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LA ILUSIÓN ESCÉNICA
Alejo Carpentier
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Hace muchos años se abrió un teatro en el barrio chino
de La Habana. Un teatro chino, desde luego, destinado a
espectadores chinos. Se pasaba por una era de bonanza.
Los ricos comerciante de la tradicional Calle de la
Zanja veían prosperar sus negocios. Las páginas del
Men Sen Yat Po, diario más o menos afiliado al Kuo
Ming Tang, estaban repletas de avisos. Los restaurantes
donde, además del chop suey destinado a los
turistas, se servían esos platos que Rafael Alberti
calificaba de «ensaladas de patas de sillas», contaban
con innumerables parroquianos, capaces de la ruidosa y
cordial alegría que pone el chino en el acto de comer.
En tales circunstancias, los comanditarios del teatro
quisieron inaugurarlo con una compañía de primer orden.
De Cantón o de Shangai –no lo recuerdo exactamente– vino
a Cuba un gran conjunto dramático, encabezado por una
verdadera estrella: la danzarina y comediante Wong Sin
Fong, que disfrutaba de una verdadera celebridad entre
los entendidos.
La noticia de que esa actriz se hallaba en La Habana; la
belleza de sus trajes, la singularidad del espectáculo,
atrajo al teatro de la Calle de la Zanja a todos los
jóvenes escritores y artistas del momento. Lo que hasta
entonces sólo había sido el alimento de novelas
exóticas, de relaciones de viajeros, estaban ahí, al
alcance de la mano. No se entendían los diálogos, desde
luego, pero para servir de trujamanes estaban siempre
listos –halagados por el interés que el acontecimiento
había suscitado– los redactores bilingües del Men Sen
Yat Po. Por lo pronto, nos ayudaban a seguir la
acción, explicándonos el significado de los simbolismos
escénicos. El espectáculo era realmente hermoso,
llegando a promover, en años sucesivos, la admiración de
Louis Jouvet y de Erich Kleiber. Pero había algo a que
no llegábamos a acostumbrarnos: la ausencia de
decoraciones reales, ese paseo de los tramoyistas por el
escenario, esos lugares de acción sugeridos por un
simple accesorio –una bandera, una silla, un arbusto, un
cuadro donde aparecía un pez– puestos en cualquier
lugar. «Eso es contrario a la ilusión escénica»
–pensábamos, en época que exigía del teatro occidental
un realismo finisecular, con verdaderos salones
plantados sobre las tablas, tabernas con sus
mostradores, selvas de papel pintado, capillas con
auténticos cirios. «Eso es contrario a la ilusión
escénica».
–¿Y en qué consistía nuestra «ilusión escénica»? ¿En que
se sirvieran verdaderos asados en la mesa del comedor?
¿En que no faltara una pieza al juego de cuarto de El
ladrón? ¿En que pudieran contarse más de doscientas
botellas en la taberna de Juan José? ¿En que los
tenderos de Linares Rivas llevaran sus cuentas en
auténticos libros de caja?... ¿Y después? ¿No estaban
los espectadores instalados en la platea de un teatro?
¿No estornudaba, éste, no tosía el otro, para
recordarnos que pertenecíamos al público? ¿Era real,
acaso, la luz de las candilejas?... Si alguna ilusión
escénica se producía en nuestro teatro, era gracias al
talento de actores, animados, de pronto, por una suerte
de hálito misterioso, y que lograban sacarnos de
nosotros mismos, hacernos olvidar el teatro, gracias a
una magnificación de sus dotes interpretativas. En tales
momentos, el decorado dejaba de verse. Era un mero
elemento de ubicación, de referencia… La verdad era que
los actores chinos que en el momento contemplábamos,
habían entendido esa verdad mucho antes que nosotros.
Hoy son las compañías más avanzadas del teatro
occidental, las que se valen corrientemente de
procedimientos que los asiáticos usaron siempre en sus
escenarios. El concepto del decorado, en la obra de un
Bert Brecht, es el mismo que se tiene en los teatros
chinos. Una reciente pantomima de Jean Louis Barrault se
inspiraba en las técnicas de la Ópera de Pekín. Solo con
ayuda de tales mecanismos pudo una compañía de Berlín
Oeste, hace poco, llevar a la escena la gigantesca y
múltiple acción de La guerra y la paz… Los chinos
que actuaban en el Teatro de la Zanja estaban de vueltas
de muchas cosas hacia la cuales vamos nosotros ahora.
22 de agosto de 1956.
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