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MÚSICAS CINEMATOGRÁFICAS

Alejo Carpentier

Muchas veces he deplorado la imposibilidad de asistir a un espectáculo cinematográfico que fuese una reconstrucción exacta y completa de las «tandas» que se ofrecían en nuestras salas de proyecciones antes del año 1920. Y digo 1920, porque ese año propició una revolucionaria innovación, en los dominios del acompañamiento sonoro de la imagen, consistente en el uso de una partitura especialmente compuesta y cronometrada para ajustarse a la acción de Capullos rotos, la inolvidable producción de Griffith, interpretada por Lilian Gish y Richard Barthelmess... Desde los inicios del cine, se había sentido la necesidad de recurrir a las músicas para lograr que el «arte silente» fuese menos silencioso –ya que el cine, precisamente, estaba dotado de una dinámica propia, de un movimiento, que mal se avenían con la mudez total de los personajes. Ya que estos no hablaban, y que en torno a ellos se derrumbaban casas sin el menor estrépito o caían rayos desconocedores del trueno, era menester que los oídos, distraídos por algo, no echaran demasiado de menos la presencia de voces y de ruidos. Por ello aparecieron, a comienzos del siglo, esos artistas especializados que eran los «pianistas de cine» –a cuya denominación se unían, preciso es reconocerlo, algunas intenciones peyorativas.

El «pianista de cine» era el máximo espectador de la película. Situado al pie de la pantalla, en un ángulo particularmente desfavorable para enterarse de lo que ocurría, lograba adivinar, haciendo prodigios de intuición, que aquellas sombras evanescentes anunciaban un bosque, o que la heroína, puesto que tenía una cuerda atada al cuello, estaba destinada a morir en manos de feroces bandidos. En el acto, sus dedos ingeniosos buscaban el trozo adecuado: para acompañar la escena, tocando el fox Hindustan cuando el Sultán hacía su aparición entre dos verdugos, o atacando furiosamente el final de la Obertura de Guillermo Tell cuando los vaqueros emprendían la persecución de Harry Carey o Tom Mix. Según la cultura del ejecutante, la escena de amor recibía el acompañamiento del Sueño de amor de Litzt o de un vals romántico; la escena de suspenso o de terror, era apoyada con trémolos sombríos o vertiginosas cromáticas, sin hablarse de los usos oportunos de marchas fúnebres, de esponsales, de soldaditos de plomo, etc... Pero, muy pronto, los prejuicios que minaban el prestigio del «pianista de cine» llevaron a los empresarios a reunir pequeños conjuntos instrumentales, anunciándose que las grandes producciones de estreno se acompañarían de «música selecta». Y, en realidad, esas orquestas hacían un laudable esfuerzo por alzar el nivel del repertorio, interpretando selecciones de óperas y de operetas, piezas de salón, trozos clásicos, en unos arreglos tan acomodaticios e ingeniosos, que las partes de clarinetes inexistentes podían ser ejecutadas por un violín, y las marchas a varias trompetas pasaban al teclado, si no había trompetas disponibles. Pero entonces se establecían contrastes prodigiosos: cuando Pearl White estaba a punto de ser arrojada a un abismo, el concertino perfilaba, con emoción y sentimiento, el aria de Mon coeur s’ouvre a ta voix de Sansón y Dalila. La Elegía de Massenet caía precisamente en el momento del naufragio del Titanic, en tanto que sonaba el coro de ángeles de Fausto cuando varios ladrones enmascarados vaciaban los estantes de una joyería de la Quinta Avenida. «Belleza del encuentro fortuito de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de dissecciones» –hubiera dicho Lautréamont. Pero encuentro que no volvió a producirse a partir de Capullos rotos, con su partitura medida al segundo, llena de referencias e indicaciones, que ya anunciaba las actuales partituras cinematográficas.

El Museo de Arte Moderno de Nueva York ha querido reconstruir, para su cinemateca algunos acompañamientos de «pianistas de cine», ajustados a diversas películas. Pero el resultado es de tipo humorístico, faltándole la seriedad, la conciencia profesional, que hacían su principal encanto. En cuanto a las «selecciones» totalmente ajenas a la imagen proyectada, se debían a una suerte de juego de azar que no conocieron las nuevas generaciones.

18 de julio de 1955.

Tomado de Letra y Solfa. Cine. Editorial Letras Cubanas, 1997.

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