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INDULTADO POR LA VIRGEN
Álvaro de la Iglesia
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Al doctor Manuel Arteaga,
provisor y vicario general del
obispado de La Habana |
El gobernador general don
Juan Francisco Güemes y Horcaditas, primer conde de
Revillagigedo, se distinguió por su capacidad y
avaricia; pero también por su dureza implacable en la
persecución de los delitos; tanto que la historia ha de
mostrarse indecisa para discernir, entre él y Tacón,
quien de los dos tuvo la mano más pesada.
Un suceso de gran resonancia en aquel tiempo nos hace
pensar en cómo se administraba justicia, porque choca
con los procedimientos actuales, y demuestra que en el
siglo XVIII se vivía en Cuba como en plaza sitiada,
donde un ladrón de gallinas es pasado por las armas.
Según las crónicas criminales del tiempo de Güemes, fue
condenado a muerte por incendiario, en Guanabacoa, el
negro Miguel de la Martinica, apellido que parece
indicar la procedencia del reo.
Desde tiempo inmemorial las ejecuciones capitales en
Cuba se realizaban por medio de pistola cargada con
dos balas, lo que convertía esa arma en algo
parecido a un trabuco naranjero. Hasta fines del siglo
XVIII no sustituyó la horca a la pistola.
Miguel de la Martinica era esclavo del contador don Juan
de la Barrera, y fue condenado a muerte “por haber
faltado al respeto y temor de Dios quemando las casas de
la morada de su amo, y uno de los cañaverales del
ingenio de su señor”.
En nuestros días el incendiario (y nos referimos aquí a
los que tan frecuentemente liquidan en nuestras
ciudades por medio del fuego a mitad de utilidades,
según se dice, con el agente de la casa de seguros), el
incendiario, repetimos, es castigado con algunos años de
presidio. Pero entonces, necesitaba la esclavitud de un
gran rigor, para no convertirse en un grave peligro,
recibía sobre sus espaldas, además de la impía dureza
del látigo, la dureza aún mayor de los códigos. Tal vez
por esto la Reina de los Cielos, nada menos, se dignó
servir de abogada al infortunado negro Miguel que no
había encontrado defensor en la tierra.
El reo fue conducido al lugar del suplicio con todo el
tétrico aparato de aquellos tiempos desdichados. Allí no
un fiscal, ni el ejecutor siquiera, sino un religioso
franciscano, fray Pedro Martín, del convento de la
villa, exigió al reo “dijese a gritos que los tres
negros Laureano, Sebastián y Alejo, no habían incurrido
en cosa alguna, que él los había cargado injustamente”.
Hecho esto, es decir, después de la pública
retractación, el verdugo descargó al reo un pistoletazo
y aunque Miguel arrojó un caño de sangre por las heridas
y otro por las narices, no estaba muerto e inclinó la
cabeza para el suelo: “estaba vivo…”
El verdugo, que nos recuerda con esta escena la macabra
ejecución de Maloja en Matanzas, sacado tres
veces del garrote, por no venir bien a la medida
y vuelto a colocar en medio de las exclamaciones de
horror de la muchedumbre, hizo fuego nuevamente sobre
Miguel y “después del cuarto tiro” (ocho balas) “pidió
el reo un gran valor, misericordia, y el alcalde mayor a
vista de tan crecido suceso, y de que cada vez que se
disparaba parecía revivir, le perdonó y dijo Miguel que
había visto patentemente a María Santísima del Rosario
en el patíbulo”.
Que esto fue sancionado por todos los circunstantes lo
prueban los testimonios de la crónica que glosamos, pues
dice en su rótulo: “Contra el negro Miguel que fue
sentenciado al patíbulo y después de cuatro tiros de
pistola, con dos balas cada uno que le dispararon en la
sien derecha fue libre por la Virgen del Rosario el año
de 1736”.
Aceptado el milagro de aparecerse la Santísima Virgen al
negro Miguel para dispensarle su divina protección, es
preciso reconocer otro milagro no menos estupendo. Dice
la crónica que conducido a su calabozo el reo, se le
extrajeron dos balas… El verdugo le había hecho cuatro
disparos de dos proyectiles cada uno y tan sólo dos
lograron penetrar en aquella cabeza de pedernal. Y
cuidado que las balas de entonces no eran moco de pavo.
El hecho resulta verdaderamente extraordinario; o el
verdugo era un pésimo tirador o una fuerza sobrenatural
desviaba la puntería.
En fin, sea lo que fuere, a nosotros tócanos tan sólo,
referir el suceso, dejando al lector el trabajo de hacer
los comentarios. El negro Miguel, extraídas las dos
balas vivió obra de un mes, falleciendo el 13 de
noviembre de 1736.
“De todo lo cual dio fe Nicolás de Flores Rubio,
escribano de S.M.”
Tomado de
Tradiciones Cubanas, Ediciones Huracán, 1969.
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