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LAS «FRASES HORRIBLES»
Alejo Carpentier
Un colaborador de La Nouvelle Revue
Française se ha entretenido, en una divertida nota,
en hacer un recuerdo de lo que llama «las frases
horribles» que surgen en la conversación diaria, cuando
alguien quiere salvar su propia responsabilidad en el
momento de propalar alguna infamia. Corre el chisme. Es
recogido por quien arde en deseos de repetirlo, en
versión a veces ampliada. Pero siempre es desagradable
pasar por difamador, entrometido o maledicente. Entonces
es cuando surge la necesidad de ponerse una máscara de
inocencia. De arrojar la piedra sin mostrar la mano. Es
el momento –nos dice nuestro cronista– de usar de la
artimaña del pulpo que arroja su tinta encubridora, de
bajar la cortina de hierro, de lanzar un puñado de arena
a los ojos del interlocutor. Y aparece –reaparece– la
«frase horrible»: «No lo tome a mal»... pero me parece
que...; «No vaya a preocuparse por lo que dije ayer...»
pero el caso es que se sigue diciendo...; «Mi deber es
hablarle sin rodeos; más vale decir las cosas de
frente»; «Esto, no lo digo para ofenderlo pero»...;
«Usted me agradecerá un día lo que voy a decirle...»,
etc. etc.
El cronista, desde luego, reproduce muchas «frases
horribles» usadas corrientemente en el idioma francés:
«¡A quién se lo dice usted! Estoy bien situado para
saberlo...»; «Cuando Fulano pase por donde yo he
pasado»; «¡Nada! ¡La suerte, nada más que la suerte! Yo,
en cambio...»; «Te aseguro que si yo fuese él, actuaría
de otra manera»; «¡Claro! Él tiene que velar por su
fortuna...» Pero el hecho es que, pensándolo bien, el
castellano es idioma más rico aún que el francés en
cuanto a su repertorio de «frases horribles». Tenemos un
vasto campo donde escoger, a base de los usuales: «No lo
repitas, por Dios, pero...»; «Entre nosotros, y sin que
esto se sepa...»; «De ti a mí...» Algunas «frases
horribles» del idioma que hablamos han pasado a
constituirse en gritos clásicos de la chismografía
corriente: «Yo no lo creo –¡Dios me libre!–, pero dicen
que Fulana...»; «Yo digo lo que la gente dice»; «No me
importa lo que haya hecho esa señora en el pasado. Lo
que importa es el presente. Pero parece que en otros
días...»; «Yo soy tu amiga y tengo el deber de
informarte que...»; «¡Oh, todos son iguales!... El día
que una menos lo piensa...»; «Yo no la culpo, pero...»;
«Cada cual sabe lo que hace...»; «Una nunca está segura
de nadie...»; «La vida es así. Hay que conformarse...»;
«Lo mejor es no hacer caso a lo que la gente dice»; «Yo
nunca hablo mal de nadie, pero...»; «No vayas a tomar
esto demasiado en serio, pero...»
Cocteau, en su Boda en la torre Eiffel construyó
una comedia cuyos personajes solo emitían lugares
comunes. La novia era «fresca como una rosa»; el novio
era «fuerte como un turco»; el fotógrafo ambulante y
dominical anunciaba que de su cámara «surgiría un
pajarito», etc. a Ionesco tocaría la tarea de construir
diálogos enteros a base de «frases horribles» que
comunican a sus personajes una insólita dimensión
caricatural. Frases horribles que, a veces, no son
pronunciadas siquiera en tono de diálogo, sino que
corresponden a lo que piensan sus personajes de otros en
determinados momentos. Recuérdese, en La cantante
calva la escena de la visita, en la cual traduce el
ama de casa, en términos que incluyen una palabra dicha
en la Batalla de Waterloo, lo que su marido piensa de
las personas que vinieron a saludarlo
intempestivamente... Usada por un poeta, la «frase
horrible» se transfigura y cobra una cierta fuerza
cómica –como el lugar común, manejado con habilidad. Lo
triste es pensar que todos los idiomas del mundo tienen
sus «frases horribles», ajenas a toda comicidad en el
diálogo cotidiano.
10 de octubre de 1958.
Tomado de Letra y Solfa.
Literatura poética. Editorial Letras Cubanas, 1997.
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