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MARTÍ Y WALT WHITMAN

Alejo Carpentier

Entre las páginas más hermosas de José Martí se cuentan las que consagró a Walt Whitman, el poeta de esas prodigiosas Briznas de yerba, cuyo primer tomo vio la luz hace un siglo. Cinco años antes de la muerte del gran anciano, en una crónica-ensayo publicada en La Nación de Buenos Aires, decía Martí:

En su casita de madera, que casi está al borde de la miseria, luce en una ventana orlado de luto, el retrato de Victor Hugo; Emerson, cuya lectura purifica y exalta, le echaba el brazo por el hombro y lo llamó su amigo; Tensión, que es de los que ven las raíces de las cosas, envía desde su silla de roble de Inglaterra ternísimos mensajes al "gran viejo"; Robert Buchanan, el inglés de palabra briosa, " ¿qué habéis de saber de letras -grita a los norteamericanos- si estáis dejando correr, sin los honores eminentes que le corresponden, la vejez de vuestro colosal Walt Whitman?"...

Transcurren los años y más nos sorprendemos ante la intemporalidad de la poesía de Walt Whitman. El hombre que más alusiones directas hizo a las cosas de su tiempo; el que mejor cantó las realidades que contemplaba, usando de un lenguaje que, por llano, ausente de retórica, podía quedar marcado por las inflexiones pasajeras que suelen comunicar a la obra un sabor de época, fue precisamente el que halló un lenguaje de entidad. Podía hablarnos de ferrys: sus ferrys atracaban junto a las naves de Homero. Podía llorar la muerte de un gran contemporáneo: su lamento adquiría el acento majestuoso de un treno antiguo. Sus visiones de guerra, llenas de términos prosaicos, precisos, como los que hubieran podido hallarse en un reportaje periodístico, se alzaban, por la magia de su voz, hasta un plano épico. José Martí advirtió, con singular agudeza, ese don de estar en el tiempo y fuera de él, barajando las categorías de pretérito y futuro para exaltar mejor las constantes humanas:

El mundo de Walt Whitman -decía- fue siempre como es hoy. Basta que una cosa sea para que haya debido ser; y cuando ya no deba ser, no será. Lo que ya no es, lo que no se ve, se prueba por lo que es y se está viendo; porque todo está en todo, y lo uno explica lo otro; y cuando lo que es ahora no sea, se probará a su vez por lo que está siendo entonces. Lo infinitésimo colabora para lo infinito, y todo está en su puesto; la tortuga, el buey, los pájaros, "propósitos alados"... Lo que está siendo fue y volverá a ser; en una grave y celeste primavera se confunden las oposiciones y penas aparentes; un hueso es una flor. Se oye de cerca el ruido de los soles que buscan con majestuoso movimiento su puesto definitivo en el espacio; la vida es un himno; la muerte es una forma oculta de la vida...

Roberto Desnos -de quien hablábamos en una crónica reciente-, gran admirador de Walt Whitman, se había forjado, para uso propio, un sencillo precepto que mucho significaba: "De falsos poetas es comparar el mar con el marinero; el verdadero poeta es aquel que compara marinero con el mar". O sea, el que alza y engrandece sus visiones, en vez de reducirlas. El que percibe el canto de las montañas, cuando escucha la trompa del pastor alpino. El que piensa en la selva, cuando contempla la hoja. Esto mismo entendía José Martí, gran poeta, cuando hablaba de Walt Whitman, apoyándose en acertados ejemplos:

Sus frases desligadas, flagelantes, incompletas, sueltas, más que expresan, emiten; "lanzo mis imaginaciones sobre las canosas montañas"; "di, Tierra, viejo nudo montuoso ¿qué quieres de mí?", "hago resonar mi bárbara fanfarria sobre los techos del mundo".

10 de junio de 1955.

Tomado de Letra y Solfa. Literatura. Libros. Editorial Letras Cubanas, 1997.


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