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BAJANDO POR CALLE
DEL OBISPO
MEMORIA PUNTUAL
DE LA CALLE MÁS HABANERA IMAGINABLE
XIV -
EN LA PLAZA DE ARMAS
Reinaldo Montero
Y un solar yermo se convierte en el cafetucho La Mina,
con el mejor refresco de horchata, y al lado, la fonda
El Correo, ¿o Mina y Correo son una en la modestia y en
lo de bien servir carne ripiada, o ropa vieja?
Sentado a una mesa, ves al quinto que hace años estuvo
mariándose con marinas. Ahora viste de civil, se parece
menos a los guajiros de Servando. Hombre a mitad de
camino entre quinto y un mi abuelo, nacido entre las
sierras de Cantabria y de La Demanda, o sea, riojano de
pura cepa, y ahora mira al trasluz una copa de tinto y
sabe que beberá sangre de la tierra, pero no la extraída
de la uva Graciano, ese rojo teja lo da la Malvácea, que
huele a campo dormido. Y en cuanto aspira el aroma,
comprende que a la Malvácea la han amigado con la
Mazuela para lograr robustez, y con la Granada, la
aragonesa que madura rápido, para que gane consistencia,
y con la Tempranillo, que atempera lo rudo gracias a su
dejo afrutado. Y en cuanto humedece los labios, exacto,
están bien despalilladas las uvas previstas, y hay más,
porque para conseguir un blando retrogusto y un tin más
de gracia, el exquinto nota la vid blanca Viura, la que
los catalanes llaman Macabeo. Y cuando lengua y paladar
gozan el primer sorbo, qué ganas de pronunciar arrioxa
en eusquera, qué deseos de ascender una colina escarpada
de piedra y arcilla para sentir el viento del Norte o
del Oeste que bendice la viña, y el sol a plomo que va
impregnando de alcohol a la virtud terrestre. Y en
cuanto el líquido pasa por la garganta, en los riscos de
Bilibio, los jóvenes se derraman vino sobre las cabezas,
y en Nalda, un gallo es degollado al galope, y en San
Vicente de la Sonsierra, sale la procesión de los picaos
flagelándose como Diablos, y en la puerta del Revellín,
uno de los veintiséis miembros de la Cofradía Del Pez
ofrece pan con pececillo del Ebro, y en San Mateo,
canciones y humos de parrillas, y en el claustro de
Santa María La Real, la seductora Blanca de Navarra
sonríe porque ha terminado la vendimia, y en Ollauri los
señores de Berberana han horadado otra cava para criar
el vino. Y si el joven admirador de óleos no corre a
embarcarse en el próximo crucero, es culpa de una cubana
preciosa y real, porque no es tan bella como quisiera el
pincel de Eusebio Palma, que tampoco hay paisaje sobre
la tierra como las marinas de los hermanos Chartrand. Y
en este punto le muestran una caja de tabaco, porque ya
la gente está fumando en las fondas, en la calle, hasta
en las casas delante de las visitas. El Rioja y La Rioja
desaparecen. El exquinto y futuro abuelo parece iniciado
en ese nuevo rito, y escoge un tabaco, lo palpa, lo
enciende. Y ni un solo co-nocimiento, ni un solo
recuerdo, ni una sola nada. Exhala. Y ahora si notas los
ojos húmedos.
Dentro de La Mina/Correo, en medio de un patio florido,
el largo fogón de cinco anafres, más dos lavaderos donde
se friega con agua fría, sin jabón, y
gruesos platos se secan sobre una mesa de mármol,
y al fondo, niñas que asoman sus caras por entre las
rejas, que miran sin santa indiferencia. Son las
discípulas del colegio de San Francisco de Sales que
fundó el obispo Diego Evelio de Compostela, aquel que
venía hasta aquí a contemplar su obra. Las niñas parecen
querer huir de los goces de la vida devota.
Y ahora recuerdas la lápida de una niña muerta, muerta
por disparo de arcabuz cuando solemnizaban una misa en
la Parroquial Mayor, poco después que los hugonotes, sin
nombre todavía, reunidos ante la puerta del rey Hugo de
Tours, hicieran posible que Jacques de Sores tomara La
Habana y la convirtiera en humo. ¿O el arcabuzazo fue en
las festividades por algún aniversario del ascenso al
trono de Felipe II? Y diz que la niña estaba
arrodillada, con ojos elevados al cielo, y cuán tierno
semblante, como en éxtasis de regocijo, cual ángel,
Pater Noster Anima Mea. Y silencio en la Parroquial
Mayor, en Calle Del Obispo, en el universo. Y entonces
ocurrió el estallido.
Estallido, no de arcabuz por culpa del inescrutable amor
de Dios. Estallido de mil truenos, lo saben los
cristales en añicos, las piedras removidas, la madera
que aún cimbra, y la honda expansiva pasa y se aleja
retumbando. Fue el navío El Invencible, repleto de
pólvora, que acaba de ser vencido, reventó en la rada.
El arco trilobulado de dudosa monta en El Palacio De Los
Capitanes Generales no se desencajó porque aún no había
sido izado. La Parroquial Mayor sí se lo sintió en los
cimientos, así que a demolerla. ¿Y la lápida de la niña
muerta que está en el deambulatorio? Que salga, que
cruce Calle Del Obispo, que se instale cerca de la casa
de los Cepero, aquí, a un costado de La Mina/Correo.
Persistencia Habana.
En tu sesera, la imagen de la Parroquial Mayor, de lo
que fue la mayor iglesia de La Habana, es un dibujo en
planta y alzada, seguro no demasiado fiel al original.
En su sitio, queda La Plaza De Armas, reconstruida
gracias al grabado de Garneray. Sí, a la Parroquial le
faltó un Hipólito Garneray, ya no hay remedio. ¿Y cuánto
falta para tu ascenso al cadalso sin remedio? El sol ya
no está horizontal, aunque aún no mortifica demasiado.
Impaciencia Habana.
Y cruzas la calle de los menestrales de distintos
Oficios, y también de La Concepción, no La Divina, sino
de cualquiera de las concepciones en las tantas labores.
Y en la misma esquina, teme a la pobreza, más que a la
muerte, el Marqués De La Real Proclamación, y en el N°94
de Calle De Los Oficios, muy próximo a esta esquina,
vivió el obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz,
porque fijó residencia en La Habana aunque la catedral
estuviera en Santiago, que en La Habana se encuentra la
parte más acreditada de la grey. Y el señor obispo,
después de la segunda misa matutina, se detenía a
escudriñar en el colegio salesiano, a ver si re-conocía
a alguno de los treinta rostros que recibían educación a
sus expensas, y seguía su camino Calle Del Obispo
subiendo, que su amigo judío lo esperaba. Sigues
bajando.
Y en el N°1, El Real Consulado, que no importa. Y en el
otro extremo del espacio abierto por La Plaza De Armas,
la fortaleza de La Fuerza, porque solo por mil
quinientos treinta, el consejo de Indias decidió
fortificar, y Su Ilustrísima, El Adelantado don Hernando
de Soto, que supo de penalidades en El Darién, Nicaragua
y Perú, y que sabrá de nuevas fatigas en La Florida, y
de la fatiga final, nunca el descanso, en el lecho del
Mississippi, dijo, quede a mi cargo, y alzó el débil baluarte
de La Fuerza, el que tomó Jaques de Sores, no el
Castillo De La Real Fuerza que ahí ves.
Sí, La Habana de entre las dos Fuerzas era bohíos
esparcidos desde la que llamarán Calle De Tacón hasta la
futura Lonja del Comercio, y al centro del villorrio,
vertebrando, la rua angosta que sería Calle Del Obispo.
Y entre espina dorsal y la última de las Fuerzas, la
nueva Habana erigió un pequeño templo con frontón
clásico y columnata de orden dórico, y rodeando ese
Templete, un cercado de mampuestos rematado en piñas,
para que el halo arcaico se abrillante con La Fruta De
Las Frutas, que de Atenas a Atenas, dando la vuelta al
mundo, puede haber montones de monumentos con tufo
griego, pero solo en esta isla cupo aderezar lo heleno
con piñas. Y dentro del cerco de las piñas, bajo una
cruz de mármol, /Detén tu paso caminante / que en este
sitio hay un árbol / una ceiba frondosa / más bien
dígase signo memorable de la prudencia / para que no
perezca en lo porvenir / la fe habanera./ Despropósito
Habana.
Estás detenido, aunque lejos del árbol nieto del ceibo
que dio sombra a primeras misas y cabildos, según se
cuenta, porque lo que es fundar, ¿quién sabe?, ¿sabrá
Pánfilo de Narváez, el enviado en bergantín por el
pillastre y adelantado Diego Velázquez para establecer
población en la costa sur del occidente de la isla?, y
regresados cristianos y bergantín, don Pánfilo trajo
noticia de que la villa de San Cristobal había sido
asentada en la ensenada de La Broa, próxima al río
Onicajinal, en la región india de La Habana, y saboreas
las palabras Onicajinal, Mayabeque, Catalina, que de
esas maneras se llama un mismo río de aguas turbias, y
en Cédula Real de cedulario enorme, se ordena, procurad
ennoblecer la villa establecida al sur, y ocurrió el
acto fundacional, el primero, porque algo que valga la
pena merece más de un intento y cabildeos, ¿y hay alguna
razón para llamar a esa villa San Cristobal si no la
fundaron un veinticinco de julio?, ¿o para pensar que la
fundaron si no está el acta?, ¿o para creer que
levantaron acta?, ¿y lo que no está en papel existe?, y
llega la demanda del rey don Fernando, haced una figura,
y tiempo andando empezó a poblarse el norte, cerca del
hato de Juan de Rojas, donde además hay rápidos que en
una angostura tiene el río Casiguaguas, que nombran La
Chorrera, más conocido por Almendares, y por tal
angostura hay un paso donde fue edificado lo que llaman
El Puente Grande, no por ser grande el puente, sino
porque quedará cerca de la casa del gran don Esteban
Borrero, y tampoco hay fecha de mudanza para la costa
septentrional, ¿alguna vez alguien recogió sus bártulos?,
¿esta villa sin fundar seguirá así, sin fundamento?, y
los nombres Habana y Havana, al norte y al sur, en mapas
como el de Gerardus Mercator, ¿norte y sur se van
poblando a la vez?, sepa, Su Señoría, que pasamos fácil
de una costa a otra por ser la isla en esta zona tan
angosta que quince leguas sobran, y llega la expedición
de Francisco Hernández de Córdoba a un puerto en la
banda del norte que se nombra en lengua de indios Jaruco,
a ocho leguas de la villa de San Cristóbal, que ha dos
años la pasaron del río La Chorrera al puerto de
Carenas, que por otro nombre llaman La Habana, donde
concurren naos, aunque minas no tiene, ¿quedará en esa
época gente en La Chorrera que afirme, vivo en La
Habana?, ¿habrán coexistido tres Habanas, aunque la del
sur sea la única que exhiba un Teniente Gobernador?,
créame, Su Señoría, el puerto de Carenas es lugar más
virtuoso y protegido, amén de que los mosquitos del sur
y las rebeliones indígenas en La Chorrera, son una
epidemia, y para que florezca el puerto de La Habana,
extínguese la población de La Chorrera, y a La Habana
asentada en el sur, que le llegue un barco al mando de
Pedro Barba con pertrechos para Pánfilo de Narváez, que
ha tiempo anda por Tierra Firme, y los últimos vecinos
que quedan al sur, se embarcan con Pedro Barba, y es
entonces que al norte se construye una Iglesia, porque
sin ideología a dónde se va a parar.
Olvida. Y se dice que hubo un proyecto por mil
ochocientos sesenta para ensanchar Calle Del Obispo
hasta unirla con Calle De O’Reilly. Y quizás gracias a
la fe habanera, a ese despropósito sin fundamento, no
ocurrió el desastre, y el ensanche quedó olvidado. De
nuevo olvida.
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