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EL LIBRO MODERNO
Alejo Carpentier
Si algo refleja a cabalidad el espíritu de una época
–independientemente del texto– es el libro, en su
formato, tipografía y ornamentación. El libro
renacentista, con sus altos elzevirios, era una
auténtica obra de arte. El texto era repartido en las
páginas con verdadero sentido arquitectónico, entre
majestuosas capitulares y colofones alegóricos. El siglo
de Luis XIV mantiene esa tradición, antes de reducir los
formatos y enrevesar los caracteres, orientando la
imposición hacia una elegancia nueva, no exenta de
cierta femineidad. El libre romántico se entinta
gradualmente, adoptando los tipos ingleses, entre
cubiertas que remedan la tapicería o se adornan de
miniaturas de una factura neo–medioeval. ¡Época afecta a
los caballeros feudales, las baladas gaélicas y los
vitrales del gótico!...
A partir de Víctor Hugo y de algunos de sus
contemporáneos, autores de los primeros best–sellers
de la época moderna, los editores se vuelven
tremendamente comerciantes, presentando la mejor
literatura en ediciones baratas, con cubiertas
amarillas, destinadas a una venta intensiva. Se trata,
ante todo, de facilitar la adquisición del mayor número
posible de ejemplares, haciendo su precio accesible a la
gran masa de lectores. Después de Los Miserables,
la Naná de Emilio Zola constituye otro
best–seller, cuyo lanzamiento es preparado por una
fuerte publicidad. Se asiste a un voluntario descuido
tipográfico que condena ciertas obras de Flaubert, de
Teófilo Gautier, de Huysmans, a una presentación
mediocre, exenta de toda ornamentación… A principios de
este siglo se reacciona contra ese concepto, volviéndose
a las portadas en colores. La librería Ollendorf, de
París, introduce en nuestras librerías sus elegantes
ediciones castellanas del Juan Cristóbal de
Romain Rolland, pronto seguidas de Humo de Opio
de Claude Farrere, con cubierta de estilo oriental, y
Bizancio de Juan Lombard, con ilustraciones
concebidas en el espíritu de la pintura de Jean Paul
Laurent… La casa Garnier, siguiendo este ejemplo, nos
manda obras de Maupassant, de Georges Honet, de Gastón
Leroux, encabezadas por ilustraciones de un carácter más
folletinesco. Pero, en este último estilo, ninguna
editorial superará la casa Maucci de Barcelona, gran
monopolizadora de los novelones de Xavier de Montepin,
de Emilio Gaboriau, de Jonson de Terrail, cuyas portadas
se adornaban de escenas lúgubres, asesinatos, riñas en
torno a un ataúd, defenestraciones y calamidades sin
cuento.
Mientras el libro francés volvía a las normas de
sobriedad que hoy le conocemos, el libro español de hace
treinta años se contaba entre los mejores editados, con
su papel bouffant, sus cubiertas concebidas por
buenos artistas, sus formatos amables. Desde el punto de
vista tipográfico, las obras de Don Ramón del Valle
Inclán, ornadas de capitulares, viñetas y colofones, se
erigieron en ejemplos. Ciertas ediciones de Azorín eran
particularmente cuidadas, en cuanto a la imposición.
Pudo decirse que el libro español tenía un estilo propio
aventajando en mucho al libro francés de venta
corriente.
Hoy, en cambio, los Estados Unidos han impuesto al mundo
entero su tipo de ediciones, generalizando el uso del
tomo encuadernado. Claro está que una novela del Oeste
no es presentada como un libro de Joyce no de Thomas
Mann. Pero el cuidado tipográfico, en ambos casos, es el
mismo. Cada texto, luego de pasar por las correcciones
de rutina, es objeto de una revisión final, confiada
generalmente a un escritor conocido. La errata –que
tanto abunda en nuestros libros– es inconcebible en una
edición norteamericana. Las portadas son largamente
discutidas, antes de encargarse su proyecto a un
decorador o artista de primera línea. Muchas son
firmadas por pintores de renombre, como Paul Rand, que
no retrocede ante la composición abstracta, cuando el
espíritu de la obra lo permite. Dentro de la edición
corriente, un libro salido de las prensas de Knopf o de
Doubleday, puede tomarse como ejemplo del libro moderno,
tanto por la elección de los tipos, como por la perfecta
imposición y repartición del texto.
Tomado de Letra y Solfa.
Literatura. Libros. Editorial Letras Cubanas, 1997.
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