel central que diseña las
políticas. Si bien los niveles centrales del Ministerio
de Cultura, a medida que pasen a trabajar los primeros
graduados, tendrán en ellos los mejores aliados para
ejecutar proyectos más novedosos, documentados, de mayor
efectividad o larga duración, también deberán de andar
un camino lleno de riesgos; en especial un poner en
crisis a los cuadros de la institución misma, sobre todo
en los eslabones inferiores, pues de hecho estarán
estimulando el roce entre los nuevos especialistas y los
viejos estilos, entre la ciencia y la improvisación. En
este caso el verdadero peligro estará en olvidar que se
trabaja dentro de lo extraordinario y en que la rutina
administrativa –por ejemplo, tratar a esos graduados
como un grupo de especialistas más– permita que su
fuerza quede disipada en lo burocrático o atomizada en
lo accidental.
Porque no son un grupo de graduados más. Si atendemos a
los diseños centrales que hemos mencionado y que, según
el uso va extendiendo, están siendo conocidos como el
desarrollo de una cultura general integral, es posible
establecer una secuencia; primero, la dotación material
destinada a revolucionar el consumo de cultura en el
país (Programa de Ediciones Territoriales, extensión de
la Feria del Libro, multiplicación de las salas de
video, canal educativo en la televisión), segundo, la
localización de sectores poblacionales desfavorecidos y
estrategias de atención preferencial a ellos (escuelas
de trabajadores sociales y cursos de maestros
emergentes), tercero, la formación de especialistas
capaces de usar la dotación material para, entre otras
posibilidades, sanar la herida social. Al tener como
obligación cotidiana del trabajo el establecimiento de
conexiones entre ambos pasos precedentes, se adelantan
en la comprensión de la historia social y cultural del
país, del significado más hondo del diseño presente y en
lo que implica en cuanto a transformación orientada
hacia el futuro. El privilegio tiene una enorme carga de
responsabilidad, pues la variedad, simultaneidad y
entrelazamiento íntimo de los diversos proyectos es tal,
su dependencia mutua, que el error o fracaso en
cualesquiera de ellos puede detener una inmensa
maquinaria puesta en tensión así como los recursos
empleados para ponerla en pie; pero incluso esto no
sería tan nocivo como el daño espiritual que sucedería
al propiciar la apertura hacia la complejidad del mundo,
el hombre y la cultura de un muy importante sector de la
sociedad (los jóvenes) al que se le crearían demandas de
consumo cultural que después no se podrían llenar.
Por eso, insisto, la responsabilidad social del promotor
se incrementa desde ahora como nunca antes quizás. El
libro es una fibra del ser, latente, viva. No importa si
un tratado de historia o matemáticas, novela o compendio
filosófico, pues al transmitir conocimiento igual
traslada el dolor del conocimiento, la realidad de una
vida que es y la posibilidad de un mundo mejor; ya sea
por negación o aceptación de su contenido. También es
una construcción extrema de la capacidad humana, algo
que no existía antes y ahora se alza en el espacio
virtual/real donde se exponen las grandes realizaciones
de la especie. La progresión hacia la belleza de una
idea o argumento, color o sonido, mezcla de saber o
intuiciones danzarias, musicales, teatrales, literarias,
plásticas, arquitectónicas, matemáticas, químicas,
físicas, de todo el conocimiento humano disimulado en la
estructura y puesto al servicio de aquella posibilidad
que se desea destacar. También el lector es, frente al
libro, una fibra del ser, latente y viva. Se abre a la
influencia y al cambio, al sufrimiento y la esperanza.
Para comprender lo que sucede en el interior del libro
se obliga a movilizar esas mismas energías dentro de él,
a despertar zonas dormidas o realizar conexiones en
apariencia imposibles y al entregar todo ello al libro,
lo enriquece. Cuando estas dos dimensiones se encuentran
y empiezan a dialogar, cosa que es la tarea del
promotor, se produce un chispazo o milagro.
TOMADO DE LA LETRA DEL ESCRIBA NUMERO 20
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