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LA GLOBALIZACIÓN Y EL HOMBRE NUEVO

Enrique Ubieta Gómez |
La Habana

Hace algo más de un año escuché mientras caminaba distraído por una calle de La Habana una noticia espectacular que un locutor explicaba con entusiasmo y algún vecino del lugar, alzando al máximo el volumen del radiorreceptor, intentaba quizás compartir con los transeúntes: una nave espacial había conseguido acercarse a Júpiter. Podría imaginar, ahora que reflexiono sobre el hecho, y comprender, la ilimitada alegría de los ingenieros que consiguieron la hazaña científica, la de sus familiares, incluso la de algún que otro devoto del cosmos y del progreso. También podría imaginar ahora, y comprender, la absoluta indiferencia sellada en el rostro de los condenados que la Madre Teresa recogía entonces en Calcuta, para que muriesen limpios y esperanzados. Yo caminaba bajo el inclemente sol habanero y miraba sin ver, frente a mí, un edificio semiderruido y superpoblado al que no había llegado aún el ímpetu reconstructor y los magros recursos de la Oficina del Historiador de la Ciudad. No obstante, suspiré complacido.
Lo que hoy suele presentarse en la literatura como ciencia-ficción es en medida significativa la anhelada socialización de tecnologías ya existentes o posibles. Es tal la cercanía y la paradójica distancia que une y separa a los hombres y mujeres contemporáneos de ese esplendor tecnológico, que la ficción literaria y cinematográfica reconstruye hoy el mito de la Cenicienta, vestida de astronauta, en un futuro furtivamente incorporado a la cotidianidad del presente, que nos tienta y promete, que casi tocamos con las manos; que otros tocan, que otros parecen disfrutar a nuestro lado.
¿Será que hay mujeres y hombres con hambre y frío que ya utilizan el celular o el llamado ciberespacio para buscar el trabajo que no hallan? ¿Será que la tecnología más sofisticada al alcance de todos no garantizará el bienestar y la felicidad de todos?, ¿por qué puerta equivocada está entrando la humanidad al futuro? Hollywood nos propone una y otra vez la inaceptable fórmula: un futuro espléndidamente tecnificado poblado de ricos y pobres, víctimas y victimarios, invasores e invadidos.
La globalización neoliberal es inevitable, nos dicen, y no es por tanto ni buena, ni mala: sencillamente es. ¿A qué se refieren? Quieren decir que el mundo del mañana está prefigurado en el de hoy: niños rodeados de botones y sofisticados juguetes y niños con hambre que mirarán estupefactos por televisión a esos otros niños y los creerán en el futuro, habitantes de un lejano planeta. Quieren decir que todos tendremos mañana la libre opción única de tomar Coca Cola, si tenemos sed y los centavos suficientes.
Si los productores han impuesto la mundialización de ciertas necesidades culturales (pasando por alto a los excluidos que no computan), es porque en efecto, chinos, cubanos y franceses somos, como seres humanos, susceptibles de ser igualmente manipulados por el mercado. Pero no debe olvidarse que los individuos tenemos una nacionalidad, una lengua, una cultura; somos hombres o mujeres, negros, blancos o amarillos. Si la transnacionalización nos reduce a potenciales compradores, el socialismo posible y necesario nos rescata como individuos, nos devuelve el rostro.
¿Qué identidad defendemos?, ¿por qué enarbolamos el paradigma de una nación libre en un mundo que parece desechar definitivamente el concepto de soberanía nacional? Sean derribadas las fronteras nacionales para universalizar la solidaridad y, como ha pedido Fidel, para concertar las impostergables soluciones globales; sean sostenidas esas fronteras para contener el egoísmo, para quebrar con la independencia nacional el orden injusto que sostiene al capitalismo transnacional y defender un proyecto alternativo.
El socialismo europeo no pudo, o no supo, trascender la solución de los grandes problemas colectivos y acceder al hombre concreto, único camino hacia el hombre nuevo. Pero nuestra Revolución situó siempre al individuo en el vórtice de sus vientos transformadores. El yate Granma con 81 hombres a bordo, a punto de naufragar y de ser descubierto por sus perseguidores, detuvo los motores y buscó durante más de una hora en la noche marina, con linternas caseras, a un expedicionario caído al mar, y lo salvó. Un solo hombre valía tanto como todos.
El Che aprendió en la Sierra Maestra que el socialismo debía germinar en cada individuo, y construir un nuevo tipo de relaciones humanas. Que era necesario rescatar del olvido o de la oscuridad a los individuos en su diversidad, sin renunciar a una comprensión totalizadora (integradora) del ser humano. En este mundo interdependiente –unos son dependientes de la pobreza de muchos, y estos de la riqueza de unos pocos- no podemos ignorar las diferencias culturales que nos defienden y enriquecen, ni olvidar el fundamento colectivo que nos sostiene.
Los que se entretengan en fomentar sociedades exclusivistas de calvos, de zurdos, de pelirrojos, de verdes y de grises, sin reparar en el horizonte común, ni siquiera podrán emanciparse a sí mismos. Los que pretendan ignorar la existencia de calvos, zurdos, pelirrojos, verdes y grises, acabarán sin seguidores. El verdadero arte abstracto no es necesariamente aquel que se expresa en formas no figurativas, sino aquel que recrea un ideal abstracto; aquellas figuras hercúleas del llamado realismo socialista, sin rostro y sin mirada definidas, que contemplaban el futuro, no eran obras de arte, sino iconos. La identidad que defendemos es un proyecto alternativo de nación, de modernidad, en un mundo homogeneizado por la ley del más fuerte. Un proyecto nacional que se sustenta en la confluencia martiana de la verdad y la justicia y que aspira a desbordarse, a derribar las fronteras nacionales que lo cercan y limitan.
La mundialización de la cultura ciertamente es inevitable, pero los caminos no están trazados de antemano; los hará el ser humano para su salvación o para su destrucción. La tecnología más sofisticada es inútil si no está al servicio de la felicidad humana. La ciencia no es un fin de sí misma, es un instrumento para la emancipación de los seres humanos. “Pensar es servir”, decía José Martí. Todavía tiene vigencia el postulado martiano que reclama la victoria del hombre natural sobre el artificioso, el enjoyado y el falso erudito. No hemos entrado al futuro como parece, como quieren hacernos creer. Ese supuesto futuro es inviable. El único posible, el único aceptable no está en el número de computadoras y de naves espaciales, sino en la reserva de ternura de que dispongamos y en la capacidad que demostremos para imponerla.


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