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DULCE JARDÍN
La
ciudad de Mercy Rivadulla es policromada,
habitada en tierra, mar y aire, llena de ventanales y de
figuras entre real-maravillosas y mágicas. No nos ofrece
pátina de antigüedad, sino trazos limpios, nítidos, sin
otro barroquismo que el propio del sueño naïf,
lleno de imágenes inspiradas en personalidades de la
cultura cubana y universal y de diversas épocas
históricas.
Virgilio López Lemus |
La
Habana
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Había una vez, y dos veces y hasta tres, una mujer que
se paseaba por su ciudad. En la primera ocasión veía. En
la segunda, tomaba unos apuntes fabulosos de la realidad
Y en la tercera, pintaba. Cuando terminaba de pintar, ya
la ciudad no era la misma, se hacía utópica o más bien
una urbe de sueños poblada por personas que la artista
misma elegía, llena de caballos, carruajes, automóviles,
animalitos diversos, estrellas y hasta ovnis,
relucientes de azules, rojos y blancos, prisma de luz
tropical.
Porque la ciudad de Mercy Rivadulla es policromada,
habitada en tierra, mar y aire, llena de ventanales y de
figuras entre real-maravillosas y mágicas. No nos ofrece
pátina de antigüedad, sino trazos limpios, nítidos, sin
otro barroquismo que el propio del sueño naïf,
lleno de imágenes inspiradas en personalidades de la
cultura cubana y universal y de diversas épocas
históricas.
El resultado es un jardín. No el Jardín del Edén, sino
un vergel urbano en el que las edificaciones y las
gentes, y los vehículos, se funden en un haz
imaginativo, pleno de poesía.
¿Qué hace allí, de pronto, Dulce María Loynaz? La
singular poetisa ejerce su dominio centenario desde su
bella casa de El Vedado. Oficia, recibe, deja que vuelen
sobre su hogar ángeles, caracoles, la Patria, y que el
mismo Dios se asome bondadoso a saludar. En otra imagen,
no sabemos si dice poemas en una terraza o si vuela
también con una rosa emblemática en la mano. Árboles
frondosos, fuentes, flora y fauna se agrupan en delirio
diurno y en su conjunto crean un poema visual, un
diálogo de arquitectura y vegetación. Luego se ve a lo
lejos el Morro, y hasta hay un cuadro en el que ese
edificio emblemático para La Habana, lanza un rayo de
luz que pareciera estrella indicadora de un Camino. Es
una ciudad envuelta en mar y cielo, llena de puertas
ofrecidas desde la fábula, a la vez real y de libre
invención. Mercy Rivadulla (La Habana, 1960) es
arquitecta, toda una profesional que pinta con la
ingenuidad de un ángel, y que no tardará mucho en
aparecer de algún modo en uno de sus cuadros, decorando
los espacios, jugando con las formas, con un pincel
devenido “varita mágica” en su mano...
Esta Exposición en homenaje al centenario de la mujer de
Jardín (1951) y de los Últimos días de una
casa (1958), ratifica los senderos electivos de
nuestra pintora, que se bifurcan y enlazan, forman
esquinas y parques, se llenan de gentes y de
edificaciones en un reino maravilloso de color y
lirismo. Dulce María Loynaz y Mercy Rivadulla y todos
nosotros ahora estamos unidos en esta aventura
expositiva singular en el aire de La Habana.
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