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DE LA NOVELA LLAMADA
«INTELECTUAL»
Alejo Carpentier
Un amigo, a quien había prestado Los nogales de
Altemburgo, de André Malraux, me devolvió la novela,
después de leerla, haciendo grandes elogios de ella,
pero manifestando, sin embargo, que la hallaba «muy
intelectual»… Confieso que ese reparo escuchado en
muchos casos, me ha sorprendido siempre. Porque la
verdad es que, cuando se considera la historia de las
literaturas de Occidente, casi todas las novelas
resultan «intelectuales» –desde la de Apuleyo a las de
Thomas Mann. Intelectual es la novela de Gargantúa y
Pantagruel con sus islas que simbolizan las
instituciones que Rabelais respetaba o aborrecía;
intelectual es la novela Don Quijote de la Mancha,
con su recuento de libros de caballería, sus críticas a
los escritores de la época, y el contenido de las
hermosas disquisiciones (recuérdese la que alude al uso
de las armas de fuego en la guerra) del Caballero de la
Triste Figura; intelectual es el Cándido, de
Voltaire; intelectual Nuestra Señora de París,
con la evocación del Medioevo francés, hecha a través de
innumerables lecturas; intelectuales, en sus novelas,
fueron Zola, Bourget, Proust, Joyce, por citar los
nombres de autores de distinta calidad y propósitos;
intelectuales son hoy Hermann Hesse, Thomas Mann, Graham
Greene y William Faulkner, por no hablar de Aldous
Huxley o de Sastre.
Claro está que, en un polo opuesto, se encuentran las
novelas poéticas, exponentes de una aguzada
sensibilidad, cuyos prototipos serían Cumbres
borrascosas, El baile del Conde de Orgel, de Raymond
Radiguet, y, en general, todos aquellos relatos que
tienen el amor por tema principal. Pero si buscamos y
rebuscamos en nuestras memorias, veremos que los grandes
logros, en este terreno, han sido escasos, en
comparación con la enorme cantidad de magníficas novelas
«intelectuales» que nos legaron los siglos. Y es que,
en muchos casos, la novela resulta «intelectual» a pesar
de sí misma, por el sencillo hecho de que el escritor
es, por fuerza, un «intelectual». Se me dirá que también
existe la novela costumbrista. Pero no debemos olvidar
que ese mismo concepto del «costumbrismo» es ya, de por
sí, un concepto intelectual. El negro de una isla del
Caribe, que rinde tributo al espíritu de los bosques, y
cree que «el monte» está regido por un dios llamado
Osaín–de–un–solo–pie, es simplemente un hombre fiel a lo
que tiene por una Verdad indiscutible. Para ver un rasgo
de «costumbrismo» en tales ritos y creencias, es
menester que un observador externo, ajeno a esa fe,
advierta su aspecto poético o pintoresco –es decir:
complete el hecho con ojos de «intelectual». Para un
hombre de la selva, las prácticas del piache no tienen
el menor significado costumbrista. Es el explorador, el
forastero, el viajero intelectual, quienes pueden hallar
en ellas algún «costumbrismo». Del mismo modo, los
indios de la Gran Sabana que el capitán Cardona trajo a
Caracas, cierta vez, debieron considerar el espectáculo
de Ballet ruso a que fueron llevados, como una
manifestación «costumbrista». Después de la función, se
divirtieron enormemente, en remedar los fouettés,
los arabesques, los pas de bourré, que
habían contemplado en el escenario, viendo en todo ello
unas «rarezas» nuestras…
La verdad es que la novela ha escapado en muy pocos
casos a un orden de preocupaciones «intelectuales». Unas
veces, porque el autor ha expuesto, en ella, sus
conceptos filosóficos, morales o religiosos; otras, por
la pintura «costumbrista», hecha posible por un enfoque
de orden analítico. Ningún individuo, animado por el
afán de escribir, puede sustraerse a la acción
consciente o subconsciente de los centenares de libros
que ha leído hasta el momento de instalarse ante sus
cuartillas vírgenes. Y si los Diablos de Yare nos hacen
pensar, automáticamente, en las fiestas del Corpus de la
Edad Media… ¿por qué no señalarlo? La observación puede
pecar de «intelectual», ciertamente. Pero constituye un
factor de identificación, de ubicación, muy útil para
quien jamás haya asistido al baile de Diablos de Yale.
Algo semejante a lo que nos ofrece Paul Claudel, cuando
nos dice que la cocina de Combernón se asemejaba a las
que podían verse en los cuadros de la Escuela Flamenca…
Toda novela lograda es, por fuerza, una novela
«inteligente» –por sus enfoques, por sus ideas, por sus
ejemplos, por su estilo literario, por su poder de
captación. Y quien dice «novela inteligente» dice
forzosamente «novela intelectual» –trátese de la
Odisea, compendio de los conocimientos y mitos de
los pueblos marítimos de la Hélade, o del Ulises,
de Joyce, síntesis de la aventura humana en esta tierra.
19 de marzo de 1955.
Tomado de Letra y Solfa. Literatura poética. Editorial Letras Cubanas,
2001.
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