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COCINA CRIOLLA
Mi
cocina no procedía de la de Apicio el romano, sino que
era la que juntos, habían elaborado el Marqués de
Villena, maestre de artes cisorias, el diabólico
marmitón que aherrojó al Gran Almirante, el príncipe
Kankán Muza, señor de imperios africanos, los Caciques
de todas mis islas y los bucaneadores de sus costas que,
asomados a anchas orzas de barro, a calderos ecuménicos,
habían engendrado esas grandes realidades de un
mestizaje tricontinental.
Alejo
Carpentier
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La
Habana
Entraba en una fonda, un figón, una
bodega de las que tienen mesa reservada a sus fieles
clientes detrás del mostrador, y, ante una olorosa
sopera sacada por el ventanillo de la cocina, ante una
naturaleza muerta —jamás pintada por maestro alguno— de
aguacates y lechugas alhajados por aros de cebollas, me
sorprendía a mí mismo, dando —bromea que te bromea— un
curso académico a Vera —con método, dialéctica, sistema
y todo— acerca de los manjares de texturas y colores
nuevos para ella, inventando la teoría de la malanga, la
casuística del ñame, en términos guasonamente eruditos,
ergotantes, magistrales, al ritmo de los tenedores
percutiendo en los platos mellados, entre la aceitera de
tres bocas y el pomo de las guindillas. Y montado en
cátedra, largaba yo mi curso académico: Vatel, Careme,
inventores de técnicas culinarias aún vigentes, padre de
toda una filosofía de salsas y aderezos, fueron los
Descartes, los Malebranche, de la marmita y el sartén,
como en este siglo había sido el maestro Prosper
Montagné, autor de un gran tratado incluido en la
biblioteca enciclopédica de Laourosse, el Bergson de las
ollas, los hornos, el baño de María, y las altas
ciencias que conducían a lograr las obras maestras de
muy difícil ejecución, que eran una brioche dorada y
untuosa, un hojaldre de liviana y crujiente realidad...Y
es que en Europa se había elaborado una metafísica de la
cocina, un acercamiento por la Razón, el Logos, a las
esencias puras de lo comestible, con sus
consiguientes accidentes empíricos, estableciéndose así
una suerte de fenomenología del manducar, del salivar,
del tragar, bien distinto de nuestro historicismo de la
cocina que especulaba con los hábitos gustativos dejados
en el paladar de todos por un choque de razas, y un
acomodo temporal de pueblos diferentes que consigo
traían sus maneras de saborear y engullir. Así, la
cocina criolla que Vera, ahora, trataba de entender con
los ojos y el regusto, tras de exploraciones,
acercamientos, tanteos, rechazos o aceptaciones del
olfato, era algo que no era dable percibir en
profundidad porque le faltaba una confluencia de
sedimentos raciales para disfrutar de ella. Cierta
literatura actual se refería mucho —¡demasiado!— a una
dramática “incomunicabilidad” de los seres humanos entre
sí. Pero yo había tenido siempre esa “incomunicabilidad”
por nula desde el instante en que un hombre de cualquier
raza o condición podía encarnarse en una mujer de
cualquier raza y condición, obedeciendo a la más
universal, imprescindible e intemporal de las pulsiones
compartidas. La tan mentada “incomunicabilidad” podía
plantearse, más bien, cuando, al despertar de un largo
abrazo sin fechas y sin trabas, se volvía a la realidad
de lo circundante, y, en el acto de comer fuera
del ámbito natal, los manjares cobraban, para los
amantes, un distinto significado: mientras la mujer,
nuevamente atenta a los llamados de un apetito añorante
de esturiones, salsas peculiares, sabores de hinojo y
panes al comino, trataba de entender lo que en su plato
había, el otro —yo en tal caso...— reconstruía toda la
niñez, toda su adolescencia, con sólo morder un pedazo
de yuca —ebúrnea, fragante, estriada por pequeños hilos
que se rendían ante los dientes bajo la dorada fragancia
del mojo de ajo, incensario del camino de gloria que iba
de las narices a la boca... Criollo era yo al fin y mi
cocina no procedía de la de Apicio el romano, sino que
era la que juntos, habían elaborado el Marqués de
Villena, maestre de artes cisorias, el diabólico
marmitón que aherrojó al Gran Almirante, el príncipe
Kankán Muza, señor de imperios africanos, los Caciques
de todas mis islas y los bucaneadores de sus costas que,
asomados a anchas orzas de barro, a calderos ecuménicos,
habían engendrado esas grandes realidades de un
mestizaje tricontinental —simbiosis de sabores— que eran
el tamal, la hallaca, el congrí y el
ajiaco... Observaba
yo a Vera en su cauteloso acercamiento al insinuante
boniato, un poco oportunista en lo de acomodarse a
distintos manejos, aquiescente en la fritura de sí
mismo, doblando el lomo —si se lo pedían— sobre los
rescoldos del carbón de leña, abierto de entrañas bajo
la mantequilla, feliz de dejarse envolver en mantas de
caramelo, bastante acomodaticio y mimético, para decir
la verdad, camaleón de hornos, pailas y hervidos —y
hasta boniatillo, a la hora de putearse con camisa de
azúcar— ante la adusta, inconmovible, orgullosa unicidad
de la malanga, carne gris salida de la tierra con
desgano y que sólo se entregaba, tal y como era, de
arrugado atuendo, señora, perfumada en hondura hermética
en sus tras-sabores para quien no hubiese nacido en
tierras americanas. Así, su discreta, casi displicente
intervención en el ajiaco nuestro, debía verse como la
decisiva entrega de sí misma —consagración, espaldarazo
y aval— a un populachero contubernio del maíz
desmenuzado en rodajas, del plátano verde de negra
respuesta al calor, del secular tasajo —cecina que había
viajado en las tres primeras carabelas vistas por
nosotros— en un plato que era como una ilustración
complementaria de toda la historia del mal llamado Nuevo
Continente: En una sola cazuela se malaxaban aquellos
elementos que habían alimentado las razas de criollos
(...huasos, cholos, y huachinangos, negros, prietos y
gentiles, serranos, calentanos, indígenas, gente de
color, morenos, mulatos y zambos, blancos porfiados y
patas amarillas, tercerones, cuarterones, quinterones y
salta-atrás, los llamaban aquí, allá y más allá),
llevados a dar guerra, a propiciar, a desbaratar, a
descolonizar lo colonizado, a conquistar, de abajo
arriba, en fin de cuentas a los conquistadores demasiado
seguros de lo conquistado —arrojándolos, en más de una
ocasión, al mar por donde habían venido. Salazones de
bodegas marineras, mazorcas que tanto montaban como las
espigas de trigo, textura de raíces magníficas, se
constituían en el armorial de un mundo que yo quería
explicar, dar a entender...
Tomado
de
La consagración de la primavera, Ed. Letras
Cubanas, 1979.
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