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HUMORISMO INVOLUNTARIO

Alejo Carpentier

Mis andanzas por las librerías de Caracas me llevaron a dar con un tomo raro, casi único en su género, que estaba buscando desde hacía algún tiempo: la Antología del humorismo negro de André Bretón… Pero debo advertir, antes de que se establezca un equívoco, que el término de «humorismo negro» (humour noir) debe tomarse aquí en el sentido de «humorismo sombrío», aceptado antaño por los surrealistas para designar el humorismo delirante o imprecatorio, el humorismo crítico de un Swift, o aquel que se produce por una reversión involuntaria –manifiesta para todos, excepto para su autor– de una idea expuesta con el más noble propósito. En este último dominio, el del humorismo involuntario, la Antología de marras nos ofrece algunos textos absolutamente extraordinarios.

Y lo más raro es que uno de los mejores se debe a la mente perfectamente lúcida de Charles Fourier (1772–1837), uno de los precursores del socialismo, a quien se deben obras sumamente valiosas que fueron elogiadas por Víctor Hugo y criticadas con deferencia por Baudelaire. Pero Charles Fourier, como muchos hombres de su tiempo, tenía una imaginación muy llevada a la divagación de tipo utópico. Y cuando se salía del razonamiento perfectamente lógico, del análisis económico, de la justa polémica con Owen y Saint–Simon, se dejaba arrastrar por peligrosas divagaciones que lo conducían, casi sin transición, hacia las más delirantes visiones de mundos futuros. Verdadero precursor, en esto, de la literatura fantástica, ponía tal fe en el poder de la ciencia que la creía capaz de hacer regresar ciertos elementos negativos de la creación al punto cero, lográndose que una fiera, por ejemplo se volviera un animal dócil y bondadoso, útil a la colectividad. Esto era lo que llamaba Fourier un «contra–modelo» –como quien dijera una réplica invertida– de cualquier cosa innecesaria al hombre. Y esta teoría de los contramoldeados, tomada con un entusiasmo arrollador, daba lugar a prodigios de humorismo involuntario como éste que cito textualmente:

El contra–moldeado de un león nos dará, en contra molde, un soberbio y dócil cuadrúpedo, un corcel elástico, llamado el «anti–león», gracias al cual un jinete –mediante relevos, desde luego– saliendo por la mañana de Bruselas, podrá almorzar en París, comer en Lyon y cenar en Marsella, mucho menos cansado que si hubiera realizado tal viaje a caballo. Y es que el caballo es un corcel rudo y solípedo, que será al «anti–león» lo que un coche sin muelles es a un coche con muelles. El caballo será abandonado totalmente, como animal de monta, cuando tengamos completa la familia de corceles elásticos que serán el «anti–león», el «anti–tigre» y el «anti–leopardo», que además, serán tres veces mayores que los tipos actuales. Así, el «anti–león» llegará a dar pasos de cuatro metros, por salto rasante, y el jinete se encontrará tan cómodamente en su lomo como si estuviera en una berlina suspendida. Y dará gusto en verdad, vivir en este mundo, cuando dispongamos de semejantes servidores.

Y acabando de dar rienda suelta a su pasmosa imaginación, Charles Fourier nos ofrece un catálogo de posibles contra–moldes, absolutamente aleccionador:

Las nuevas creaciones –nos dice el utopista– que podrán empezar a crearse dentro de cinco años –escribe esto en 1829–, nos ofrecerán análogas riquezas en todos los reinos, mares y tierras. Así, en vez de perderse energías en una creación de ballenas, hipopótamos, tiburones y cocodrilos, tendremos estos nuevos servidores preciosos: anti–ballenas, para arrastrar las naves en mar tranquila; anti–tiburones, para ayudar a los pescadores en sus tareas; anti–hipopótamos, utilizados en la navegación fluvial; anti–cocodrilos, cooperando con el hombre en sus trabajos ribereños.

Y no contento con esto, Charles Fourier nos anuncia la posibilidad de anti–focas, trabajando como corceles de los mares… Pero, alguna duda debe haberlo asaltado en cuanto a la viabilidad de estos últimos servidores, puesto que, junto a ellos –¿por qué?– ha pintado un signo de interrogación.

9 de mayo de 1952

Tomado de Letra y solfa. Literatura, libros. Compilación, de América Díaz Acosta. Ed. Letras Cubanas, 1997.

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