La Jiribilla | DOSSIER                                                           
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER 

EL GRAN ZOO 

PUEBLO MOCHO 

CARTELERA 

BUSCADOR 

LIBRO DIGITAL 

•  GALERÍA 

LA OPINIÓN 

LA CARICATURA 

LA CRÓNICA 
MEMORIAS 
APRENDE  
PÍO TAI  
EL CUENTO 
LA MIRADA
EN PROSCENIO 
TESTIMONIOS  
LA FUENTE VIVA 
Otros enlaces 
Mapa del Sitio 


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

VERSIÓN PARA IMPRIMIR

Las notas del verso

Gerardo Fulleda León | La Habana


Entre los múltiples componentes que podrían identificar a la obra de Nancy Morejón está la cualidad mineral de su textura que, como una cifra, signa su discurso poético. Ella parece haber hecho suya la propuesta de Verlaine cuando consideraba a “la música por encima de todas las cosas”. Solo que aparece proyectada, en nuestra antillana, no en postura programática, sino desde un aliento raigal que le es propio a su entorno y su sensibilidad.

En una “diminuta” casa de los Sitios, en muchas tardes, a comienzos de los 60 comencé a calibrar con justeza, en discos gastados por el uso, que atesoraba Felipe Morejón, a Miles Davis, Duke Ellington, la
Fistzgerald, entre otros; que condimentadas con sus fugaces anécdotas sobre New Orleans nos remitían a una atmósfera que tanto para Nancy como para mí, solo tenían sus más fuertes referentes en algunos filmes vistos, en el cine de barrio, los domingos. Para variar luego, las notas mozartianas o de Bethoven se dejaban oír un rato transportándonos de la placidez de la euforia de uno, a las tensiones de lo emotivo del otro. Pero casi siempre Arcaño, la Aragón y unas pocas orquestas típicas ocupaban el espacio estelar donde La China, aprovechaba para en los tumba‘os improvisar sus pasillos con una picardía y gracia sin igual. De pronto, culminan con un llamado a la mesa servida.

Desde afuera por el ventanillo, desde el patio y las esquinas nos turbaban otros músicos, que sin acallar las no muy lejanas voces ancestrales, se imponían los boleros convertidos en guaguancó, las rumbitas callejeras y el barullo de alguna trifulca, de la que nos reiríamos luego sin acordarnos, a ciencia cierta, de cuál había sido la causa.

Pero a decir verdad, todo lo último se difuminaba un tanto ante la presencia de otra música más trascendente en sus acordes, que desde todos los rincones de la Isla transformaba el ritmo de nuestras vidas.

Algunas noches, después del teatro, íbamos a paladear el filling, en el S
cheherezada, el Gato Tuerto o el jazz en el Atelier o donde apareciera. Y allí, Nancy, entre amigos podía entonar, sorpresivamente, “My Funny Valentine” con un entusiasmo de consagrada por descubrir –la intérprete que nos hemos perdido por culpa de la poesía– o jugar a hacer segundas, terceras o cuartas voces imposibles, en una canción de la trova tradicional, haciendo gala del rubato y la medida.

Al regreso casi siempre en caminatas de altura, luego de rumiar los tormentos de turno y los tantos anhelos por cumplir: ella callaba de repente, sumiéndose en una zona infranqueable de los que solo accedía al despedirnos en la puerta de su casa.

Siempre he sospechado que esos prolongados mutismos de Nancy han sido los preámbulos para la ejecución de sus poemas cuando, escapada de las urgencias y argucias del entorno, se refugiaba en sí misma para organizar, en singular tesitura los acontecimientos y motivaciones de la realidad que le atañen.

Pero… ¿cómo lo logra? ¡Ah, qué enigma entre las aguas! Lamento decepcionarlos, pues no lo sé, y si lo supiera tampoco iba a descubrirla en esta ocasión. Pero no deja de deslumbrarme, ya lo he dicho en otra parte, como en sus poemas aflora con el tamiz de su rigor y creatividad, la familia, el amor, la ciudad; pero expresadas en sus lados más insólitos, en lo diverso de sus contradicciones, sin calcos al uso.

Y lo más sorprendente, también los citados aires musicales resurgen pero trenzados en resonancias, imágenes sensoriales o alusivas estructuras. Que impregnando la cadencia de los versos cobran renovados sentidos y, que inequívocamente nos remiten a nuestras propias ansiedades y sueños, a lo que somos en esencia.

Por eso, para agradecerle ese quehacer que nos asume y reiterarle cuánto la queremos, nos hemos reunido los amigos presentes para que nos deleite con la conciencia memorística de sus versos.

La Habana 30 de Agosto de 2002.
 

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR




© La Jiribilla. La Habana. 2002
 IE-800X600